¿Ha fracasado el Socialismo? ¿Estamos ante el fin de la historia?

Índice:
 1. A modo de introducción
 2. El motor de la historia es la lucha de clases, la lucha de contrarios, la lucha entre lo nuevo y lo viejo
     2.1. Cómo se impone el capitalismo en España: absolutismo y liberalismo durante la primera mitad del siglo XIX
     2.2. Cómo se impone el capitalismo en Francia
 3. El proletariado y las revoluciones burguesas de la primera mitad del siglo XIX
 4. La Comuna de París
 5. La Unión Soviética: ¿fracasó el marxismo-leninismo? ¿Fracasó el socialismo científico?
 6. Conclusiones

1. A modo de introducción


La burguesía se afana en mostrar al mundo que el socialismo es inviable y que ello se aprecia históricamente con la experiencia de la Unión Soviética y su derrumbe.

Los capitalistas gastaron ingentes cantidades de dinero, de recursos materiales y humanos y asesinaron a cientos de millones de personas a lo largo y ancho del planeta combatiendo a la Unión Soviética, actuando desde dentro y fuera de la URSS, al objeto de acabar con ella. Entre ese gasto ingente, cómo no, se encuentra el objetivo de establecer una historia oficial, una historia que tape la indecorosa forma de actuar y la esencia de la burguesía a lo largo de su existencia, fundamentalmente en su presente forma monopolista, putrefacta, en su largo periodo de agonía que la retrata como la mayor criminal que ha existido en el devenir de la historia.

La Unión Soviética fue disuelta el 25 de diciembre de 1991. Su aniquilación no fue inmediata; fue el resultado de un proceso que duró casi cuatro décadas, de una lucha de clases encarnizada donde el imperialismo, enarbolando las banderas del asesinato, del golpe de Estado y del engaño –que son las que siempre les ha identificado– se ha repuesto, por el momento, de las derrotas que el proletariado, dirigidos por su ciencia revolucionaria, la ciencia del marxismo-leninismo, le infligió tanto en la Primera Guerra Mundial (1914-1918), con el triunfo de la Revolución de Octubre de 1917 y el nacimiento del primer Estado socialista, la URSS; así como en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), donde la Unión Soviética, patria del proletariado del mundo dirigida por Stalin, se impuso al fascismo, barriéndolo y liberando al mundo de tamaña escoria creada por los monopolios, por los imperialistas, al objeto de combatir al proletariado revolucionario y de someter a los pueblos del mundo al yugo de la explotación más salvaje y descarnada.

La burguesía asocia el fracaso del socialismo a la caída de la Unión Soviética. Su silogismo es simplón y fundamentalmente falso. Los burgueses afirman que la Unión Soviética ha desaparecido y que, por ello, el socialismo y el comunismo han fracasado. Sin embargo, la Unión Soviética es la experiencia práctica que lo atestigua. Y es más, ¿acaso es equivalente el socialismo y el comunismo a la Unión Soviética? ¿La Unión Soviética fue siempre socialista y fiel a los principios del marxismo-leninismo?

La burguesía es plenamente consciente de la inviabilidad, de la caducidad y de la bancarrota de su sistema capitalista en su fase imperialista, en la fase de putrefacción. Los propios economistas y sociólogos burgueses no solo reconocen la inviabilidad del sistema, su bancarrota tanto económica y política, sino que incluso se aventuran a datar el final del capitalismo. El economista español Niño Becerra, por ejemplo, avisa que “el sistema capitalista se acabará en algún momento entre el 2060 y el 2070” [1]. El antiguo economista jefe del Fondo Monetario Internacioal (FMI) Raghuram Rajan señala que “el capitalismo está bajo una seria amenaza, porque ha dejado de proveer para las masas [y], cuando eso sucede, las masas se rebelan contra el capitalismo” [2]. Algunos incluso reconocen ya la situación terminal del capitalismo, cuando no de muerte, como el socialdemócrata alemán Wolfgang Streeck, que explica el proceso actual –que los oportunistas ahora definen como «era postcapitalista»– señalando que “antes de que el capitalismo se vaya al infierno, durante un tiempo previsiblemente largo, permanecerá en el limbo, muerto o agonizante por una sobredosis de sí mismo, pero todavía muy presente, porque nadie tendrá poder suficiente para apartar del camino su cuerpo en descomposición”[3].

Como puede comprobarse, los propios burgueses reconocen no solo la inviabilidad de su sistema, sino su situación de muerte o, cuanto menos, de profunda agonía. Sin embargo, los intelectuales de la burguesía pretenden cortar y detener la historia en su régimen del capital. La burguesía, que antaño era revolucionaria y se rebeló contra el idealismo filosófico, hoy lo abraza y niega el materialismo y sus leyes, queriendo mostrar a la humanidad que, después de su dominio, de su régimen político y económico, no hay nada. Los capitalistas se empeñan en demostrar que ellos son el último eslabón del desarrollo humano y que, con ellos, se alcanza “el fin de la historia”. Pero son los propios voceros del imperialismo los que nos advierten de la inviabilidad del capitalismo cuando señalan que sucumbe por “una sobredosis de sí mismo”. La caída del capitalismo se diferencia de la experiencia del primer Estado socialista, la Unión Soviética, cuya caída acontece no por una ‘sobredosis’ de socialismo, sino por la acción criminal de los imperialistas –y de su brazo ejecutor oportunista, todavía más canalla que la propia burguesía–, donde el golpe de Estado, el sabotaje, la guerra imperialista, el crimen y el engaño ha sido su hoja de ruta. Mientras que el capitalismo más acabado, el capitalismo monopolista, muere por sí mismo, la primera experiencia de Estado socialista, la Unión Soviética, en sus siete décadas de vida, nos demostró la superioridad del socialismo con respecto del capitalismo: en tan solo una década, convirtió un país atrasado como la Rusia zarista en una potencia mundial al mismo nivel que las potencias imperialistas más desarrolladas. La experiencia soviética demostró también que, sin fidelidad a la ciencia del marxismo-leninismo, o lo que es lo mismo, desnaturalizando sus principios económicos, ideológicos y, fundamentalmente, atacando al corazón y al cerebro del proletariado y de su Partido de vanguardia, un Estado socialista involuciona hasta ser devorado por el imperialismo, restableciéndose el capitalismo monopolista.

Pero esto no es novedoso. El estudio riguroso y científico de la historia nos enseña que, mientras exista una sociedad dividida en clases sociales antagónicas, se sucede la lucha entre los intereses de la clase opresora y de la clase oprimida. Es decir, la pugna entre las aspiraciones de unos y de otros, entre la formación socioeconómica de la clase dominante y la formación socioeconómica de la clase dominada.

“La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases. (…) Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una palabra: opresores y oprimidos se enfrentaron siempre, mantuvieron una lucha constante, velada unas veces y otras franca y abierta; lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases en pugna” [4]. Asimismo, el estudio científico de la historia, el estudio de la historia de las luchas de clases, nos muestra que esta no es lineal. A lo largo del desarrollo de la historia, se imponen unas clases sobre otras y, consiguientemente, se imponen distintos sistemas de dominación y formaciones socioeconómicas. El devenir histórico hace zigzag, da pasos hacia adelante y hacia atrás, hasta que se impone definitivamente la formación socioeconómica de la clase revolucionaria; esto es, hasta que lo nuevo se impone de manera definitiva a lo viejo, a lo muerto.

Veremos a continuación la pugna entre el feudalismo y el capitalismo, entre el absolutismo y el liberalismo, a lo largo del siglo XIX, tanto en España como en Francia, para comprobar esta verdad histórica. También analizaremos la experiencia soviética y evaluaremos la situación en la que nos encontramos en la actualidad con respecto a la historia de la lucha de clases, identificando qué es lo nuevo y qué es lo viejo, qué es lo que se impondrá y qué es lo que está condenado a morir.

“La burguesía produce, ante todo, sus propios sepultureros. Su hundimiento y la victoria del proletariado son igualmente inevitables” [5]. Y la burguesía es plenamente consciente de ello. Sabe que sus días como clase dominante están contados y que su mundo morirá con ella.

Pero, a diferencia de cuando la burguesía buscaba imponer revolucionariamente su dominio, su sistema económico capitalista, en su lucha contra el feudalismo, cuando declaraba la guerra irreconciliable a la religión y al idealismo, alumbrando en aquel momento el revolucionario materialismo francés y enarbolando la bandera de la ciencia contra Dios, hoy la burguesía no tiene más remedio que abrazar el idealismo que antaño combatió. No tiene otra opción que refugiarse en la mentira, escribiendo una versión oficial de la historia que en nada se asemeja a su devenir verdadero. Hoy, la burguesía no tiene más sostén que la exacerbación del nacionalismo y del revisionismo histórico más nauseabundo para someter el mundo por la fuerza bruta. En definitiva, la burguesía, antaño revolucionaria, hoy es reaccionaria y todo lo apuesta al fascismo.

Contra esta barbarie a la que la burguesía nos pretende someter al objeto de perpetuar su dominio, los marxistas-leninistas tenemos la realidad y la ciencia de nuestro lado. Nuestra misión es desentrañar todas las mentiras y falsedades que se han vertido contra los explotados, contra los trabajadores, contra los parias. La burguesía únicamente se mantiene hoy por su victoria temporal en la lucha ideológica. Es momento de que los comunistas, que poseemos el arma más potente que existe –la ciencia del marxismo-leninismo–, no eludamos la lucha y contemos la verdad al proletariado con paso decidido para que este cumpla con su misión histórica de mandar al capitalismo al estercolero de la historia y de llevar a cabo su proyecto histórico: la construcción del socialismo para avanzar hacia el comunismo.

Este trabajo pretende arrojar luz y mostrar que el socialismo y el comunismo no solo no han fracasado, sino que es la única salida que tiene el proletariado, que tiene la humanidad, para salvar su existencia.

2. El motor de la historia es la lucha de clases, la lucha de contrarios, la lucha entre lo nuevo y lo viejo

Los capitalistas repiten el argumento de que el socialismo y el comunismo han fracasado porque la Unión Soviética se desintegró. Ergo, según ellos, el vencedor es el capitalismo.

El 26 de diciembre de 1991, día posterior a la disolución de la URSS, el entonces presidente de los EE. UU., George Herbert Walker Bush, se dirigió al mundo para anunciar lo siguiente: “Durante más de 40 años, los EE. UU. han sido la principal potencia en la lucha contra el comunismo desde el oeste y, con ello, contra la amenaza que suponía para nuestros valores. (…) La Unión Soviética ya no existe. Ha ganado la democracia y la libertad”. Esta frase de Bush supuso el pistoletazo de salida del discurso único que ha impuesto el imperialismo y abre un capítulo más del anticomunismo feroz de la burguesía y de sus títeres. Una cualidad propia del fascismo, dicho sea.

Bush verbalizó la teoría del “fin de la historia” del politólogo Francis Fukuyama. “El fin de la historia”, según los imperialistas, adopta la fisonomía del Estado burgués bajo la forma de democracia liberal, que pivota sobre la economía capitalista o de ‘libre mercado’ y que garantiza que el gobierno sea representativo y disponga de un sistema de derechos jurídicos. Esta teoría fue propagada a nivel mundial por todos los medios del capital en los momentos de la disolución de la URSS y ha sido reiterada de manera persistente desde entonces, con una virulencia enorme, más si cabe, en la última década del siglo XX y en la primera del siglo actual. La teoría del “fin de la historia” forma parte del pensamiento único que los monopolios pretenden imponer a sus sometidos.

Sin embargo, la historia de estos 30 años ha tirado por tierra las tesis de Fukuyama. Hemos comprobado en Italia o en Grecia cómo los monopolios quitan y ponen abiertamente a presidentes y gobiernos sin necesidad de presentarse en las elecciones. Hemos visto cómo los escasos derechos de los trabajadores y de los pueblos han desaparecido y cómo las guerras imperialistas y de carroña se han sucedido tras la desaparición de la Unión Soviética. En definitiva, hemos visto cómo se hacía realidad, una vez más, el aserto de Lenin que señalaba que el desarrollo del imperialismo conduce a la reacción, al fascismo.

La propia historia ha refutado la tesis de Fukuyama que concluía que con el capitalismo se alcanza el “fin de la historia”. Los propios capitalistas, en su cruzada contra el marxismo-leninismo y el comunismo, contra los partidos comunistas e incluso contra la propia Unión Soviética, en su guerra sin cuartel contra el avance revolucionario del proletariado, en la que no han dudado en blandir el anticomunismo, característica identitaria del fascismo, demuestran la existencia de lucha de clases. Una guerra abierta obvia, pues existen dos clases antagónicas: el proletariado y la burguesía. Y esta lucha de clases, a nivel mundial, se traduce en la pugna entre la aspiración máxima del proletariado –el socialismo, como fase primaria del comunismo– y la aspiración máxima de la burguesía –el imperialismo–. Y es que, a pesar de que la Unión Soviética ya no exista, la lucha de clases entre el imperialismo –lo viejo– y el socialismo –lo nuevo– sigue vigente.

La historia sigue dando la razón a Marx y Engels cuando afirman que “la historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases” y que esta lucha de clases, esta lucha de contrarios, “terminó siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases en pugna”.

Y la historia nos enseña que lo nuevo no se impone a lo viejo de una vez definitiva, sino que sigue un proceso de pasos hacia adelante y hacia atrás hasta que lo nuevo se abre paso y entierra definitivamente a lo viejo. La propia historia del capitalismo y de cómo se impuso al feudalismo desmiente el mensaje que propaga la burguesía de que “el socialismo y el comunismo han fracasado porque ha caído la Unión Soviética”. Veamos cómo se impone el capitalismo al feudalismo en España y en Francia para desmentir este fraude de la burguesía, pues en la historia de la victoria del sistema capitalista sobre el sistema feudal se comprueba que el primero se impone al segundo dando pasos hacia adelante y hacia atrás, sucediéndose victorias y derrotas, y no de una manera directa y lineal.

2.1. Cómo se impone el capitalismo en España: absolutismo y liberalismo durante la primera mitad del siglo XIX

El reinado de Carlos IV, que abarca desde el 14 de diciembre de 1788 hasta el 19 de marzo de 1808, y la actuación política de Floridablanca estuvieron marcados por la situación de pánico generada por la Revolución Francesa de 1789, que devino en una falta de orientación política tanto a nivel interno como en el contexto internacional y en una tensión progresiva entre España y Francia.

Para analizar la crisis del Antiguo Régimen y el proceso revolucionario siguiente, es imprescindible no tener en cuenta únicamente los acontecimientos violentos, sino también observar cómo el desarrollo de un nuevo modelo productivo y la pugna ideológica entre absolutismo y liberalismo provocaron un paradigma en la figura de “el noble” o “el hidalgo”, que ya no se ubicaría dentro del antiguo concepto de estamento, sino que pasaría a formar parte de una clase social determinada en relación a su riqueza. La revolución de la burguesía en España no fue un proceso irreversible o ininterrumpido, sino que vivió una auténtica lucha entre los reformistas absolutistas y los ideales ilustrados, en una pugna constante entre el viejo orden agonizante y el nuevo régimen liberal. “La crisis se producía porque las estructuras tradicionales ya no podían contener e integrar lo que la propia evolución económica, social e ideológica había creado” [6].

En marzo de 1808, el príncipe de Asturias, aupado por sus partidarios, logró la abdicación de su padre, el rey Carlos IV, para convertirse así en Fernando VII y canalizar el descontento generado por la gestión del gobierno hacia la figura del ministro Manuel Godoy. Frente a la amenaza de las tropas francesas que, en virtud del Tratado de Fontainebleau del 27 de octubre de 1807, se hallaban en territorio español para supuestamente intervenir en Portugal. Asumida la incapacidad del gobierno para oponer resistencia, Fernando VII buscó el reconocimiento internacional de su derecho al trono y recibió apoyo de los ingleses en la sublevación contra su padre. Por otro lado, la opción para el trono español que se barajaba desde Francia era la de Luis Bonaparte, hermano de Napoleón, mientras que en Madrid se contemplaba la subida de Joachim Murat, mariscal y lugarteniente del emperador en la península. Ante la falta de reconocimiento por parte del emperador francés, Fernando VII decidió viajar hacia Bayona, no sin antes constituir en Madrid una Junta Suprema de Gobierno presidida por el infante Antonio.

El 2 de mayo 1808, medio centenar de personas penetró en el palacio al grito de ‘¡traición!’. Los franceses, ante esta situación, optaron por reprimir el levantamiento. A ello se sucedió una violenta reacción popular que obligó a Murat a desplazar a 30.000 hombres para frenar a los sublevados, cuya cifra rondaba los 20.000, lo que supuso el comienzo de la insurrección popular en Madrid y la subsiguiente Guerra de Independencia Española (1808-1814). Las abdicaciones de Bayona y la insurrección contra José I fueron el desencadenante de la quiebra del Antiguo Régimen en España y una carencia de poder y soberanía que, en ausencia del rey, pasaron a manos de las Juntas Provinciales y, posteriormente, a las de la Junta Suprema.

“Esta revolución popular tenía, en primer lugar, un carácter nacional, por proclamar la independencia de España respecto a Francia. En segundo lugar, era dinástica, por la lucha a favor del “deseado” Fernando VII a José Bonaparte. Y era reaccionaria por oponer las instituciones, costumbres y leyes antiguas, absolutistas, a las innovaciones napoleónicas. Todas las guerras de independencia libradas contra Francia llevan en común el sello de la regeneración, mezclado con la reacción” [7].

Ante la invasión, se constituyeron dos grupos: los afrancesados y los absolutistas. Los primeros estaban convencidos de las aspiraciones y principios de la Revolución Francesa y no consideraban que la ocupación de las tropas invasoras supondría la desmembración del país. Los segundos tenían el objetivo de luchar y restablecer el anterior régimen borbónico. El Gobierno de José I encontró los mismos problemas que el anterior régimen borbónico que fueron, sin duda, el punto clave en la crisis del Antiguo Régimen en España. De entre ellos, destacaron las graves crisis financieras, consecuencia del Estado deplorable de la Hacienda española.

“A lo largo del conflicto se fueron constituyendo Juntas Provinciales. Todas ellas clamaban a favor del rey, de la santa religión y del país. Pero si los campesinos, los habitantes de ciudades pequeñas y el numeroso ejército de mendigos, con hábito o sin él, todos ellos profundamente imbuidos de prejuicios religiosos y políticos, formaban la gran mayoría del partido nacional, este incluía, por otro lado, una minoría activa e influyente que consideraba el levantamiento popular contra los franceses como la señal de la regeneración política y social de España. Esta minoría estaba compuesta por los habitantes de puertos de mar, ciudades comerciales y parte de las capitales de provincia, donde, bajo el reinado de Carlos IV, se habían desarrollado hasta cierto punto las condiciones materiales de la sociedad moderna.” [8]

“El poder estaba completamente descentralizado, no había gobierno, y las ciudades formaron sus juntas propias, sometidas a las juntas de las capitales provinciales. Se fue configurando un gobierno federal totalmente anárquico, en el que fue ganando poder la Junta suprema de Sevilla, considerada ahora la capital de España. Las juntas quedaron dirigidas por personas de alta alcurnia, que por supuesto no mostraban un ápice revolucionario. El 20 de julio de 1808, cuando José Bonaparte entró en Madrid, 14.000 franceses al mando de los generales Dupont y Vedel fueron obligados por Castaños a deponer sus armas en Bailén y José tuvo que retirarse de Madrid a Burgos unos días después. (…) La división del poder entre las juntas provinciales había salvado a España del primer choque de la invasión francesa. (…) Los franceses quedaron completamente desconcertados al descubrir que el centro de la resistencia española no estaba en ninguna parte y estaba en todas partes”. [9]

La Guerra de Independencia significó, aunque de manera efímera, la creación embrionaria de las estructuras de poder burguesas, donde 1812 fue el año decisivo con las Cortes de Cádiz. “Las Cortes de Cádiz fueron el resultado del trabajo de una nueva junta creada antes de disolverse la Central, en la que algunos miembros contrarios a la nueva institución decretaron la creación de una regencia en ausencia del rey legítimo, a la que traspasaron el poder.” [10]

A pesar del predominio de elementos de tradición absolutista, como el nacionalismo y la religión, las Juntas Provinciales demostraron una tendencia hacia las reformas sociales y políticas. Entre la clase privilegiada que gobernaba dichas juntas, existía un especial interés hacia las reformas fiscales, con el claro objetivo de superar el atraso económico que supuso la administración borbónica. Desde 1812, los gobiernos provinciales trataron de llevar a cabo reformas y cambios en la administración. Los liberales, inspirados por la Revolución Francesa, trataron de llevar a cabo la primera revolución liberal burguesa en España para enterrar las antiguas estructuras de poder. Así, el 19 de marzo de 1812 aprobaron en Cádiz una Constitución, conocida popularmente como ‘La Pepa’, que cambió significativamente el régimen político. No obstante, en la mayoría de ocasiones, las reformas quedaron en suspenso a causa de la correlación de fuerzas favorable a los absolutistas, que finalmente condujo al restablecimiento de la monarquía absolutista y a la derogación de la Constitución de 1812.

Con todo y con eso, Fernando VII decretó la disolución de las Cortes de Cádiz el 4 de mayo de 1814 y derogó la carta magna, lo que anuló toda acción del período liberal anterior para poner en marcha el comienzo de una nueva época de absolutismo marcado por el carácter represivo del Estado. El retorno de Fernando VII al trono supuso, a todos los niveles, una vuelta a los valores económicos del Antiguo Régimen.

La restauración del absolutismo no se vio cuestionada hasta el pronunciamiento militar del General Riego en 1820, que dio inicio al llamado Trienio Liberal (1820-1823). Durante tres años, se retomaron las labores que esbozaron sus predecesores de las Cortes de Cádiz: se restauró la Constitución de 1812 y se trató de hacer frente a la enorme deuda pública, un problema capital en la Hacienda española heredado de la etapa del Sexenio Absolutista. Por primera vez, se aplicaba la Constitución de 1812 en una situación de paz nacional y con el monarca legítimo en el país.

Por supuesto, Fernando VII era un convencido absolutista y trató por todos los medios de imposibilitar la labor de los liberales en el Gobierno. En el contexto internacional, adquirió mucha importancia la derrota de Napoleón en 1815. La Santa Alianza de Prusia, Austria, Rusia y Francia se encargó de velar por los intereses del viejo mundo y de intervenir en caso de amenaza revolucionaria liberal en Europa. Así, en el Congreso de Verona de 1822, se acordó la intervención en España de los Cien Mil Hijos de San Luis del 7 de abril de 1823, que derrocó a los liberales sin apenas resistencia popular y que dejó patente la etapa absolutista que recorría Europa.

La muerte de Fernando VII en 1833 trajo mayor convulsión en España, pues tuvo que derogar la Ley Sálica para permitir que su hija Isabel accediera al trono. Al tener la niña solo 3 años, su madre María Cristina tuvo que gobernar como reina regente, lo que provocó la reacción absolutista levantada en torno a la figura de Carlos María Isidro, hermano del anterior rey Fernando VII. Dio comienzo el enfrentamiento militar entre los partidarios de la reina y entre los carlistas, apoyados estos últimos por militares y por la Iglesia. También contaron con el respaldo de amplios sectores del campesinado, reflejo del atraso ideológico de la clase trabajadora e indicio de por qué entre los sucesivos enfrentamientos por ocupar el poder no había surgido un movimiento popular verdaderamente revolucionario. Cabe decir que fue una guerra en la que ninguno de los dos bandos mostró una capacidad sólida y avezada, lo que multiplicó los daños sufridos por la población civil, liquidó el papel de España en Europa y llevó al extremo el grado de influencia de los militares en el Gobierno.

Mendizábal se presentaba como el político que pondría fin a la sangrienta contienda. Para ello, debía conseguir aumentar los efectivos militares en 100.000 hombres y, en paralelo, revertir la ruina económica de España. Entre 1835 y 1836, se promulgaron varios decretos para desamortizar bienes eclesiásticos, con el argumento de que muchos conventos y monasterios se habían abandonado y convertido posteriormente en refugios de guerra, donde el robo y la prostitución eran prácticas habituales. Indudablemente, el apoyo de la Iglesia a los carlistas fue un factor fundamental en el elevado número de expropiaciones de terrenos y posesiones que se llevaron a cabo. Los bienes salieron a subasta pública, donde los compradores podían hacer efectivo el importe tanto en metálico como en títulos de deuda interior. Se vendieron cerca de 4.000 fincas de instituciones eclesiásticas en muy pocos años. Si bien fue amplia, el proceso desamortizador fue insuficiente debido al lastre que supuso la corrupción en el Gobierno. La división de los lotes se encomendó a comisiones municipales, que abusaron de su poder para manipular y configurar grandes porciones inasequibles para los pequeños propietarios, pero asumibles, en cambio, por las oligarquías adineradas. Los pequeños labradores no pudieron entrar en las pujas y las tierras fueron compradas por nobles y burgueses urbanos. Esto provocó la creación de una nueva clase opresora compuesta por terratenientes nobles y burgueses. La Iglesia excomulgó a los responsables de las expropiaciones y a aquellos que habían comprado las tierras. La política del Gobierno estuvo destinada a paliar la deuda en el plazo más breve posible, a crear nuevos intereses y, por consiguiente, a atraer nuevos partidarios de las instituciones liberales. Mendizábal apoyó su gestión en la nueva burguesía que se fue formando en torno a los contratos y negocios con el gobierno –adquisición de títulos de deuda, suministros para las tropas y compra de propiedades–.

En definitiva, la primera mitad del siglo XIX en España fue una permanente lucha entre lo viejo que no acababa de morir –el feudalismo– y lo nuevo de aquella época que estaba por imponerse –el capitalismo–, encabezado por la burguesía liberal que pretendía imponer su dominio político y elevarlo en sintonía con su hegemonía en el terreno económico.

2.2. Cómo se impone el capitalismo en Francia

La burguesía no duda en enaltecer y hablar de manera idílica de la Revolución Francesa de 1789, al tiempo que vilipendia con ferocidad la Gloriosa Revolución de Octubre de 1917. El suceso histórico que tanto idealizan los capitalistas, no obstante, fue consecuencia de una lucha anterior que ya se sucedía entre quienes componían el denominado Tercer Estado, el estamento de la sociedad feudal francesa que conformaron la burguesía, el campesinado y la incipiente clase trabajadora.

El siglo XVIII fue un período de gran batalla en el terreno ideológico entre la burguesía y los estamentos privilegiados de la sociedad feudal. Una lucha que, en menor grado, ya se había iniciado en el siglo anterior. La lucha entre el feudalismo y el capitalismo en Francia fue franca y abierta. En el terreno ideológico, se expresó en la contradicción entre fe y razón, entre idealismo y materialismo. El siglo XVIII dio luz a lo que se denominó el materialismo francés, a través del cual la burguesía fue armando ideológicamente a los estamentos más despojados de privilegios del Tercer Estado, al objeto de cimentar su toma del poder político, su revolución contra el feudalismo para imponer su modelo, su sistema, como consecuencia de su desarrollo como clase y de la hegemonía que ya poseía en el terreno económico.

La quiebra financiera de la nobleza, las malas cosechas, el encarecimiento de los alimentos básicos y la agudización de la pobreza de las clases populares y del campesinado crearon las condiciones fundamentales para que el trabajo ideológico de la burguesía encauzara la lucha de clases hacia el estallido del 14 de julio de 1789, cristalizado en la imagen icónica de la toma de la Bastilla. El asalto a la prisión por el pueblo parisino fue el detonante de la Revolución Francesa, que se extendió progresivamente por todos los rincones del país galo. El campesinado y la pequeña burguesía arruinada, junto al proletariado incipiente, fueron creando nuevos órganos de poder: ayuntamientos revolucionarios, ejércitos populares y la Asamblea Nacional. Los revolucionarios avanzaron hacia la abolición de los privilegios de la nobleza y del clero, liquidando la sociedad estamental feudal, redactaron una Constitución liberal y levantaron un Estado burgués en forma de monarquía parlamentaria, con el rey Luis XVI en el poder ejecutivo, la Asamblea Nacional en el poder legislativo y los tribunales de justicia, “independientes”, en el poder judicial. Con la Revolución Francesa, muchos nobles emigraron del país y se establecieron mayoritariamente a Prusia.

Como no podía ser de otro modo, ni la nobleza, ni la Iglesia, ni el propio rey estaban conformes con la monarquía constitucional establecida en 1791. Tuvieron que aceptar un régimen que liquidaba sus privilegios y reducía su poder. Las clases antaño dominantes en el feudalismo, luego dominadas en el nuevo sistema burgués, trataron por todos los medios de desencadenar una guerra civil que entrenase la intervención de potencias feudales extranjeras y restablecer el absolutismo en Francia.

El odio del pueblo hacia Luis XVI – al cual una gran mayoría consideraba un traidor por su intento de fuga de Francia siendo retenido en junio de 1791 en Varennes-en-Argonne y retornado a París, que significó la posterior Declaración de Pillnitz a finales de agosto de 1791 que creó un clima bélico entre Austria y Francia iniciándose las Guerras de Coalición entre coaliciones de países contrarios a la Francia revolucionaria y ésta última – se acrecentó; de tal modo que éste se radicalizó asaltando el Palacio de las Tellerías donde estaba la familia real, desencadenando episodios violentos que forzó la abolición de la monarquía y la constitución de la Primera República francesa en septiembre de 1792, entrando Francia en guerra contra los Estados defensores del absolutismo y siendo guillotinado el rey Luis XVI.

La alta burguesía – girondinos – en 1793 pierde la dirección del proceso revolucionario que pasa a manos de la mediana y pequeña burguesía y parte de las clases populares – jacobinos – y la parte más avanzada de las clases populares – los demócratas radicales de izquierda o cordeleros cuyo máximo dirigente fue Marat.

Durante 1793 y 1794, los jacobinos agudizaron la represión contra los defensores del absolutismo, empezando por la ejecución de Luis XVI, aspecto esencial para seguir abriendo camino a la revolución burguesa, redactándose una nueva constitución en 1793 donde se profundizaba en los derechos democráticos del pueblo, conquistándose el sufragio universal masculino.

La gran burguesía desencadenó una campaña de acoso y derribo contra el máximo dirigente jacobino, Robespierre, de tal modo que éste acabó guillotinado junto con otros dirigentes jacobinos. De tal modo, la gran burguesía conquista el poder y redacta una nueva constitución en 1795 donde se elimina el sufragio universal masculino y se retorna al sufragio censitario al objeto de garantizar su dominio y liquida la Asamblea Nacional estableciendo un gobierno compuesto por girondinos denominado el Directorio.

El Directorio se sostuvo durante cuatro años, siendo rechazado y combatido tanto por los jacobinos como por los monárquicos. Fue un periodo de inestabilidad política, de bancarrota económica donde, por un lado, en el plano exterior Francia sostenía una guerra contra las monarquías europeas, fundamentalmente Austria y Gran Bretaña, reproduciendo la lucha entre el capitalismo y el feudalismo a nivel internacional; y a nivel interno se sucedían las revueltas tanto populares como reaccionarias de los monárquicos contra el Directorio. En definitiva, el Directorio tenía una guerra contra las monarquías de otros países y, por otro lado, tenía una guerra civil en el interior de sus fronteras.

La gran burguesía no tenía otro camino que el terror, la represión política interna, la guerra en política exterior, no dudando en hacer golpes de Estado – como el del 4 de septiembre de 1797, anular elecciones en una serie de departamentos franceses en los que habían vencido los adversarios políticos del Directorio y hacer todo tipo de purga y persecución contra la oposición política, dando cada vez más peso al Ejército.

Con una situación política de gran inestabilidad, con un alto desprestigio entre la sociedad francesa de la República, y con el fortalecimiento de los jacobinos la gran burguesía en alianza con el Ejército, el 9 de noviembre de 1799 da un nuevo golpe de Estado, el Golpe de Estado del 18 brumario que lleva a Napoleón Bonaparte al poder. El Consulado sucede al Directorio que concentraba el poder en el primer cónsul reduciéndose el poder ejecutivo a 3 cónsules.

La gran burguesía una vez impuesta su dictadura, con Napoleón de «caudillo” y con el poder en sus manos, no duda en conciliar con la nobleza. El Consulado realiza una nueva Constitución en diciembre de 1799, a su imagen y semejanza, y empieza a implementar una serie de políticas dirigidas a fortalecer el Estado burgués desarrollándose una burocracia. Los cargos públicos dejaron de ser cargos electivos siendo la designación de los mismos desde arriba, quedando casi la mitad de las prefecturas en manos de la nobleza del Antiguo Régimen. Asimismo, el Consulado hizo concesiones a la Iglesia, firmándose un Concordato en 1802. Dicha política de conciliación con los antaño estamentos privilegiados – Iglesia y nobleza-, contrastaba con que a los opositores se les reprimía sin piedad. A todo ello, se unían éxitos militares en el exterior consiguiendo la paz con Gran Bretaña. Todo esto condujo a Napoleón a ser emperador de Francia en 1804, convirtiéndose Francia en el Imperio Napoleónico.

Como puede comprobarse, de la proclama revolucionaria de “Liberté, Égalité, Fraternité” únicamente quedaba eso, la proclama, puesto que el desarrollo de la historia lo que hizo es sostener el mismo abuso cambiando de cacique.

El Imperio francés, con su caudillo Napoleón como nuevo “Dios Sol”, necesitaba satisfacer sus apetencias económicas aislando a Gran Bretaña, a la cual pretendió someterla a un bloqueo al objeto de fortalecer a la burguesía francesa a costa de debilitar la industria y el comercio británico. En la década comprendida entre 1805 y 1815 Francia hizo la guerra contra la práctica totalidad de los Estados europeos, desde la península ibérica a Rusia. Finalmente Napoleón es derrotado en Waterloo en 1815, y mediante el Tratado de París se restablece la monarquía rehabilitando en el trono al hermano de Luis XVI, Luis XVIII, Francia perdió todas las conquistas territoriales e ideológicas cosechadas por la revolución; se purgaron en torno a 75 mil funcionarios; en definitiva, el Antiguo Régimen estaba de vuelta en Francia y en toda Europa triunfando la contrarrevolución o, como llaman los historiadores, la Restauración.

Luis XVIII murió y el trono francés fue ocupado por su hermano Carlos X en 1824, el cual fue más reaccionario que su antecesor que, en muchos aspectos, buscaba la conciliación con la burguesía. Sin embargo, la política absolutista practicada por Carlos X, de confrontación franca con la burguesía, las clases populares y los valores revolucionarios, siempre fueron conducentes a satisfacer los intereses de la nobleza, de los nobles emigrados los cuales fueron indemnizados y del clero, restableciendo sus privilegios en detrimento del pueblo llano. El desarrollo progresivo de la agricultura y de la industria en Francia elevaba una sociedad que chocaba con la concepción despótica de Carlos X que le llevaba a manipular elecciones, recortar libertades e ilegalizar políticamente a la burguesía, entre otras cuestiones, en las Ordenanzas de Julio creándose las condiciones internas para la Revolución de 1830.

La política llevada a cabo por Carlos X, unido a otros factores que hicieron empeorar las condiciones de vida del Pueblo, llevaron a los habitantes de París a lanzarse a la calle los días 27, 28 y 29 de julio rechazando la política de Carlos X así como al monarca. Entre la burguesía, al igual que en la Revolución iniciada en 1789, había dos facciones, una radical que exigía la instauración de la República y otra, la gran burguesía, que anhelaba la imposición del capitalismo por la vía británica, es decir, la imposición de una monarquía constitucional donde el poder real lo tuviera la gran burguesía, que era la clase hegemónica en el terreno económico. Ésta última consiguió imponerse, de tal modo que Carlos X huyó a Inglaterra y abdicó, instaurando la alta burguesía una monarquía liberal entregando el trono a Luis Felipe de Orleáns que se convirtió en el rey Luis Felipe I de Francia.

“La que dominó bajo Luis Felipe no fue la burguesía francesa sino una fracción de ella: los banqueros, los reyes de la Bolsa, los reyes de los ferrocarriles, los propietarios de minas de carbón y de hierro y de explotaciones forestales y una parte de la propiedad territorial aliada a ellos: la llamada aristocracia financiera. Ella ocupaba el trono, dictaba leyes en las Cámaras y adjudicaba los cargos públicos, desde los ministerios hasta los estancos.

La burguesía industrial propiamente dicha constituía una parte de la oposición oficial, es decir, sólo estaba representada en las Cámaras como una minoría. Su oposición se manifestaba más decididamente a medida que se destacaba más el absolutismo de la aristocracia financiera y a medida que la propia burguesía industrial creía tener asegurada su dominación sobre la clase obrera, después de las revueltas de 1832, 1834 y 1839, ahogadas en sangre. (…) La pequeña burguesía en todas sus gradaciones, al igual que la clase campesina, había quedado completamente excluida del poder político. Finalmente, en el campo de la oposición oficial o completamente al margen del pays légal se encontraban los representantes y portavoces ideológicos de las citadas clases, sus sabios, sus abogados, sus médicos, etc.; en una palabra, sus llamados ‘talentos’”
[11].

La monarquía emanada de la revolución de 1830 de Luis Felipe se encontraba “bajo la dependencia de la alta burguesía, y su dependencia de la alta burguesía convertíase a su vez en fuente inagotable de una creciente penuria financiera.(…) el incremento de la deuda pública interesaba directamente a la fracción burguesa que gobernaba y legislaba a través de las Cámaras. El déficit del Estado era precisamente el verdadero objeto de sus especulaciones y la fuente principal de su enriquecimiento. Cada año, un nuevo déficit. Cada cuatro o cinco años, un nuevo empréstito. Y cada nuevo empréstito brindaba a la aristocracia financiera una nueva ocasión de estafa a un Estado mantenido artificialmente al borde de la bancarrota; éste no tenía más remedio que contratar con los banqueros en las condiciones más desfavorables. Cada nuevo empréstito daba una nueva ocasión para saquear al público que colocaba sus capitales en valores del Estado, mediante operaciones de Bolsa en cuyos secretos estaban iniciados el Gobierno y la mayoría de la Cámara.” [12]

A ello, la corrupción generalizada, se le une “la plaga de la patata y las malas cosechas de 1845 y 1846 (…) provocó en Francia como en el resto del continente, conflictos sangrientos” [13] y “una crisis general del comercio y de la industria en Inglaterra; anunciada ya en el otoño de 1845 por la quiebra general de los especuladores de acciones ferroviarias”[14] provocó que “la asolación del comercio y de la industria por la epidemia económica hizo todavía más insoportable el absolutismo de la aristocracia financiera. La burguesía de la oposición provocó en toda Francia una campaña de agitación en forma de banquetes a favor de una reforma electoral, que debía darle la mayoría en las Cámaras y derribar al ministerio de la Bolsa. En París, la crisis industrial trajo, además, como consecuencia particular, la de lanzar sobre el mercado interior una masa de fabricantes y comerciantes al por mayor que, en las circunstancias de entonces, no podían seguir haciendo negocios en el mercado exterior. Estos elementos abrieron grandes tiendas, cuya competencia arruinó en masa a los pequeños comerciantes de ultramarinos y tenderos. De aquí un sinnúmero de quiebras en este sector de la burguesía de París y de aquí su actuación revolucionaria en febrero. Es sabido cómo Guizot y las Cámaras contestaron a las propuestas de reforma con un reto inequívoco; cómo Luis Felipe se decidió, cuando ya era tarde, por un ministerio Barrot; cómo se llegó a colisiones entre el pueblo y las tropas, como el ejército se vio desarmado por la actitud pasiva de la Guardia Nacional y cómo la monarquía de Julio hubo de dejar el sitio a un gobierno provisional. (…) Este Gobierno provisional, que se levantó sobre las barricadas de Febrero, reflejaba necesariamente, en su composición, los distintos partidos que se repartían la victoria. No podía ser otra cosa más que una transacción entre las diversas clases que habían derribado conjuntamente la monarquía de Julio, pero cuyos intereses se contraponían hostilmente. Su gran mayoría estaba formada por representantes de la burguesía. La pequeña burguesía republicana representada por Ledru Rollin y Flocon; la burguesía republicana, por los hombres del National; la oposición dinástica, por Crémieux, Dupont de l’Eure, etc. La clase obrera no tenía más que dos representantes: Luis Blanc y Albert. Finalmente, Lamartine no representaba propiamente en el Gobierno provisional ningún interés real, ninguna clase determinada: era la misma revolución de Febrero, el levantamiento conjunto, con sus ilusiones, su poesía, su contenido imaginario y sus frases. Por lo demás, el portavoz de la revolución de Febrero pertenecía, tanto por su posición como por sus ideas, a la burguesía. (…) Si París, en virtud de la centralización política, domina a Francia, los obreros, en los momentos de sacudidas revolucionarias, dominan a París (…) La burguesía sólo consiente al proletariado una usurpación: la de la lucha. (…) Hacia el mediodía del 25 de febrero, la República no estaba todavía proclamada, pero, en cambio, todos los ministerios estaban ya repartidos entre los elementos burgueses del Gobierno provisional y entre los generales, abogados y banqueros del National. Pero los obreros estaban decididos a no tolerar esta vez otro escamoteo como el de julio de 1830. Estaban dispuestos a afrontar de nuevo la lucha y a imponer la República por la fuerza de las armas.”[15] y es así como se alcanza la Segunda República francesa.

“Con la proclamación de la República sobre la base del sufragio universal, se había cancelado hasta el recuerdo de los fines y móviles limitados que habían empujado a la burguesía a la revolución de Febrero. En vez de unas cuantas fracciones de la burguesía, todas las clases de la sociedad francesa se vieron de pronto lanzadas al ruedo del poder político, obligadas a abandonar los palcos, el patio de butacas y la galería y a actuar personalmente en la escena revolucionaria. Con la monarquía constitucional, había desaparecido también toda apariencia de un poder estatal independiente de la sociedad burguesa y toda la serie de luchas derivadas que el mantenimiento de esta provoca.

El proletariado, al dictar la República al Gobierno provisional y, a través del Gobierno provisional, a toda Francia, apareció inmediatamente en primer plano como partido independiente, pero, al mismo tiempo lanzó un desafío a toda la Francia burguesa. Lo que el proletariado conquistaba era el terreno para luchar por su emancipación revolucionaria, pero no, ni mucho menos, esta emancipación misma. (…) Lejos de ello, la República de Febrero, tenía, antes que nada, que completar la dominación de la burguesía, incorporando a la esfera del poder político, junto a la aristocracia financiera, a todas las clases poseedoras.”
[16]

“La revolución de febrero cogió desprevenida, sorprendió a la vieja sociedad, y el pueblo proclamó este golpe de mano inesperado como una hazaña de la historia universal con la que se abría la nueva época. El 2 de diciembre (de 1851), la revolución de febrero es escamoteada por la voltereta de un jugador tramposo, y lo que parece derribado no es ya la monarquía, sino las concesiones liberales que le habían sido arrancadas por seculares luchas. Lejos de la sociedad misma la que se conquista en un nuevo contenido, parece como si simplemente el Estado volviese a su forma más antigua, a la dominación desvergonzadamente simple del sable y la sotana. Así contesta al coup de main de febrero de 1848 el coup de tête de diciembre de 1851. Por donde se vino, se fue. Sin embargo, el intervalo no ha pasado en vano. Durante los años de 1848 a 1851, la sociedad francesa asimiló, y lo hizo mediante un método abreviado, por ser revolucionario, las enseñanzas y las experiencias que es un desarrollo normal, lección tras lección, por decirlo así, habrían debido preceder a la revolución de febrero, para que ésta hubiese sido algo más que un estremecimiento en la superficie. Hoy, la sociedad parece haber retrocedido más allá de su punto de partida; en realidad, lo que ocurre es que tiene que empezar por crearse el punto de partida revolucionario, la situación, las relaciones, las condiciones, sin las cuales no adquiere un carácter serio la revolución moderna”. [17]

Como puede observarse, la última década del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX en Francia fue una permanente lucha entre lo viejo que no acababa de morir y lo nuevo de aquél entonces que estaba por imponerse. La burguesía pretende enterrar el absolutismo en la última década del siglo XVIII y éste resurge en 1815 para instalarse durante 3 décadas, la burguesía revolucionaria republicana de la época pretende liquidar la monarquía en 1792 y la monarquía se impone desde 1815 hasta 1848. Pero también, cada experiencia revolucionaria nos muestra que, aunque lo viejo se reponga y se vuelva a imponer a lo nuevo temporalmente, esta imposición se realiza de manera más precaria pues en la memoria del pueblo se irradia el contenido, la esencia, del nuevo orden que se pretende conquistar. Y cada arremetida revolucionaria de lo nuevo empuja más a lo viejo a su desnaturalización, al entierro definitivo, de tal modo que la lucha de clases es el motor de la historia y que el desarrollo de la historia es la permanente lucha entre lo nuevo – la aspiración de la clase revolucionaria – y lo viejo – la defensa del sistema que sostiene los privilegios de la clase reaccionaria.

3. El proletariado y las revoluciones burguesas del siglo XIX

En las primeras revoluciones burguesas, el proletariado lucha unido a la burguesía para acabar con el absolutismo. “Por aquel entonces, el modo capitalista de producción, y con él el antagonismo entre la burguesía y el proletariado, se habían desarrollado todavía muy poco. La gran industria, que en Inglaterra acababa de nacer, era todavía desconocida en Francia. Y sólo la gran industria desarrolla, de una parte, los conflictos que transforman en una necesidad imperiosa la subversión del modo de producción y la eliminación de su carácter capitalista – conflictos que estallan no sólo entre las clases engendradas por esa gran industria, sino también entre las fuerzas productivas y las formas de cambio por ellas creadas – y, de otra parte, desarrolla gigantescas fuerzas productivas los medios para resolver estos conflictos. Si bien, hacia 1800, los conflictos que brotaban del nuevo orden social apenas empezaban a desarrollarse, estaban mucho menos desarrollados, naturalmente, los medios que habían de conducir a su solución. Si las masas desposeídas de París lograron adueñarse por un momento del poder durante el régimen del terror y con ello el triunfo de la revolución burguesa, incluso en contra de la burguesía, fue sólo para demostrar hasta qué punto era imposible mantener por mucho tiempo este poder en las condiciones de la época. El proletariado, que apenas empezaba a destacarse en el seno de estas masas desposeídas, como tronco de una clase nueva, totalmente incapaz todavía para desarrollar una acción política propia, no representaba más que un estamento oprimido, agobiado por toda clase de sufrimientos, incapaz de valerse por sí mismo. La ayuda, en el mejor de los casos, tenía que venirle de fuera, de lo alto.” [18]

“Las revoluciones de la época de crisis del feudalismo y de desarrollo ascensional del capitalismo fueron dirigidas por la burguesía urbana, que en unos casos logró triunfar mediante una transacción con los señores feudales y en otros sostuvo la lucha hasta el fin, hasta el derrocamiento definitivo de estos últimos. El ejército que peleó en dichas revoluciones lo formaban campesinos y la plebe de las ciudades. A consecuencia de ello, la revolución, al alcanzar su punto álgido, rebasaba en mucho los objetivos que se había señalado la burguesía.” [19]

Hemos visto en el punto segundo de la presente tesis cómo se impone el capitalismo tanto en España como en Francia. En ambos lugares fue la burguesía quien dirigió la lucha pero, sin duda, quiénes la llevaron a término fueron campesinos y proletarios.

La misión principal y fundamental de la revolución burguesa “consiste en conformar la superestructura política con el tipo de economía capitalista nacido de las entrañas del feudalismo y asegurar las condiciones necesarias para su libre desenvolvimiento.” [20]

El periodo del terror de la Revolución Francesa, años 1793 y 1794, fue uno de esos momentos en los que la revolución alcanzaba un momento álgido que rebasaba en mucho los marcados por la burguesía. De hecho fue la facción de los burgueses más ricos la que actuando de manera reaccionaria, contrarrevolucionaria, no dudó en liquidar al líder de los jacobinos al objeto de reconducir la revolución hacia la dirección de sus intereses, el establecimiento de una superestructura – sociedad, Estado, cultura, etcétera – acorde al sistema de producción capitalista; y para ello no dudaron en echarse a los brazos de la corrupción, del despotismo y de la conciliación con la nobleza y el clero.

En julio de 1830 nuevamente el pueblo pone fin al absolutismo de Carlos X, si bien el proletariado y las capas más revolucionarias de la burguesía, las capas más bajas de ésta, eran partidarios de la República, la burguesía rica, los banqueros, impusieron su monarca, Luis Felipe de Orleáns, el cual no sería más que un títere para que la gran burguesía nadara en la abundancia gracias al saqueo, la especulación y la corrupción. Sin embargo, esta experiencia revolucionaria de 1830 fue esencial para que el proletariado en 1848 adquiriera una mayor firmeza y consistencia en la lucha, una mayor fortaleza, que hizo hacer saltar la banca de la monarquía burguesa podrida que conllevó la posterior instauración de la Segunda República francesa.

“A la monarquía burguesa de Luis Felipe sólo puede suceder la república burguesa; es decir, que si en nombre del rey, había dominado una parte reducida de la burguesía, ahora dominará la totalidad de la burguesía en nombre del pueblo. Las reivindicaciones del proletariado de París son paparruchas utópicas, con las que hay que acabar. El proletariado de París contestó a esta declaración de la Asamblea Nacional Constituyente con la insurrección de junio, el acontecimiento más gigantesco en la historia de las guerras civiles europeas. Venció la república burguesa. A su lado estaban la aristocracia financiera, la burguesía industrial, la clase media, los pequeños burgueses, el ejército, el lumpemproletariado organizado como Guardia Móvil, los intelectuales, los curas y la población del campo. Al lado del proletariado de París no estaba más que él solo. Más de 3.000 insurrectos fueron pasados a cuchillo después de la victoria y 15.000 deportados sin juicio”. [21]

La revolución de 1848, y la derrota del proletariado francés en la insurrección de junio de 1849, “había preparado, allanado, el terreno en que podía cimentarse y erigirse la república burguesa; pero al mismo tiempo, había puesto de manifiesto que en Europa se ventilaban otras cuestiones que la ‘república o monarquía’. Había revelado que aquí la república burguesa equivalía a despotismo ilimitado de una clase sobre otras. Había demostrado que en países de vieja civilización, con una formación de clase desarrollada, con condiciones modernas de producción y con una conciencia intelectual, en la que todas las ideas intelectuales se hallan disueltas por un trabajo secular, la república no significa en general más que la forma política de la subversión de la sociedad burguesa y no su forma conservadora de vida”[22]. El proletariado y su lucha, su exigencia derrotada de establecer una república social, no sólo envejeció a la burguesía, la colocó en su nuevo lugar, como lo viejo, como lo reaccionario, como asesina de sus propias consignas y el pensamiento que decía encarnar, donde “toda reivindicación, aun de la más elemental reforma financiera burguesa, del liberalismo más vulgar, del más formal republicanismo, de la más trivial democracia, es castigada en el acto como un ‘atentado contra la sociedad’ y estigmatizada como ‘socialismo’”[23] y “La Constitución, la Asamblea Nacional (…) la liberté, égalité, fraternité y el segundo domingo de mayo de 1852; todo ha desaparecido como una fantasmagoría (…) el sufragio universal sólo pareció sobrevivir un instante para hacer su testamento de puño y letra a los ojos del mundo entero y poder declarar, en nombre del propio pueblo: ‘Todo lo que existe merece perecer’.”[24]; sino que su propia lucha la empujó al ruedo de la historia como la nueva clase revolucionaria y, consecuentemente, adquiría su misión histórica de luchar por su emancipación de clase para lo cual, mediante la lucha, deberá ir adquiriendo sus armas para poder desarrollar su emancipación de manera revolucionaria.

4. La Comuna de París

El siglo XIX, y fundamentalmente desde 1848, la lucha de la clase obrera fue incrementándose, con una participación cada vez más importante del proletariado, que despertaba políticamente, como consecuencia del desarrollo del capitalismo. Es en este contexto histórico donde, junto al desarrollo del movimiento sindical o tradeunionista, se despliega la necesidad de la organización política del proletariado de tal modo que fueron surgiendo organizaciones obreras, heterogéneas en lo ideológico, creándose las condiciones para el surgimiento de la Primera Internacional. “La I Internacional (1864-1872) echó los cimientos de la organización internacional de los obreros para la preparación de su ofensiva revolucionaria contra el capital” [25].

En Francia hemos visto cómo la burguesía que decía levantarse contra la tiranía del absolutismo; y, con su revolución, pretendía liberar a la humanidad de ella inundando de libertad, igualdad y fraternidad el mundo redimiendo a todos los desposeídos de los privilegios que gozaban la nobleza y el clero, la misma que pretendía imponer el Estado de la razón, de su razón de clase; impuso su absolutismo explotador y corrupto nada más tomar en sus manos el poder, convirtiéndose en una clase reaccionaria, en la primera enemiga de lo que decía que pretendía realizar.

“Luis Bonaparte quitó a los capitalistas el poder político con el pretexto de defenderles, de defender a los burgueses contra los obreros, y, por otra parte, a éstos contra la burguesía; pero a cambio de ello su régimen estimuló la especulación y las actividades industriales; en una palabra, el auge y el enriquecimiento de toda la burguesía en proporciones hasta entonces desconocidas. Cierto es que fueron todavía mayores las proporciones en que se desarrollaron la corrupción y el robo en masa (…) el Segundo Imperio era la apelación al chovinismo francés, la reivindicación de las fronteras del Primer Imperio, perdidas en 1814, a la menos las de la Primera República. Era imposible que subsistiese a la larga un Imperio francés dentro de las fronteras de la antigua monarquía, más aún, dentro de las fronteras amputadas de 1815. Esto implicaba la necesidad de guerras accidentales y de ensanchar las fronteras (…) Proclamado el Segundo Imperio, la reivindicación de la orilla izquierda del Rin, fuese de una vez o por partes, era simplemente una cuestión de tiempo. Y el tiempo llegó con la guerra austro-prusiana de 1866. Defraudado en sus esperanzas de ‘compensaciones territoriales’ por el engaño de Bismarck y por su propia política demasiado astuta y vacilante, a Napoleón no le quedaba ahora más salida que la guerra, que estalló en 1870 y le empujó primero a Sedán y después a Wilhelmshöhe (…) La consecuencia inevitable fue la revolución de París del 4 de septiembre de 1870. El Imperio se derrumbó como un castillo de naipes y nuevamente fue proclamada la república. Pero el enemigo estaba a las puertas. Los ejércitos del Imperio estaban sitiados en Metz sin esperanza de salvación o prisioneros de Alemania. En esta situación angustiosa, el pueblo permitió a los diputados parisinos del antiguo Cuerpo Legislativo constituirse en un ‘Gobierno de la Defensa Nacional’. Estuvo tanto más dispuesto a acceder a esto, cuanto que, para los fines de la defensa, todos los parisinos capaces de empuñar las armas se habían enrolado en la Guardia Nacional y estaban armados, con lo cual los obreros representaban dentro de ella una gran mayoría. Pero al antagonismo entre el Gobierno, formado casi exclusivamente por burgueses, y el proletariado en armas no tardó en estallar. El 31 de octubre los batallones obreros tomaron por asalto el Hôtel de Vile y capturaron a algunos miembros del Gobierno. Mediante una traición, la violación descarada por el Gobierno de su palabra y la intervención de algunos batallones pequeñoburgueses, se consiguió ponerlos nuevamente en libertad (…) Por fin, el 28 de enero de 1871, la ciudad de París, vencida por el hambre, capituló.” [26]

“Durante la guerra, los obreros de París habíanse limitado a exigir la enérgica continuación de la lucha. Pero ahora, sellada ya la paz después de la capitulación de París, Thiers, nuevo jefe del Gobierno, tenía que darse cuenta de la dominación de las clases poseedoras – grandes terratenientes y capitalistas – esta en constante peligro mientras los obreros de París tuviesen en sus manos las armas. Lo primero que hizo fue tratar de desarmarlos. El 18 de marzo envió tropas de línea con order de robar a la Guardia Nacional la artillería que era de su pertenenciam pues había sido construida durante el asedio de París y pagada por suscripción pública. El intento no prosperó; París se movilizó como un solo hombre para la resistencia y se declaró la guerra entre París y el Gobierno francés, instalado en Versalles. El 26 de marzo fue elegida, y el 28 proclamada la Comuna de París. El Comité Central de la Guardia Nacional, que hasta entonces había desempeñado las funciones de gobierno, dimitió en favor de la Comuna (…) El 30, la Comuna abolió la conscripción y el ejército permanente y declaró única fuerza armada a la Guardia Nacional, en la que debían enrolarse todos los ciudadanos capaces de empuñar las armas. Condonó los pagos de alquiler de viviendas desde octubre de 1870 hasta abril de 1871, incluyendo en cuenta para futuros pagos de alquileres las cantidades ya abonadas, y suspendió la venta de objetos empeñados en el monte de piedad de la ciudad. El mismo día 30 fueron confirmados en sus cargos los extranjeros elegidos para la Comuna, pues ‘la bandera de la Comuna es la bandera de la República mundial’. El 1 de abril se acordó que el sueldo máximo que podría percibir un funcionario de la Comuna, y por tanto los mismos miembros de ésta, no podría exceder de 6.000 francos. Al día siguiente, la Comuna decretó la separación de la Iglesia del Estado y la supresión de todas las partidas consignadas en el presupuesto del Estado para fines religiosos, declarando propiedad nacional todos los bienes de la Iglesia; como consecuencia de esto, el 8 de abril se ordenó que se eliminase de las escuelas todos los símbolos religiosos, imágenes, dogmas, oraciones, en una palabra ‘todo lo que cae dentro de la órbita de la conciencia individual’, orden que fue aplicándose gradualmente. El día 5, en vista de que las tropas de Versalles fusilaban diariamente a los combatientes de la Comuna capturados por ellas, se dictó un decreto ordenando la detención de rehenes, pero esta disposición nunca se llevó a la práctica. El día 6, el 137º Batallón de la Guardia Nacional sacó a la calle la guillotina y la quemó públicamente, entre el entusiasmo popular. El 12, la Comuna acordó que la Columna Triunfal de la plaza Vendôme, fundida con el bronce de los cañones tomados por Napoleón después de la guerra de 1809, se demoliese, como símbolo de chovinismo e incitación a los odios entre naciones. Esta disposición fue cumplida el 16 de mayo. El 16 de abril, la Comuna ordenó que se abriese un registro estadístico de todas las fábricas clausuradas por los patronos y se preparasen los planes para reanudar su explotación con los obreros que antes trabajaban en ellas, organizándoles en sociedades cooperativas, y que se planease también la agrupación de todas estas cooperativas en una gran unión. El 20, la Comuna declaró abolido el trabajo nocturno de los panaderos y suprimió también las oficinas de colocación, que durante el Segundo Imperio eran un monopolio de ciertos sujetos designados por la policía, explotadores de primera fila de los obreros. Las oficinas fueron transferidas a las alcaldías de los veinte distritos de París. El 30 de abril, la Comuna ordenó la clausura de las casas de empeño, basándose en que eran una forma de explotación privada de los overos, en pugna con el derecho de éstos a disponer de sus instrumentos de trabajo y de crédito. El 5 de mayo, dispuso la demolición de la Capilla Expiatoria, que se había erigido para expiar la ejecución de Luis XVI (…) Como se ve, el carácter de clase del movimiento de París, que antes se había relegado a segundo plano por la lucha de los invasores extranjeros, resalta con trazos netos y enérgicos desde el 18 de marzo en adelante. Como los miembros de la Comuna eran todos, casi sin excepción, obreros o representantes reconocidos de los obreros, sus acuerdos se distinguían por un carácter marcadamente proletario. Una parte de sus decretos eran reformas que la burguesía republicana no se había atrevido a implantar sólo por vil cobardía y que echaban los cimientos indispensables para la libre acción de la clase obrera, como por ejemplo, la implantación del principio de que, con respecto al Estado, la religión es un asunto de incumbencia puramente privada; otros iban encaminados a salvaguardar directamente los intereses de la clase obrera, y, en parte, abrían profundas brechas en el viejo orden social. Sin embargo, en una ciudad sitiada lo más que se podía alcanzar era un comienzo de desarrollo de todas estas medidas. Desde los primeros días de mayo, la lucha contra los ejércitos levantados por el Gobierno de Versalles, cada vez más nutridos, absorbió todas las energías.”[27]

La Comuna no sólo desnudó la cobardía de la burguesía y su condición de clase reaccionaria, nuevamente la mostró como una auténtica criminal pues no dudó en reprimir con una ferocidad y crueldad ilimitadas a la Comuna, asesinando inmisericordemente a mujeres, niños y ancianos indefensos; en pocas semanas asesinaron a decenas de miles de proletarios desarmados. Asimismo, la experiencia de la Comuna, con sus errores, fue esencial para enriquecer la teoría del Estado y de la toma del Poder del proletariado revolucionario – mostrando la necesidad de un periodo de transición, del socialismo como fase inmadura de comunismo, una vez derrocado el régimen burgués, donde el proletariado debe imponer su dictadura y desde su Estado reprimir inmisericordemente a la burguesía hasta terminar con ella, hasta extinguir la lucha de clases -, así como para mostrar la necesidad de la existencia del Partido.

“En todas las proclamas dirigidas a los franceses de las provincias, la Comuna les invita a crear una Federación libre de todas las Comunas de Francia con París, una organización nacional que, por vez primera, iba a ser creada realmente por la misma nación. Precisamente el poder opresor del antiguo Gobierno centralizado – el ejército, la policía política y la burocracia-, creado por Napoleón en 1798 y que desde entonces había sido heredado por todos los nuevos gobiernos como un instrumento grato, empleándolo contra sus enemigos, precisamente éste debía ser derrumbado en todas Francia, como había sido derrumbado ya en París (…) La Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento que la clase obrera, al llegar al poder, no podía seguir gobernando con la vieja máquina del Estado; que, para no perder de nuevo su dominación recién conquistada, la clase obrera tenía, de una parte, que barree toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella, y de otra parte, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento.”[28]

Lenin, en un artículo publicado en 1911 titulado “En memoria de la Comuna”, conmemorando el 40 aniversario de la Comuna, disertó sobre qué cuestiones hicieron que la Comuna no pudiera triunfar: “Para que una revolución social pueda triunfar, necesita por lo menos dos condiciones: un alto desarrollo de las fuerzas productivas y un proletariado preparado para ella. Pero en 1871 se carecía de ambas condiciones. El capitalismo francés se hallaba aún poco desarrollado, y Francia era entonces, en lo fundamental, un país de pequeña burguesía (artesanos, campesinos, tenderos, etc.). Por otra parte, no existía un partido obrero, y la clase obrera no estaba preparada ni había tenido un largo adiestramiento, y en su mayoría ni siquiera comprendía con claridad cuáles eran sus fines ni cómo podía alcanzarlos. No había una organización política seria del proletariado, ni fuertes sindicatos, ni sociedades cooperativas”. [29]

5. La Unión Soviética: ¿fracasó el marxismo-leninismo? ¿Fracasó el socialismo científico?

La burguesía, a través de sus medios de manipulación de masas, de su propaganda, no duda en reiterar el silogismo de que el socialismo ha fracasado y ello lo ejemplifica la caída de la Unión Soviética, su fracaso. Ergo, la caída de la Unión Soviética verifica la inviabilidad del socialismo, este es el mensaje que la burguesía quiere que cale, que taladre el cerebro del proletariado y de todos aquéllos explotados y sojuzgados por el imperialismo criminal.

Sin embargo, estudiando la última parte del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX en España y en Francia comprobamos cómo el capitalismo, y sus formas de Estado, que fueron imponiéndose revolucionariamente al feudalismo para, posteriormente, sucumbir al absolutismo y a las relaciones feudales nuevamente para, más adelante, volver a imponerse de manera definitiva. Si la burguesía se hubiera aplicado en 1815 el mismo silogismo que hoy pretende imponer al socialismo y a la Unión Soviética mediante su pensamiento único al proletariado hoy todavía estaríamos en una sociedad estamental emanada de unas relaciones de producción feudales. Hoy el capitalismo, en su fase putrefacta, monopolista, no se sostiene en el terreno económico ni en el político, y prueba de ello es su situación de bancarrota económica y política. Empero la burguesía es plenamente consciente de que únicamente es la lucha ideológica la por lo que se sostiene, es por ello que con todos los medios de comunicación de masas en sus manos, libra una lucha a muerte contra su sepulturero: el proletariado y su ciencia emancipadora, el marxismo-leninismo. La burguesía es anticomunista militante. “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo las circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”.[30] La lucha ideológica y la guerra son el único bastón que le quedan a la burguesía en su estéril misión de frenar las ruedas de la historia y perpetuar su caduca y podrida formación socioeconómica, es por ello su anticomunismo y su odio visceral y sus falacias contra la Unión Soviética y contra el marxismo-leninismo. Jamás en la historia hubo una clase social más canalla y embustera que la burguesía.

La burguesía es consciente de la importancia de la lucha ideológica, lo es en la actualidad apostándolo todo a la lucha ideológica, y en su caso y en los momentos corrientes al fascismo, para sostener su sistema caduco y criminal, y lo fue en el pasado. La Revolución Francesa de 1789, y las sucesivas revoluciones burguesas posteriores a ésta, no hubieran sido posibles sin la lucha ideológica de la burguesía, educando al Tercer Estado o pueblo llano, en la necesidad de suceder el absolutismo de unos privilegiados parásitos por el Estado que concentrase la idea de la razón, confrontando materialismo e idealismo. Sin embargo, la única razón del Estado burgués no es otro que ser el instrumento de la burguesía para oprimir y someter al proletariado, esto es la razón de ser la burguesía. La lucha ideológica ha permitido a la burguesía, mejor dicho a la capa más rica de la burguesía, engañar durante siglos a las capas más atrasadas del proletariado, al campesinado y ha conseguido tener tras de ella a la pequeña y mediana burguesía.

Esta lucha ideológica la burguesía la hace sin cuartel pues bien sabe ésta que cuando una revolución triunfa – aunque triunfe en un solo país, como consecuencia del desarrollo desigual de las naciones – las ideas de ésta se extienden por todo el mundo de tal modo que la clase emancipada por la revolución extiende e impregna a la misma clase en otros países que buscan seguir el camino emancipador de su clase. En el análisis histórico anterior hemos podido comprobar que una vez triunfa la revolución burguesa en un primer país, las burguesías de otros países quieren seguir sus pasos y la reacción de todos los países se unen con los reaccionarios del país donde triunfó la revolución al objeto de asfixiarla y acabar con ellas, restaurando el régimen anterior. La burguesía revolucionaria lo comprobó a finales del siglo XVIII y principios del XIX. La burguesía reaccionaria de hoy, sabedora de ello, ataca a muerte la experiencia soviética precisamente porque muestra la viabilidad del socialismo. Mejor dicho, más que la viabilidad del socialismo, la superioridad de éste con respecto del capitalismo. Y es que, si el socialismo y el comunismo son inviables per se, por su propia naturaleza, si el comunismo y el socialismo son cadáveres, están totalmente muertos ¿por qué se gasta la burguesía centenares de millones de dólares en despotricar y combatirlos en una guerra sin cuartel? Porque es la primera que reconoce la superioridad de éstos, porque reconoce la exactitud de la ciencia de la emancipación revolucionaria del proletariado, el marxismo-leninismo, porque sabe perfectamente que “la burguesía produce, ante todo, sus propios sepultureros. Su hundimiento y la victoria del proletariado son igualmente inevitables.” [31]

El análisis histórico de las revoluciones burguesas en la etapa de declive del feudalismo y de auge del capitalismo ascensional también nos ha mostrado el tránsito de la burguesía que pasó de ser una clase revolucionaria contra el feudalismo a una clase reaccionaria, una vez ésta se hace con el poder, traicionando sus propios principios revolucionarios, y cómo el proletariado pasa a convertirse en la clase revolucionaria.

Hemos visto que la Revolución de 1848 en Francia mostró que los procesos revolucionarios que se sucedieran tras de ella, en lugares donde la burguesía ya ostentara el poder, no podían ser más que dirigidas por el proletariado que se había convertido en la clase revolucionaria.

Engels, en una carta remitida a Nikolai Frantsevich Danielson el 17 de octubre de 1893 le señalaba “la actual fase del desarrollo en Rusia, la fase capitalista, es una consecuencia inevitable de las condiciones históricas creadas por la guerra de Crimea, por el modo en que se llevó a cabo la reforma de las condiciones agrarias en 1861 y, finalmente, por el estancamiento político de toda Europa(…) Mientras que en Rusia tenemos una base de carácter comunista primitivo, una Gentilgesellschaft (sociedad gentilicia) anterior a la civilización, que si bien se está desmoronando, es, a pesar de todo, la base y el material que maneja y con el que opera la revolución capitalista (pues se trata de una auténtica revolución social). En los Estados Unidos hace ya más de un siglo que ha quedado plenamente establecida la Geldwirtshaft (economía monetaria) mientras que en Rusia dominaba en todas partes, casi sin excepción, la Naturalwirtschaft (economía natural). Se comprende, por tanto, que el cambio habrá de ser en Rusia mucho más violento y tajante y tendrá que ir acompañado de muchos más sufrimientos que en los Estados Unidos (…) Es evidente que el tránsito del comunismo primitivo y agrario al industrialismo capitalista no puede efectuarse sin una terrible dislocación de la sociedad, sin que desaparezcan clases enteras y se transformen en otras clases; y ya hemos visto en Europa Occidental, aunque en menores proporciones, los enormes sufrimientos del despilfarro de vidas humanas y de fuerzas productivas que ello implica necesariamente”. [32]

Unos cinco años después, Lenin describía cuál era la naturaleza de clase del Estado del zar y cuál era la situación del proletariado ruso y su objetivo político fundamental. “En Rusia están privados de derechos políticos no sólo los obreros, sino todos los ciudadanos. Rusia es una monarquía autocrática, absoluta. El zar es el único que dicta las leyes, nombra a los funcionarios y los vigila. Por eso parece que él y su gobierno no dependen en Rusia de ninguna clase y se preocupan de todos por igual. Pero en realidad, todos los funcionarios proceden de una sola clase, la clase de los propietarios, y están subordinados a la influencia de los grandes capitalistas, que manejan a los ministros como títeres y obtienen de ellos cuanto quieren. Sobre la clase obrera rusa pesa un doble yugo: el de los capitalistas y el de los terratenientes que la expolian y saquean; y para que no pueda luchar contra ellos, la policía la ata de pies y manos, la amordaza y persigue todo intento de defender los derechos del pueblo. Cualquier huelga contra un capitalista conduce a que el ejército y la policía sean lanzados contra los obreros. Toda lucha económica se transforma sin falta en una lucha política, y la socialdemocracia tiene el deber de unir indisolublemente una y otra en la lucha única de la clase del proletariado. El objetivo primero y principal de esta lucha debe ser la conquista de los derechos políticos, la conquista de la libertad política”. [33]

Rusia a finales del siglo XIX era una país atrasado con respecto de Estados Unidos y las potencias capitalistas de Europa Occidental y tenía un Estado absolutista encabezado por un zar que servía a la capa más alta, o rica, de la burguesía a la par que era inmisericorde en la represión contra obreros y campesinos. En Rusia, al igual que en otros países, también se comprueba cómo la burguesía, ya sea por la vía de la corrupción o la del aburguesamiento de las capas privilegiadas de la sociedad estamental, con las que ha transado en multitud de ocasiones hasta fagocitarlos, transformándose en burguesía, una vez han triunfado las revoluciones burguesas haciéndose esta clase con el poder.

La guerra contra Japón de 1904 exacerbó las contradicciones de la sociedad rusa, generando un descontento grande entre las clases populares así como dentro del propio ejército, el cual luchó contra los japoneses en unas condiciones paupérrimas. La represión zarista contra el pueblo fue brutal como lo atestigua el Domingo Sangriento donde fusilaron a centenares de personas que se manifestaban pacíficamente frente al Palacio de Invierno al objeto de entregar una serie de reivindicaciones al zar, hecho éste que fue el detonante de la Revolución iniciada en 1905, en la que se produjeron amotinamientos del ejército, y donde el proletariado en movimiento, en lucha, desarrollaron organizaciones como los sindicatos y los soviets de diputados obreros, los cuales fueron ilegalizados en 1906.

Las fuerzas reaccionarias se impusieron en la revolución de 1905-1907, de tal modo que el zar acentuó su régimen policiaco y represivo, haciendo y deshaciendo en la duma títere como le daba la gana, dando la razón a Lenin en su crítica a mencheviques y liberales sobre su consideración de que la monarquía con duma, o monarquía parlamentaria, fue una ‘victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo’ puesto que se acababa con el absolutismo; crítica en la que Lenin señalaba “mientras el poder esté en manos del zar, cualquier decisión de cualquier representante no es más que charlatanismo huero y desdeñable, como resultaron serlo las ‘decisiones’ del parlamento de Fráncfort, famoso en la historia de la revolución alemana de 1848. Marx, representante del proletariado revolucionario, en su Nueva Gaceta del Rin, fustigaba con sarcasmos implacables a los liberales de Fráncfort, análogos precisamente a los actuales adeptos de Osvobozhdenie, porque pronunciaban bellos discursos, tomaban toda clase de ‘decisiones’ democráticas, ‘instituían’ toda clase de libertades, pero, en la práctica, dejaron el poder en manos del rey y no organizaron la lucha armada contra las fuerzas militares de que disponía este último. Y mientras esos liberales de Fráncfort, análogos a los actuales adeptos de Osvobozhdenie, discurseaban, el rey esperó el momento oportuno, reforzó sus efectivos militares, y la contrarrevolución, apoyándose en la fuerza real, infligió una derrota completa a los demócratas y a todas sus magníficas ‘decisiones’”. [34]

Pero este triunfo del zarismo fue un triunfo temporal, pues persistía la necesidad de realizar los cambios políticos y económicos en la magnitud que requería el desarrollo histórico, como era acabar con los vestigios del régimen de servidumbre y romper con la dependencia del imperialismo extranjero que atoraban el desarrollo de las fuerzas productivas. El capitalismo desarrollado en Rusia se implantó tardíamente a inicios del siglo XX, se incrementaron el número de fábricas grandes, aparecieron asociaciones monopolistas estando la economía rusa bajo el dominio del imperialismo internacional, de tal modo que los capitales belgas, británicos, franceses y alemanes se adueñaron de las ramas más importantes de la producción. Asimismo, la política despótica y represiva del zar hizo que entre el pueblo el sentimiento de odio creciera hacia él. A todo ello se le debe sumar la Primera Guerra Mundial, la Guerra Imperialista iniciada en 1914 que exacerbó todavía más las contradicciones de clase y depauperó todavía más las condiciones de vida del proletariado y del campesinado a la par que se enriquecían los monopolios y los kulaks, madurándose las condiciones para la revolución cuyo objetivo fuera liquidar la propiedad terrateniente en el campo como forma de resolución de la cuestión de la tierra y crear la república burguesa.

La descomposición del régimen zarista desencadenó a finales de febrero de 1917 una huelga general en Petrogrado que se extendió a otras ciudades rusas, las cuales fueron apoyadas por una gran parte del ejército, hecho que obligó al zar Nicolás II a abdicar dando lugar a un gobierno compuesto por eseristas y liberales y dirigido por el príncipe Georgi Lvov.

La burguesía, teniendo a los eseristas dentro del gobierno consideraba que tenía controlados a los soviets. Sin embargo, los intereses de la burguesía pasaban por seguir participando en la Primera Guerra Mundial, que lastraba sobremanera las condiciones de vida del pueblo ruso, acrecentándose la disputa entre las distintas facciones de la burguesía, y el rechazo del pueblo tanto a las políticas económicas y agrarias así como a la determinación de que Rusia continuase en la guerra, hacen que las manifestaciones y las huelgas de los trabajadores rusos adquieran cada vez una mayor envergadura haciendo que los soviets se sigan desarrollando produciéndose, de facto, un doble poder. Por un lado el gobierno y por el otro el pueblo organizado en soviets en las ciudades más importantes. Es en este escenario donde un dirigente excepcional, como Lenin, lanza la “Tesis de Abril”, donde no sólo hace una lectura exacta de la dialéctica revolucionaria en Rusia desde la Revolución de 1905-1907, de los diferentes saltos cuantitativos y cualitativos, sino que define con exactitud las tareas que deben desarrollar tanto el Proletariado como el Partido en dicho proceso revolucionario comprendido entre febrero y octubre de 1917. La experiencia histórica de la Comuna, así como el conocimiento de cómo la sociedad rusa creó sus órganos de poder mediante los soviets, así como el enconamiento de la lucha de clases le llevaron a la conclusión que una vez completada la revolución burguesa con el establecimiento de una democracia burguesa, correspondía al proletariado y al campesinado, bajo la dirección revolucionaria del Partido, dar el siguiente paso una vez derrocada la autocracia, que no era otra cuestión que la toma del poder por parte de éstos. La fórmula que Lenin aporta para acabar con la dualidad de poder y qué forma política debe revestir el proceso de transición del capitalismo al socialismo es el siguiente: “No una república parlamentaria – volver a ella desde los Soviets de diputados obreros sería dar un paso atrás -, sino una república de los Soviets de diputados obreros, braceros y campesinos en todo el país, de abajo arriba. (…) Supresión de la policía, del ejército y de la burocracia (…) En el programa agrario, trasladar el centro de gravedad a los Soviets de diputados braceros(…) Confiscación de todas las tierras latifundistas.(…) Nacionalización de todas las tierras del país, de las que dispondrán los Soviets locales de diputados braceros y campesinos. (…) Fusión inmediata de todos los bancos del país en un Banco Nacional único sometido al control de los Soviets de diputados obreros”. [35]

No es de extrañar que la burguesía ataque con bala a Lenin y a su obra pues, como estamos comprobando, fue un dirigente único, excepcional, astuto e inteligente que supo leer el proceso revolucionario ruso, que dominaba las experiencias revolucionarias del proletariado a lo largo de su historia así como la lucha revolucionaria rusa y que supo imprimir la dirección acertada al proletariado y al campesinado para que, por primera vez en la historia, tomaran el poder desbancando a la burguesía. kadetes (liberales), socialrevolucionarios o eseristas, trudoviques (pequeños burgueses), mencheviques, que se escudaban en el nacionalismo y el patriotismo para sostener a Rusia en la Gran Guerra, los defensores de la república burguesa, no dudaron en aliarse con los imperialistas – Gran Bretaña, Japón, China, Francia, Estados Unidos, Alemania, Grecia, Serbia, etcétera – todos se unieron en la guerra civil para derrotar al proletariado y el campesinado ruso dirigidos por los bolcheviques e impedir que la República de los Soviets, la Unión Soviética pudiera desarrollarse.

La Revolución Socialista de Octubre de 1917 fue la respuesta del proletariado, del campesinado y de los soldados rusos, inducida y dirigida por el Partido de Lenin, a la guerra imperialista, a la criminal burguesía que anegaba de hambre, miseria y muerte a las capas laboriosas rusas, y la guerra civil posterior a ésta la respuesta del imperialismo en alianza con la criminal burguesía rusa y sus creaciones oportunistas. La guerra civil fue “la resistencia de la burguesía a la entrega de la tierra, sin indemnización, a los campesinos; a la realización de transformaciones semejantes en otras esferas de la vida; a una paz justa y a la ruptura con el imperialismo”[36], en definitiva, a la resistencia de la burguesía a dejar el Poder en manos de los Soviets de obreros, campesinos y soldados; a la resistencia de la burguesía monopolista de las potencias imperialistas a permitir que se desgajase del imperialismo Rusia y que ésta revolución socialista se extendiera entre el proletariado de otras naciones y Estados abriéndose camino la revolución mundial del proletariado.

Sin embargo, y a pesar de la lucha heroica del proletariado y el campesinado ruso en la guerra civil, el desarrollo de la revolución ponía de manifiesto multitud de escollos, y no sólo de la resistencia de los imperialistas, de la burguesía, de los vividores y arribistas, sino también de la implicación del proletariado y el campesinado en la construcción del socialismo, de su falta de preparación para desarrollar la administración del Estado y de las empresas y de un grado de conciencia por debajo de lo que se requería para desarrollar el socialismo tal y como había concebido Lenin. “Acabamos de vivir dos años de inauditas e inverosímiles dificultades, dos años de hambre, de privaciones y de calamidades, y al mismo tiempo de victorias sin precedentes del Ejército Rojo sobre las hordas de la reacción capitalista internacional (…) Al cabo de dos años contamos ya con cierta experiencia de la construcción sobre la base del socialismo. Por eso, la cuestión del trabajo comunista puede y debe ser planteada de lleno. Ahora bien, será más exacto hablar no del trabajo comunista, sino del trabajo socialista, ya que no se trata de la fase superior, sino de la inferior, de la primera fase de desarrollo del nuevo régimen social, que ha brotado del capitalismo. (…) El trabajo comunista, en el más riguroso y estricto sentido de la palabra, es un trabajo gratuito en bien de la sociedad, un trabajo que es ejecutado no para cumplir una obligación determinada, no para recibir derecho a determinados productos, no por normas establecidas y reglamentadas de antemano, sino un trabajo voluntario, sin normas, hecho sin tener en cuenta la recompensa alguna, sin poner condiciones sobre la remuneración, un trabajo realizado por hábito de trabajar en bien general y por la actitud consciente (transformada en hábito) frente a la necesidad de trabajar para el bien común; en una palabra, un trabajo como exigencia del organismo sano. (…) Es claro para todos nosotros, es decir, nuestra sociedad, nuestro régimen social, estamos aún lejos, muy lejos de la aplicación en vasta escala, de la efectiva aplicación en masa de este tipo de trabajo (…) Crear una nueva disciplina de trabajo, crear nuevas formas de relaciones sociales entre los hombres, crear formas y procedimientos nuevos de atracción de los hombres al trabajo, es tarea que exige muchos años, decenas de años” [37]. Y también a un bajo desarrollo de las fuerzas productivas, de la tecnología “No tenemos ninguna otra posibilidad de conseguir que nuestra técnica alcance el nivel contemporáneo. (…) El Consejo de Comisarios del Pueblo acordó el 1 de febrero de 1921 comprar en el extranjero 18.500.000 puds de hulla, pues ya entonces se barruntaba nuestra crisis de combustible. Entonces se puso ya en claro que tendríamos que gastar nuestras reservas de oro no sólo en la adquisición de maquinaria. Esta maquinaria elevaría nuestra producción hullera; desde el punto de vista de nuestra economía, sería mejor adquirir en el extranjero máquinas para fomentar la industria hullera que comprar carbón; pero la crisis era tan grave que hubo necesidad de renunciar a este método, mejor en el aspecto económico, y pasar a otro peor, desembolsando medios en la compra de hulla que hubiéramos podido extraer en nuestro propio país. Aún tendremos que ceder más a fin de comprar artículos de consumo para los campesinos y los obreros”. [38]

Ante esta situación de un desarrollo no elevado de las fuerzas productivas, los efectos en la economía de la guerra civil, la guerra imperialista, la hambruna, la existencia en Rusia de diversos tipos de economía social (economía campesina patriarcal, pequeña producción mercantil, capitalismo privado, capitalismo de Estado, socialismo) y la revolución en el X Congreso del Partido Comunista (bolchevique) de Rusia, en marzo de 1921, se acordó sustituir la política económica al objeto de estimular a la economía de la República Soviética. Con la NEP se abrían las puertas a relaciones capitalistas de producción, como implica el impuesto en especie para los campesinos, el arriendo de empresas y concesiones a la burguesía, creación de empresas mixtas donde entrase capital extranjero, etcétera. Esta apertura al capitalismo también implicó un fortalecimiento de la burguesía y los terratenientes o kulaks, un fortalecimiento del imperialismo, y es que toda concesión que se hace al capitalismo conlleva un fortalecimiento de la burguesía. La NEP fue una medida no sólo excepcional, sino que encaja en un instante concreto y forma parte del peaje que la revolución socialista tuvo que pagar para sostenerse ante el grado real de instrucción del proletariado y del campesinado para llevar hacia adelante la producción. “El capitalismo de Estado significaría un gigantesco paso adelante incluso si pagáramos más que ahora (…), pues merece la pena pagar ‘por aprender’, pues eso es útil para los obreros, pues vencer el desorden, el desbarajuste y el relajamiento tiene más importancia que nada, pues continuar la anarquía de la pequeña propiedad es el peligro mayor y más temible, que nos hundirá sin duda alguna (si no lo vencemos), en tanto que pagar un tributo mayor al capitalismo de Estado, lejos de hundirnos, nos llevará por el camino más seguro hacia el socialismo. La clase obrera, después de aprender a proteger el orden estatal frente a la anarquía de la pequeña propiedad, después de aprender a organizar la producción a gran escala, a escala de todo el país, basándola en el capitalismo de Estado, tendrá entonces a mano –perdón por la expresión – todos los triunfos, y el afianzamiento del socialismo estará asegurado”[39]. Sin duda los oportunistas apoyaron la NEP, la nueva política económica que, según los oportunistas de ayer y de hoy, abría una etapa intermedia entre el imperialismo y el socialismo, que sería lo que denominaron capitalismo de Estado.

El desarrollo de la Nueva Política Económica (NEP), tuvo como efecto un fortalecimiento de la burguesía, los terratenientes, de los imperialistas, los comerciantes y los especuladores. Como el marxismo enseña, los cambios en la estructura económica también tienen su reflejo en la superestructura, es decir, tanto en la sociedad como en el seno del Partido, el cual se degenera ideológicamente y en el que se suceden las fracciones consecuencia de la existencia de la ideología burguesa bajo la máscara del oportunismo.

Ya fenecido Lenin, el líder que supo descifrar la fórmula para la Revolución Socialista triunfante, para despojar a la burguesía del poder e imponer la dictadura del proletariado, y que se encontró que el grado de preparación y conciencia del proletariado y del campesinado pobre a la hora de dirigir la producción y la administración no era lo suficientemente elevado para ello; Stalin toma el relevo en la dirección de la construcción del socialismo en la URSS. Si feroces son los ataques de la burguesía a Lenin, éstos son, si cabe, todavía más descomunales contra Stalin y es que es lógico que la burguesía vilipendie hasta la extenuación y viertan todo tipo de engaño contra estos dos líderes del marxismo. El primero actualizó el marxismo a la época del capitalismo monopolista, enriqueció la ciencia con el instrumento revolucionario del proletariado, el Partido, al cual definió y que es esencial no sólo para despojar a la burguesía del poder y aupar al proletariado y sus aliados, sino para construir el socialismo; el segundo, Stalin, es el dirigente comunista artífice de la Unión Soviética, de la edificación del socialismo, de mostrar la superioridad inmensa del socialismo con respecto al capitalismo.

Stalin tenía grabada la fórmula de Lenin para la construcción del socialismo “El comunismo es el Poder soviético más la electrificación de todo el país. De otro modo, seguiremos siendo un país de pequeños campesinos, y es preciso que lo comprendamos claramente. Somos más débiles que el capitalismo tanto a escala mundial como dentro del país. Esto lo sabemos todos. Hemos tomado conciencia de ello y haremos que la economía, basada en la pequeña hacienda campesina, pase a basarse en la gran industria. Sólo cuando el país esté electrificado, cuando la industria, la agricultura y el transporte se asienten en la base técnica de la gran industria moderna, solo entonces venceremos definitivamente.”[40] Y también tenía claro que para poder llevar a término la industrialización socialista era esencial la colectivización de la tierra para desarrollar la producción agrícola socialista, por ello, era necesario liquidar la NEP e iniciar la planificación socialista de la economía, los planes quinquenales. “Nosotros tomamos la doctrina de Lenin no por partes aisladas, sino en su conjunto. Lenin tenía tres consignas con relación al campesinado: una, durante la revolución burguesa; otra, durante la Revolución de Octubre; y la tercera, después de la consolidación del Poder Soviético. (…) Así está planteada la cuestión teóricamente. Y prácticamente está planteada como sigue: después de haber hecho la Revolución de Octubre, después de haber echado a los terratenientes y repartido la tierra a los campesinos, es evidente que, más o menos, hicimos de Rusia un país de campesinos medios, como dice Lenin, y ahora el campesino medio constituye en el agro la mayoría, a pesar del proceso de diferenciación. (…) La diferenciación, claro está, se produce. En la NEP, en la etapa actual, no puede ser de otro modo. Pero se produce a paso lento. (…) resulta que bajo el dominio del zar había en el país cerca de un 60% de campesinos pobres y que ahora hay un 75%; bajo el dominio del zar, los kulaks eran, poco más o menos, un 5% y ahora, un 8 ó un 12%; bajo el dominio del zar había tantos y tantos campesinos medios, y ahora hay menos. No quisiera emplear palabras fuertes, pero hay que decir que esas cifras son peores que cualquier propaganda contrarrevolucionaria (…) Como miembro del CC yo también respondo, claro está, por ese descuido sin precedentes. Si bajo el dominio del zar, cuando se llevaba una política de fomento de los kulaks, cuando existía la propiedad privada sobre la tierra, cuando existía la movilización de la tierra (cosa que acentúa singularmente la diferenciación), cuando el gobierno impulsaba a todo vapor la diferenciación los campesinos pobres no pasaban, a pesar de todo, del 60%, ¿cómo ha podido ocurrir que con nuestro gobierno, con el Gobierno Soviético, cuando no existe la propiedad privada sobre la tierra, es decir, cuando la tierra ha sido excluida de la circulación, cuando existe, por consiguiente, obstáculo contra la diferenciación, después de que hemos estado unos dos años ocupados en la deskulakización, cuando hasta la fecha no hemos sabido olvidar todos los métodos de deskulakización, cuando aplicamos una política especial de créditos y de fomento de las cooperativas, que no favorece la diferenciación, cómo ha podido ocurrir que, aun con tales trabas, exista ahora una diferenciación mucho más acentuada que bajo el dominio del zar, que tengamos muchos más kulaks y campesinos pobres que en el pasado?”[41]

“La fuerza social que controlase el trigo en el mercado decidiría sobre el avituallamiento de los obreros y de los ciudadanos y, por lo tanto, sobre la suerte de la industrialización. La lucha fue feroz.”[42]

Stalin liquidando la NEP, que fortaleció progresivamente a la burguesía terrateniente, kulaks, con el desarrollo del Primer Plan Quinquenal sentó las bases de la economía socialista desarrollando la industria pesada e imponiendo la economía socialista en el campo al objeto de hacer al Estado soviético independiente del orden imperialista mundial y su putrefacción. La economía planificada socialista a través de sus planes quinquenales logró convertir a la URSS en la primera potencia mundial. Mientras el mundo imperialista vivía la gran depresión económica de la década de los 30s, la URSS desarrolló su agricultura socialista y la industria pesada de tal modo que en una década el socialismo había conquistado mucho más que el capitalismo en siglos. Mientras la crisis económica de los 30s llevaba al mundo hacia la Segunda Guerra Mundial, y mientras la URSS sufría los ataques del imperialismo dentro y fuera de sus fronteras. “La industria capitalista mundial apenas había alcanzado, a mediados de 1937, en conjunto, el 95 ó 96% del nivel del año 1929, y en la segunda mitad del año 1937 entraba en la etapa de una nueva crisis económica; en cambio, la industria de la U.R.S.S., prosiguiendo su marcha ascendente, llegó a fines del año 1937 al 428% de su nivel de 1929, y, en comparación con el nivel de antes de la guerra, su aumento era de más de siete veces (…) Casi el mismo cuadro de progreso presentaba la agricultura. La superficie de siembra de todos los cultivos aumentó de 105 millones de hectáreas, en 1913 (período de anteguerra), a 135 millones de hectáreas, en 1937. La producción de cereales aumentó de 78.624.000 toneladas, en 1913, a 111.384.000, en 1937; la producción de algodón en bruto aumentó de 720.000 a 2.552.520 toneladas; la producción de lino (fibra) aumentó de 311.220 a 507.780; la producción de remolacha azucarera, de 10.712.520 a 21.474.180; la producción de los cultivos oleaginosos aumentó de 2.113.020 toneladas aa 5.012.280. (…) Conviene advertir que, en 1937, solamente los koljóses (sin contar los sovjóses) lanzaron al mercado más de 27 millones y medio de toneladas de trigo, o sea 6 millones y medio de toneladas más que los terratenientes, los kulaks y los campesinos juntos en 1913. (…) Por lo que se refiere a la colectivización de la agricultura, ésta podía darse ya por terminada. En 1937, estaban incorporados a los koljóses 18 millones y medio de economías campesinas de todo el país; y la superficie de siembra de cereales de koljóses representaba el 99% de la superficie total de cereales sembrados por los campesinos”. [43]

Mientras en las potencias imperialistas se desbocaba el desempleo y la pobreza azotaba a las clases laboriosas, en la URSS “el salario real de los obreros y empleados experimentó, durante el segundo Plan quinquenal, un aumento de de más de dos veces. El fondo de salarios creció de 34.000 millones, en 1933, a 81.000 millones en 1937. El fondo de seguros sociales del Estado aumentó de 4.600 millones de rublos, en 1933, a 5.600 millones en 1937. Solamente en un año, en 1937, se invirtieron en seguros sociales del Estado para los obreros y empleados, en mejorar las condiciones de vida y en atender a las necesidades culturales de los trabajadores, en sanatorios, balnearios, casas de descanso y asistencia médica, cerca de 10.000 millones de rublos. (…) En 1936, al crecer el bienestar de las masas populares, el Gobierno dictó una ley, prohibiendo los abortos. Al mismo tiempo, se trazaba un vasto plan de construcción de casas de maternidad, casas-cuna, despachos de leche para niños de pecho y jardines de infancia. En 1936, se destinaron a estas atenciones 2.174 millones de rublos, contra los 875 millones en 1935. (…) Como resultado de la implantación de la escolaridad obligatoria y de la construcción de nuevas escuelas, surgió un potente florecimiento cultural entre las masas populares. Por todo el país se desarrolló un grandioso plan de construcción de escuelas. El número de alumnos de las escuelas primarias y medias aumentó de 8 millones, en 1914, a 28 millones, en 1936-37. El número de alumnos de las escuelas superiores aumentó de 112.000, en 1914, a 542.000, en 1936-1937 (…) Fue ésta una verdadera revolución cultural. (…) En 1936, la U.R.S.S. presentaba ya un panorama distinto. La economía de la U.R.S.S. había cambiado radicalmente. Por esta época habían sido totalmente liquidados los elementos capitalistas, y el sistema socialista había triunfado en todas las ramas de la economía nacional. La potente industria socialista rebasaba en siete veces la producción de antes de la guerra y había desalojado completamente a la industria privada. En la agricultura, había triunfado, con los koljóses y los sovjóses, la producción socialista, la producción mecanizada mayor del mundo, equipada con arreglo a la nueva técnica. Los kulaks habían sido totalmente liquidados como clase, y el sector individual no desempeñaba ya ningún papel importante en la economía del país. (…) La propiedad social socialista sobre lo medios de producción se había consolidado, como base inquebrantable del nuevo régimen socialista, en todas las ramas de la economía nacional. En la nueva sociedad, en la sociedad socialista, habían desaparecido para siempre las crisis, la miseria, el paro forzoso y la ruina. Se habían creado las condiciones necesarias para una vida desahogada y culta de todos los miembros de la sociedad soviética”. [44]

Stalin no sólo comprendió la necesidad del momento histórico, de dar el salto hacia adelante en la construcción del socialismo, acabando con la Nep y desarrollando los planes quinquenales que sentaron las bases económicas para el desarrollo del socialismo, sino también la reacción de la burguesía en oposición a la construcción del socialismo, ya fuera desde el exterior, ya fuera bajo la máscara del oportunismo en el interior del partido (Trotski, Bujarin, Zinoviev,…), al que le declaró una guerra sin cuartel.

La crisis general del capitalismo hizo que el fascismo fuera ascendiendo al poder en diversos países de Europa, de la mano de la socialdemocracia y la democracia cristiana. Las democracias burguesas no dudaron en colaborar con el fascismo, y ahí están los Acuerdos de Múnich de 1938 que lo acreditan, al objeto de hostigar a la URSS.

A pesar de la Segunda Guerra Mundial, donde la URSS derrotó al fascismo gracias a la heroica lucha del pueblo soviético – donde murieron 26 millones de ciudadanos soviéticos – bajo la dirección del Partido dirigido por Stalin; la URSS salió de la misma como la mayor potencia mundial de Europa y Asia, situándose a la par de los EE. UU. en la industria y superando a los EE. UU. en el terreno del progreso social y de la ciencia. Lenin y Stalin demostraron la superioridad del socialismo con respecto del capitalismo a pesar del boicot imperialista, de las guerras, el hambre, millones de muertos provocados por el fascismo, etcétera.

“La lucha contra el burocratismo fue siempre considerada por Lenin y Stalin como una lucha en defensa de la pureza de la línea bolchevique contra las influencias de la vieja sociedad, de las viejas clases y estructuras opresivas. Tanto Lenin, como después Stalin, buscaron la forma de concentrar a los revolucionarios mejor formados, los más clarividentes, activos, firmes y ligados a las masas en el seno del Comité Central y de los órganos dirigentes. La dirección del Partido se apoyó siempre sobre la movilización de las masas para realizar las tareas de la construcción socialista. Era en los escalones intermedios, y particularmente en los aparatos de las Repúblicas, donde los elementos burocráticos, carreristas y oportunistas podían más fácilmente instalarse y esconderse. En todo el tiempo que Stalin estuvo a la cabeza del Partido, afirmó que la dirección y la base debían movilizarse para romper y cazar a los burócratas de arriba abajo.”[45]

Sin el Partido jamás hubiera habido revolución, no sólo es condición sine qua non para poder llevarse a término una revolución socialista sino, también, para poder desarrollar el socialismo. Sin embargo, el Partido no nace en una burbuja, ni se desarrolla en una urna de cristal, sino que se desenvuelve y desarrolla en una sociedad clasista, donde rige la lucha de clases, también en su seno.

Lenin supo desde el primer momento que el Partido tenía que organizarse en base al principio organizativo del centralismo democrático como fórmula para aglutinar y multiplicar la fuerza y, sobre todo, para hacer un bloque compacto, unido, disciplinado donde sea impuesta siempre la voluntad mayoritaria. Sin embargo, el Partido, en su génesis, se construye por la confluencia de los diferentes círculos marxistas expandidos por toda Rusia, que se desarrollaron de manera aislada hasta que, gracias a la labor de Lenin, todos ellos conformaron el Partido; en consecuencia, el Partido nació con la carga genética acarreada por la historia de las distintas partes que lo conformaron: subjetivismo, desigual interpretación del marxismo, heterogeneidad y desigual grado ideológico, etcétera.

Así pues, el Partido fue la fórmula de Lenin para construir el instrumento que fusionase el marxismo-leninismo, el instrumento para derrocar revolucionariamente el capitalismo y alzar el socialismo, uniendo y organizando a los diferentes círculos marxistas en una única organización. Esa fue su génesis, pero en su desarrollo el Partido no sólo arrastraba ese poso de heterogeneidad; sino que conforme se fortalecía también era blanco del enemigo, de la burguesía cuyo objetivo no era otro que su liquidación por la vía de la corrupción ideológica, del oportunismo, del arribismo. En el VIII Congreso del PC(b) de Rusia, en 1919, Lenin señalaba “Los burócratas zaristas han comenzado a pasar a las oficinas de los órganos soviéticos, en los que introducen sus hábitos burocráticos, se encubren con el disfraz de comunistas y, para asegurar un mayor éxito en su carrera, se procuran carnets del PC de Rusia. ¡De modo que después de ser echados por la puerta, se meten por la ventana! Aquí es donde se deja sentir más la escasez de elementos cultos. A estos burócratas podríamos liquidarlos, pero no es posible reeducarlos de golpe y porrazo. Lo que aquí se nos plantea ante todo son problemas de organización, problemas de tipo cultural y educativo.(…) Sólo cuando toda la población participe en la administración del país se podrá luchar hasta el fin contra el burocratismo y vencerlo totalmente”. [46]

Al igual que vimos en el terreno económico el insuficiente grado de implicación del proletariado y el campesinado ruso en el desarrollo del socialismo en los primeros años de la revolución, unido a su falta de preparación para desarrollar las empresas y la administración también repercutía, como no podía ser de otra forma, en el desarrollo del Partido y tenía sus efectos, como era la penetración en el seno del Partido de gente indeseable, de arribistas, y donde la burguesía mediante el oportunismo trataba de dinamitar y corromper el Partido desde su interior.

Stalin, ante el XIII Congreso del PC(b) de Rusia en 1924 hacía una radiografía de la realidad del Partido que, en el fondo, reflejaba la realidad del proletariado y del campesinado ruso “b) La promoción leninista. No voy a extenderme señalando que la promoción leninista, es decir, el ingreso en nuestro Partido de 200.000 nuevos militantes obreros, evidencia la profunda democracia de nuestro Partido, evidencia que nuestro Partido constituye, en esencia, un organismo electo de la clase obrera. En este sentido, la importancia de la promoción leninista es, sin duda, inmensa. Pero no es eso de lo que quería hablar hoy. Quería fijar vuestra atención en las peligrosas tendencias que han aparecido en el Partido en los últimos tiempos, en relación con la promoción leninista. Unos dicen que hay que ir más lejos, elevando a un millón el número de militantes. Otros quieren ir aún más allá y afirman que sería mejor llegar a los dos millones. No dudo de que habrá otros a quienes todavía esto les parecerá poco. Esa, camaradas, es una tendencia peligrosa. Los mayores ejércitos del mundo perecieron porque se dejaban arrastrar por el entusiasmo, se apoderaban de mucho, y después, incapaces de digerir el botín, se descomponían. Los mayores partidos pueden perecer si se dan a un entusiasmo exagerado, si quieren abarcar mucho y luego son incapaces de sujetar lo abarcado, de digerirlo. Juzgad vosotros mismos. En el Partido había un 60% de camaradas sin preparación política. Eso era antes de la promoción leninista, y me temo que después de ésta el porcentaje llegue al 80% ¿No es ya hora de que nos detengamos, camaradas? ¿No es hora de que nos limitemos a 800.000 militantes y planteemos de manera tajante y concreta la cuestión de mejorar cualitativamente las filas del Partido, de instruir a la promoción leninista en los fundamentos del leninismo y hacer de los nuevos militantes leninistas conscientes?” [47]

El paso hacia adelante en la construcción del socialismo llevado a cabo bajo la dirección de Stalin, con el desarrollo de la planificación de la economía con los planes quinquenales al objeto de sentar las bases y desarrollar la industria pesada así como con la colectivización de la tierra y la implantación de la agricultura socialista, agudizó la lucha de clases y ella, también, se agudizó en el seno del Partido.

El Partido, bajo la dirección de Stalin, reforzó la educación política de sus militantes, combatió al oportunismo sin cuartel y se depuró regularmente como método de lucha contra la degeneración burocrática del mismo; y ello sirvió para tener una Partido fuertemente disciplinado y cohesionado, necesario para poder acometer la edificación del socialismo, para derrotar al fascismo en la Segunda Guerra Mundial, pero no fue suficiente para desterrar el burocratismo, al oportunismo y demás agentes del imperialismo del mismo a tenor de lo acontecido.

Tras la Segunda Guerra Mundial Stalin se centró en reconstruir el país, devastado por la guerra, y en la situación internacional. “No cabe la menor duda que Stalin continuó, en los últimos años de su vida, luchando contra las tendencias socialdemócratas y nacionalistas burguesas, y contra la subversión conducida por el imperialismo anglo-americano. (…) Por otra parte, está claro que esta lucha no fue llevada a cabo con la profundidad y la amplitud necesaria para revigorizar y enderezar ideológica y políticamente el Partido. (…) En efecto, después de la guerra – que había exigido esfuerzos profesionales extraordinarios por parte de los cuadros militares, técnicos y científicos -, las antiguas tendencias al profesionalismo militar y a la tecnocracia se reforzaron. La burocratización, la búsqueda de privilegios y la vida fácil se habían acentuado también. (…) Stalin, que siempre subrayó que la influencia de la burguesía y del imperialismo se reflejaba en el Partido bajo la forma de corrientes oportunistas, no fue capaz entonces de formular una teoría sobre la lucha entre las dos líneas en el seno del Partido. (…) Stalin subestimó manifiestamente las causas internas que engendran a las corrientes oportunistas que más tarde, por la infiltración de agentes secretos, se unieron de una forma u otra al imperialismo. Stalin no comprendió los peligros del burocratismo, de la tecnocracia, de la búsqueda de privilegios existen de forma permanente y en una amplia escala. Y que éstas reproducen inevitablemente concepciones socialdemócratas, conciliadoras con el imperialismo. En consecuencia, Stalin no juzgó necesario movilizar al conjunto de los miembros del Partido para combatir las líneas oportunistas y para eliminar las tendencias malsanas; en el curso de estas luchas ideológicas y políticas, todos los cuadros y miembros hubieran debido haberse educado y transformado. Después de 1945, la lucha contra el oportunismo quedó confinada a las esferas dirigentes del Partido y ya no sirvió para la transformación revolucionaria del conjunto del Partido. (…) Esta debilidad política, aún se agravó más debido a las tendencias revisionistas que han emergido, hacia finales de los cuarenta, en el seno de la dirección suprema del Partido. (…) A principios de los años 50, la salud de Stalin se fue debilitando mucho fruto del agotamiento acumulado durante la guerra. El problema de la sucesión de Stalin iba a colocarse en un porvenir muy próximo. Fue precisamente, en este momento cuando dos grupos de revisionistas en el seno de la dirección salieron a la superficie e iniciaron sus intrigas. Los dos, cada uno por su lado, juraban ser fieles a Stalin. (…) El grupo de Beria y el de Khruschev constituyeron dos fracciones revisionistas rivales que, al mismo tiempo que iban minando en secreto la obra de Stalin, se declararon mutuamente a la guerra”. [48]

“¿Se dio cuenta de las intrigas que los revisionistas de su entorno estaban a punto de urdir? El informe principal sometido al XIXº Congreso por Malenkov, a principios de octubre de 1952, así como la obra de Stalin Los problemas económicos del socialismo, publicado en esta ocasión, muestran que Stalin estaba convencido de que una nueva lucha contra el oportunismo y una nueva depuración del Partido habían llegado a ser necesarias. (…) el informe presentado por Malenkov lleva el sello de Stalin. Defiende tesis revolucionarias que serán desmontadas cuatro años más tarde por Khruschev y Mikoyán. En él critica con virulencia una multitud de tendencias negativas en la economía y en la vida del Partido, tendencias que se impusieron en 1956 bajo la forma de revisionismo khruscheviano (…) En el Pleno que siguió al XIXº Congreso, Stalin aún fue más duro en las críticas que dirigió a Mikoyan, Molotov y Vorochilov; estaba virtualmente en conflicto con Beria. Todos los miembros de la dirección comprendieron perfectamente que Stalin exigía un cambio radical en la cúspide. Khruschev había comprendido claramente el mensaje, y, como los otros, le volvió la espalda y se encogió de hombros: “Stalin tenía, evidentemente, el deseo de acabar con todos los antiguos miembros del Buró Político. A menudo había declarado que el Buró político debían ser reemplazados por hombres nuevos. Su propuesta, formulada después del XIXº Congreso y por la elección de 25 personas al Presidium del Comité Central, pretendía eliminar a los antiguos miembros del Buró político y hacer entrar a personas menos experimentadas. (…) Podemos suponer (!) que también tenía como objetivo la liquidación futura de los antiguos miembros del Buró político, lo que habría permitido cubrir con un velo de silencio todos los actos vergonzosos de Stalin.(92)”

«En esta época, Stalin era ya un hombre envejecido, agotado y enfermo. Actuaba con mucha prudencia. Llegó a la conclusión que los miembros del Buró político no estaban ya a la altura, introdujo jóvenes más revolucionarios en el Presidium para someterlos a un test. Los revisionistas complotaron con Khruschev, Beria y Mikoyan sabiendo que pronto iban a perder sus posiciones”. [49]

Una vez contemplada la situación interna, del Partido, en los últimos años de vida de Stalin, tras la terminación de la Segunda Guerra Mundial, echemos un vistazo a cómo se hostigaba y atentaba contra la Unión Soviética desde el exterior, desde las filas del imperialismo desde los estertores de la Segunda Guerra Mundial. “Cuando aún no había terminado la guerra antifascista, un gran número de generales americanos soñaban con la inversión de las alianzas para poder lanzar operaciones militares contra la Unión Soviética. (…) En esta aventura, pensaban utilizar… al ejército nazi, depurado de Hitler y de su entorno. El antiguo agente secreto Cookridge informó de ciertas intenciones que sobre esto habían tenido en el verano de 1945: ‘El general Patton soñaba con rearmar dos divisiones de Waffen-SS para incorporarlas al IIIº Ejército (americano) y ‘dirigirla contra los Rojos’. Patton había presentado muy seriamente este proyecto al general McNarmey, gobernador militar US en Alemania…“Lo que piensen esos diablos bolcheviques, ¿qué os puede importar?” decía Patton. “Pronto o tarde, será preciso batirse con ellos ¿por qué no ahora, cuando nuestro ejército está intacto y podemos rechazar al Ejército Rojo hasta Rusia? Con los alemanes, seremos capaces de hacerlo. ¡Ellos detestan a estos bastardos rojos!”” [50]

“El general Gehlen había sido jefe del espionaje nazi en la Unión Soviética. En mayo de 1945 decidió entregarse, con sus archivos, al ejército USA. Fue presentado al mayor general Luther Sibert, jefe de Información del grupo de los ejércitos del general Bradley. A las preguntas de Sibert, el nazi Gehlen le pasó un informe de 129 páginas que constituía ‘el proyecto de una organización secreta basada sobre sus anteriores trabajos de espionaje, dirigida contra la Unión Soviética, bajo el mando americano.’(10) Gehlen fue introducido después entre las más altas autoridades militares americanas y, cuando los representantes soviéticos pidieron noticias sobre Gehlen y Schellenberg, dos criminales de guerra que debían serles entregados, los yanquis respondieron no saber nada de ellos. El 22 de agosto de 1945, transportaron a Gehlen, clandestinamente a los Estados Unidos. (11) El nazi Gehlen ‘negoció’ con los ases del espionaje americano, comprendido Allen Dulles, y llegaron a un acuerdo: la organización de espionaje Gehlen continuaría funcionando en la Unión Soviética de forma autónoma y ‘oficiales americanos asegurarían el enlace con sus propios servicios’. “La organización Gehlen sería utilizada únicamente para pasarles informes sobre la Unión Soviética y sus países satélites.”(12)

El 9 de julio de 1946, Gehlen estaba ya de vuelta en Alemania para reactivar sus servicios de espionaje nazi, bajo el control de los americanos. Mandó a decenas de oficiales superiores de la Gestapo y de las SS a los cuales les entregó documentación falsa. (13)

John Loftus, un responsable de los servicios secretos americanos y responsable también del camuflaje de antiguos nazis después de la guerra, tuvo que constatar que millares de fascistas ucranianos, croatas y húngaros fueron introducidos en los EE. UU. para un servicio ‘rival’. Loftus escribe: “El número de criminales de guerra nazis que se han establecido en los Estados Unidos después de la II Guerra Mundial se estima en unos 10.000’ (14)”

«Desde 1947, cuando los USA iniciaron la guerra fría, estos ‘antiguos’ nazis jugaron un papel considerable en la propaganda anticomunista.

Por esto podemos afirmar que el imperialismo americano fue realmente el continuador del expansionismo nazi”. [51]

Como se puede comprobar, EE. UU. no sólo dio cobijo a multitud de criminales de guerra nazi, sino que se nutrió de ellos para combatir a la Unión Soviética enarbolando la bandera del anticomunismo, del antisovietismo y del fascismo tomando el relevo de Hitler en defensa del imperialismo, en defensa de la explotación del hombre por el hombre, del sojuzgamiento a sangre y fuego de los pueblos oprimidos.

El objetivo de los herederos de Hitler, el imperialismo norteamericano, era la destrucción de la Unión Soviética, para ello establecieron “Un plan de desestabilización de la URSS es llevado a cabo, desde 1945, por Allen Dulles. Es una prueba fulgurante de la agresividad estratégica contrarrevolucionaria, acometida por los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. (…) Este plan, creado antes del final de la guerra, había sido escondido al aliado de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial: la Unión Soviética. Fue creado en la época en la que el Ejército Soviético, fiel a su compromiso como aliado, combatía en Extremo-Oriente al ejército japonés con una fuerza de un millón de hombres, permitiendo la victoria definitiva sobre Japón. Está claro que no fue la bomba sobre Hiroshima, que provocó 117.000 víctimas, sobre todo mujeres y niños, sin alcanzar ni a un solo soldado del ejército japonés, sino el ejército soviético quien hizo capitular a Japón (…) Descubrimos ahora que el plan Dulles había sido aplicado durante decenios por el imperialismo americano (…) A principios de los 60, el Presidente americano Kennedy confirmó el plan Dulles: ‘No podemos vencer a la URSS con una guerra clásica. Podemos vencerla con otros métodos: ideológicos, psicológicos, con propaganda antisoviética, con medidas económicas’”. [52]

“Sobre este telón de fondo, podemos comprender mejor la política internacional que Stalin ha seguido desde 1945 a 1953. Stalin era muy firme en su oposición hacia el imperialismo americano y sus planes de guerra. En la medida que le permitían sus medios, ayudaba a los movimientos revolucionarios de los diferentes pueblos, al mismo tiempo que daba pruebas de una gran prudencia. (…) Contra el sistema capitalista mundial, Stalin llevó a cabo una lucha en cuatro frentes: 1) reforzando la defensa de la URSS, base del movimiento comunista internacional; 2) ayudando a los pueblos que habían decidido entrar en la vía de la democracia popular y el socialismo; 3) apoyando a todos los pueblos colonizados que aspiraban a la independencia, y 4) estimulando al vasto movimiento internacional por la paz, contra las nuevas aventuras belicistas del imperialismo. Stalin comprendió claramente que el objetivo del imperialismo anglo-norteamericano era ‘salvar’ a las clases reaccionarias de los países limítrofes de la URSS, aquellas que habían colaborado con los nazis, para integrarlas en su estrategia de hegemonismo mundial. Esta orientación fue claramente diseñada en el propio curso de la guerra”. [53]

Con este cuadro interno y externo, se produce en marzo de 1953 la muerte de Stalin. Respecto de ella, el camarada Ludo Martens hace 25 años nos decía lo siguiente: “Algunos meses antes de la muerte de Stalin, todo el sistema de Seguridad que le protegía fue desmantelado. Alexandr Proskbychev, su secretario personal que le acompañaba desde 1928 con una gran eficacia, fue despedido y emplazado en su residencia vigilada. Había desviado documentos secretos. El teniente coronel Nikolay Vlassik, jefe de seguridad personal de Stalin desde hacía 25 años, fue detenido el 16 de diciembre de 1952 y murió algunas semanas más tarde en la cárcel. (100) El mayor general Petr Kosynkin, murió ‘de una crisis cardíaca’, el 17 de febrero de 1953. Deriabin escribió: “El proceso de despojar a Stalin de toda su seguridad personal (fue) una operación estudiada y muy bien llevada a cabo.” (101) Sólo Beria tenía la posibilidad de dirigir este complot.

El 1º de marzo a las 23 horas, la guardia encontró a Stalin en su cuarto, tendido en tierra e inconsciente. Por teléfono, se llamó a los miembros del Buró político. Khruschev afirma que él también llegó, y después, “cada uno regresó a su casa”(102) ¡Nadie llamó a un médico…! Doce horas después de este ataque, Stalin recibió los primeros cuidados. Murió el 5 de marzo. Lewis y Whitehead escribieron: “Ciertos historiadores ven pruebas de una muerte premeditada. Abdurakhman Avtorkhanov ve las causas en la preparación evidente por parte de Stalin de una purga comparable a la de los años treinta.”(103)”
[54]

¿Estamos ante una muerte natural de Stalin o estamos ante su asesinato? Martens y los historiadores empleados como fuentes, en nuestra opinión, dejan claro que estamos ante un asesinato, estamos ante el asesinato de Stalin por parte de los oportunistas que iban a ser depurados.

El 17 de mayo de 2018, el medio Russia Insider publica una entrevista a Mijail Poltoranin, Responsable del Comité Gubernamental para la desclasificación de los archivos del KGB y Viceprimer Ministro del Gobierno de Yeltsin. En dicha entrevista, Poltoranin señala, entre otras cosas, lo siguiente:

“Pregunta: ¿Fue envenenado Stalin?
Mijail Poltoranin: Sí.
Pregunta: ¿Está haciendo una declaración oficial como jefe del comité de desclasificación de los archivos de la KGB bajo Yeltsin?
Mijail Poltoranin: Sí.
Pregunta: ¿José Stalin fue envenenado?
Mijail Poltoranin: En 1981 el estadounidense Stuart Cahan, sobrino de Lazar Kaganovich, estrecho colaborador de Stalin, visitó a Lazar en Rusia… Lazar le describió cómo fue asesinado Stalin.
La sobrina de Lazar, Roza Kaganovich, era médico del Kremlin. A Stalin le dieron una pastilla, el equivalente actual sería la pastilla trombo ASS, un fármaco anticoagulante diseñado para prevenir la coagulación de la sangre. Para cuando cambias la composición, se convierte en veneno. Como el veneno para las ratas. Eso es lo que el propio Kaganovich le dijo a Cahan.
Pregunta: Entonces, ¿quién mató a Stalin?
Mijail Poltoranin: Escuche… Yo no me creí eso. Hubo declaraciones de varios dirigentes. Estaba [el albanés] Enver Hoxha, cuando [el estadista soviético] Mikoyan fue a la reunión, visitó a Hoxha en un congreso. Hizo una declaración en la que dijo que los dirigentes de la URSS eran unos ‘conspiradores cínicos’.
Así que los amigos de Mikoyan viajaban por el mundo y alardeaban de cómo [supuestamente] mataron a Stalin. Entonces fui a comprobar por mí mismo lo que realmente pasó.
Pregunta: ¿A los mismos archivos?
Mijail Poltoranin: Sí, a los materiales mismos… ¿Qué se nos oculta? Lo que se nos oculta es que Stalin fue envenenado. Que era una operación especial, que había sido preparada durante mucho tiempo.
Para entonces, las personas del estrecho círculo de Stalin ya habían sido secuestradas: Poskrebyshev [secretario de Stalin], Vlassik [jefe de seguridad], el comandante del Kremlin [Kosynkin] murió extrañamente. Esta gente era muy cercana a Stalin.
Entonces [Lavrenti] Beria nombró a un nuevo jefe de la clínica del Kremlin, como responsable de todos los medicamentos.
En febrero de 1953 Stalin comenzó a sentirse mal en su casa de vacaciones. Tal vez vino de un vaso de agua donde solía mojarse el dedo cuando pasaba las páginas – leía mucho – tal vez fue así… No sabemos… Pero sabemos lo que mostraron las muestras de sangre y orina. Bueno, primero había hipertrofia del hígado, lo que muestra toxicidad. Sus glóbulos blancos eran cuatro veces la norma. Son los glóbulos blancos los que combaten las toxinas.
Tenía vómitos con sangre, y su piel era de color rosa brillante con manchas oscuras bajo los brazos, etc.
Pregunta: ¿Era cianuro? ¿Qué medicación le dieron?
Mijail Poltoranin: Revisamos su diario médico. Todas las pruebas estaban ahí. Era un hombre sano. Tenía hipertensión leve en la primera etapa y reumatismo en las rodillas.
Pregunta: ¿Y nada más?
Mijail Poltoranin: Nada más.
Pregunta: Pero esos síntomas están documentados, aunque no se ha llegado a la conclusión de que haya sido envenenado…
Mijail Poltoranin: Había una persona, el profesor Rusakov, que realizó el examen anatomopatológico del cuerpo de Stalin, y escribió un informe para el nuevo jefe de la clínica del Kremlin. El nuevo que Beria había llamado… Escribió que Stalin había sido envenenado. Envenenado con cianuro, ácido cianhídrico. Todos los síntomas lo indicaron, y después de examinar su cadáver, sus vías respiratorias y sus membranas mucosas fueron dañadas en algunos lugares por el ácido cianhídrico.
Tres días después del informe, esta persona murió.
Pregunta: ¿El profesor Rusakov?
Mijail Poltoranin: Sí.
Pero no sólo murió, su casa fue registrada y todos los documentos fueron destruidos. No fue suficiente porque, aunque la mayoría de sus documentos sobre Stalin fueron destruidos, Rusakov tenía otra copia del informe.
Pregunta: ¿Así que una copia fue dejada intacta en otra parte? ¿Y lo tenías en tus manos?
Mijail Poltoranin: Sí, lo leí con mis propios ojos. Aquí está… (…)
Pregunta: No hace mucho tiempo, surgió la teoría de que las poderosas fuerzas occidentales fueron el origen de la muerte de Stalin.
Mijail Poltoranin: Es cierto que la victoria de la URSS sobre la Alemania fascista elevó la autoridad del Estado [soviético] en el mundo a niveles sin precedentes.
Los partidos comunistas lograron una influencia muy amplia no sólo en los países del campo socialista, sino en Europa en general.
Italia y Francia han tenido muy buenos sentimientos hacia la URSS. No fue tan bien con la “trastienda del escenario mundial” que desencadenó la guerra…
¿Cómo corregir la situación? Lo más sencillo es secuestrar al dirigente de los vencedores. Para ello tuvieron que nombrar a Winston Churchill como Primer Ministro por segunda vez, conocido por su antipatía hacia Stalin.
Pregunta: Dos semanas después de la muerte de Stalin, Winston Churchill fue nombrado Caballero de la Orden de la Liga [según el historiador Nikolai Starikov].
Mijail Poltoranin: Creemos que Churchill es uno de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Pero en mayo de 1945, en lugar de honores, fue destituido de su cargo después de perder las elecciones aparentemente. No recibió honores por parte del gobierno.
Pregunta: Porque no se los había merecido. Según el plan previsto por la “trastienda del escenario mundial” y Gran Bretaña, la guerra iba a llevar a la destrucción de la propia Alemania, conduciendo a una configuración totalmente diferente del poder político en el escenario mundial.
Mijail Poltoranin: Nuestros tanques en Berlín no coincidían con el plan de los amigos británicos. Así que nos encontramos con un Primer Ministro británico cuyo mandato la URSS había ganado la mitad de Europa. No podía ser popular entre la élite británica.
Pregunta: Churchill se ganó el respeto mucho más tarde. Unos años más tarde, su partido ganó las elecciones y volvió a ser Primer Ministro, la “segunda etapa” de Churchill.
Mijail Poltoranin: Su principal tarea era corregir su error. ¿Cuál fue el error de Churchill? Era la Unión Soviética de Stalin. ¿Cómo se puede arreglar? Matando al dirigente que mueve su país en la dirección correcta y no es posible detenerlo mientras José Stalin esté al mando.
Estoy absolutamente seguro de que el golpe, cuyo objetivo era el asesinato de Stalin, se basó en ciertas fuerzas internas, entre las que se encontraba Kruschev. Pero al mismo tiempo, esto se hizo con la intervención de potencias extranjeras, y muy probablemente con el MI6 de la inteligencia británica.”
[55]

Esta entrevista al Responsable del Comité Gubernamental para la desclasificación de los archivos del KGB y Viceprimer Ministro del Gobierno de Yeltsin, no sólo certifica los argumentos ya esgrimidos por Ludo Martens en 1994, sino que afirma con rotundidad que Stalin fue asesinado, como queda acreditado en la documentación contenida en los archivos del KGB, señalando como responsables de este asesinato al imperialismo anglo-americano, y concretamente al MI6 británico, apoyados por la camarilla oportunista que rodeaban a Stalin, encabezados por Khruschev. De hecho, siendo fieles a lo certificado por el Responsable del Comité Gubernamental para la desclasificación de los archivos del KGB en la época de Yeltsin, esto es, a los archivos del KGB, en la URSS en 1953 fue perpetrado un golpe de Estado realizado por el oportunismo y su jefe, el imperialismo anglo-norteamericano, sin duda, siguiendo el Plan Dulles.

No es de extrañar pues, sino que es la consecuencia lógica del golpe de Estado dado en la URSS en 1953 por los imperialistas y sus ejecutores oportunistas, que la política desarrollada por la camarilla revisionista de Khruschev fuera de oposición frontal, de negación absoluta a la obra realizada por Stalin, que no fue otra cosa que la construcción del socialismo. Y es que bajo el nombre de desestalinización lo que, en realidad se inició fue el proceso de progresiva liquidación del socialismo y restauración del capitalismo, proceso que se extendió durante casi cuatro décadas. “Desde Jruschov, todos los que han trabajado para minar la dictadura del proletariado en la Unión Soviética, lo ha hecho en nombre del antistalinismo y de un retorno a Lenin. Ahora bien, contra el nombre de José Stalin se ha acumulado todo el odio hacia el comunismo, que la gran burguesía del mundo entero ha alimentado durante tres décadas”. [56]

Una vez triunfa el golpe de Estado contra Stalin, Khruschev y su camarilla toman el mando tras el asesinato Stalin, de tal modo que lo primero que hace es denigrar la fórmula de depuración en el Partido como método para el fortalecimiento de éste y, sin embargo, a la vez que abría las puertas a los anticomunistas, a los trotskistas, a los socialdemócratas a la par que no dudaba en depurar a los elementos marxista-leninistas. Stalin apelaba a las bases del Partido para erradicar el burocratismo del mismo; Khruschev garantizó a los burócratas protección y tranquilidad, quitando a las bases del partido capacidad de control y de lucha contra la burocracia; esto es, sentar las bases para convertir al Partido en la casa común de los burgueses contra el socialismo.

“Bajo Khruschev no se escogían los cuadros mejor preparados por sus cualidades políticas: bien al contrario, estos fueron ‘depurados’ por ‘estalinistas’. Alrededor de Beria, de Khruschev, de Mikoyan, de Breznev, se formaron las camarillas burguesas, completamente apartadas del control popular revolucionario (…) Khruschev envileció el leninismo, para poder lanzar una serie de fórmulas vacías de todo espíritu revolucionario. Una vez fue creado este vacío, se nutrió de las viejas ideologías socialdemócratas y burguesas consiguiendo ‘rejuvenecerlas’. Por otra parte, Khruschev falsificó o eliminó completamente las nociones socialistas del marxismo-leninismo, como la lucha anti-imperialista, la revolución socialista, la dictadura del proletariado, la continuación de la lucha de clases, la concepción del Partido leninista, etc”. [57]

Stalin fue encumbrado a la Dirección del Partido por las bases y por los cuadros intermedios de éste, Khruschev fue encumbrado a la Dirección del Partido mediante el crimen, el apoyo imperialista en el asesinato de Stalin, por una élite corrompida y timorata. Eso refleja, también, lo que es la desestalinización impuesta, o lo que es lo mismo, la liquidación del Partido como paso fundamental para desnaturalizar y corromper el socialismo – o lo que es lo mismo, imponer el revisionismo – al objeto de restablecer el capitalismo y acabar con la Unión Soviética.

Con el Partido ya herido de muerte, la camarilla revisionista dirigente encabezada por Khruschev, inoculó todo su veneno ideológico que con el paso del tiempo y su profundización restablecieron el capitalismo: Bajo la máscara del antistalinismo lo que yacía, y se inoculaba, era el anticomunismo. Por otro lado, no sólo abrió las puertas a los enemigos del socialismo, sino que promovió la relajación de la lucha de clases, bajo la falacia de que el socialismo ya se había impuesto en la URSS y que el Comunismo sería una realidad para el año 1980; de tal modo que el Estado dejó de ser del proletariado para ser de todo el pueblo, también de todo tipo de revisionista; mejor dicho, el Estado paso a ser el Estado de los burócratas, de los oportunistas, de la nomenklatura. Este cese, o relajación, en la lucha de clases en el interior tiene su correspondencia en la política exterior, donde Khruschev también, como no podía ser de otro modo, rompió con la política establecida por Stalin entre 1945 y 1953, de tal modo que con los que recogieron el testigo de Hitler en la lucha contra el comunismo y en la defensa de las clases reaccionarias, del imperialismo; los EEUU, pretendía estrechar relaciones de amistad y de colaboración. Jruschov declaró: “Queremos ser amigos de los Estados Unidos y cooperar con ellos en la lucha por la paz y la seguridad de los pueblos. Nos comprometemos en esta vía con buenas intenciones y sin ningún designio escondido…” Y eso en un momento en que la mayor parte de los pueblos del Tercer Mundo, tanto en Asia como en África o América Latina, se enfrentan con vigor al imperialismo norteamericano que les impuso una dictadura neocolonial de carácter terrorista. Es fácil comprender que esta actitud del dirigente del primer país socialista no tiene ninguna relación con la coexistencia pacífica defendida siempre por los comunistas”. [58]

Como podemos ver, el Partido no sólo es esencial, vital, para derrocar revolucionariamente el capitalismo, sino también para edificar el socialismo y desarrollarlo hasta llegar al comunismo, donde el Partido deberá extinguirse a la par que se vaya extinguiendo la lucha de clases. Pero también, si el Partido se desvía del marxismo-leninismo, y es copado por el revisionismo, se torna en instrumento donde se desarrolla el anticomunismo, la reacción hasta que se restablece, nuevamente, el capitalismo. El Partido es el instrumento sublime de la clase obrera, es su alma y su brújula.

En este sentido, en 1992, cuando los dirigentes del ‘putsch’ de agosto de 1991 – es decir, los protagonistas del intento de conservar la URSS – fueron juzgados en Rusia, el Secretario General del Partido Comunista de la Federación Rusa (PCFR), Guennadi Ziuganov, declaró ante el tribunal constitucional de Rusia lo siguiente:

“Quisiera recordar que a mediados de los 60 había sido elaborado un plan, que ni se llamaba ‘Perestroika’, ni ‘reforma radical’. Era un programa del Consejo de Seguridad de los EE. UU. adoptado después de la crisis de Cuba. Era un programa de desestabilización del régimen constitucional de la URSS y de destrucción del gran país unitario. El punto principal del programa anunciaba: ‘sin destruir al PCUS no se puede destruir la URSS. Y para destruir el PCUS, hay que penetrar los centros de decisión del partido. He aquí los cinco puntos de este programa:

  1. Presentar (quiero atraer su atención en el verbo ‘presentar’) a la URSS como el último imperio voraz, e intentar destruirlo por todos los medios.
  2. Demostrar que la URSS no había sido la vencedora del fascismo, sino un tirano igual al fascismo al que no hay que respetar.
  3. Su economía debe ser desestabilizada con la carrera armamentista, y deformada de tal manera que se pueda impedir la realización de las ventajas constitucionales, sobre todo en el ámbito social.
  4. Encender la llama del nacionalismo y hacer explotar al país desde dentro, sobre la base de un extremismo nacional y religioso.
  5. Propiciar la ocupación de los medios de información por agentes de influencia dirigidos por la CIA, destruir el modo de vida colectivista; separar el pasado del presente para así privar al país de porvenir.’””
[59]

Una vez asestado el golpe de Estado en alianza con la línea revisionista del Partido, asesinado Stalin y tomando el poder la camarilla oportunista de Khruschev y su cohorte de burócratas, el imperialismo actuó tal y como expresó Kennedy en los 60s, aplicando la guerra ideológica, la guerra psicológica, de propaganda y económica consciente de que el imperialismo jamás podría vencer a la URSS mediante una guerra convencional.

Por tanto, no es el socialismo el que fracasa, no es el marxismo-leninismo el que sucumbe, no cae por su dirección, por su acción. El socialismo en la URSS fue golpeado por el imperialismo y su creación ideológica oportunista, siendo la expresión ideológica del oportunismo, el revisionismo, lo que demuestra su inviabilidad, el que demuestra ser un criminal peón del imperialismo y las clases reaccionarias que subyugan al mundo. “Del período de Jruschov al de Gorbachov, pasando por el de Brezhnev, se asiste hoy a la crisis final no del comunismo sino del revisionismo. El debate fue abierto hace más de 35 años con la llegada al poder de Jruschov y el anuncio de sus tesis: el imperialismo que ha perdido agresividad y se ha convertido en una fuerza pacífica con la cual se puede colaborar en todos los campos; la lucha de clases que se ha terminado en los países socialistas, porque el socialismo ha triunfado definitivamente, y el Partido Comunista que, transformado en el partido del pueblo entero, no tiene la misión de mantener la dictadura del proletariado (…) Asistimos al desenlace lamentable de esa corriente demagógica que durante tres décadas ha estallado contra el stalinismo, la dictadura, el dogmatismo, la ortodoxia, el sectarismo y la rigidez de pensamiento, y que ha presentado sus ideas, calcadas de las de los socialdemócratas, como la renovación, la vuelta a Lenin, el pensamiento creativo, el socialismo con rostro humano. El revisionismo, que indujo a error e influyó en tantos hombres de izquierda, ha recorrido todo su ciclo de maduración hasta culminar en la restauración del capitalismo y en la integración en el mundo imperialista. Como consecuencia, muchas ilusiones han volado en pedazos. Pero queda aún la tarea de extirpar las raíces de la degradación (…) Los países socialistas no pueden abordar correctamente las luchas sociales complejas que atraviesan la sociedad si no apresan lo esencial: la naturaleza del partido, como vanguardia de los obreros y los trabajadores; la concepción del partido como partido de lucha de clases, de lucha por la producción y por la revolución científico-técnica; el estilo de trabajo del partido, como partido vinculado a las masas, que practica un estilo de vida simple, asiduo al trabajo, sin piedad frente a la corrupción y los privilegios. (…) Sólo un partido puede resolver el problema fundamental del socialismo: mantener la dictadura del pueblo trabajador contra los antiguos explotadores y los agentes del imperialismo, al mismo tiempo que desarrolla la democracia socialista, indispensable para reforzar la base política de la nueva sociedad. El partido y las masas deben comprender el carácter prolongado de las luchas de clase en los campos político, ideológico y económico. Es imposible mantener el socialismo y desarrollarlo correctamente si se baja la vigilancia en la lucha incesante contra todas las fuerzas hostiles”. [60]

“La Unión Soviética ha conocido dos grandes puntos de ruptura con el socialismo: el informe de Jruschov de 1956, que marcó el repudio de ciertos principios esenciales del leninismo, y en 1990, la perestroika de Gorbachov, que dio paso a la economía de mercado. (…) El revisionismo de Jruschov abrió un periodo de transición del socialismo al capitalismo. (…) Los elementos burgueses nuevos y antiguos necesitaron 30 años para pasar de la primera infancia a la edad adulta, para afirmar y consolidar sus posiciones en el terreno político, ideológico y económico. El proceso de degradación, comenzado en 1956, requirió de tres decenios para terminar con el socialismo”. [61]

En el plano económico, Khruschev introdujo reformas para socavar la centralización económica y, con ella, la planificación de la economía centralizada. Las reformas realizadas en este sentido incrementaron el grado de desigualdad a dos niveles. Por un lado, entre burócratas y el pueblo soviético, y otra entre las diferentes naciones que conformaban el Estado soviético. Entre otros efectos perniciosos, esta decisión conllevó no sólo el desarrollo y fortalecimiento de una clase privilegiada de burócratas, sino que abonaba el terreno para el desarrollo del nacionalismo, estrategia contenida en los planes imperialistas al objeto de hacer implosionar el Estado soviético. “En el transcurso de los períodos de Jruschov y Brezhnev, los nuevos elementos burgueses forjaron sus armas, pero desde posiciones de fuerza, se lanzaron en el combate por la propiedad privada de los medios de producción (…) Algunos afirman que Brezhnev presidía el país con un régimen capitalista de Estado y que al término de su mandato, una burguesía liberal había acumulado bastantes fuerzas para afrontar la burguesía burocrática. Es bueno destacar que los ataques más feroces de los partidarios de la glasnost, no tuvieron por blanco principal el sistema de Brezhnev, sino más bien a Stalin y las bases del socialismo aborrecido que él defendía. Y, como en Europa del este, nosotros vemos a los lacayos de Brezhnev deshacerse alegremente de las estructuras híbridas introducidas por su patrón para abarcar el mercado libre y la empresa privada.(…) En la concepción del capitalismo de Estado, el partido revisionista constituía el crisol de la nueva burguesía: partido brezhneviano, nomenklatura y nueva burguesía eran sinónimos”. [62]

Así se llega Gorbachov, el hombre que según declaro en un discurso en la Universidad norteamericana de Turquía en 2018, “El objetivo de mi vida fue la aniquilación del comunismo.” [63] Esta declaración propia de lo que es, un anticomunista, demuestra cómo engañó sistemáticamente al pueblo soviético. Detrás de su palabrería de apertura y transparencia (glasnost), de reestructuración económica (perestroika) y de falsa democracia para fortalecer el socialismo lo que realmente se encontraba era su intención de liquidar el comunismo y restaurar el capitalismo en la Unión Soviética y en la Europa del Este, convirtiéndose en una marioneta, un lacayo, de la CIA, de los monopolios norteamericanos.

La descentralización económica conllevaba la liquidación de la economía planificada, abría puertas y ventanas a la corrupción, desarrollándose en esos 30 años una élite, una clase burguesa producida por la penetración plena de la ideología burguesa en el Partido, donde la desigualdad se agudizaba. La descentralización, consecuentemente, fue desgajando la economía y fue fortaleciendo a empresas que, a su vez, como consecuencia de los privilegios de las élites creadas por el corrompido sistema establecido en la URSS tras el XX Congreso del PCUS, tenían ya mucha más semblanza con una empresa de un país capitalista que lo que debiera ser una empresa de un Estado socialista. Gorbachov significó la coronación de un proceso de restablecimiento del capitalismo, certificando la privatización de las empresas, privatización de la tierra, estableciendo una economía de mercado o capitalista e introduciendo al antiguo Estado soviético en las instituciones imperialistas.

Mientras el pueblo soviético, tras el golpe de Estado contra el socialismo y el asesinato de Stalin en 1953, trató de llevar a desarrollar el socialismo y creía en el socialismo y en la Unión Soviética, como lo demuestran los resultados del referéndum de 17 de marzo de 1991 donde el 77,8% de los votos fueron favorables a la preservación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, es decir, más de 113 millones y medios de soviéticos votaron a favor de preservar a la URSS y al socialismo. Opinión del pueblo expresada de manera alta y clara que los adalides de la democracia y la libertad, de la glasnost y la perestroika, no dudaron en ignorar y obviar por la camarilla reaccionaria de Yeltsin y Sájarov con el aplauso de la reacción mundial, autodenominados “campeones de la democracia y la libertad”, vulgares criminales como, por ejemplo, George Bush o Margaret Thatcher.

El periodo de reversión del socialismo impulsado por el imperialismo y su creación oportunista demostró que Stalin tenía razón cuando advertía, contra la opinión de oportunistas de marca mayor como Trotski, que en un país donde haya triunfado el socialismo éste puede revertirse y restablecerse nuevamente el capitalismo; así ocurrió en la Unión Soviética. Pero la Unión Soviética también nos enseña tres cosas muy importantes: 1) Que el socialismo fue posible y fue real; 2) Que el socialismo no sólo es viable sino que es un sistema superior al capitalismo, consiguiendo en dos décadas mucho más de lo que consiguió el capitalismo en siglos y 3) El socialismo es invencible si el Partido Leninista combate sin cuartel y liquida al oportunismo, cuya expresión ideológica es el revisionismo y práctica es el reformismo.

6. Conclusiones

Tras haber hecho un recorrido de cómo se impuso el capitalismo tanto en España como en Francia en el siglo XIX, como experiencias donde la burguesía se hace con el poder, así como la experiencia de la Comuna de París y de la Gloriosa Revolución de Octubre de 1917 y la Unión Soviética, donde el proletariado se hace con el poder, llegamos a las siguientes conclusiones:

  1) A diferencia de la revolución burguesa, o capitalista, cuyo objeto es adaptar la superestructura a la base económica ya imperante, la cual comparte la médula espinal de la propiedad privada sobre los medios de producción de las formaciones socioeconómicas anteriores; la revolución socialista debe romper de raíz la base económica, acabando con la propiedad privada sobre los medios de producción los cuales deben ser socializados, de tal modo que la revolución socialista no sólo cambia la superestructura derrocando revolucionariamente la anterior e imponiendo la dictadura del proletariado, sino que este cambio de superestructura también viene determinado por la abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción liquidando la base económica capitalista e imponiendo una nueva base económica, el socialismo. El ser humano abandona la prehistoria y empieza a escribir conscientemente la historia.

  2) La revolución burguesa no es más que un proceso de evolución más en las formaciones socioeconómicas cuya base económica se fundamenta en la propiedad privada sobre los medios de producción. De tal modo que el esclavismo, el feudalismo y el capitalismo comparten todos ellos una misma médula: la propiedad privada sobre los medios de producción que perpetúa una sociedad clasista donde los intereses de las clases son antagónicos.

  3) Dentro del sistema económico hegemónico se desarrolla la clase social que debe sepultar a ese sistema económico y a su clase dominante.

  4) La lucha entre formaciones socioeconómicas no es lineal sino hace forma de zigzag. Ello se comprueba, por ejemplo, en la lucha entre el capitalismo y el feudalismo y, también, en la lucha entre el socialismo y el capitalismo.

Ello puede observarse en el estudio de la primera mitad del siglo XIX en España, donde hay una permanente lucha entre lo viejo – el feudalismo – que no acaba de morir y lo nuevo de aquél entonces – el capitalismo, encabezado por la burguesía liberal que pretendía imponer su dominio político en sintonía con su ya hegemonía en el terreno económico –que estaba por imponerse.

También puede comprobarse este hecho en el análisis realizado de la Revolución Francesa y la lucha entre absolutismo y capitalismo en Francia a lo largo del primer tercio del siglo XIX.

  5) Del análisis histórico que hemos realizado sobre el último cuarto del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX, se desprende que la burguesía, aparte de sucumbir e imponerse, posteriormente, al absolutismo; la forma de su Estado ha ido también mutando; no dudando la burguesía en enterrar repúblicas, monarquías constitucionales, constituciones, etcétera, pero siempre en una dirección, la de ir ‘perfeccionando’ la maquina del Estado al objeto de someter y oprimir cada vez con más violencia, de manera más despiadada y criminal al proletariado y al campesinado. Y es que el capitalismo es la evolución natural, y última, de un sistema económico basado en la propiedad privada de los medios de producción, es la parte más acabada que conduce a la concentración máxima, al monopolio, a la antesala de la Revolución socialista; por ello, no puede romper y acabar con la maquinaria del Estado sino que debe perpetuarla, porque su base económica sustentada en la propiedad privada sobre los medios de producción engendra una superestructura, una sociedad, dividida en dos clases sociales totalmente antagónicas.

  6) El análisis histórico que hemos realizado sobre el siglo XIX en Francia, comprobamos cómo la burguesía, que en la confrontación contra el Antiguo Régimen, era la clase revolucionaria; en el primer tercio del siglo XIX; se torna en clase reaccionaria a partir de esa fecha. Asimismo, el análisis histórico también nos muestra cuando el proletariado se convierte en clase revolucionaria tras ser derrotada por la burguesía en su lucha por el establecimiento de una república social en Francia en 1848. Esta exigencia del proletariado envejeció a la burguesía y la ubicó en su nuevo lugar, como lo viejo, como lo reaccionario, como asesina de sus propias consignas y pensamiento, como algo que es digno de perecer. El proletariado adquiere su misión histórica de luchar por su emancipación de clase para lo cual, mediante la lucha, deberá ir adquiriendo sus armas para poder desarrollar su emancipación de manera revolucionaria.

  7) La Comuna de París es la primera experiencia de revolución proletaria. Esta experiencia histórica certifica a la burguesía como una clase cobarde, criminal y reaccionaria y, también, la derrota del proletariado le hace profundizar en su conocimiento sobre la teoría del Estado y de cómo debe ser la toma del Poder por parte del proletariado, mostrándole la necesidad de un período de transición, del socialismo como fase inmadura de comunismo una vez derrocado por la fuerza el régimen burgués, debiendo el proletariado imponer su dictadura y desde su Estado reprimir a la burguesía hasta terminar con ella, hasta extinguir la lucha de clases.

  8) Desde el último tercio del siglo XIX hasta la actualidad, el proletariado no sólo concentra los intereses revolucionarios de toda la sociedad, de toda la humanidad, sino que es la clase que mueve el mundo, que genera la riqueza y es la clase sobre la que recae la misión histórica de superar la fase superior del capitalismo, la fase monopolista, de tal modo que es la encargada de hacer que el género humano de un salto cualitativo decisivo para su existencia: poner fin a su prehistoria y dar origen a su historia, a escribir los designios de su futuro de manera consciente. Y decimos cualitativo porque en esta situación terminal en la que se halla el capitalismo agonizante, lo que la burguesía niega es objetivamente la creación de una mayor cantidad de riqueza que garantice la satisfacción de las necesidades de la humanidad.

  9) La Revolución de Octubre de 1917 es la respuesta del proletariado ruso, de los campesinos pobres y de los soldados, inducida por el Partido de Lenin, a la guerra imperialista, al sistema criminal que la burguesía impuso condenando al hambre, la muerte y la miseria al pueblo ruso. Revolución que devino en guerra civil como resistencia de las clases reaccionarias, lideradas por la burguesía rusa en alianza con las clases reaccionarias de las otras potencias imperialistas. Se abre el periodo de crisis general del capitalismo, donde la lucha de clases se expresa como lucha entre imperialismo y socialismo.

  10) El Partido leninista es el instrumento sublime del proletariado, es su alma y su corazón; es esencial para guiar y llevar al proletariado a su emancipación. El Partido leninista es esencial para derrocar revolucionariamente a la burguesía y su criminal sistema capitalista, para edificar el socialismo, para sostener la dictadura del proletariado.

  11) Lenin y Stalin demostraron que el socialismo – pese a todas las trabas, guerras, hambre, millones de muertos y todo tipo de calamidades como consecuencia del hostigamiento por parte del capitalismo internacional – es superior al sistema de producción capitalista. En sólo dos décadas de socialismo superó a las potencias imperialistas cuyo sistema databa de siglos.

  12) La Unión Soviética es la prueba palmaria de que el socialismo es viable, pues existió y fue una realidad; con lo que la burguesía miente cuando subraya que la inviabilidad del socialismo se refleja en la caída de la Unión Soviética. El socialismo no fracasó por la caída de la URSS sino que la caída de la URSS es la consecuencia del abandono del socialismo. Y este abandono del socialismo fue consecuencia de un golpe de Estado perpetrado en la URSS en marzo de 1953, donde la camarilla oportunista existente en el Buró político liderado por Khruschev, en alianza con el imperialismo anglo-americano, asesinan a Stalin e imponen una política totalmente contraria a la aplicada en la URSS hasta entonces, en lo que se llamó proceso de desestalinización. Por tanto, la burguesía también miente cuando afirma que el socialismo fracasó por la implosión de la URSS.

  13) El Partido debe luchar con todas sus fuerzas contra el burocratismo. El oportunismo es la forma en la que el imperialismo se infiltra en el seno del Partido leninista. El Partido debe ser prudente y disponer de mecanismos que garanticen la admisión de militantes honestos y leales al marxismo-leninismo y al proletariado que efectivamente sean la vanguardia de éste, cerrando las filas a los arribistas y oportunistas. Asimismo, el Partido leninista debe disponer de los instrumentos para formar a los cuadros en el marxismo-leninismo así como disponer de los medios de verificación y depuración permanente para detectar todo tipo de burocratismo, de corruptos de indeseables portadores de la ideología burguesa y expulsarlos del Partido.

  14) El mayor enemigo del socialismo es el burocratismo, es el oportunismo – cuya expresión ideológica es el revisionismo – y su praxis es el reformismo y el legalismo.

  15) La propia burguesía reconoce que el socialismo es inexpugnable si el Partido Leninista es fiel a los principios y es capaz de erradicar y depurar al oportunismo. La experiencia soviética así lo acredita, según los enemigos de clase, según el imperialismo, la Unión Soviética no podía ser vencida por el imperialismo en una guerra convencional, sino tenían que hacer la guerra por otros medios – guerra ideológica, propagandística, económica, psicológica, etcétera – y, fundamentalmente, acabar con el PCUS. Sin acabar con el PCUS era imposible acabar con la Unión Soviética.

  16) No se puede defender el marxismo-leninismo, ni defender la causa del socialismo sin reivindicar y defender la figura de Stalin. El imperialismo, y su perro oportunista, vertieron todo tipo de infundio contra Stalin al objeto de crear un estereotipo y prejuicio negativo sobre su figura y su obra al objeto de estigmatizarlo ante el proletariado. Stalin es culpable de edificar el socialismo, es culpable de vencer al fascismo, es culpable de combatir al oportunismo, es culpable de hacer que su pueblo atrasado se convirtiera en la primera potencia mundial, es culpable de colectivizar la tierra y socializar los medios de producción, es culpable de hacer que los proletarios del mundo consiguieran progresar socialmente y conquistar derechos inimaginables. El antiestalinismo es, y ha sido, un instrumento del imperialismo para combatir lo que Stalin representa, el socialismo.

  17) Los que, desde Khruschev hasta Gorbachov, en nombre de la libertad y la democracia arremetían contra Stalin y restituían a los oportunistas de todo pelaje, acreditaron que eran títeres de los planes imperialistas contra la URSS al objeto de restituir el capitalismo en el territorio soviético. Como Gorbachov dijo en 2018, su misión sublime en la vida era acabar con el comunismo. De hecho, eran tan adalides de la democracia que arremetieron contra la voluntad popular del pueblo soviético que en marzo de 1991 mayoritariamente votó a favor de la pervivencia de la URSS.

  18) La URSS ha sido la primera experiencia histórica donde el proletariado ha tomado el poder en sus manos y ha construido el socialismo; esta primera experiencia ha durado siete décadas; mucho más que la primera experiencia en la que la burguesía se hizo con el poder en la Francia revolucionaria de finales de siglo XVIII.

  19) Casi 3 décadas después del derrumbe de la Unión Soviética, la tan cacareada teoría del fin de la historia de Francis Fukuyama ha quedado arrojada al estercolero de la historia. Los propios economistas burgueses hablan del fin del capitalismo, reconociendo de facto la inviabilidad de éste. El mundo es material, por consiguiente en movimiento, donde rige la lucha de contrarios, de tal modo que hoy en el mundo rige el principio fundamental de la lucha entre el imperialismo – máxima aspiración de los monopolios – y el socialismo –máxima aspiración del proletariado y las clases oprimidas hoy. Esta ley fundamental rige desde el triunfo de la Revolución de Octubre de 1917.

  20) Nos encontramos en un periodo de transición, en el periodo de lucha entre lo nuevo – el socialismo – y lo viejo que está muerto y se sostiene en pie únicamente por la vía de la violencia reaccionaria, del fascismo y de la guerra – el imperialismo. El capitalismo en su fase actual, de putrefacción de imperialismo, no caerá por sí mismo, a pesar de ser inviable económica y socialmente, por su naturaleza criminal y asesina. El imperialismo únicamente puede ser derrocado por el proletariado de manera revolucionaria dirigido por el Partido leninista. Tal y como nos enseña la historia, la fórmula revolucionaria ideada por Lenin y los bolcheviques es la correcta, y cómo nos enseña la historia, en la guerra de contrarios entre lo nuevo – el socialismo – y lo viejo – el imperialismo – siempre termina por imponerse lo nuevo.

  21) Hoy el desarrollo tecnológico, el desarrollo de las fuerzas productivas, la socialización de la producción y el alto grado de instrucción y preparación del proletariado, unido a la caducidad del imperialismo, hacen que las condiciones del proletariado revolucionario para derrocar al capitalismo y construir el socialismo sean mejores que hace un siglo, de tal modo que cuando el socialismo se vuelva a imponer, éste lo hará de una manera más fulgurante que en el siglo pasado y, además, será más desarrollado. Es responsabilidad del Movimiento Comunista Internacional, por estar aún en parte infectado por el oportunismo, que el proletariado siga aún a merced de la burguesía en el terreno ideológico por no acometer este combate a muerte. La lucha de clases transcurre por tres cauces, el ideológico, el político y el económico. Económicamente el imperialismo está quebrado, políticamente el imperialismo está debilitado como se comprueba mirando el paisaje político de los distintos países capitalistas; de tal modo que si el imperialismo se sostiene por el momento es porque la burguesía, por el momento, vence la guerra ideológica.

Concluimos esta tesis con unas palabras del comunista belga Ludo Martens: “A finales del siglo XX, la humanidad ha retornado de algún modo al punto de partida, a los años 1900-1914, cuando las potencias imperialistas pensaban poder arreglar entre ellas la suerte del mundo. En los años próximos, a medida que el carácter criminal, bárbaro e inhumano del imperialismo se reveló cada día más netamente, las nuevas generaciones que no han conocido a Stalin se sentirán obligadas a rendirle homenaje”. [64]

Madrid, 31 de octubre de 2019

COMISIÓN IDEOLÓGICA DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA OBRERO ESPAÑOL (P.C.O.E.)


Referencias bibliográficas:

[1]: https://www.ccma.cat/catradio/les-prediccions-apocaliptiques-de-nino-becerra/noticia/2912976/
[2]: “El capitalismo está bajo seria amenaza”: Las advertencias de Raghuram Rajan, el economista que predijo la crisis financiera global. Redacción BBC News Mundo, 17 de marzo de 2019.
[3]: Wolfgang Streeck. “¿Cómo terminará el capitalismo?”, Pág. 54. Ed. Traficantes de Sueños. Madrid 2017.
[4]: K. Marx, F. Engels. Obras Escogidas Tomo I, Pág.55. Ed. Progreso, Moscú 1980.
[5]: Ibídem, pág. 60.
[6]: Castells, Irene; Moliner Antonio. “Crisis del Antiguo Régimen y revolución liberal en España (1789-1845)”, Pág. 10. Ed. Ariel, Barcelona 2000.
[7]: K. Marx. “La España revolucionaria”. Pág. 113. Alianza editorial, Madrid 2009.
[8]: Ibídem. Págs. 113-114.
[9]: Ibídem. Pág. 116.
[10]: Jaramillo, Mario; José Reyes, Carlos; Adolfo Quesada de Vanegas, Gustavo; Ocampo López, Javier; Thibaud, Clément; Fernando Ocampo, José. “1810, antecedentes, desarrollo y consecuencias.”. Taurus historia, 2011.
[11]: K. Marx, F. Engels. Obras Escogidas Tomo I, Pág.107. Ed. Progreso, Moscú 1980.
[12]: Ibídem. Págs. 107-108.
[13]: Ibídem. Pág. 109.
[14]: Ibídem.
[15]: Ibídem. Págs. 109-110.
[16]: Ibídem. Pág.110.
[17]: Ibídem. Pág.212.
[18]: K. Marx, F. Engels. Obras escogidas, Tomo III, pág. 67. Ed. Progreso, Moscú 1980.
[19]: Academia de Ciencias de la URSS. Fundamentos de filosofía marxista-leninista, pág. 184. Ed. Progreso, Moscú 1977.
[20]: Ibídem.
[21]: K. Marx, F. Engels. Obras Escogidas Tomo I, Págs.214-215. Ed. Progreso, Moscú 1980.
[22]: Ibídem.
[23]: Ibídem.
[24]: Ibídem, pág. 213.
[25]: V.I. Lenin. Obras escogidas, Tomo IX, pág. 169. Ed. Progreso, Moscú 1973.
[26]: K. Marx, F. Engels. Obras Escogidas Tomo II, Págs.106-107. Ed. Progreso, Moscú 1980.
[27]: Ibídem. Págs. 107-108.
[28]: Ibídem. Págs. 109-110.
[29]: K. Marx, F. Engels, V.I. Lenin. La Comuna de París, pág. 107. Ed. Akal, Madrid 1985.
[30]: K. Marx, F. Engels. Obras Escogidas Tomo I, Pág.211. Ed. Progreso, Moscú 1980.
[31]: Ibídem. Pág. 60.
[32]: K. Marx, F. Engels. Obras escogidas, Tomo III, pág. 282. Ed. Progreso, Moscú 1980.
[33]: V.I. Lenin. Obras Escogidas, Tomo I (1894-1901), pág. 190. Ed. Progreso, Moscú 1973.
[34]: V.I. Lenin. Obras Escogidas, Tomo III (1905-1912), pág. 12. Ed. Progreso, Moscú 1973.
[35]: V.I. Lenin. Obras Escogidas, Tomo VI (1916-1917), pág. 107. Ed. Progreso, Moscú 1973.
[36]: V.I. Lenin. Obras Escogidas, Tomo VII (1917-1918), pág. 99. Ed. Progreso, Moscú 1973.
[37]: V.I. Lenin. Obras Escogidas, Tomo X (1919-1920), págs. 220-221. Ed. Progreso, Moscú 1973.
[38]: V.I. Lenin. Obras Escogidas, Tomo XII (1921-1923), pág. 10. Ed. Progreso, Moscú 1973.
[39]: Ibídem. Págs. 30-31.
[40]: V.I. Lenin. Obras Escogidas, Tomo XI (1920-1921), pág. 135. Ed. Progreso, Moscú 1973.
[41]: J. Stalin. Obras, Tomo VII (1925), págs. 116-117. Ed. Lenguas extranjeras, Moscú 1953.
[42]: Ludo Martens. Otra mirada sobre Stalin, pág. 33. Ed. EPO, Bruselas, 1996.
[43]: J. Stalin. Obras, Tomo XIV, pág. 176. Ed. Lenguas extranjeras, Moscú 1953.
[44]: Ibídem. Págs. 177-180.
[45]: Ludo Martens. Otra mirada sobre Stalin, pág. 70. Ed. EPO, Bruselas, 1996.
[46]: V.I. Lenin. Obras Escogidas, Tomo III, pág. 98. Ed. Progreso, Moscú, 1961.
[47]: J. Stalin. Obras. Tomo VI (1924), págs. 86-87. Ed. Lenguas extranjeras, Moscú 1953.
[48]: Ludo Martens. Otra mirada sobre Stalin, págs. 149-150. Ed. EPO, Bruselas, 1996.
[49]: Ibídem. Págs. 151-153.
[50]: Ibídem. Págs. 140-141.
[51]: Ibídem. Pág. 141.
[52]: Mijaíl Kilev. Jruschov y la disgregación de la URSS, págs. 9-10
[53]: Ludo Martens. Otra mirada sobre Stalin, págs. 142-143. Ed. EPO, Bruselas, 1996.
[54]: Ibídem. Pág. 154.
[55]: https://russia-insider.com/en/history/churchill-had-stalin-killed-us-bombed-russian-far-east-50s-top-russian-official-video
[56]: Ludo Martens. La URSS y la contrarrevolución de terciopelo, pág. 182. Ed. Cultura Popular, La Habana, 1995.
[57]: Ludo Martens. Otra mirada sobre Stalin, pág. 153. Ed. EPO, Bruselas, 1996.
[58]: Ludo Martens. La URSS y la contrarrevolución de terciopelo, pág. 126. Ed. Cultura Popular, La Habana, 1995.
[59]: Mijaíl Kilev. Jruschov y la disgregación de la URSS, págs. 10-11
[60]: Ludo Martens. La URSS y la contrarrevolución de terciopelo, págs. 161-162. Ed. Cultura Popular, La Habana, 1995.
[61]: Ibídem. Pág. 246.
[62]: Ibídem. Págs. 246-247.
[63]: http://razonesdecuba.cubadebate.cu/articulos/gorbachov-se-confiesa-el-objetivo-de-mi-vida-fue-la-aniquilacion-del-comunismo/
[64]: Ludo Martens. Otra mirada sobre Stalin, págs. 156-157. Ed. EPO, Bruselas, 1996.



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