¿Ha fracasado el Socialismo? ¿Estamos ante el fin de la historia?

Índice:
 1. A modo de introducción
 2. El motor de la historia es la lucha de clases, la lucha de contrarios, la lucha entre lo nuevo y lo viejo
     2.1. Cómo se impone el capitalismo en España: absolutismo y liberalismo durante la primera mitad del siglo XIX
     2.2. Cómo se impone el capitalismo en Francia
 3. El proletariado y las revoluciones burguesas de la primera mitad del siglo XIX
 4. La Comuna de París
 5. La Unión Soviética: ¿fracasó el marxismo-leninismo? ¿Fracasó el socialismo científico?
 6. Conclusiones

1. A modo de introducción


La burguesía se afana en mostrar al mundo que el socialismo es inviable y que ello se aprecia históricamente con la experiencia de la Unión Soviética y su derrumbe.

Los capitalistas invirtieron ingentes cantidades de dinero, gastaron innumerables recursos materiales y sacrificaron millones de vidas humanas a lo largo y ancho del planeta para acabar con la Unión Soviética, actuando desde dentro y fuera de ella. Entre los fines de ese esfuerzo inconmensurable, cómo no, se encuentra el objetivo de establecer una historia oficial, una historia que tape la indecorosa forma de actuar y la esencia de la burguesía a lo largo de su existencia, fundamentalmente en su presente forma monopolista, putrefacta, en su largo periodo de agonía que la retrata como la mayor criminal que ha existido en el devenir de la historia.

La Unión Soviética fue disuelta el 25 de diciembre de 1991. Su aniquilación no fue inmediata; fue el resultado de un proceso que duró casi cuatro décadas, de una lucha de clases encarnizada donde el imperialismo, enarbolando las banderas del asesinato, del golpe de Estado y del engaño –que son las que siempre les ha identificado– se ha repuesto, por el momento, de las derrotas que el proletariado, dirigidos por su ciencia revolucionaria, la ciencia del marxismo-leninismo, le infligió tanto en la Primera Guerra Mundial (1914-1918), con el triunfo de la Revolución de Octubre de 1917 y el nacimiento del primer Estado socialista, la URSS; así como en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), donde la Unión Soviética, patria de la clase obrera del mundo dirigida por Stalin, se impuso al fascismo, barriéndolo y liberando al mundo de tamaña escoria creada por los monopolios y los imperialistas para combatir al proletariado revolucionario y de someter a los pueblos del mundo al yugo de la explotación más salvaje y descarnada.

La burguesía asocia el fracaso del socialismo a la caída de la Unión Soviética. Su silogismo es simplón y fundamentalmente falso. Los burgueses afirman que la Unión Soviética ha desaparecido y que, por ello, el socialismo y el comunismo han fracasado. Sin embargo, la Unión Soviética es la experiencia práctica que lo atestigua. Y, es más, ¿acaso es equivalente el socialismo y el comunismo a la Unión Soviética? ¿La Unión Soviética fue siempre socialista y fiel a los principios del marxismo-leninismo?

La burguesía es plenamente consciente de la inviabilidad, de la caducidad y de la bancarrota de su sistema capitalista en su fase imperialista, en la fase de putrefacción. Los propios economistas y sociólogos burgueses no solo reconocen la inviabilidad del sistema, su bancarrota tanto económica y política, sino que incluso se aventuran a datar el final del capitalismo. El economista español Niño Becerra, por ejemplo, avisa que “el sistema capitalista se acabará en algún momento entre el 2060 y el 2070” [1]. El antiguo economista jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI) Raghuram Rajan señala que “el capitalismo está bajo una seria amenaza, porque ha dejado de proveer para las masas y, cuando eso sucede, las masas se rebelan contra el capitalismo” [2]. Algunos incluso reconocen ya la situación terminal del capitalismo, cuando no de muerte, como el socialdemócrata alemán Wolfgang Streeck, que explica el proceso actual –que los oportunistas ahora definen como «era postcapitalista»– señalando que “antes de que el capitalismo se vaya al infierno, durante un tiempo previsiblemente largo, permanecerá en el limbo, muerto o agonizante por una sobredosis de sí mismo, pero todavía muy presente, porque nadie tendrá poder suficiente para apartar del camino su cuerpo en descomposición” [3].

Como puede comprobarse, los propios burgueses reconocen no solo la inviabilidad de su sistema, sino su situación de muerte o, cuanto menos, de profunda agonía. Sin embargo, los intelectuales de la burguesía pretenden cortar y detener la historia en su régimen del capital. La burguesía, que antaño era revolucionaria y se rebeló contra el idealismo filosófico, hoy lo abraza y niega el materialismo y sus leyes, queriendo mostrar a la humanidad que, después de su dominio, de su régimen político y económico, no hay nada. Los capitalistas se empeñan en demostrar que ellos son el último eslabón del desarrollo humano y que, con ellos, se alcanza “el fin de la historia”. Pero son los propios voceros del imperialismo los que nos advierten de la inviabilidad del capitalismo cuando señalan que sucumbe por “una sobredosis de sí mismo”.

La caída del capitalismo se diferencia de la experiencia del primer Estado socialista, la Unión Soviética, cuya caída acontece no por una ‘sobredosis’ de socialismo, sino por la acción criminal de los imperialistas –y de su brazo ejecutor oportunista, todavía más canalla que la propia burguesía–, donde el golpe de Estado, el sabotaje, la guerra imperialista, el crimen y el engaño ha sido su hoja de ruta. Mientras que el capitalismo más acabado, el capitalismo monopolista, muere por sí mismo, la primera experiencia de Estado socialista, la Unión Soviética, en sus siete décadas de vida, nos demostró la superioridad del socialismo con respecto del capitalismo: en tan solo una década, convirtió un país atrasado como la Rusia zarista en una potencia mundial al mismo nivel que las potencias imperialistas más desarrolladas. La experiencia soviética demostró también que, sin fidelidad a la ciencia del marxismo-leninismo, o lo que es lo mismo, desnaturalizando sus principios económicos, ideológicos y, fundamentalmente, atacando al corazón y al cerebro del proletariado y de su Partido de vanguardia, un Estado socialista involuciona hasta ser devorado por el imperialismo, restableciéndose el capitalismo monopolista.

Pero esto no es novedoso. El estudio riguroso y científico de la historia nos enseña que, mientras exista una sociedad dividida en clases sociales antagónicas, se sucede la lucha entre los intereses de la clase opresora y de la clase oprimida. Es decir, la pugna entre las aspiraciones de unos y de otros, entre la formación socioeconómica de la clase dominante y la formación socioeconómica de la clase dominada.

“La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases. (…) Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una palabra: opresores y oprimidos se enfrentaron siempre, mantuvieron una lucha constante, velada unas veces y otras franca y abierta; lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases en pugna” [4].

Asimismo, el estudio científico de la historia, el estudio de la historia de las luchas de clases, nos muestra que esta no es lineal. A lo largo del desarrollo de la historia, se imponen unas clases sobre otras y, consiguientemente, se imponen distintos sistemas de dominación y formaciones socioeconómicas. El devenir histórico hace zigzag, da pasos hacia adelante y hacia atrás, hasta que se impone definitivamente la formación socioeconómica de la clase revolucionaria; esto es, hasta que lo nuevo se impone de manera definitiva a lo viejo, a lo muerto.

Veremos a continuación la pugna entre el feudalismo y el capitalismo, entre el absolutismo y el liberalismo, a lo largo del siglo XIX, tanto en España como en Francia, para comprobar esta verdad histórica. También analizaremos la experiencia soviética y evaluaremos la situación en la que nos encontramos en la actualidad con respecto a la historia de la lucha de clases, identificando qué es lo nuevo y qué es lo viejo, qué es lo que se impondrá y qué es lo que está condenado a morir.

“La burguesía produce, ante todo, sus propios sepultureros. Su hundimiento y la victoria del proletariado son igualmente inevitables” [5]. Y la burguesía es plenamente consciente de ello. Sabe que sus días como clase dominante están contados y que su mundo morirá con ella.

Pero, a diferencia de cuando la burguesía buscaba imponer revolucionariamente su dominio, su sistema económico capitalista, en su lucha contra el feudalismo, cuando declaraba la guerra irreconciliable a la religión y al idealismo, alumbrando en aquel momento el revolucionario materialismo francés y enarbolando la bandera de la ciencia contra Dios, hoy la burguesía no tiene más remedio que abrazar el idealismo que antaño combatió. No tiene otra opción que refugiarse en la mentira, escribiendo una versión oficial de la historia que en nada se asemeja a su devenir verdadero. Hoy, la burguesía no tiene más sostén que la exacerbación del nacionalismo y del revisionismo histórico más nauseabundo para someter el mundo por la fuerza bruta. En definitiva, la burguesía, antaño revolucionaria, hoy es reaccionaria y todo lo apuesta al fascismo.

Contra esta barbarie a la que la burguesía nos pretende someter al objeto de perpetuar su dominio, los marxistas-leninistas tenemos la realidad y la ciencia de nuestro lado. Nuestra misión es desentrañar todas las mentiras y falsedades que se han vertido contra los explotados, contra los trabajadores, contra los parias. La burguesía únicamente se mantiene hoy por su victoria temporal en la lucha ideológica. Es momento de que los comunistas, que poseemos el arma más potente que existe –la ciencia del marxismo-leninismo–, no eludamos la lucha y contemos la verdad al proletariado con paso decidido para que este cumpla con su misión histórica de mandar al capitalismo al estercolero de la historia y de llevar a cabo su proyecto histórico: la construcción del socialismo para avanzar hacia el comunismo.

Este trabajo pretende arrojar luz y mostrar que el socialismo y el comunismo no solo no han fracasado, sino que es la única salida que tiene el proletariado, que tiene la humanidad, para salvar su existencia.

2. El motor de la historia es la lucha de clases, la lucha de contrarios, la lucha entre lo nuevo y lo viejo

Los capitalistas repiten el argumento de que el socialismo y el comunismo han fracasado porque la Unión Soviética se desintegró. Ergo, según ellos, el vencedor es el capitalismo.

El 26 de diciembre de 1991, día posterior a la disolución de la URSS, el entonces presidente de los EE. UU., George Herbert Walker Bush, se dirigió al mundo para anunciar lo siguiente: “Durante más de 40 años, los EE. UU. han sido la principal potencia en la lucha contra el comunismo desde el oeste y, con ello, contra la amenaza que suponía para nuestros valores. (…) La Unión Soviética ya no existe. Ha ganado la democracia y la libertad”. Esta frase de Bush supuso el pistoletazo de salida del discurso único que ha impuesto el imperialismo y abre un capítulo más del anticomunismo feroz de la burguesía y de sus títeres. Una cualidad propia del fascismo, dicho sea.

Bush verbalizó la teoría del “fin de la historia” del politólogo Francis Fukuyama. “El fin de la historia”, según los imperialistas, adopta la fisonomía del Estado burgués bajo la forma de democracia liberal, que pivota sobre la economía capitalista o de “libre mercado” y que garantiza que el gobierno sea representativo y disponga de un sistema de derechos jurídicos. Esta teoría fue propagada a nivel mundial por todos los medios del capital en los momentos de la disolución de la URSS y ha sido reiterada de manera persistente desde entonces, con una virulencia enorme, más si cabe, en la última década del siglo XX y en la primera del siglo actual. La teoría del “fin de la historia” forma parte del pensamiento único que los monopolios pretenden imponer a sus sometidos.

Sin embargo, la historia de estos 30 años ha tirado por tierra las tesis de Fukuyama. Hemos comprobado en Italia o en Grecia cómo los monopolios quitan y ponen abiertamente a presidentes y Gobiernos sin necesidad de presentarse en las elecciones. Hemos visto cómo los escasos derechos de los trabajadores y de los pueblos han desaparecido y cómo las guerras imperialistas y de carroña se han sucedido tras la desaparición de la Unión Soviética. En definitiva, hemos visto cómo se hacía realidad, una vez más, el aserto de Lenin que señalaba que el desarrollo del imperialismo conduce a la reacción, al fascismo.

La propia historia ha refutado la tesis de Fukuyama que concluía que con el capitalismo se alcanza el “fin de la historia”. Los propios capitalistas, en su cruzada contra el marxismo-leninismo y el comunismo, contra los partidos comunistas e incluso contra la propia Unión Soviética, en su guerra sin cuartel contra el avance revolucionario del proletariado, en la que no han dudado en blandir el anticomunismo, característica identitaria del fascismo, demuestran la existencia de lucha de clases. Una guerra abierta obvia, pues existen dos clases antagónicas: el proletariado y la burguesía. Y esta lucha de clases, a nivel mundial, se traduce en la pugna entre la aspiración máxima del proletariado –el socialismo, como fase primaria del comunismo– y la aspiración máxima de la burguesía –el imperialismo–. Y es que, a pesar de que la Unión Soviética ya no exista, la lucha de clases entre el imperialismo –lo viejo– y el socialismo –lo nuevo– sigue vigente.

La historia sigue dando la razón a Marx y Engels cuando afirman que “la historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases” y que esta lucha de clases, esta lucha de contrarios, “terminó siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases en pugna”.

Y la historia nos enseña que lo nuevo no se impone a lo viejo de una vez definitiva, sino que sigue un proceso de pasos hacia adelante y hacia atrás hasta que lo nuevo se abre paso y entierra definitivamente a lo viejo. La propia historia del capitalismo y de cómo se impuso al feudalismo desmiente el mensaje que propaga la burguesía de que “el socialismo y el comunismo han fracasado porque ha caído la Unión Soviética”. Veamos cómo se impone el capitalismo al feudalismo en España y en Francia para desmentir este fraude de la burguesía, pues en la historia de la victoria del sistema capitalista sobre el sistema feudal se comprueba que el primero se impone al segundo dando pasos hacia adelante y hacia atrás, sucediéndose victorias y derrotas, y no de una manera directa y lineal.

2.1. Cómo se impone el capitalismo en España: absolutismo y liberalismo durante la primera mitad del siglo XIX

El reinado de Carlos IV, que abarca desde el 14 de diciembre de 1788 hasta el 19 de marzo de 1808, y la actuación política de Floridablanca estuvieron marcados por la situación de pánico generada por la Revolución Francesa de 1789, que devino en una falta de orientación política tanto a nivel interno como en el contexto internacional y en una tensión progresiva entre España y Francia.

Para analizar la crisis del Antiguo Régimen y el proceso revolucionario siguiente, es imprescindible no tener en cuenta únicamente los acontecimientos violentos, sino también observar cómo el desarrollo de un nuevo modelo productivo y la pugna ideológica entre absolutismo y liberalismo provocaron un paradigma en la figura de “el noble” o “el hidalgo”, que ya no se ubicaría dentro del antiguo concepto de estamento, sino que pasaría a formar parte de una clase social determinada en relación a su riqueza. La revolución de la burguesía en España no fue un proceso irreversible o ininterrumpido, sino que vivió una auténtica lucha entre los reformistas absolutistas y los ideales ilustrados, en una pugna constante entre el viejo orden agonizante y el nuevo régimen liberal. “La crisis se producía porque las estructuras tradicionales ya no podían contener e integrar lo que la propia evolución económica, social e ideológica había creado” [6].

En marzo de 1808, el príncipe de Asturias, aupado por sus partidarios, logró la abdicación de su padre, el rey Carlos IV, para convertirse así en Fernando VII y canalizar el descontento generado por la gestión del gobierno hacia la figura del ministro Manuel Godoy. En frente se encontró con la amenaza de las tropas francesas que, en virtud del Tratado de Fontainebleau del 27 de octubre de 1807, se hallaban en territorio español para supuestamente intervenir en Portugal. Asumida la incapacidad del Gobierno para oponer resistencia, Fernando VII buscó el reconocimiento internacional de su derecho al trono y recibió apoyo de los ingleses en la sublevación contra su padre. Por otro lado, la opción para el trono español que se barajaba desde Francia era la de Luis Bonaparte, hermano de Napoleón, mientras que en Madrid se contemplaba la subida de Joachim Murat, mariscal y lugarteniente del emperador en la península. Ante la falta de reconocimiento por parte del emperador francés, Fernando VII decidió viajar hacia Bayona, no sin antes constituir en Madrid una Junta Suprema de Gobierno presidida por el infante Antonio.

El 2 de mayo de 1808, medio centenar de personas penetró en el palacio al grito de ‘¡traición!’. Los franceses, ante esta situación, optaron por reprimir el levantamiento. A ello se sucedió una violenta reacción popular que obligó a Murat a desplazar a 30.000 hombres para frenar a los sublevados, cuya cifra rondaba los 20.000, lo que supuso el comienzo de la insurrección popular en Madrid y la subsiguiente Guerra de Independencia Española (1808-1814). Las abdicaciones de Bayona y la insurrección contra José I fueron el desencadenante de la quiebra del Antiguo Régimen en España y una carencia de poder y soberanía que, en ausencia del rey, pasaron a manos de las Juntas Provinciales y, posteriormente, a las de la Junta Suprema.

“Esta revolución popular tenía, en primer lugar, un carácter nacional, por proclamar la independencia de España respecto a Francia. En segundo lugar, era dinástica, por la lucha a favor del “deseado” Fernando VII a José Bonaparte. Y era reaccionaria por oponer las instituciones, costumbres y leyes antiguas, absolutistas, a las innovaciones napoleónicas. Todas las guerras de independencia libradas contra Francia llevan en común el sello de la regeneración, mezclado con la reacción” [7].

Ante la invasión, se constituyeron dos grupos: los afrancesados y los absolutistas. Los primeros estaban convencidos de las aspiraciones y principios de la Revolución Francesa y no consideraban que la ocupación de las tropas invasoras supondría la desmembración del país. Los segundos tenían el objetivo de luchar y restablecer el anterior régimen borbónico. El Gobierno de José I encontró los mismos problemas que el anterior régimen borbónico que fueron, sin duda, el punto clave en la crisis del Antiguo Régimen en España. De entre ellos, destacaron las graves crisis financieras, consecuencia del Estado deplorable de la Hacienda española.

“A lo largo del conflicto se fueron constituyendo Juntas Provinciales. Todas ellas clamaban a favor del rey, de la santa religión y del país. Pero si los campesinos, los habitantes de ciudades pequeñas y el numeroso ejército de mendigos, con hábito o sin él, todos ellos profundamente imbuidos de prejuicios religiosos y políticos, formaban la gran mayoría del partido nacional, este incluía, por otro lado, una minoría activa e influyente que consideraba el levantamiento popular contra los franceses como la señal de la regeneración política y social de España. Esta minoría estaba compuesta por los habitantes de puertos de mar, ciudades comerciales y parte de las capitales de provincia, donde, bajo el reinado de Carlos IV, se habían desarrollado hasta cierto punto las condiciones materiales de la sociedad moderna” [8].

“El poder estaba completamente descentralizado, no había gobierno, y las ciudades formaron sus juntas propias, sometidas a las juntas de las capitales provinciales. Se fue configurando un gobierno federal totalmente anárquico, en el que fue ganando poder la Junta suprema de Sevilla, considerada ahora la capital de España. Las juntas quedaron dirigidas por personas de alta alcurnia, que por supuesto no mostraban un ápice revolucionario. El 20 de julio de 1808, cuando José Bonaparte entró en Madrid, 14.000 franceses al mando de los generales Dupont y Vedel fueron obligados por Castaños a deponer sus armas en Bailén y José tuvo que retirarse de Madrid a Burgos unos días después. (…) La división del poder entre las juntas provinciales había salvado a España del primer choque de la invasión francesa. (…) Los franceses quedaron completamente desconcertados al descubrir que el centro de la resistencia española no estaba en ninguna parte y estaba en todas partes” [9].

La Guerra de Independencia significó, aunque de manera efímera, la creación embrionaria de las estructuras de poder burguesas, donde 1812 fue el año decisivo con las Cortes de Cádiz. “Las Cortes de Cádiz fueron el resultado del trabajo de una nueva junta creada antes de disolverse la Central, en la que algunos miembros contrarios a la nueva institución decretaron la creación de una regencia en ausencia del rey legítimo, a la que traspasaron el poder” [10].

A pesar del predominio de elementos de tradición absolutista, como el nacionalismo y la religión, las Juntas Provinciales demostraron una tendencia hacia las reformas sociales y políticas. Entre la clase privilegiada que gobernaba dichas juntas, existía un especial interés hacia las reformas fiscales, con el claro objetivo de superar el atraso económico que supuso la administración borbónica. Desde 1812, los gobiernos provinciales trataron de llevar a cabo reformas y cambios en la administración. Los liberales, inspirados por la Revolución Francesa, trataron de llevar a cabo la primera revolución liberal burguesa en España para enterrar las antiguas estructuras de poder. Así, el 19 de marzo de 1812 aprobaron en Cádiz una Constitución, conocida popularmente como ‘La Pepa’, que cambió significativamente el régimen político. No obstante, en la mayoría de las ocasiones, las reformas quedaron en suspenso a causa de la correlación de fuerzas favorable a los absolutistas, que finalmente condujo al restablecimiento de la monarquía absolutista y a la derogación de la Constitución de 1812.

Con todo y con eso, Fernando VII decretó la disolución de las Cortes de Cádiz el 4 de mayo de 1814 y derogó la carta magna, lo que anuló toda acción del periodo liberal anterior para poner en marcha el comienzo de una nueva época de absolutismo marcado por el carácter represivo del Estado. El retorno de Fernando VII al trono supuso, a todos los niveles, una vuelta a los valores económicos del Antiguo Régimen.

La restauración del absolutismo no se vio cuestionada hasta el pronunciamiento militar del General Riego en 1820, que dio inicio al llamado Trienio Liberal (1820-1823). Durante tres años, se retomaron las labores que esbozaron sus predecesores de las Cortes de Cádiz: se restauró la Constitución de 1812 y se trató de hacer frente a la enorme deuda pública, un problema capital en la Hacienda española heredado de la etapa del Sexenio Absolutista. Por primera vez, se aplicaba la Constitución de 1812 en una situación de paz nacional y con el monarca legítimo en el país. Por supuesto, Fernando VII era un convencido absolutista y trató por todos los medios de imposibilitar la labor de los liberales en el Gobierno.

En el contexto internacional, adquirió mucha importancia la derrota de Napoleón en 1815. La Santa Alianza de Prusia, Austria, Rusia y Francia se encargó de velar por los intereses del viejo mundo y de intervenir en caso de amenaza revolucionaria liberal en Europa. Así, en el Congreso de Verona de 1822, se acordó la intervención en España de los Cien Mil Hijos de San Luis del 7 de abril de 1823, que derrocó a los liberales sin apenas resistencia popular y que dejó patente la etapa absolutista que recorría Europa.

La muerte de Fernando VII en 1833 trajo mayor convulsión en España, pues tuvo que derogar la Ley Sálica para permitir que su hija Isabel accediera al trono. Al tener la niña solo 3 años, su madre María Cristina tuvo que gobernar como reina regente, lo que provocó la reacción absolutista levantada en torno a la figura de Carlos María Isidro, hermano del anterior rey Fernando VII. Dio comienzo el enfrentamiento militar entre los partidarios de la reina y entre los carlistas, apoyados estos últimos por militares y por la Iglesia. También contaron con el respaldo de amplios sectores del campesinado, reflejo del atraso ideológico de la clase trabajadora e indicio de por qué entre los sucesivos enfrentamientos por ocupar el poder no había surgido un movimiento popular verdaderamente revolucionario. Cabe decir que fue una guerra en la que ninguno de los dos bandos mostró una capacidad sólida y avezada, lo que multiplicó los daños sufridos por la población civil, liquidó el papel de España en Europa y llevó al extremo el grado de influencia de los militares en el Gobierno.

Mendizábal se presentaba como el político que pondría fin a la sangrienta contienda. Para ello, debía conseguir aumentar los efectivos militares en 100.000 hombres y, en paralelo, revertir la ruina económica de España. Entre 1835 y 1836, se promulgaron varios decretos para desamortizar bienes eclesiásticos, con el argumento de que muchos conventos y monasterios se habían abandonado y convertido posteriormente en refugios de guerra, donde el robo y la prostitución eran prácticas habituales. Indudablemente, el apoyo de la Iglesia a los carlistas fue un factor fundamental en el elevado número de expropiaciones de terrenos y posesiones que se llevaron a cabo. Los bienes salieron a subasta pública, donde los compradores podían hacer efectivo el importe tanto en metálico como en títulos de deuda interior. Se vendieron cerca de 4.000 fincas de instituciones eclesiásticas en muy pocos años. Si bien fue amplia, el proceso desamortizador fue insuficiente debido al lastre que supuso la corrupción en el Gobierno. La división de los lotes se encomendó a comisiones municipales, que abusaron de su poder para manipular y configurar grandes porciones inasequibles para los pequeños propietarios, pero asumibles, en cambio, por las oligarquías adineradas. Los pequeños labradores no pudieron entrar en las pujas y las tierras fueron compradas por nobles y burgueses urbanos. Esto provocó la creación de una nueva clase opresora compuesta por terratenientes nobles y burgueses. La Iglesia excomulgó a los responsables de las expropiaciones y a aquellos que habían comprado las tierras. La política del Gobierno estuvo destinada a paliar la deuda en el plazo más breve posible, a crear nuevos intereses y, por consiguiente, a atraer nuevos partidarios de las instituciones liberales. Mendizábal apoyó su gestión en la nueva burguesía que se fue formando en torno a los contratos y negocios con el Gobierno –adquisición de títulos de deuda, suministros para las tropas y compra de propiedades–.

En definitiva, la primera mitad del siglo XIX en España fue una permanente lucha entre lo viejo que no acababa de morir –el feudalismo– y lo nuevo de aquella época que estaba por imponerse –el capitalismo–, encabezado por la burguesía liberal que pretendía imponer su dominio político y elevarlo en sintonía con su hegemonía en el terreno económico.

2.2. Cómo se impone el capitalismo en Francia

La burguesía no duda en enaltecer y hablar de manera idílica de la Revolución Francesa de 1789, al tiempo que vilipendia con ferocidad la Revolución de Octubre de 1917. El suceso histórico que tanto idealizan los capitalistas, no obstante, fue consecuencia de una lucha anterior que ya se sucedía entre quienes componían el denominado Tercer Estado, el estamento de la sociedad feudal francesa que conformaron la burguesía, el campesinado y la incipiente clase trabajadora.

El siglo XVIII fue un periodo de gran batalla en el terreno ideológico entre la burguesía y los estamentos privilegiados de la sociedad feudal. Una lucha que, en menor grado, ya se había iniciado en el siglo anterior. La lucha entre el feudalismo y el capitalismo en Francia fue franca y abierta. En el terreno ideológico, se expresó en la contradicción entre fe y razón, entre idealismo y materialismo. El siglo XVIII dio luz a lo que se denominó el materialismo francés, a través del cual la burguesía fue armando ideológicamente a los estamentos más despojados de privilegios del Tercer Estado, al objeto de cimentar su toma del poder político, su revolución contra el feudalismo para imponer su modelo, su sistema, como consecuencia de su desarrollo como clase y de la hegemonía que ya poseía en el terreno económico.

La quiebra financiera de la nobleza, las malas cosechas, el encarecimiento de los alimentos básicos y la agudización de la pobreza de las clases populares y del campesinado crearon las condiciones fundamentales para que el trabajo ideológico de la burguesía encauzara la lucha de clases hacia el estallido del 14 de julio de 1789, cristalizado en la imagen icónica de la toma de la Bastilla. El asalto a la prisión por el pueblo parisino fue el detonante de la Revolución Francesa, que se extendió progresivamente por todos los rincones del país galo. El campesinado y la pequeña burguesía arruinada, junto al proletariado incipiente, fueron creando nuevos órganos de poder: ayuntamientos revolucionarios, ejércitos populares y la Asamblea Nacional. Los revolucionarios avanzaron hacia la abolición de los privilegios de la nobleza y del clero, liquidando la sociedad estamental feudal, redactaron una Constitución liberal y levantaron un Estado burgués en forma de monarquía parlamentaria, con el rey Luis XVI en el poder ejecutivo, la Asamblea Nacional en el poder legislativo y los tribunales de justicia, “independientes”, en el poder judicial. Con la Revolución Francesa, muchos nobles emigraron del país y se establecieron mayoritariamente a Prusia.

Como no podía ser de otro modo, ni la nobleza, ni la Iglesia, ni el propio rey estaban conformes con la monarquía constitucional establecida en 1791. Tuvieron que aceptar un régimen que liquidaba sus privilegios y reducía su poder. Las clases antaño dominantes en el feudalismo, luego dominadas en el nuevo sistema burgués, trataron por todos los medios de desencadenar una guerra civil que entrenase la intervención de potencias feudales extranjeras y restablecer el absolutismo en Francia.

El pueblo francés odiaba a Luis XVI. La mayoría de la población lo consideraba un traidor por intentar fugarse del país, tentativa frustrada por la que fue retenido en Varennes-en-Argonne en junio de 1791 antes de ser trasladado a París. Su detención entrenó la Declaración de Pillnitz a finales de agosto de 1791, lo que creó un clima bélico entre Austria y Francia. Las dos potencias acabaron enfrentándose en las Guerras de Coalición, libradas por varias alianzas de países contrarios a la Francia revolucionaria.

A lo largo de los años, el odio que sentía el pueblo francés hacia su rey fue incrementando gradualmente y lo radicalizó. Los episodios violentos se sucedieron con mayor frecuencia hasta que los insurgentes decidieron asaltar el Palacio de las Tullerías, donde residía la familia real, en la jornada del 10 de agosto de 1792. En septiembre, se abolió la monarquía y se constituyó la Primera República francesa. El rey Luis XVI fue guillotinado y Francia entró en guerra contra los Estados defensores del absolutismo.

En 1793, la alta burguesía –girondinos– pierde la dirección del proceso revolucionario, que pasa a manos de la mediana y pequeña burguesía y a sectores de las clases populares –jacobinos–, así como a la parte más avanzada del pueblo –demócratas radicales de izquierda o “cordeleros”, liderados por Jean-Paul Marat–.

Entre 1793 y 1794, los jacobinos agudizaron la represión contra los defensores del absolutismo para poder avanzar en la revolución burguesa: ejecución de Luis XVI, nueva Constitución, mayores derechos democráticos para el pueblo y conquista del sufragio universal masculino.

La gran burguesía infundió una campaña de acoso y derribo contra el máximo dirigente jacobino, Maximilien Robespierre, que acabó guillotinado junto con otros dirigentes jacobinos. De esta manera, la gran burguesía conquistó el poder y, para perpetuar su dominio, redactó una nueva Constitución en 1795 que eliminaba el sufragio universal masculino y reestablecía el sufragio censitario. Igualmente, liquidaron la Asamblea Nacional e impusieron un Gobierno de los girondinos que denominaron el Directorio (1795-1799).

El Directorio se sostuvo durante cuatro años y fue rechazado y combatido tanto por los jacobinos como por los monárquicos. El país vivió un duro periodo inestabilidad política y de bancarrota económica. En el plano exterior, Francia mantuvo una guerra contra las monarquías europeas, encabezadas por Austria y Gran Bretaña, que reproducía la lucha entre el capitalismo y el feudalismo a escala internacional. A nivel interno, se sucedieron revueltas populares y arremetidas reaccionarias de los monárquicos. Es decir, el Directorio labró una guerra exterior contra las monarquías de otros países al tiempo que lidiaba con una guerra civil.

La gran burguesía no tenía otro camino que el terror, la represión y la guerra. No dudó siquiera en ejecutar golpes de Estado, como el del 4 de septiembre de 1797, o en anular elecciones en los departamentos franceses donde vencían los adversarios del Directorio. La gran burguesía emprendió todo tipo de purgas y persecuciones contra la oposición política, otorgando cada vez más fuerza al Ejército.

En una situación de gran inestabilidad, de alto desprestigio girondino y de creciente fortalecimiento jacobino, la gran burguesía decidió emplear al Ejército para efectuar un nuevo coup el 9 de noviembre de 1799: el Golpe de Estado del 18 Brumario, que aupó a Napoleón Bonaparte al poder. El putsch puso fin al Directorio e impuso el Consulado, que concentró el poder ejecutivo en tres cónsules.

Una vez impuesta su dictadura con Napoleón de “caudillo”, la gran burguesía decidió conciliar con la nobleza. En diciembre de 1799, el Consulado redactó una nueva Constitución a su imagen y semejanza y comenzó a implementar una serie de políticas dirigidas a desarrollar una burocracia sólida para fortalecer el Estado burgués. Los cargos públicos dejaron de ser cargos electivos y su designación pasó a dictarse desde arriba, lo que provocó que cerca de la mitad de las prefecturas quedase en manos de la nobleza del Antiguo Régimen. Asimismo, el Consulado hizo concesiones a la Iglesia, con la que firmó un Concordato en 1802.

Dicha política de conciliación con los que una vez fueron estamentos privilegiados de la sociedad –nobleza e Iglesia–, contrastaba con la inmisericorde represión ejercida sobre los opositores del régimen. A ello se sumaron los éxitos militares en el plano internacional, como la paz que firmaron Francia y Gran Bretaña. Por todo, Napoleón logró proclamarse emperador en 1804, lo que puso fin a la Primera República Francesa para dar paso al Imperio Napoleónico (1804-1815).

Como puede comprobarse, la proclama revolucionaria “Liberté, Égalité, Fraternité” (“Libertad, Igualdad, Fraternidad”) se quedó solo en eso, en una proclama. El desarrollo de la historia mantuvo el mismo abuso con distinto cacique.

El imperio francés, con su caudillo Napoleón como nuevo “Dios Sol”, necesitaba satisfacer sus apetencias económicas. Con el fin de fortalecer a la burguesía francesa, aisló a Gran Bretaña y la sometió a un bloqueo para debilitar su industria y su comercio. Entre 1805 y 1815, además, el imperio napoleónico entró en guerra contra la práctica totalidad de los Estados europeos, desde la península ibérica hasta Rusia.

Pero Napoleón fue derrotado en 1815 en Waterloo. La firma del Tratado de París restableció la monarquía y rehabilitó en el trono a Luis XVIII, hermano de Luis XVI. Francia perdió todas las conquistas territoriales e ideológicas cosechadas por la revolución y se purgaron en torno a 75 mil funcionarios. El Antiguo Régimen volvió a Francia y en toda Europa triunfó la contrarrevolución –o como prefieren llamar los historiadores, la Restauración–.

Luis XVIII falleció en 1824 y su hermano Carlos X ocupó el trono de Francia. El nuevo monarca fue incluso más reaccionario que su antecesor que, al menos, trató de buscar una conciliación con la burguesía cuando reinaba. Las políticas absolutistas de Carlos X, de confrontación franca con la burguesía, con las clases populares y con los valores revolucionarios, siempre estuvieron dirigidas a satisfacer los intereses y restablecer los privilegios de la nobleza, de los señores emigrados –que fueron inmediatamente indemnizados– y del clero. Su gobierno fue abiertamente en contra del pueblo llano. El desarrollo progresivo de la agricultura y de la industria en Francia elevó una sociedad que chocaba con la concepción despótica de Carlos X, que manipulaba elecciones, recortaba libertades e ilegalizaba políticamente a la burguesía. Los decretos de las Ordenanzas de Julio, por ejemplo, aceleraron la creación de las condiciones internas para la Revolución de 1830.

Las políticas de Carlos X, unido a otros factores que hicieron empeorar las condiciones de vida del pueblo, motivaron a los habitantes de París a lanzarse a la calle los días 27, 28 y 29 de julio de 1830, para mostrar su rechazo al monarca. Entre la burguesía, al igual que en la revolución iniciada en 1789, existían dos facciones: la radical, que exigía la instauración de una república, y la de la gran burguesía, que anhelaba la imposición del capitalismo por la vía británica, es decir, a través de una monarquía constitucional donde el poder real residiera en sus manos, como clase hegemónica en el terreno económico. Esta última fue la que logró imponerse. Carlos X huyó a Inglaterra y abdicó, y la alta burguesía entronó a Luis Felipe de Orleans, que se coronó rey Luis Felipe I de Francia, e instauró una monarquía liberal.

“La que dominó bajo Luis Felipe no fue la burguesía francesa, sino una fracción de ella: los banqueros, los reyes de la bolsa, los reyes de los ferrocarriles, los propietarios de minas de carbón y de hierro y de explotaciones forestales y una parte de la propiedad territorial aliada a ellos: la llamada aristocracia financiera. Ella ocupaba el trono, dictaba leyes en las Cámaras y adjudicaba los cargos públicos, desde los ministerios hasta los estancos.

La burguesía industrial propiamente dicha constituía una parte de la oposición oficial, es decir, solo estaba representada en las Cámaras como una minoría. Su oposición se manifestaba más decididamente a medida que se destacaba más el absolutismo de la aristocracia financiera y a medida que la propia burguesía industrial creía tener asegurada su dominación sobre la clase obrera, después de las revueltas de 1832, 1834 y 1839, ahogadas en sangre. (…) La pequeña burguesía en todas sus gradaciones, al igual que la clase campesina, había quedado completamente excluida del poder político. Finalmente, en el campo de la oposición oficial o completamente al margen del ‘pays légal’ se encontraban los representantes y portavoces ideológicos de las citadas clases, sus sabios, sus abogados, sus médicos, etc.; en una palabra, sus llamados ‘talentos’”
[11].

La monarquía emanada de la revolución de 1830 de Luis Felipe se encontraba “bajo la dependencia de la alta burguesía, y su dependencia de la alta burguesía convertíase a su vez en fuente inagotable de una creciente penuria financiera”. “El incremento de la deuda pública interesaba directamente a la fracción burguesa que gobernaba y legislaba a través de las Cámaras. El déficit del Estado era precisamente el verdadero objeto de sus especulaciones y la fuente principal de su enriquecimiento. Cada año, un nuevo déficit. Cada cuatro o cinco años, un nuevo empréstito. Y cada nuevo empréstito brindaba a la aristocracia financiera una nueva ocasión de estafa a un Estado mantenido artificialmente al borde de la bancarrota; este no tenía más remedio que contratar con los banqueros en las condiciones más desfavorables. Cada nuevo empréstito daba una nueva ocasión para saquear al público que colocaba sus capitales en valores del Estado, mediante operaciones de bolsa en cuyos secretos estaban iniciados el Gobierno y la mayoría de la Cámara” [12].

A ello, a la corrupción generalizada, se sumó la plaga de la patata y las malas cosechas de 1845 y 1846, que “provocaron, en Francia como en el resto del continente, conflictos sangrientos” [13] y “una crisis general del comercio y de la industria en Inglaterra, anunciada ya en el otoño de 1845 por la quiebra general de los especuladores de acciones ferroviarias” [14]. Esta crisis provocó que “la asolación del comercio y de la industria por la epidemia económica” hiciera “todavía más insoportable el absolutismo de la aristocracia financiera”.

“La burguesía de la oposición provocó en toda Francia una campaña de agitación en forma de banquetes a favor de una reforma electoral, que debía darle la mayoría en las Cámaras y derribar al ministerio de la bolsa. En París, la crisis industrial trajo, además, como consecuencia particular, la de lanzar sobre el mercado interior una masa de fabricantes y comerciantes al por mayor que, en las circunstancias de entonces, no podían seguir haciendo negocios en el mercado exterior. Estos elementos abrieron grandes tiendas, cuya competencia arruinó en masa a los pequeños comerciantes de ultramarinos y tenderos. De aquí un sinnúmero de quiebras en este sector de la burguesía de París y de aquí su actuación revolucionaria en febrero.

Es sabido cómo Guizot y las Cámaras contestaron a las propuestas de reforma con un reto inequívoco; cómo Luis Felipe se decidió, cuando ya era tarde, por un ministerio Barrot; cómo se llegó a colisiones entre el pueblo y las tropas, como el Ejército se vio desarmado por la actitud pasiva de la Guardia Nacional y cómo la monarquía de Julio hubo de dejar el sitio a un gobierno provisional. (…) Este Gobierno provisional, que se levantó sobre las barricadas de Febrero, reflejaba necesariamente, en su composición, los distintos partidos que se repartían la victoria. No podía ser otra cosa más que una transacción entre las diversas clases que habían derribado conjuntamente la Monarquía de Julio, pero cuyos intereses se contraponían hostilmente.

Su gran mayoría estaba formada por representantes de la burguesía. La pequeña burguesía republicana representada por Ledru Rollin y Flocon; la burguesía republicana, por los hombres del National; la oposición dinástica, por Crémieux, Dupont de l’Eure, etc. La clase obrera no tenía más que dos representantes: Luis Blanc y Albert. Finalmente, Lamartine no representaba propiamente en el Gobierno provisional ningún interés real, ninguna clase determinada: era la misma Revolución de Febrero, el levantamiento conjunto, con sus ilusiones, su poesía, su contenido imaginario y sus frases. Por lo demás, el portavoz de la Revolución de Febrero pertenecía, tanto por su posición como por sus ideas, a la burguesía.

(…) Si París, en virtud de la centralización política, domina a Francia, los obreros, en los momentos de sacudidas revolucionarias, dominan a París (…) La burguesía solo consiente al proletariado una usurpación: la de la lucha. (…) Hacia el mediodía del 25 de febrero, la república no estaba todavía proclamada, pero, en cambio, todos los ministerios estaban ya repartidos entre los elementos burgueses del Gobierno provisional y entre los generales, abogados y banqueros del National. Pero los obreros estaban decididos a no tolerar esta vez otro escamoteo como el de julio de 1830. Estaban dispuestos a afrontar de nuevo la lucha y a imponer la república por la fuerza de las armas”
[15]. Y es así como se alcanza la Segunda República francesa.

“Con la proclamación de la república sobre la base del sufragio universal, se había cancelado hasta el recuerdo de los fines y móviles limitados que habían empujado a la burguesía a la Revolución de Febrero. En vez de unas cuantas fracciones de la burguesía, todas las clases de la sociedad francesa se vieron de pronto lanzadas al ruedo del poder político, obligadas a abandonar los palcos, el patio de butacas y la galería y a actuar personalmente en la escena revolucionaria. Con la monarquía constitucional, había desaparecido también toda apariencia de un poder estatal independiente de la sociedad burguesa y toda la serie de luchas derivadas que el mantenimiento de esta provoca.

El proletariado, al dictar la república al Gobierno provisional y, a través del Gobierno provisional, a toda Francia, apareció inmediatamente en primer plano como partido independiente, pero, al mismo tiempo lanzó un desafío a toda la Francia burguesa. Lo que el proletariado conquistaba era el terreno para luchar por su emancipación revolucionaria, pero no, ni mucho menos, esta emancipación misma. (…) Lejos de ello, la República de Febrero, tenía, antes que nada, que completar la dominación de la burguesía, incorporando a la esfera del poder político, junto a la aristocracia financiera, a todas las clases poseedoras”
[16].

“La revolución de febrero cogió desprevenida, sorprendió a la vieja sociedad, y el pueblo proclamó este golpe de mano inesperado como una hazaña de la historia universal con la que se abría la nueva época. El 2 de diciembre (de 1851), la revolución de febrero es escamoteada por la voltereta de un jugador tramposo, y lo que parece derribado no es ya la monarquía, sino las concesiones liberales que le habían sido arrancadas por seculares luchas. Lejos de la sociedad misma la que se conquista en un nuevo contenido, parece como si simplemente el Estado volviese a su forma más antigua, a la dominación desvergonzadamente simple del sable y la sotana. Así contesta al ‘coup de main’ de febrero de 1848 el ‘coup de tête’ de diciembre de 1851. Por donde se vino, se fue. Sin embargo, el intervalo no ha pasado en vano. Durante los años de 1848 a 1851, la sociedad francesa asimiló, y lo hizo mediante un método abreviado, por ser revolucionario, las enseñanzas y las experiencias que es un desarrollo normal, lección tras lección, por decirlo así, habrían debido preceder a la revolución de febrero, para que esta hubiese sido algo más que un estremecimiento en la superficie. Hoy, la sociedad parece haber retrocedido más allá de su punto de partida; en realidad, lo que ocurre es que tiene que empezar por crearse el punto de partida revolucionario, la situación, las relaciones, las condiciones, sin las cuales no adquiere un carácter serio la revolución moderna” [17].

Como puede observarse, la última década del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX en Francia fue una permanente lucha entre lo viejo, que no acababa de morir, y lo nuevo de aquel entonces, que estaba por imponerse. La burguesía intentó enterrar el absolutismo en la última década del siglo XVIII, pero este resurgió en 1815 para instalarse durante tres décadas. La burguesía revolucionaria republicana de entonces trató de liquidar a la monarquía en 1792, pero la monarquía se volvió a imponer de 1815 a 1848. Cada experiencia revolucionaria demuestra que, aunque lo viejo se reponga y se vuelva a imponer a lo nuevo temporalmente, esta imposición se realiza de manera más precaria, pues en la memoria del pueblo se irradia el contenido y la esencia del nuevo orden que se pretende conquistar. Y cada arremetida revolucionaria de lo nuevo empuja más a lo viejo a su desnaturalización, a su entierro definitivo. La lucha de clases es el motor de la historia y el desarrollo de la historia es la permanente lucha entre lo nuevo –la aspiración de la clase revolucionaria– y lo viejo –la defensa del sistema que sostiene los privilegios de la clase reaccionaria–.

3. El proletariado y las revoluciones burguesas del siglo XIX

En las primeras revoluciones burguesas, el proletariado lucha unido a la burguesía para acabar con el absolutismo. “Por aquel entonces, el modo capitalista de producción, y con él el antagonismo entre la burguesía y el proletariado, se habían desarrollado todavía muy poco. La gran industria, que en Inglaterra acababa de nacer, era todavía desconocida en Francia. Y solo la gran industria desarrolla, de una parte, los conflictos que transforman en una necesidad imperiosa la subversión del modo de producción y la eliminación de su carácter capitalista –conflictos que estallan no solo entre las clases engendradas por esa gran industria, sino también entre las fuerzas productivas y las formas de cambio por ellas creadas– y, de otra parte, desarrollan gigantescas fuerzas productivas los medios para resolver estos conflictos.

Si bien, hacia 1800, los conflictos que brotaban del nuevo orden social apenas empezaban a desarrollarse, estaban mucho menos desarrollados, naturalmente, los medios que habían de conducir a su solución. Si las masas desposeídas de París lograron adueñarse por un momento del poder durante el régimen del terror y con ello el triunfo de la revolución burguesa, incluso en contra de la burguesía, fue solo para demostrar hasta qué punto era imposible mantener por mucho tiempo este poder en las condiciones de la época. El proletariado, que apenas empezaba a destacarse en el seno de estas masas desposeídas, como tronco de una clase nueva, totalmente incapaz todavía para desarrollar una acción política propia, no representaba más que un estamento oprimido, agobiado por toda clase de sufrimientos, incapaz de valerse por sí mismo. La ayuda, en el mejor de los casos, tenía que venirle de fuera, de lo alto”
[18].

“Las revoluciones de la época de crisis del feudalismo y de desarrollo ascensional del capitalismo fueron dirigidas por la burguesía urbana, que en unos casos logró triunfar mediante una transacción con los señores feudales y en otros sostuvo la lucha hasta el fin, hasta el derrocamiento definitivo de estos últimos. El ejército que peleó en dichas revoluciones lo formaban campesinos y la plebe de las ciudades. A consecuencia de ello, la revolución, al alcanzar su punto álgido, rebasaba en mucho los objetivos que se había señalado la burguesía” [19].

Hemos visto en el punto segundo de la presente tesis cómo se impone el capitalismo tanto en España como en Francia. En ambos lugares fue la burguesía quien dirigió la lucha, pero, sin duda, quiénes la llevaron a término fueron campesinos y proletarios.

La misión principal y fundamental de la revolución burguesa “consiste en conformar la superestructura política con el tipo de economía capitalista nacido de las entrañas del feudalismo y asegurar las condiciones necesarias para su libre desenvolvimiento” [20].

El periodo del terror de la Revolución Francesa, que tuvo lugar en los años 1793 y 1794, fue uno de esos momentos en los que la revolución alcanzaba un momento álgido que rebasaba en mucho los marcados por la burguesía. De hecho, fue la facción de los burgueses más ricos la que, actuando de manera reaccionaria y contrarrevolucionaria, no dudó en liquidar al líder de los jacobinos para reconducir la revolución en los cauces de sus intereses: el establecimiento de una superestructura –sociedad, Estado, cultura, etc.- acorde al sistema de producción capitalista. Para ello, no dudaron en echarse a los brazos de la corrupción, del despotismo y de la conciliación con la nobleza y el clero.

En julio de 1830, el pueblo nuevamente puso fin al absolutismo de Carlos X. Si bien el proletariado y las capas más revolucionarias de la burguesía fueron partidarios de la república, la alta burguesía, los banqueros y los grandes comerciantes impusieron a su monarca, a Luis Felipe de Orleans, que no fue más que un títere para que la gran burguesía nadase en la abundancia por medio del saqueo, de la especulación y de la corrupción. Sin embargo, esta experiencia revolucionaria de 1830 fue esencial para que en 1848 el proletariado adquiriese una mayor firmeza y consistencia en la lucha, una mayor fortaleza, que hizo saltar la banca de la podrida monarquía burguesa y que llevó a la posterior instauración de la Segunda República francesa.

“A la monarquía burguesa de Luis Felipe solo puede suceder la república burguesa; es decir, que si en nombre del rey, había dominado una parte reducida de la burguesía, ahora dominará la totalidad de la burguesía en nombre del pueblo. Las reivindicaciones del proletariado de París son paparruchas utópicas, con las que hay que acabar. El proletariado de París contestó a esta declaración de la Asamblea Nacional Constituyente con la insurrección de junio, el acontecimiento más gigantesco en la historia de las guerras civiles europeas. Venció la república burguesa. A su lado estaban la aristocracia financiera, la burguesía industrial, la clase media, los pequeños burgueses, el Ejército, el lumpemproletariado organizado como Guardia Móvil, los intelectuales, los curas y la población del campo. Al lado del proletariado de París no estaba más que él solo. Más de 3.000 insurrectos fueron pasados a cuchillo después de la victoria y 15.000 deportados sin juicio” [21].

La revolución de 1848 y la derrota del proletariado francés en la insurrección de junio de 1849 habían “preparado, allanado el terreno en que podía cimentarse y erigirse la república burguesa; pero al mismo tiempo, había puesto de manifiesto que en Europa se ventilaban otras cuestiones que ‘república o monarquía’”. “Había revelado que aquí la república burguesa equivalía a despotismo ilimitado de una clase sobre otras. Había demostrado que en países de vieja civilización, con una formación de clase desarrollada, con condiciones modernas de producción y con una conciencia intelectual, en la que todas las ideas intelectuales se hallan disueltas por un trabajo secular, la república no significa en general más que la forma política de la subversión de la sociedad burguesa y no su forma conservadora de vida” [22].

El proletariado y su lucha, su exigencia derrotada de establecer una república social, no solo envejeció a la burguesía; la colocó en su nuevo lugar, como lo viejo, como lo reaccionario, como asesina de sus propias consignas y del pensamiento que decía encarnar. El proletariado se adentró en un punto donde “toda reivindicación, aun de la más elemental reforma financiera burguesa, del liberalismo más vulgar, del más formal republicanismo, de la más trivial democracia, es castigada en el acto como un ‘atentado contra la sociedad’ y estigmatizada como ‘socialismo’” [23]. “La Constitución, la Asamblea Nacional, (…) la ‘liberté, égalité, fraternité’ y el segundo domingo de mayo de 1852; todo ha desaparecido como una fantasmagoría. (…) El sufragio universal solo pareció sobrevivir un instante para hacer su testamento de puño y letra a los ojos del mundo entero y poder declarar, en nombre del propio pueblo: ‘Todo lo que existe merece perecer’” [24]. La propia lucha del proletariado lo ha empujado al ruedo de la historia como la nueva clase revolucionaria y, por consiguiente, posee la misión histórica de luchar por su emancipación de clase. Para cumplir con su cometido, el proletariado deberá ir adquiriendo sus armas para poder desarrollar su emancipación de manera revolucionaria.

4. La Comuna de París

El siglo XIX, y fundamentalmente desde 1848, la lucha de la clase obrera fue incrementándose con una participación cada vez más importante del proletariado, que despertaba políticamente como consecuencia del desarrollo del capitalismo. Es en este contexto histórico donde, junto al desarrollo del movimiento sindical o tradeunionista, se desplegó la necesidad de la organización política del proletariado. Así, fueron surgiendo organizaciones obreras, heterogéneas en lo ideológico, y se sentaron las condiciones para el surgimiento de la Primera Internacional (1864-1872). “La I Internacional echó los cimientos de la organización internacional de los obreros para la preparación de su ofensiva revolucionaria contra el capital” [25].

En Francia hemos visto cómo la burguesía, que decía levantarse contra la tiranía del absolutismo; que con su revolución juró liberar a la humanidad inundándola de libertad, igualdad y fraternidad; que prometía redimir a todos los desposeídos de los privilegios que gozaban la nobleza y el clero; que pretendía imponer el “Estado de la razón”, de su razón de clase; impuso su absolutismo explotador y corrupto nada más tomar el poder. La burguesía se convirtió en una clase reaccionaria y en la primera enemiga de lo que decía que iba a realizar.

“Luis Bonaparte quitó a los capitalistas el poder político con el pretexto de defenderles, de defender a los burgueses contra los obreros, y, por otra parte, a estos contra la burguesía; pero, a cambio de ello, su régimen estimuló la especulación y las actividades industriales; en una palabra, el auge y el enriquecimiento de toda la burguesía en proporciones hasta entonces desconocidas. Cierto es que fueron todavía mayores las proporciones en que se desarrollaron la corrupción y el robo en masa. (…) El Segundo Imperio era la apelación al chovinismo francés, la reivindicación de las fronteras del Primer Imperio, perdidas en 1814, a la menos las de la Primera República. Era imposible que subsistiese a la larga un imperio francés dentro de las fronteras de la antigua monarquía, más aún, dentro de las fronteras amputadas de 1815. Esto implicaba la necesidad de guerras accidentales y de ensanchar las fronteras.

(…) Proclamado el Segundo Imperio, la reivindicación de la orilla izquierda del Rin, fuese de una vez o por partes, era simplemente una cuestión de tiempo. Y el tiempo llegó con la guerra austro-prusiana de 1866. Defraudado en sus esperanzas de ‘compensaciones territoriales’ por el engaño de Bismarck y por su propia política demasiado astuta y vacilante, a Napoleón no le quedaba ahora más salida que la guerra, que estalló en 1870 y le empujó primero a Sedán y después a Wilhelmshöhe.

(…) La consecuencia inevitable fue la revolución de París del 4 de septiembre de 1870. El imperio se derrumbó como un castillo de naipes y nuevamente fue proclamada la república. Pero el enemigo estaba a las puertas. Los ejércitos del imperio estaban sitiados en Metz sin esperanza de salvación o prisioneros de Alemania. En esta situación angustiosa, el pueblo permitió a los diputados parisinos del antiguo Cuerpo Legislativo constituirse en un ‘Gobierno de la Defensa Nacional’. Estuvo tanto más dispuesto a acceder a esto, cuanto que, para los fines de la defensa, todos los parisinos capaces de empuñar las armas se habían enrolado en la Guardia Nacional y estaban armados, con lo cual los obreros representaban dentro de ella una gran mayoría. Pero al antagonismo entre el Gobierno, formado casi exclusivamente por burgueses, y el proletariado en armas no tardó en estallar. El 31 de octubre los batallones obreros tomaron por asalto el Hôtel de Vile y capturaron a algunos miembros del Gobierno. Mediante una traición, la violación descarada por el Gobierno de su palabra y la intervención de algunos batallones pequeñoburgueses, se consiguió ponerlos nuevamente en libertad. (…) Por fin, el 28 de enero de 1871, la ciudad de París, vencida por el hambre, capituló”
[26].

“Durante la guerra, los obreros de París habíanse limitado a exigir la enérgica continuación de la lucha. Pero ahora, sellada ya la paz después de la capitulación de París, Thiers, nuevo jefe del Gobierno, tenía que darse cuenta de la dominación de las clases poseedoras –grandes terratenientes y capitalistas–, en constante peligro mientras los obreros de París tuviesen en sus manos las armas. Lo primero que hizo fue tratar de desarmarlos.

El 18 de marzo envió tropas de línea con orden de robar a la Guardia Nacional la artillería que era de su pertenencia, pues había sido construida durante el asedio de París y pagada por suscripción pública. El intento no prosperó; París se movilizó como un solo hombre para la resistencia y se declaró la guerra entre París y el Gobierno francés, instalado en Versalles. El 26 de marzo fue elegida, y el 28 proclamada la Comuna de París. El Comité Central de la Guardia Nacional, que hasta entonces había desempeñado las funciones de gobierno, dimitió en favor de la Comuna. (…) El 30, la Comuna abolió la conscripción y el Ejército permanente y declaró única fuerza armada a la Guardia Nacional, en la que debían enrolarse todos los ciudadanos capaces de empuñar las armas. Condonó los pagos de alquiler de viviendas desde octubre de 1870 hasta abril de 1871, incluyendo en cuenta para futuros pagos de alquileres las cantidades ya abonadas, y suspendió la venta de objetos empeñados en el monte de piedad de la ciudad. El mismo día 30 fueron confirmados en sus cargos los extranjeros elegidos para la Comuna, pues ‘la bandera de la Comuna es la bandera de la República mundial’. El 1 de abril se acordó que el sueldo máximo que podría percibir un funcionario de la Comuna, y por tanto los mismos miembros de esta, no podría exceder de 6.000 francos. Al día siguiente, la Comuna decretó la separación de la Iglesia del Estado y la supresión de todas las partidas consignadas en el presupuesto del Estado para fines religiosos, declarando propiedad nacional todos los bienes de la Iglesia; como consecuencia de esto, el 8 de abril se ordenó que se eliminase de las escuelas todos los símbolos religiosos, imágenes, dogmas, oraciones; en una palabra, ‘todo lo que cae dentro de la órbita de la conciencia individual’, orden que fue aplicándose gradualmente.

El día 5, en vista de que las tropas de Versalles fusilaban diariamente a los combatientes de la Comuna capturados por ellas, se dictó un decreto ordenando la detención de rehenes, pero esta disposición nunca se llevó a la práctica. El día 6, el 137º Batallón de la Guardia Nacional sacó a la calle la guillotina y la quemó públicamente, entre el entusiasmo popular. El 12, la Comuna acordó que la Columna Triunfal de la plaza Vendôme, fundida con el bronce de los cañones tomados por Napoleón después de la guerra de 1809, se demoliese, como símbolo de chovinismo e incitación a los odios entre naciones. Esta disposición fue cumplida el 16 de mayo. El 16 de abril, la Comuna ordenó que se abriese un registro estadístico de todas las fábricas clausuradas por los patronos y se preparasen los planes para reanudar su explotación con los obreros que antes trabajaban en ellas, organizándoles en sociedades cooperativas, y que se planease también la agrupación de todas estas cooperativas en una gran unión. El 20, la Comuna declaró abolido el trabajo nocturno de los panaderos y suprimió también las oficinas de colocación, que durante el Segundo Imperio eran un monopolio de ciertos sujetos designados por la Policía, explotadores de primera fila de los obreros. Las oficinas fueron transferidas a las alcaldías de los veinte distritos de París. El 30 de abril, la Comuna ordenó la clausura de las casas de empeño, basándose en que eran una forma de explotación privada de los overos, en pugna con el derecho de estos a disponer de sus instrumentos de trabajo y de crédito. El 5 de mayo, dispuso la demolición de la Capilla Expiatoria, que se había erigido para expiar la ejecución de Luis XVI.

(…) Como se ve, el carácter de clase del movimiento de París, que antes se había relegado a segundo plano por la lucha de los invasores extranjeros, resalta con trazos netos y enérgicos desde el 18 de marzo en adelante. Como los miembros de la Comuna eran todos, casi sin excepción, obreros o representantes reconocidos de los obreros, sus acuerdos se distinguían por un carácter marcadamente proletario. Una parte de sus decretos eran reformas que la burguesía republicana no se había atrevido a implantar solo por vil cobardía y que echaban los cimientos indispensables para la libre acción de la clase obrera, como por ejemplo, la implantación del principio de que, con respecto al Estado, la religión es un asunto de incumbencia puramente privada; otros iban encaminados a salvaguardar directamente los intereses de la clase obrera, y, en parte, abrían profundas brechas en el viejo orden social. Sin embargo, en una ciudad sitiada lo más que se podía alcanzar era un comienzo de desarrollo de todas estas medidas. Desde los primeros días de mayo, la lucha contra los ejércitos levantados por el Gobierno de Versalles, cada vez más nutridos, absorbió todas las energías”
[27].

La Comuna no solo desnudó la cobardía de la burguesía y su condición de clase reaccionaria; nuevamente la mostró como una auténtica criminal que no dudó en reprimir a la Comuna con una ferocidad y crueldad ilimitadas. En pocas semanas, la burguesía asesinó inmisericordemente a decenas de miles de proletarios desarmados, a mujeres, a niños y a ancianos indefensos. Asimismo, la experiencia de la Comuna, con sus errores, fue esencial para enriquecer la teoría del Estado. Enseñó que, sin la existencia del Partido del proletariado, este no podrá elevar su psicología a una conciencia de clase para así avanzar hacia la toma revolucionaria del poder. La Comuna demostró la necesidad de una fase de transición una vez derrocado el régimen burgués: el socialismo, como fase inmadura del comunismo. Evidenció la obligación de establecer un periodo donde el proletariado imponga su dictadura y se sirva de su Estado para reprimir a la burguesía y terminar con ella como clase, hasta extinguir por completo y de manera definitiva la sociedad de clases.

“En todas las proclamas dirigidas a los franceses de las provincias, la Comuna les invita a crear una federación libre de todas las comunas de Francia con París, una organización nacional que, por vez primera, iba a ser creada realmente por la misma nación. Precisamente el poder opresor del antiguo Gobierno centralizado –el Ejército, la policía política y la burocracia–, creado por Napoleón en 1798 y que desde entonces había sido heredado por todos los nuevos gobiernos como un instrumento grato, empleándolo contra sus enemigos, precisamente este debía ser derrumbado en toda Francia, como había sido derrumbado ya en París. (…) La Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento que la clase obrera, al llegar al poder, no podía seguir gobernando con la vieja máquina del Estado; que, para no perder de nuevo su dominación recién conquistada, la clase obrera tenía, de una parte, que barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella y, de otra parte, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento” [28].

Lenin, en un artículo de 1911 titulado “En memoria de la Comuna” que conmemoraba el 40º aniversario de la Comuna, disertó sobre qué cuestiones hicieron que no triunfara: “Para que una revolución social pueda triunfar, necesita por lo menos dos condiciones: un alto desarrollo de las fuerzas productivas y un proletariado preparado para ella. Pero en 1871 se carecía de ambas condiciones. El capitalismo francés se hallaba aún poco desarrollado, y Francia era entonces, en lo fundamental, un país de pequeña burguesía (artesanos, campesinos, tenderos, etc., N. de L.). Por otra parte, no existía un partido obrero, y la clase obrera no estaba preparada ni había tenido un largo adiestramiento, y en su mayoría ni siquiera comprendía con claridad cuáles eran sus fines ni cómo podía alcanzarlos. No había una organización política seria del proletariado, ni fuertes sindicatos, ni sociedades cooperativas” [29].

5. La Unión Soviética: ¿fracasó el marxismo-leninismo? ¿Fracasó el socialismo científico?

La burguesía, a través de sus medios de manipulación de masas y de su propaganda, no duda en reiterar el silogismo de que la Unión Soviética ha fracasado y que, por ende, el socialismo es inviable. Los capitalistas quieren que cale el mensaje de que “la caída de la Unión Soviética verifica la inviabilidad del socialismo”. Repitiendo una y otra vez este dogma en sus distintos medios de reproducción de ideología, la burguesía busca taladrar el cerebro del proletariado y de todos los explotados y sojuzgados por el imperialismo criminal.

Sin embargo, si estudiamos los últimos años del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX tanto en España como en Francia, comprobamos cómo el capitalismo y sus formas de Estado lograron establecerse después de varios intentos fallidos, donde las tentativas de imponerse de manera revolucionaria al feudalismo se siguieron de derrotas y regresos al absolutismo y a las relaciones feudales. Si la burguesía se hubiera aplicado en 1815 el mismo silogismo que hoy pretende inocular a la clase obrera, todavía viviríamos en una sociedad estamental emanada de unas relaciones de producción feudales. Hoy, el capitalismo, en su fase putrefacta y monopolista, no se sostiene en el terreno económico ni en el político y prueba de ello es su situación de bancarrota y crisis institucional.

La burguesía es plenamente consciente de que su sistema únicamente sigue en pie por la guerra ideológica. Es por ello que los capitalistas emplean todos los medios que tienen al alcance para librar una lucha a muerte contra su sepulturero: el proletariado y su ciencia emancipadora, el marxismo-leninismo. La burguesía es anticomunista militante. “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo las circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos” [30]. La lucha ideológica y la guerra son el único bastón que le queda a la burguesía en su estéril misión de frenar las ruedas de la historia y de perpetuar su caduca y podrida formación socioeconómica. De ello se dirime su anticomunismo y su odio visceral hacia la Unión Soviética y el marxismo-leninismo. Jamás en la historia ha existido una clase social más canalla y embustera que la burguesía.

Los capitalistas son conscientes de la importancia de la lucha ideológica. Todo lo apuestan a la lucha ideológica. Y en los momentos actuales, como en el pasado, lo vierten todo al fascismo para sostener su sistema caduco y criminal. La guerra ideológica es tan fundamental hoy como ayer. La Revolución Francesa de 1789 y las sucesivas revoluciones burguesas que la sucedieron no hubieran sido posibles sin la lucha ideológica de la burguesía, que educó al Tercer Estado en la necesidad de superar el absolutismo que favorecía a unos pocos parásitos privilegiados. La burguesía confrontó idealismo con materialismo y elevó la conciencia del pueblo llano para convencer de la necesidad de imponer un Estado que concentrase la idea de la razón. Pero el único motivo de existencia del Estado burgués no es otro que el de ser el instrumento de la burguesía para oprimir y someter al proletariado, para perpetuar por la fuerza el sistema de dominación de la minoritaria clase en el poder sobre la mayoritaria clase explotada. La lucha ideológica ha permitido a la burguesía o, concretamente, a la esfera más rica de la burguesía, engañar durante siglos a las capas más atrasadas del proletariado y al campesinado, y ha conseguido que la pequeña y mediana burguesía le siga la cola por detrás.

La burguesía libra la guerra ideológica sin cuartel y sin que le tiemble el pulso. Bien sabe que cuando una revolución triunfa –aunque solo sea en un solo país como consecuencia del desarrollo desigual de las naciones– sus ideas se extienden más allá de sus fronteras. La clase emancipada por la revolución extiende e impregna sus ideales a sus hermanos de clase de otros países, que buscan emprender el mismo camino. En el análisis histórico anterior, hemos podido comprobar que una vez que triunfa la revolución burguesa en un primer país, las burguesías de otros territorios quieren seguir sus pasos, lo que entrena la reacción de todos los Estados feudales, que se unen y asisten a los reaccionarios del país donde triunfó la revolución con el fin de asfixiarla, de acabar con ella y de restaurar el régimen anterior, para así evitar que se extienda por la geografía mundial. La burguesía revolucionaria lo comprobó a finales del siglo XVIII y a principios del XIX. Y consciente de ello, la burguesía, hoy reaccionaria, ataca a muerte la experiencia soviética precisamente porque demuestra la viabilidad del socialismo. O, mejor dicho, más que la viabilidad del socialismo, la superioridad de este con respecto al capitalismo.

Y es que, si el socialismo y el comunismo son inviables per se, por su propia naturaleza, como dicen los capitalistas, si el comunismo y el socialismo son cadáveres históricos, ¿por qué se gastan centenares de millones de dólares en combatirlos con mentiras, engaños y manipulaciones en una guerra sin parangón? Porque la burguesía es la primera que reconoce la superioridad del socialismo y la exactitud de la ciencia de la emancipación revolucionaria del proletariado, el marxismo-leninismo. Los capitalistas no pueden refutar la victoria teórica del socialismo científico y solo pueden combatirla por medio de la calumnia, de la falacia y de la falsificación de la historia. Porque la burguesía es plenamente consciente de que “produce, ante todo, sus propios sepultureros”. “Su hundimiento y la victoria del proletariado son igualmente inevitables” [31].

Un análisis histórico riguroso de las revoluciones burguesas en la etapa de declive del feudalismo y de auge del capitalismo ascensional muestra cómo la burguesía, una vez en el poder, pasó de ser una clase revolucionaria contra el feudalismo a una clase reaccionaria contra el socialismo. Traicionó sus propios principios revolucionarios y la filosofía materialista que tanto abanderaba, para enarbolar el idealismo filosófico y la religión que antaño combatió, con el fin de retrasar ideológicamente al proletariado y frenar su revolución.

Hemos visto que la Revolución de 1848 en Francia mostró que los procesos revolucionarios que se sucedieron tras ella, en lugares donde la burguesía ya ostentaba el poder, no podían ser dirigidas más que por el proletariado, convertido en clase revolucionaria, que exigía medidas más profundas y radicales.

En una carta remitida a Nikolai Frantsevich Danielson el 17 de octubre de 1893, Engels señalaba que “la actual fase del desarrollo en Rusia, la fase capitalista, es una consecuencia inevitable de las condiciones históricas creadas por la guerra de Crimea, por el modo en que se llevó a cabo la reforma de las condiciones agrarias en 1861 y, finalmente, por el estancamiento político de toda Europa. (…) Mientras que en Rusia tenemos una base de carácter comunista primitivo, una Gentilgesellschaft (sociedad gentilicia, N. de E.) anterior a la civilización, que si bien se está desmoronando, es, a pesar de todo, la base y el material que maneja y con el que opera la revolución capitalista (pues se trata de una auténtica revolución social, N. de E.). En los Estados Unidos hace ya más de un siglo que ha quedado plenamente establecida la Geldwirtshaft (economía monetaria, N. de E.) mientras que en Rusia dominaba en todas partes, casi sin excepción, la Naturalwirtschaft (economía natural, N. de E.).

Se comprende, por tanto, que el cambio habrá de ser en Rusia mucho más violento y tajante y tendrá que ir acompañado de muchos más sufrimientos que en los Estados Unidos. (…) Es evidente que el tránsito del comunismo primitivo y agrario al industrialismo capitalista no puede efectuarse sin una terrible dislocación de la sociedad, sin que desaparezcan clases enteras y se transformen en otras clases; y ya hemos visto en Europa Occidental, aunque en menores proporciones, los enormes sufrimientos del despilfarro de vidas humanas y de fuerzas productivas que ello implica necesariamente”
[32].

Unos cinco años después, Lenin describía cuál era la naturaleza de clase del Estado del zar y cuál era la situación del proletariado ruso y su objetivo político fundamental. “En Rusia están privados de derechos políticos no solo los obreros, sino todos los ciudadanos. Rusia es una monarquía autocrática, absoluta. El zar es el único que dicta las leyes, nombra a los funcionarios y los vigila. Por eso parece que él y su gobierno no dependen en Rusia de ninguna clase y se preocupan de todos por igual. Pero en realidad, todos los funcionarios proceden de una sola clase, la clase de los propietarios, y están subordinados a la influencia de los grandes capitalistas, que manejan a los ministros como títeres y obtienen de ellos cuanto quieren.

Sobre la clase obrera rusa pesa un doble yugo: el de los capitalistas y el de los terratenientes que la expolian y saquean; y para que no pueda luchar contra ellos, la policía la ata de pies y manos, la amordaza y persigue todo intento de defender los derechos del pueblo. Cualquier huelga contra un capitalista conduce a que el Ejército y la Policía sean lanzados contra los obreros. Toda lucha económica se transforma sin falta en una lucha política, y la socialdemocracia tiene el deber de unir indisolublemente una y otra en la lucha única de la clase del proletariado. El objetivo primero y principal de esta lucha debe ser la conquista de los derechos políticos, la conquista de la libertad política”
[33].

A finales del siglo XIX, Rusia era un país atrasado con respecto a Estados Unidos y a las potencias capitalistas de Europa Occidental. Dominaba un Estado absolutista encabezado por un zar que servía a la capa más alta de la burguesía, a la par que aplicaba una represión inmisericorde contra obreros y campesinos. En Rusia, al igual que en otros países, la burguesía se entronó en el poder por la vía de la corrupción y del aburguesamiento de las capas privilegiadas de la sociedad estamental con las que transó en multitud de ocasiones hasta fagocitarlos.

La guerra contra Japón de 1904 exacerbó las contradicciones de la sociedad rusa y generó un gran descontento entre las clases populares y el propio Ejército, que luchó contra los japoneses en unas condiciones paupérrimas. La represión zarista contra el pueblo fue brutal, como lo atestigua el Domingo Sangriento donde se fusilaron a centenares de personas que se manifestaban pacíficamente frente al Palacio de Invierno para entregar una serie de reivindicaciones al zar. Este episodio fue el detonante de la Revolución fallida de 1905, en la que se produjeron amotinamientos del Ejército y donde el proletariado en movimiento, en lucha, desarrolló organizaciones como los sindicatos y los soviets (concejo o asamblea comunal) de diputados obreros, que fueron ilegalizados en 1906.

Las fuerzas reaccionarias se impusieron en la revolución fallida de 1905-1907. El zar acentuó su régimen policiaco y represivo, haciendo y deshaciendo como le daba la gana en la Duma títere echa a su medida. Las políticas del zar dieron la razón a Lenin en su crítica a mencheviques y liberales, que argüían que la monarquía con Duma o monarquía parlamentaria era una “victoria decisiva de la revolución sobre el zarismo” por suponer el fin del absolutismo. En dicha crítica, Lenin señalaba que “mientras el poder esté en manos del zar, cualquier decisión de cualquier representante no es más que charlatanismo huero y desdeñable, como resultaron serlo las ‘decisiones’ del parlamento de Fráncfort, famoso en la historia de la revolución alemana de 1848”.

“Marx, representante del proletariado revolucionario, en su Nueva Gaceta del Rin, fustigaba con sarcasmos implacables a los liberales de Fráncfort, análogos precisamente a los actuales adeptos de Osvobozhdenie, porque pronunciaban bellos discursos, tomaban toda clase de ‘decisiones’ democráticas, ‘instituían’ toda clase de libertades, pero, en la práctica, dejaron el poder en manos del rey y no organizaron la lucha armada contra las fuerzas militares de que disponía este último. Y mientras esos liberales de Fráncfort, análogos a los actuales adeptos de Osvobozhdenie, discurseaban, el rey esperó el momento oportuno, reforzó sus efectivos militares, y la contrarrevolución, apoyándose en la fuerza real, infligió una derrota completa a los demócratas y a todas sus magníficas ‘decisiones’”
[34].

Pero este triunfo del zarismo fue un triunfo temporal, pues persistía la necesidad de realizar los cambios políticos y económicos en la magnitud que requería el desarrollo histórico. Urgía acabar con los vestigios del régimen de servidumbre y romper con la dependencia del imperialismo extranjero, que atoraban el desarrollo de las fuerzas productivas. El capitalismo desarrollado en Rusia se implantó tardíamente a inicios del siglo XX. Se incrementaron el número de fábricas grandes y aparecieron asociaciones monopolistas estando la economía rusa bajo el dominio del imperialismo internacional. Los capitales belgas, británicos, franceses y alemanes eran dueños de las ramas más importantes de la producción. Asimismo, la política despótica y represiva del zar hizo que el sentimiento de odio hacia el tirano creciera entre el pueblo.

A ello se le suma la Primera Guerra Mundial, la guerra interimperialista iniciada en 1914 que exacerbó las contradicciones de clase y depauperó todavía más las condiciones de vida del proletariado y del campesinado. Todo ello, al tiempo que se enriquecían los monopolios y los kulaks (terratenientes). Esta serie de factores maduraron las condiciones para una revolución que buscase instaurar una república burguesa y resolver la cuestión de la tierra con la liquidación de la propiedad terrateniente en el campo.

La descomposición del régimen zarista desencadenó a finales de febrero de 1917 una huelga general en Petrogrado que se extendió a otras ciudades rusas y que fue apoyada por una gran parte del Ejército. Este hecho obligó al zar Nicolás II a abdicar. Se estableció en Rusia un Gobierno dirigido por el príncipe Georgi Lvov y compuesto por eseristas y liberales.

La burguesía consideraba que tenía controlados los soviets al integrar a los eseristas en el Gobierno. Sin embargo, los intereses de la burguesía pasaban por seguir participando en la Primera Guerra Mundial, que lastraba sobremanera las condiciones de vida del pueblo ruso. La creciente disputa entre las distintas facciones de la burguesía y el rechazo del pueblo a la guerra y a las políticas económicas y agrarias hicieron que las manifestaciones y las huelgas adquirieran cada vez mayor envergadura. Así, en los soviets se desarrolló de facto un doble poder: gobierno y pueblo organizado en las ciudades más importantes.

En este escenario, un dirigente excepcional como fue Lenin lanzó las “Tesis de Abril”, donde no solo hizo una lectura exacta de la dialéctica revolucionaria en Rusia desde la revolución fallida de 1905-1907, de los diferentes saltos cuantitativos y cualitativos que se produjeron en ese periodo, sino que definió con exactitud las tareas a desarrollar por el proletariado y por su Partido de vanguardia en el proceso revolucionario que duró desde febrero hasta octubre de 1917. La experiencia histórica de la Comuna de París y el enconamiento de la lucha de clases, sumado al conocimiento sobre la creación de los órganos de poder de los soviets, llevaron a Lenin a la conclusión de que, una vez derrocada la autocracia y completada la revolución burguesa con la instauración de una democracia burguesa, correspondía al proletariado y al campesinado, bajo la dirección revolucionaria del Partido, dar el siguiente paso y tomar el poder.

La fórmula que aportó Lenin para acabar con la dualidad de poder y para trazar la forma política que debía revestir el proceso de transición del capitalismo al socialismo es el siguiente: “No una república parlamentaria –volver a ella desde los soviets de diputados obreros sería dar un paso atrás–, sino una república de los soviets de diputados obreros, braceros y campesinos en todo el país, de abajo arriba. (…) Supresión de la Policía, del Ejército y de la burocracia. (…) En el programa agrario, trasladar el centro de gravedad a los soviets de diputados braceros. (…) Confiscación de todas las tierras latifundistas. (…) Nacionalización de todas las tierras del país, de las que dispondrán los soviets locales de diputados braceros y campesinos. (…) Fusión inmediata de todos los bancos del país en un Banco Nacional único sometido al control de los soviets de diputados obreros” [35].

No es de extrañar que la burguesía ataque con bala de plata a Lenin y a su obra pues fue un dirigente excepcional, astuto e inteligente que dominaba las experiencias revolucionarias del proletariado a lo largo de su historia y que sabía leer el proceso revolucionario ruso. Lenin supo imprimir la dirección acertada al proletariado y al campesinado para que, por primera vez en la historia, desbancaran a la burguesía y tomaran el poder. Kadetes (liberales), socialrevolucionarios o eseristas, trudoviques (pequeños burgueses) y mencheviques se escudaron en el nacionalismo y en el patriotismo para mantener a Rusia en la Primera Guerra Mundial. Y en la guerra civil rusa (1917-1923) que tuvo lugar después de la Revolución de Octubre, los defensores de la república burguesa no dudaron en aliarse con los imperialistas –Gran Bretaña, Japón, China, Francia, Estados Unidos, Alemania, Grecia, Serbia, etc.– que intervinieron en Rusia para derrotar al proletariado y al campesinado ruso dirigidos por los bolcheviques e impedir que la república de los soviets, la posterior Unión Soviética, pudiera fundarse.

La revolución socialista de octubre de 1917 fue la respuesta del proletariado, del campesinado y de los soldados rusos, inducida y dirigida por el Partido de Lenin, a la guerra imperialista, a la criminal burguesía que anegaba de hambre, miseria y muerte a las capas laboriosas rusas. La guerra civil posterior fue la respuesta del imperialismo en alianza con la criminal burguesía rusa y sus creaciones oportunistas. Fue “la resistencia de la burguesía a la entrega de la tierra, sin indemnización, a los campesinos; a la realización de transformaciones semejantes en otras esferas de la vida; a una paz justa y a la ruptura con el imperialismo” [36]. En definitiva, la guerra civil rusa fue la intransigencia de la burguesía a dejar el poder en manos de los soviets de obreros, campesinos y soldados; fue la respuesta de la burguesía monopolista de las potencias imperialistas y su negativa a permitir que Rusia se desgajase del imperialismo; fue el intento de abortar una revolución socialista que potencialmente podría extenderse entre el proletariado de otras naciones y Estados y abrir camino a la revolución socialista mundial.

Sin embargo, y a pesar de la lucha heroica del proletariado y el campesinado ruso en la guerra civil, el desarrollo de la revolución puso de manifiesto multitud de escollos. Dificultades consecuencia no solo de la resistencia de los imperialistas, de la burguesía, de los vividores y de los arribistas, sino también de la implicación del proletariado y del campesinado en la construcción del socialismo, de su falta de preparación para desarrollar la administración del Estado y de las empresas y de un grado de conciencia por debajo de lo que se requería para desarrollar el socialismo tal y como lo había concebido Lenin.

“Acabamos de vivir dos años de inauditas e inverosímiles dificultades, dos años de hambre, de privaciones y de calamidades, y al mismo tiempo de victorias sin precedentes del Ejército Rojo sobre las hordas de la reacción capitalista internacional. (…) Al cabo de dos años contamos ya con cierta experiencia de la construcción sobre la base del socialismo. Por eso, la cuestión del trabajo comunista puede y debe ser planteada de lleno. Ahora bien, será más exacto hablar no del trabajo comunista, sino del trabajo socialista, ya que no se trata de la fase superior, sino de la inferior, de la primera fase de desarrollo del nuevo régimen social, que ha brotado del capitalismo.

(…) El trabajo comunista, en el más riguroso y estricto sentido de la palabra, es un trabajo gratuito en bien de la sociedad, un trabajo que es ejecutado no para cumplir una obligación determinada, no para recibir derecho a determinados productos, no por normas establecidas y reglamentadas de antemano, sino un trabajo voluntario, sin normas, hecho sin tener en cuenta la recompensa alguna, sin poner condiciones sobre la remuneración, un trabajo realizado por hábito de trabajar en bien general y por la actitud consciente (transformada en hábito) frente a la necesidad de trabajar para el bien común; en una palabra, un trabajo como exigencia del organismo sano. (…) Es claro para todos nosotros, es decir, nuestra sociedad, nuestro régimen social, estamos aún lejos, muy lejos de la aplicación en vasta escala, de la efectiva aplicación en masa de este tipo de trabajo. (…) Crear una nueva disciplina de trabajo, crear nuevas formas de relaciones sociales entre los hombres, crear formas y procedimientos nuevos de atracción de los hombres al trabajo, es tarea que exige muchos años, decenas de años”
[37].

Los escollos que se manifestaron con el avance de la revolución se debieron también a un bajo desarrollo de las fuerzas productivas y de la tecnología. “No tenemos ninguna otra posibilidad de conseguir que nuestra técnica alcance el nivel contemporáneo. (…) El Consejo de Comisarios del Pueblo acordó el 1 de febrero de 1921 comprar en el extranjero 18.500.000 puds de hulla, pues ya entonces se barruntaba nuestra crisis de combustible. Entonces se puso ya en claro que tendríamos que gastar nuestras reservas de oro no solo en la adquisición de maquinaria. Esta maquinaria elevaría nuestra producción hullera; desde el punto de vista de nuestra economía, sería mejor adquirir en el extranjero máquinas para fomentar la industria hullera que comprar carbón; pero la crisis era tan grave que hubo necesidad de renunciar a este método, mejor en el aspecto económico, y pasar a otro peor, desembolsando medios en la compra de hulla que hubiéramos podido extraer en nuestro propio país. Aún tendremos que ceder más a fin de comprar artículos de consumo para los campesinos y los obreros” [38].

Ante esta situación de un desarrollo no elevado de las fuerzas productivas, los efectos en la economía de la guerra civil, la guerra imperialista, la hambruna, la existencia en Rusia de diversos tipos de economía social –economía campesina patriarcal, pequeña producción mercantil, capitalismo privado, capitalismo de Estado, socialismo– motivaron a que el X Congreso del Partido Comunista (bolchevique) de Rusia resolviera, en marzo de 1921, implementar la Nueva Política Económica (NEP) al objeto de estimular a corto plazo la economía de la República Soviética. Con la NEP, se abrieron las puertas a relaciones capitalistas de producción, como implicó el impuesto en especie para los campesinos, se arriaron empresas, se permitieron ciertas concesiones a la burguesía y se crearon empresas mixtas para que entrase capital extranjero. Esta apertura al capitalismo implicó un fortalecimiento de la burguesía, de los terratenientes o kulaks y del imperialismo. Toda concesión que se hace al capitalismo conlleva un robustecimiento de la burguesía.

La NEP fue una medida no solo excepcional; encaja en un instante concreto y forma parte del peaje que la revolución socialista tuvo que pagar para sostenerse ante el grado real de instrucción del proletariado y del campesinado para llevar hacia adelante la producción. “El capitalismo de Estado significaría un gigantesco paso adelante incluso si pagáramos más que ahora (…), pues merece la pena pagar ‘por aprender’, pues eso es útil para los obreros, pues vencer el desorden, el desbarajuste y el relajamiento tiene más importancia que nada, pues continuar la anarquía de la pequeña propiedad es el peligro mayor y más temible, que nos hundirá sin duda alguna (si no lo vencemos, N. de L.), en tanto que pagar un tributo mayor al capitalismo de Estado, lejos de hundirnos, nos llevará por el camino más seguro hacia el socialismo. La clase obrera, después de aprender a proteger el orden estatal frente a la anarquía de la pequeña propiedad, después de aprender a organizar la producción a gran escala, a escala de todo el país, basándola en el capitalismo de Estado, tendrá entonces a mano –perdón por la expresión– todos los triunfos, y el afianzamiento del socialismo estará asegurado” [39]. Sin duda los oportunistas apoyaron la NEP, la nueva política económica que, según los oportunistas de ayer y de hoy, abría una etapa intermedia entre el imperialismo y el socialismo, que sería lo que denominaron capitalismo de Estado.

El desarrollo de NEP tuvo como efecto un fortalecimiento de la burguesía, de los terratenientes, de los imperialistas, de los comerciantes y de los especuladores. Como enseña el marxismo, los cambios en la estructura económica también tienen su reflejo en la superestructura ideológica. Se producen cambios tanto en la sociedad como en el seno del Partido, que se degenera ideológicamente y donde aparecen fracciones fruto de la existencia de la ideología burguesa bajo la máscara del oportunismo.

Ya fenecido Lenin, el líder que supo descifrar la fórmula para erigir el primer Estado socialista de la historia fue Stalin. Se encontró con que el grado de preparación y conciencia del proletariado y del campesinado pobre no era lo suficientemente elevado para dirigir la producción y la administración. Stalin leyó la realidad con dialéctica, despojó a la burguesía del poder y puso en marcha la dictadura del proletariado. Si feroces son los ataques de la burguesía contra Lenin, estos son, si cabe, todavía más descomunales contra Stalin. Y es lógico que la burguesía los vilipendie hasta la extenuación y vierta todo tipo de engaño contra estos dos líderes del marxismo. Lenin actualizó el marxismo a la época del capitalismo monopolista y enriqueció la ciencia con el instrumento revolucionario del proletariado, el Partido, esencial no solo para despojar a la burguesía del poder y aupar al proletariado, sino para construir el socialismo. Y Stalin fue el dirigente comunista artífice de la Unión Soviética, que edificó el Estado socialista, que mostró la inmensa superioridad del socialismo con respecto al capitalismo, que liberó a Europa del fascismo y que puso al sistema capitalista y a la burguesía en el momento más crítico de su historia. La vida del capitalismo y los privilegios de la burguesía no han estado nunca tan amenazados y tan cerca de pasar a la historia como lo estuvieron con Stalin. No es de extrañar que todavía hoy la burguesía internacional invierta millones de dólares en verter propaganda, manipular la historia y satanizar a estos dos dirigentes.

Stalin tenía grabada la fórmula de Lenin para la construcción del socialismo. “El comunismo es el poder soviético mas la electrificación de todo el país. De otro modo, seguiremos siendo un país de pequeños campesinos, y es preciso que lo comprendamos claramente. Somos más débiles que el capitalismo tanto a escala mundial como dentro del país. Esto lo sabemos todos. Hemos tomado conciencia de ello y haremos que la economía, basada en la pequeña hacienda campesina, pase a basarse en la gran industria. Solo cuando el país esté electrificado, cuando la industria, la agricultura y el transporte se asienten en la base técnica de la gran industria moderna, solo entonces venceremos definitivamente” [40].

Stalin tenía claro que para poder llevar a término la industrialización socialista era esencial la colectivización de la tierra y desarrollar la producción agrícola socialista. Por ello, fue necesario liquidar la NEP e iniciar la planificación socialista de la economía: los planes quinquenales. “Nosotros tomamos la doctrina de Lenin no por partes aisladas, sino en su conjunto. Lenin tenía tres consignas con relación al campesinado: una, durante la revolución burguesa; otra, durante la Revolución de Octubre; y la tercera, después de la consolidación del poder soviético.

(…) Así está planteada la cuestión teóricamente. Y prácticamente está planteada como sigue: después de haber hecho la Revolución de Octubre, después de haber echado a los terratenientes y repartido la tierra a los campesinos, es evidente que, más o menos, hicimos de Rusia un país de campesinos medios, como dice Lenin, y ahora el campesino medio constituye en el agro la mayoría, a pesar del proceso de diferenciación. (…) La diferenciación, claro está, se produce. En la NEP, en la etapa actual, no puede ser de otro modo. Pero se produce a paso lento. (…) Resulta que bajo el dominio del zar había en el país cerca de un 60% de campesinos pobres y que ahora hay un 75%; bajo el dominio del zar, los kulaks eran, poco más o menos, un 5% y ahora, un 8 ó un 12%; bajo el dominio del zar había tantos y tantos campesinos medios, y ahora hay menos. No quisiera emplear palabras fuertes, pero hay que decir que esas cifras son peores que cualquier propaganda contrarrevolucionaria.

(…) Como miembro del Comité Central yo también respondo, claro está, por ese descuido sin precedentes. Si bajo el dominio del zar, cuando se llevaba una política de fomento de los kulaks, cuando existía la propiedad privada sobre la tierra, cuando existía la movilización de la tierra (cosa que acentúa singularmente la diferenciación, N. de S.), cuando el Gobierno impulsaba a todo vapor la diferenciación, los campesinos pobres no pasaban, a pesar de todo, del 60%. ¿Cómo ha podido ocurrir que con nuestro gobierno, con el Gobierno Soviético, cuando no existe la propiedad privada sobre la tierra, es decir, cuando la tierra ha sido excluida de la circulación, cuando existe, por consiguiente, obstáculo contra la diferenciación, después de que hemos estado unos dos años ocupados en la deskulakización, cuando hasta la fecha no hemos sabido olvidar todos los métodos de deskulakización, cuando aplicamos una política especial de créditos y de fomento de las cooperativas, que no favorece la diferenciación, cómo ha podido ocurrir que, aun con tales trabas, exista ahora una diferenciación mucho más acentuada que bajo el dominio del zar, que tengamos muchos más kulaks y campesinos pobres que en el pasado?”
[41].

“La fuerza social que controlase el trigo en el mercado decidiría sobre el avituallamiento de los obreros y de los ciudadanos y, por lo tanto, sobre la suerte de la industrialización. La lucha fue feroz” [42].

Stalin acabó con la NEP y puso en marcha el primer plan quinquenal. Dicho plan desarrolló la industria pesada, sentó las bases de la economía socialista y la llevó al campo. Stalin volvió al Estado soviético independiente del orden imperialista mundial. La economía planificada socialista avanzó gracias a sus planes quinquenales y logró convertir a la URSS en la primera potencia mundial. Mientras el mundo imperialista vivía la Gran Depresión económica de la década de los 30, la URSS desarrolló su agricultura socialista y su industria pesada. En tan solo una década, el socialismo había logrado lo que el capitalismo tardó siglos en conseguir. Y lo hizo en una época en la que se tuvieron que hacer grandes sacrificios económicos para prepararse ante una inminente Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y en un periodo de inestabilidad interna marcada por boicots y sabotajes a las empresas soviéticas, por intentos de golpe de Estado y por la creciente popularidad del fascismo, que llegó a calar en numerosos puntos de la demografía del país. Mientras tanto, la crisis económica del crac del 29 sumía en una bancarrota a los países capitalistas y arrastraba al mundo hacia otra guerra interimperialista.

“La industria capitalista mundial apenas había alcanzado, a mediados de 1937, en conjunto, el 95 o 96% del nivel del año 1929, y en la segunda mitad del año 1937 entraba en la etapa de una nueva crisis económica; en cambio, la industria de la URSS, prosiguiendo su marcha ascendente, llegó a fines del año 1937 al 428% de su nivel de 1929, y, en comparación con el nivel de antes de la guerra, su aumento era de más de siete veces. (…) Casi el mismo cuadro de progreso presentaba la agricultura. La superficie de siembra de todos los cultivos aumentó de 105 millones de hectáreas, en 1913 (periodo de anteguerra, N. de S.), a 135 millones de hectáreas, en 1937. La producción de cereales aumentó de 78.624.000 toneladas, en 1913, a 111.384.000, en 1937; la producción de algodón en bruto aumentó de 720.000 a 2.552.520 toneladas; la producción de lino (fibra, N. de S.) aumentó de 311.220 a 507.780; la producción de remolacha azucarera, de 10.712.520 a 21.474.180; la producción de los cultivos oleaginosos aumentó de 2.113.020 toneladas a 5.012.280. (…) Conviene advertir que, en 1937, solamente los koljóses (sin contar los sovjóses, N. de S.) lanzaron al mercado más de 27 millones y medio de toneladas de trigo, o sea 6 millones y medio de toneladas más que los terratenientes, los kulaks y los campesinos juntos en 1913. (…) Por lo que se refiere a la colectivización de la agricultura, esta podía darse ya por terminada. En 1937, estaban incorporados a los koljóses 18 millones y medio de economías campesinas de todo el país; y la superficie de siembra de cereales de koljóses representaba el 99% de la superficie total de cereales sembrados por los campesinos” [43].

Mientras en las potencias imperialistas se desbocaba el desempleo y la pobreza azotaba a las clases laboriosas, en la URSS “el salario real de los obreros y empleados experimentó, durante el segundo plan quinquenal, un aumento de más de dos veces”. “El fondo de salarios creció de 34.000 millones, en 1933, a 81.000 millones en 1937. El fondo de seguros sociales del Estado aumentó de 4.600 millones de rublos, en 1933, a 5.600 millones en 1937. Solamente en un año, en 1937, se invirtieron en seguros sociales del Estado para los obreros y empleados, en mejorar las condiciones de vida y en atender a las necesidades culturales de los trabajadores, en sanatorios, balnearios, casas de descanso y asistencia médica, cerca de 10.000 millones de rublos.

(…) En 1936, al crecer el bienestar de las masas populares, el Gobierno dictó una ley, prohibiendo los abortos. Al mismo tiempo, se trazaba un vasto plan de construcción de casas de maternidad, casas-cuna, despachos de leche para niños de pecho y jardines de infancia. En 1936, se destinaron a estas atenciones 2.174 millones de rublos, contra los 875 millones en 1935. (…) Como resultado de la implantación de la escolaridad obligatoria y de la construcción de nuevas escuelas, surgió un potente florecimiento cultural entre las masas populares. Por todo el país se desarrolló un grandioso plan de construcción de escuelas. El número de alumnos de las escuelas primarias y medias aumentó de 8 millones, en 1914, a 28 millones, en 1936-37. El número de alumnos de las escuelas superiores aumentó de 112.000, en 1914, a 542.000, en 1936-1937. Fue esta una verdadera revolución cultural.

(…) En 1936, la URSS presentaba ya un panorama distinto. La economía de la URSS había cambiado radicalmente. Por esta época habían sido totalmente liquidados los elementos capitalistas, y el sistema socialista había triunfado en todas las ramas de la economía nacional. La potente industria socialista rebasaba en siete veces la producción de antes de la guerra y había desalojado completamente a la industria privada. En la agricultura, había triunfado, con los koljóses y los sovjóses, la producción socialista, la producción mecanizada mayor del mundo, equipada con arreglo a la nueva técnica. Los kulaks habían sido totalmente liquidados como clase, y el sector individual no desempeñaba ya ningún papel importante en la economía del país. (…) La propiedad social socialista sobre lo medios de producción se había consolidado, como base inquebrantable del nuevo régimen socialista, en todas las ramas de la economía nacional. En la nueva sociedad, en la sociedad socialista, habían desaparecido para siempre las crisis, la miseria, el paro forzoso y la ruina. Se habían creado las condiciones necesarias para una vida desahogada y culta de todos los miembros de la sociedad soviética”
[44].

Stalin no solo comprendió la necesidad del momento histórico de dar el salto hacia adelante en la construcción del socialismo, acabando con la NEP y desarrollando los planes quinquenales que sentaron las bases económicas para el desarrollo del socialismo; también aplacó la reacción de la burguesía a la construcción del socialismo, que actuó tanto desde el exterior como desde el interior bajo la máscara del oportunismo (Trotski, Bujarin, Zinoviev, etc.).

La crisis general del capitalismo hizo que el fascismo fuera ascendiendo al poder en diversos países de Europa de la mano de la socialdemocracia y de la democracia cristiana. En esta tesitura, las democracias burguesas no dudaron en colaborar con el fascismo antes que con los comunistas, pues el fascismo no amenaza los privilegios de la burguesía. Francia y Gran Bretaña se negaron a la propuesta de la URSS de formar una alianza antifascista para frenar a la Alemania nazi. En los Acuerdos de Múnich de 1938, firmados con el objetivo de hostigar a la URSS, los jefes de Gobierno de Reino Unido y Francia autorizaron a la Alemania de Hitler a que invadiera Checoslovaquia y acercara sus fronteras al país socialista. La URSS, en pleno proceso de construcción e industrialización de un Estado nuevo y aislado internacionalmente, se vio en la necesidad de firmar con Alemania el pacto de no agresión Ribbentrop-Molotov. La URSS fue la última potencia europea en pactar con Hitler y lo hizo para ganar tiempo y rearmarse ante la clara inminencia de una guerra mundial.

A pesar de la Segunda Guerra Mundial, donde la URSS derrotó al fascismo gracias a la heroica lucha del pueblo soviético dirigido por el Partido que lideraba Stalin y que costó la vida de 26 millones de ciudadanos, el país socialista se convirtió en la mayor potencia de Europa y Asia, situándose a la par de los EE.UU. en industria y superándolo en el progreso social y científico. Lenin y Stalin demostraron la superioridad del socialismo con respecto del capitalismo a pesar del boicot imperialista, de las guerras, del hambre y de los millones de muertos provocados por el fascismo.

“La lucha contra el burocratismo fue siempre considerada por Lenin y Stalin como una lucha en defensa de la pureza de la línea bolchevique contra las influencias de la vieja sociedad, de las viejas clases y estructuras opresivas. Tanto Lenin, como después Stalin, buscaron la forma de concentrar a los revolucionarios mejor formados, los más clarividentes, activos, firmes y ligados a las masas en el seno del Comité Central y de los órganos dirigentes. La dirección del Partido se apoyó siempre sobre la movilización de las masas para realizar las tareas de la construcción socialista. Era en los escalones intermedios, y particularmente en los aparatos de las Repúblicas, donde los elementos burocráticos, carreristas y oportunistas podían más fácilmente instalarse y esconderse. En todo el tiempo que Stalin estuvo a la cabeza del Partido, afirmó que la dirección y la base debían movilizarse para romper y cazar a los burócratas de arriba abajo” [45].

Sin el Partido jamás hubiera habido revolución. No solo es condición sine qua non para que pueda llevarse a término una revolución socialista, sino también para poder edificar y desarrollar el socialismo. Pero el Partido no nace en una burbuja ni se desarrolla en una urna de cristal, sino que se desenvuelve en una sociedad clasista, donde rige la lucha de clases, que trasciende también en el propio seno de la organización.

Lenin supo desde el primer momento que el Partido debía estructurarse en base al principio organizativo del centralismo democrático, como fórmula para aglutinar y multiplicar fuerzas y, sobre todo, para hacer un bloque compacto, unido y disciplinado, donde se imponga siempre la voluntad de la mayoría. Sin embargo, el Partido Comunista de la URSS, en su génesis, se construyó por la confluencia de diferentes círculos marxistas expandidos por toda Rusia, que se desarrollaron de manera aislada hasta que, gracias a la labor de Lenin, conformaron el partido bolchevique. El Partido nació con la carga genética acarreada por la historia de las distintas partes que lo conformaron: subjetivismo, desigual interpretación del marxismo, heterogeneidad y desigual grado ideológico.

Uniendo a los diferentes círculos marxistas en una única organización, Lenin dio forma al Partido de vanguardia del proletariado, el instrumento para fusionar el marxismo-leninismo con el movimiento obrero, la herramienta para derrocar revolucionariamente el capitalismo y alzar el socialismo. Esa fue su génesis. Pero en su desarrollo, el Partido no solo arrastraba ese poso de heterogeneidad; también fue blanco del enemigo a lo largo de su fortalecimiento. La burguesía se fijó como objetivo liquidar el Partido por la vía de la corrupción ideológica, del oportunismo y del arribismo. En el VIII Congreso del PC(b) de Rusia, celebrado en 1919, Lenin señalaba lo siguiente: “Los burócratas zaristas han comenzado a pasar a las oficinas de los órganos soviéticos, en los que introducen sus hábitos burocráticos, se encubren con el disfraz de comunistas y, para asegurar un mayor éxito en su carrera, se procuran carnets del PC de Rusia. ¡De modo que después de ser echados por la puerta, se meten por la ventana! Aquí es donde se deja sentir más la escasez de elementos cultos. A estos burócratas podríamos liquidarlos, pero no es posible reeducarlos de golpe y porrazo. Lo que aquí se nos plantea ante todo son problemas de organización, problemas de tipo cultural y educativo. (…) Solo cuando toda la población participe en la administración del país se podrá luchar hasta el fin contra el burocratismo y vencerlo totalmente” [46].

Al igual que en los primeros años de la revolución quedó patente en el terreno económico el insuficiente grado de implicación del proletariado y del campesinado ruso, su falta de preparación para desarrollar las empresas y la administración en el desarrollo del socialismo. El Partido mostró defectos propios de su falta de madurez. En el seno de la organización penetraron elementos indeseables, arribistas y oportunistas por medio de los cuales la burguesía trató de dinamitar y corromper el Partido desde su interior.

En el XIII Congreso del PC(b) de Rusia, que tuvo lugar en 1924, Stalin hizo una radiografía del Partido, organización que, en el fondo, reflejaba las contradicciones de la sociedad rusa y la realidad del proletariado y del campesinado. “No voy a extenderme señalando que la promoción leninista, es decir, el ingreso en nuestro Partido de 200.000 nuevos militantes obreros, evidencia la profunda democracia de nuestro Partido, evidencia que nuestro Partido constituye, en esencia, un organismo electo de la clase obrera. En este sentido, la importancia de la promoción leninista es, sin duda, inmensa. Pero no es eso de lo que quería hablar hoy. Quería fijar vuestra atención en las peligrosas tendencias que han aparecido en el Partido en los últimos tiempos, en relación con la promoción leninista. Unos dicen que hay que ir más lejos, elevando a un millón el número de militantes. Otros quieren ir aún más allá y afirman que sería mejor llegar a los dos millones. No dudo de que habrá otros a quienes todavía esto les parecerá poco. Esa, camaradas, es una tendencia peligrosa.

Los mayores ejércitos del mundo perecieron porque se dejaban arrastrar por el entusiasmo, se apoderaban de mucho, y después, incapaces de digerir el botín, se descomponían. Los mayores partidos pueden perecer si se dan a un entusiasmo exagerado, si quieren abarcar mucho y luego son incapaces de sujetar lo abarcado, de digerirlo. Juzgad vosotros mismos. En el Partido había un 60% de camaradas sin preparación política. Eso era antes de la promoción leninista, y me temo que después de esta el porcentaje llegue al 80%. ¿No es ya hora de que nos detengamos, camaradas? ¿No es hora de que nos limitemos a 800.000 militantes y planteemos de manera tajante y concreta la cuestión de mejorar cualitativamente las filas del Partido, de instruir a la promoción leninista en los fundamentos del leninismo y hacer de los nuevos militantes leninistas conscientes?”
[47].

El paso hacia adelante en la construcción del socialismo llevado a cabo bajo la dirección de Stalin, el desarrollo de la economía planificada puesta en marcha por los planes quinquenales, la colectivización de la tierra para implantar la agricultura socialista y el desarrollo de la industria pesada intensificaron la lucha de clases. Y esta también se agudizó en el seno del Partido.

El Partido, bajo la dirección de Stalin, reforzó la educación política de sus militantes, combatió al oportunismo sin cuartel y se depuró regularmente como método de lucha contra la degeneración burocrática de la organización. Todo ello sirvió para tener un Partido fuertemente disciplinado y cohesionado, condición necesaria para poder acometer la edificación del socialismo y para derrotar al fascismo en la Segunda Guerra Mundial. Pero no fue suficiente para desterrar al burocratismo, al oportunismo y a los demás agentes del imperialismo.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Stalin se centró en reconstruir el país, devastado por la guerra. “No cabe la menor duda que Stalin continuó, en los últimos años de su vida, luchando contra las tendencias socialdemócratas y nacionalistas burguesas, y contra la subversión conducida por el imperialismo anglo-americano. Por otra parte, está claro que esta lucha no fue llevada a cabo con la profundidad y la amplitud necesaria para revigorizar y enderezar ideológica y políticamente el Partido. En efecto, después de la guerra –que había exigido esfuerzos profesionales extraordinarios por parte de los cuadros militares, técnicos y científicos–, las antiguas tendencias al profesionalismo militar y a la tecnocracia se reforzaron. La burocratización, la búsqueda de privilegios y la vida fácil se habían acentuado también.

(…) Stalin, que siempre subrayó que la influencia de la burguesía y del imperialismo se reflejaba en el Partido bajo la forma de corrientes oportunistas, no fue capaz entonces de formular una teoría sobre la lucha entre las dos líneas en el seno del Partido. (…) Stalin subestimó manifiestamente las causas internas que engendran a las corrientes oportunistas que más tarde, por la infiltración de agentes secretos, se unieron de una forma u otra al imperialismo. Stalin no comprendió los peligros del burocratismo, de la tecnocracia, de la búsqueda de privilegios existen de forma permanente y en una amplia escala. Y que estas reproducen inevitablemente concepciones socialdemócratas, conciliadoras con el imperialismo. En consecuencia, Stalin no juzgó necesario movilizar al conjunto de los miembros del Partido para combatir las líneas oportunistas y para eliminar las tendencias malsanas; en el curso de estas luchas ideológicas y políticas, todos los cuadros y miembros hubieran debido haberse educado y transformado. Después de 1945, la lucha contra el oportunismo quedó confinada a las esferas dirigentes del Partido y ya no sirvió para la transformación revolucionaria del conjunto del Partido.

(…) Esta debilidad política aún se agravó más debido a las tendencias revisionistas que han emergido, hacia finales de los cuarenta, en el seno de la dirección suprema del Partido. (…) A principios de los años 50, la salud de Stalin se fue debilitando mucho fruto del agotamiento acumulado durante la guerra. El problema de la sucesión de Stalin iba a colocarse en un porvenir muy próximo. Fue precisamente en este momento cuando dos grupos de revisionistas en el seno de la dirección salieron a la superficie e iniciaron sus intrigas. Los dos, cada uno por su lado, juraban ser fieles a Stalin. (…) El grupo de Beria y el de Khruschev constituyeron dos fracciones revisionistas rivales que, al mismo tiempo que iban minando en secreto la obra de Stalin, se declararon mutuamente a la guerra”
[48].

“¿Se dio cuenta de las intrigas que los revisionistas de su entorno estaban a punto de urdir? El informe principal sometido al XIX Congreso por Malenkov, a principios de octubre de 1952, así como la obra de Stalin ‘Los problemas económicos del socialismo’, publicado en esta ocasión, muestran que Stalin estaba convencido de que una nueva lucha contra el oportunismo y una nueva depuración del Partido habían llegado a ser necesarias. El informe presentado por Malenkov lleva el sello de Stalin. Defiende tesis revolucionarias que serán desmontadas cuatro años más tarde por Khruschev y Mikoyán. En él critica con virulencia una multitud de tendencias negativas en la economía y en la vida del Partido, tendencias que se impusieron en 1956 bajo la forma de revisionismo khruscheviano.

(…) En el pleno que siguió al XIX Congreso, Stalin aún fue más duro en las críticas que dirigió a Mikoyan, Molotov y Vorochilov; estaba virtualmente en conflicto con Beria. Todos los miembros de la dirección comprendieron perfectamente que Stalin exigía un cambio radical en la cúspide. Khruschev había comprendido claramente el mensaje, y, como los otros, le volvió la espalda y se encogió de hombros: «Stalin tenía, evidentemente, el deseo de acabar con todos los antiguos miembros del Buró Político. A menudo había declarado que el Buró político debían ser reemplazados por hombres nuevos. Su propuesta, formulada después del XIX Congreso y por la elección de 25 personas al Presidium del Comité Central, pretendía eliminar a los antiguos miembros del Buró político y hacer entrar a personas menos experimentadas. (…) Podemos suponer (!) que también tenía como objetivo la liquidación futura de los antiguos miembros del Buró político, lo que habría permitido cubrir con un velo de silencio todos los actos vergonzosos de Stalin»”.


“En esta época, Stalin era ya un hombre envejecido, agotado y enfermo. Actuaba con mucha prudencia. Llegó a la conclusión que los miembros del Buró político no estaban ya a la altura, introdujo jóvenes más revolucionarios en el Presidium para someterlos a un test. Los revisionistas complotaron con Khruschev, Beria y Mikoyan sabiendo que pronto iban a perder sus posiciones” [49].

En los últimos años de vida de Stalin, el Partido atravesaba una situación interna en la que se estaba gestando un putsch del oportunismo de derechas. En paralelo, el imperialismo hostigaba y atentaba contra la URSS desde el exterior. “Cuando aún no había terminado la guerra antifascista, un gran número de generales americanos soñaban con la inversión de las alianzas para poder lanzar operaciones militares contra la Unión Soviética. En esta aventura, pensaban utilizar al Ejército nazi, depurado de Hitler y de su entorno. El antiguo agente secreto Cookridge informó de ciertas intenciones que sobre esto habían tenido en el verano de 1945: «El general Patton soñaba con rearmar dos divisiones de Waffen-SS para incorporarlas al IIIº Ejército (americano, N. de M.) y ‘dirigirla contra los Rojos’. Patton había presentado muy seriamente este proyecto al general McNarmey, gobernador militar US en Alemania. ‘Lo que piensen esos diablos bolcheviques, ¿qué os puede importar?’ decía Patton. ‘Pronto o tarde, será preciso batirse con ellos ¿por qué no ahora, cuando nuestro Ejército está intacto y podemos rechazar al Ejército Rojo hasta Rusia? Con los alemanes, seremos capaces de hacerlo. ¡Ellos detestan a estos bastardos rojos!’»” [50].

“El general Gehlen había sido jefe del espionaje nazi en la Unión Soviética. En mayo de 1945 decidió entregarse, con sus archivos, al Ejército de Estados Unidos. Fue presentado al mayor general Luther Sibert, jefe de Información del grupo de los ejércitos del general Bradley. A las preguntas de Sibert, el nazi Gehlen le pasó un informe de 129 páginas que constituía ‘el proyecto de una organización secreta basada sobre sus anteriores trabajos de espionaje, dirigida contra la Unión Soviética, bajo el mando americano’. Gehlen fue introducido después entre las más altas autoridades militares americanas y, cuando los representantes soviéticos pidieron noticias sobre Gehlen y Schellenberg, dos criminales de guerra que debían serles entregados, los yanquis respondieron no saber nada de ellos. El 22 de agosto de 1945, transportaron a Gehlen, clandestinamente a los Estados Unidos. El nazi Gehlen ‘negoció’ con los ases del espionaje americano, comprendido Allen Dulles, y llegaron a un acuerdo: la organización de espionaje Gehlen continuaría funcionando en la Unión Soviética de forma autónoma y ‘oficiales americanos asegurarían el enlace con sus propios servicios’. ‘La organización Gehlen sería utilizada únicamente para pasarles informes sobre la Unión Soviética y sus países satélites’.

El 9 de julio de 1946, Gehlen estaba ya de vuelta en Alemania para reactivar sus servicios de espionaje nazi bajo el control de los americanos. Mandó a decenas de oficiales superiores de la Gestapo y de las SS, a quienes entregó documentación falsa. John Loftus, un responsable de los servicios secretos americanos y también del camuflaje de antiguos nazis después de la guerra, tuvo que constatar que millares de fascistas ucranianos, croatas y húngaros fueron introducidos en los EE. UU. para un servicio ‘rival’. Loftus escribe: «El número de criminales de guerra nazis que se han establecido en los Estados Unidos después de la II Guerra Mundial se estima en unos 10.000». Desde 1947, cuando los USA iniciaron la Guerra Fría, estos ‘antiguos’ nazis jugaron un papel considerable en la propaganda anticomunista. Por esto podemos afirmar que el imperialismo americano fue realmente el continuador del expansionismo nazi”
[51].

Como se puede comprobar, EE. UU. no solo dio cobijo a multitud de criminales de guerra nazis, sino que se nutrió de ellos para combatir a la URSS enarbolando la bandera del anticomunismo, del antisovietismo y del fascismo y tomando el relevo de Hitler en la defensa del imperialismo, del sistema de explotación del hombre por el hombre, del sojuzgamiento a sangre y fuego de los pueblos oprimidos.

El objetivo de los herederos de Hitler, del imperialismo norteamericano, era la destrucción de la URSS. Para ello, trazaron “un plan de desestabilización de la URSS”, llevado a cabo desde 1945 por el entonces director de la CIA, Allen Dulles. “Es una prueba fulgurante de la agresividad estratégica contrarrevolucionaria, acometida por los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. (…) Este plan, creado antes del final de la guerra, había sido escondido al aliado de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial: la Unión Soviética. Fue creado en la época en la que el Ejército soviético, fiel a su compromiso como aliado, combatía en Extremo-Oriente al Ejército japonés con una fuerza de un millón de hombres, permitiendo la victoria definitiva sobre Japón. Está claro que no fue la bomba sobre Hiroshima, que provocó 117.000 víctimas, sobre todo mujeres y niños, sin alcanzar ni a un solo soldado del Ejército japonés, sino el Ejército soviético quien hizo capitular a Japón. (…) Descubrimos ahora que el plan Dulles había sido aplicado durante decenios por el imperialismo americano. (…) A principios de los 60, el presidente americano Kennedy confirmó el plan Dulles: «No podemos vencer a la URSS con una guerra clásica. Podemos vencerla con otros métodos: ideológicos, psicológicos, con propaganda antisoviética, con medidas económicas»” [52].

“Sobre este telón de fondo, podemos comprender mejor la política internacional que Stalin ha seguido desde 1945 a 1953. Stalin era muy firme en su oposición hacia el imperialismo americano y sus planes de guerra. En la medida que le permitían sus medios, ayudaba a los movimientos revolucionarios de los diferentes pueblos, al mismo tiempo que daba pruebas de una gran prudencia. (…) Contra el sistema capitalista mundial, Stalin llevó a cabo una lucha en cuatro frentes: 1) reforzando la defensa de la URSS, base del movimiento comunista internacional; 2) ayudando a los pueblos que habían decidido entrar en la vía de la democracia popular y el socialismo; 3) apoyando a todos los pueblos colonizados que aspiraban a la independencia; y 4) estimulando al vasto movimiento internacional por la paz, contra las nuevas aventuras belicistas del imperialismo. Stalin comprendió claramente que el objetivo del imperialismo anglo-norteamericano era ‘salvar’ a las clases reaccionarias de los países limítrofes de la URSS, aquellas que habían colaborado con los nazis, para integrarlas en su estrategia de hegemonismo mundial. Esta orientación fue claramente diseñada en el propio curso de la guerra” [53].

Stalin murió el 5 de marzo de 1953. Sobre su fallecimiento, Ludo Martens dijo lo siguiente hace 25 años: “Algunos meses antes de la muerte de Stalin, todo el sistema de seguridad que le protegía fue desmantelado. Alexandr Proskbychev, su secretario personal que le acompañaba desde 1928 con una gran eficacia, fue despedido y emplazado en su residencia vigilada. Había desviado documentos secretos. El teniente coronel Nikolay Vlassik, jefe de seguridad personal de Stalin desde hacía 25 años, fue detenido el 16 de diciembre de 1952 y murió algunas semanas más tarde en la cárcel. El mayor general Petr Kosynkin, murió ‘de una crisis cardíaca’, el 17 de febrero de 1953. Deriabin escribió: «El proceso de despojar a Stalin de toda su seguridad personal (fue) una operación estudiada y muy bien llevada a cabo». Solo Beria tenía la posibilidad de dirigir este complot.

El 1º de marzo a las 23 horas, la guardia encontró a Stalin en su cuarto, tendido en tierra e inconsciente. Por teléfono, se llamó a los miembros del Buró político. Khruschev afirma que él también llegó, y después, «cada uno regresó a su casa». ¡Nadie llamó a un médico! Doce horas después de este ataque, Stalin recibió los primeros cuidados. Murió el 5 de marzo. Lewis y Whitehead escribieron: «Ciertos historiadores ven pruebas de una muerte premeditada. Abdurakhman Avtorkhanov ve las causas en la preparación evidente por parte de Stalin de una purga comparable a la de los años treinta»”
[54].

¿Stalin murió por causas naturales o fue asesinado? Martens y los historiadores usados como fuentes muestran que Stalin murió asesinado por parte de los oportunistas que iban a ser depurados.

El 17 de mayo de 2018, el medio Russia Insider (RI) publicó una entrevista a Mijail Poltoranin, responsable del Comité Gubernamental para la desclasificación de los archivos del KGB y viceprimer ministro del Gobierno de Boris Yeltsin. En dicha entrevista, Poltoranin señaló, entre otras cosas, lo siguiente:

Pregunta: ¿Fue envenenado Stalin?

Mijail Poltoranin: Sí.

Pregunta: ¿Está haciendo una declaración oficial como jefe del comité de desclasificación de los archivos del KGB bajo Yeltsin?

Mijail Poltoranin: Sí.

Pregunta: ¿José Stalin fue envenenado?

Mijail Poltoranin: En 1981 el estadounidense Stuart Cahan, sobrino de Lazar Kaganovich, estrecho colaborador de Stalin, visitó a Lazar en Rusia… Lazar le describió cómo fue asesinado Stalin.

La sobrina de Lazar, Roza Kaganovich, era médico del Kremlin. A Stalin le dieron una pastilla, el equivalente actual sería la pastilla trombo ASS, un fármaco anticoagulante diseñado para prevenir la coagulación de la sangre. Para cuando cambias la composición, se convierte en veneno. Como el veneno para las ratas. Eso es lo que el propio Kaganovich le dijo a Cahan.

Pregunta: Entonces, ¿quién mató a Stalin?

Mijail Poltoranin: Escuche… Yo no me creí eso. Hubo declaraciones de varios dirigentes. Estaba (el albanés, N. de RI) Enver Hoxha, cuando (el estadista soviético, N. de RI) Mikoyan fue a la reunión, visitó a Hoxha en un congreso. Hizo una declaración en la que dijo que los dirigentes de la URSS eran unos ‘conspiradores cínicos’.

Así que los amigos de Mikoyan viajaban por el mundo y alardeaban de cómo (supuestamente, N. de RI) mataron a Stalin. Entonces fui a comprobar por mí mismo lo que realmente pasó.

Pregunta: ¿A los mismos archivos?

Mijail Poltoranin: Sí, a los materiales mismos… ¿Qué se nos oculta? Lo que se nos oculta es que Stalin fue envenenado en una operación especial que había sido preparada durante mucho tiempo.

Para entonces, las personas del estrecho círculo de Stalin ya habían sido secuestradas: Poskrebyshev (secretario de Stalin, N. de RI), Vlassik (jefe de seguridad, N. de RI), el comandante del Kremlin (Kosynkin, N. de RI) murió extrañamente. Esta gente era muy cercana a Stalin.

Entonces (Lavrenti, N. de RI) Beria nombró a un nuevo jefe de la clínica del Kremlin, como responsable de todos los medicamentos.

En febrero de 1953 Stalin comenzó a sentirse mal en su casa de vacaciones. Tal vez vino de un vaso de agua donde solía mojarse el dedo cuando pasaba las páginas – leía mucho – tal vez fue así… No sabemos… Pero sabemos lo que mostraron las muestras de sangre y orina. Bueno, primero había hipertrofia del hígado, lo que muestra toxicidad. Sus glóbulos blancos eran cuatro veces la norma. Son los glóbulos blancos los que combaten las toxinas.

Tenía vómitos con sangre, y su piel era de color rosa brillante con manchas oscuras bajo los brazos, etc.

Pregunta: ¿Era cianuro? ¿Qué medicación le dieron?

Mijail Poltoranin: Revisamos su diario médico. Todas las pruebas estaban ahí. Era un hombre sano. Tenía hipertensión leve en la primera etapa y reumatismo en las rodillas.

Pregunta: ¿Y nada más?

Mijail Poltoranin: Nada más. Todos esos síntomas están documentados, pero no se ha llegado a la conclusión de que haya sido envenenado…

Había una persona, el profesor Rusakov, que realizó el examen anatomopatológico del cuerpo de Stalin, y escribió un informe para el nuevo jefe de la clínica del Kremlin. El nuevo, que Beria había llamado, escribió que Stalin había sido envenenado. Envenenado con cianuro, ácido cianhídrico. Todos los síntomas lo indicaron, y después de examinar su cadáver, sus vías respiratorias y sus membranas mucosas fueron dañadas en algunos lugares por el ácido cianhídrico.

Tres días después del informe, esta persona murió.

Pregunta: ¿El profesor Rusakov?

Mijail Poltoranin: Sí.

Pero no solo murió, su casa fue registrada y todos los documentos fueron destruidos. No fue suficiente porque, aunque la mayoría de sus documentos sobre Stalin fueron destruidos, Rusakov tenía otra copia del informe.

Pregunta: ¿Así que una copia fue dejada intacta en otra parte? ¿Y lo tenías en tus manos?

Mijail Poltoranin: Sí, lo leí con mis propios ojos. Aquí está… (…)

Pregunta: No hace mucho tiempo, surgió la teoría de que las poderosas fuerzas occidentales fueron el origen de la muerte de Stalin.

Mijail Poltoranin: Es cierto que la victoria de la URSS sobre la Alemania fascista elevó la autoridad del Estado (soviético, N. de RI) en el mundo a niveles sin precedentes.

Los partidos comunistas lograron una influencia muy amplia no solo en los países del campo socialista, sino en Europa en general.

Italia y Francia han tenido muy buenos sentimientos hacia la URSS. No fue tan bien con la “trastienda del escenario mundial” que desencadenó la guerra…

¿Cómo corregir la situación? Lo más sencillo es secuestrar al dirigente de los vencedores. Para ello tuvieron que nombrar a Winston Churchill como Primer Ministro por segunda vez, conocido por su antipatía hacia Stalin.

Pregunta: Dos semanas después de la muerte de Stalin, Winston Churchill fue nombrado Caballero de la Orden de la Liga (según el historiador Nikolai Starikov, N. de RI).

Mijail Poltoranin: Creemos que Churchill es uno de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Pero en mayo de 1945, en lugar de honores, fue destituido de su cargo después de perder las elecciones aparentemente. No recibió honores por parte del gobierno.

Porque no se los había merecido. Según el plan previsto por la “trastienda del escenario mundial” y Gran Bretaña, la guerra iba a llevar a la destrucción de la propia Alemania, conduciendo a una configuración totalmente diferente del poder político en el escenario mundial.

Nuestros tanques en Berlín no coincidían con el plan de los amigos británicos. Así que nos encontramos con un Primer Ministro británico cuyo mandato la URSS había ganado la mitad de Europa. No podía ser popular entre la élite británica.

Churchill se ganó el respeto mucho más tarde. Unos años más tarde, su partido ganó las elecciones y volvió a ser Primer Ministro, la “segunda etapa” de Churchill.

Su principal tarea era corregir su error. ¿Cuál fue el error de Churchill? Era la Unión Soviética de Stalin. ¿Cómo se puede arreglar? Matando al dirigente que mueve su país en la dirección correcta. No es posible detenerlo (la URSS, N. del T.) mientras José Stalin esté al mando.

Estoy absolutamente seguro de que el golpe, cuyo objetivo era el asesinato de Stalin, se basó en ciertas fuerzas internas, entre las que se encontraba Kruschev. Pero al mismo tiempo, esto se hizo con la intervención de potencias extranjeras, y muy probablemente con el MI6 de la inteligencia británica”
[55].

La entrevista a Poltoranin no solo certifica los argumentos ya esgrimidos por Ludo Martens en 1994; también afirma con rotundidad que Stalin fue asesinado, como queda acreditado en la documentación contenida en los archivos del KGB, y señala como responsables de este asesinato al imperialismo anglo-americano y, concretamente, al MI6 británico, apoyado por la camarilla oportunista que rodeaba a Stalin y que encabezaba Khruschev. En definitiva, de acuerdo con las revelaciones del responsable del Comité Gubernamental para la desclasificación de los archivos del KGB en época de Yeltsin, en 1953 fue perpetrado en la URSS un golpe de Estado ejecutado por el oportunismo y por su jefe, el imperialismo anglo-norteamericano, siguiendo las directrices del Plan Dulles.

Consecuencia lógica del coup de los imperialistas y de sus ejecutores oportunistas, la política desarrollada por la camarilla revisionista de Khruschev fue de oposición frontal y de negación absoluta a la obra realizada por Stalin, que no fue otra cosa que la construcción del socialismo. Bajo el nombre de desestalinización, se inició un proceso de progresiva liquidación del socialismo y de restauración del capitalismo. Una transformación que se extendió durante casi cuatro décadas. “Desde Khruschev, todos los que han trabajado para minar la dictadura del proletariado en la Unión Soviética, lo han hecho en nombre del antiestalinismo y de un retorno a Lenin. Ahora bien, contra el nombre de José Stalin se ha acumulado todo el odio hacia el comunismo, que la gran burguesía del mundo entero ha alimentado durante tres décadas” [56].

Una vez triunfó el golpe de Estado contra Stalin, Khruschev y su camarilla tomaron el mando de la URSS. Lo primero que hicieron fue denigrar la fórmula de depuración en el Partido como método para fortalecerlo. Paradójicamente, los oportunistas al mando de la dirección depuraron a los elementos marxistas-leninistas y abrieron las puertas a los anticomunistas, a los trotskistas y a los socialdemócratas. Stalin apelaba a las bases del Partido para erradicar el burocratismo; Khruschev garantizó a los burócratas protección y tranquilidad, quitando a las bases del partido capacidad de control. La camarilla de oportunistas sentó las bases para convertir al Partido en la casa común de los burgueses en su lucha contra el socialismo.

“Bajo Khruschev no se escogían los cuadros mejor preparados por sus cualidades políticas: bien al contrario, estos fueron ‘depurados’ por ‘estalinistas’. Alrededor de Beria, de Khruschev, de Mikoyan, de Breznev, se formaron las camarillas burguesas, completamente apartadas del control popular revolucionario. (…) Khruschev envileció el leninismo, para poder lanzar una serie de fórmulas vacías de todo espíritu revolucionario. Una vez fue creado este vacío, se nutrió de las viejas ideologías socialdemócratas y burguesas consiguiendo ‘rejuvenecerlas’. Por otra parte, Khruschev falsificó o eliminó completamente las nociones socialistas del marxismo-leninismo, como la lucha anti-imperialista, la revolución socialista, la dictadura del proletariado, la continuación de la lucha de clases, la concepción del Partido leninista, etc.” [57].

Stalin fue encumbrado a la dirección por las bases del Partido y por los cuadros intermedios; Khruschev fue aupado por una élite corrompida y timorata, mediante el crimen y el apoyo del imperialismo en el asesinato de Stalin. Esto refleja la verdadera esencia de la impuesta desestalinización y demuestra que la liquidación del Partido –concretamente, la imposición del revisionismo- fue el paso fundamental para desnaturalizar y corromper el socialismo al objeto de restablecer el capitalismo y acabar con la Unión Soviética.

Con el PCUS herido de muerte, la camarilla revisionista al mando encabezada por Khruschev inoculó todo su veneno ideológico en el Partido, en la clase trabajadora soviética y en el Movimiento Comunista Internacional. Bajo la máscara del antiestalinismo yacía anticomunismo y, con el paso del tiempo, los revisionistas restablecieron el capitalismo en la URSS. El antiestalinismo no solo abrió las puertas a los enemigos del socialismo; también promovió la relajación de la lucha de clases bajo la falacia de que el socialismo ya se había completado en la URSS y que el comunismo sería una realidad para el año 1980. De este modo, el Estado dejó de ser del proletariado para “pertenecer a todo el pueblo”, rigiéndose por el revisionismo. Mejor dicho, el Estado soviético paso a ser el Estado de los burócratas, de los oportunistas y de la nomenklatura.

Este cese o relajación en la lucha de clases en el interior de la URSS tuvo su correspondencia en la política exterior. Khruschev, como no podía ser de otro modo, también rompió con la política seguida por Stalin entre 1945 y 1953. La URSS revisionista se echó a las manos del imperialismo y de los que recogieron el testigo de Hitler en la lucha contra el comunismo y en la defensa de las clases reaccionarias. Khruschev manipuló y habló de coexistencia pacífica con el imperialismo y hasta estrechó relaciones de amistad con EE. UU. “Khruschev declaró: «Queremos ser amigos de los Estados Unidos y cooperar con ellos en la lucha por la paz y la seguridad de los pueblos. Nos comprometemos en esta vía con buenas intenciones y sin ningún designio escondido». Y eso en un momento en que la mayor parte de los pueblos del Tercer Mundo, tanto en Asia como en África o América Latina, se enfrentan con vigor al imperialismo norteamericano que les impuso una dictadura neocolonial de carácter terrorista. Es fácil comprender que esta actitud del dirigente del primer país socialista no tiene ninguna relación con la coexistencia pacífica defendida siempre por los comunistas” [58].

El Partido no solo es esencial para derrocar revolucionariamente a la burguesía y a su sistema capitalista; también es vital para edificar el socialismo y desarrollarlo hasta llegar a la fase del comunismo, periodo histórico donde el Estado y el Partido pierden ya su razón de ser y desaparecen a medida que se extingue la lucha de clases. Pero si el Partido se desvía del marxismo-leninismo y es copado por el revisionismo, se torna en un medio en el que se desarrolla el anticomunismo y la reacción, hasta que se restablece el régimen anterior, el capitalismo. Así, el Partido es el instrumento sublime de la clase obrera; es su alma y su brújula.

En agosto de 1991, meses antes de la disolución de la URSS, varios miembros del Gobierno y del KGB ejecutaron un intento de golpe de Estado, el conocido Putsch de Agosto, y depusieron brevemente a Mijaíl Gorbachov para tratar de tomar el control del país y detener las reformas abiertamente capitalistas del Gobierno. Intentaron conservar la URSS, pero fracasaron. Cuando fueron juzgados en 1992, ya en Rusia, el secretario general del Partido Comunista de la Federación Rusa (PCFR), Guennadi Ziuganov, declaró lo siguiente ante el Tribunal Constitucional:

“Quisiera recordar que a mediados de los 60 había sido elaborado un plan, que ni se llamaba ‘Perestroika’, ni ‘reforma radical’. Era un programa del Consejo de Seguridad de los EE. UU. adoptado después de la crisis de Cuba. Era un programa de desestabilización del régimen constitucional de la URSS y de destrucción del gran país unitario. El punto principal del programa anunciaba: ‘Sin destruir al PCUS no se puede destruir la URSS. Y para destruir el PCUS, hay que penetrar los centros de decisión del partido’. He aquí los cinco puntos de este programa:

  1. Presentar (quiero atraer su atención en el verbo ‘presentar’) a la URSS como el último imperio voraz, e intentar destruirlo por todos los medios.
  2. Demostrar que la URSS no había sido la vencedora del fascismo, sino un tirano igual al fascismo al que no hay que respetar.
  3. Su economía debe ser desestabilizada con la carrera armamentista, y deformada de tal manera que se pueda impedir la realización de las ventajas constitucionales, sobre todo en el ámbito social.
  4. Encender la llama del nacionalismo y hacer explotar al país desde dentro, sobre la base de un extremismo nacional y religioso.
  5. Propiciar la ocupación de los medios de información por agentes de influencia dirigidos por la CIA, destruir el modo de vida colectivista; separar el pasado del presente para así privar al país de porvenir”
[59].

Una vez asesinado Stalin y asestado el golpe de Estado que entronó a la línea revisionista del Partido, a la camarilla oportunista de Khruschev y a su cohorte de burócratas, el imperialismo actuó tal y como expresó Kennedy en los 60: aplicando la guerra ideológica, la guerra psicológica, la guerra de propaganda y la guerra económica. Porque el imperialismo era consciente de que jamás podría vencer a la URSS en una guerra militar abierta.

No es el socialismo el que fracasa, no es el marxismo-leninismo el que sucumbe. El socialismo de la URSS fue golpeado por el imperialismo y por su engendro, el revisionismo, máxima expresión ideológica del oportunismo. Así, el oportunismo demuestra ser un criminal peón del imperialismo y de las clases reaccionarias que subyugan al mundo. “Del periodo de Khruschev al de Gorbachov, pasando por el de Brezhnev, se asiste hoy a la crisis final no del comunismo sino del revisionismo. El debate fue abierto hace más de 35 años con la llegada al poder de Khruschev y el anuncio de sus tesis: «El imperialismo que ha perdido agresividad y se ha convertido en una fuerza pacífica con la cual se puede colaborar en todos los campos; la lucha de clases que se ha terminado en los países socialistas, porque el socialismo ha triunfado definitivamente, y el Partido Comunista que, transformado en el partido del pueblo entero, no tiene la misión de mantener la dictadura del proletariado». (…) Asistimos al desenlace lamentable de esa corriente demagógica que durante tres décadas ha estallado contra el estalinismo, la dictadura del proletariado, el dogmatismo, la ortodoxia, el sectarismo y la rigidez de pensamiento, y que ha presentado sus ideas, calcadas de las de los socialdemócratas, como la renovación, la vuelta a Lenin, el ‘pensamiento creativo’, el socialismo con rostro humano.

El revisionismo, que indujo a error e influyó en tantos hombres de izquierda, ha recorrido todo su ciclo de maduración hasta culminar en la restauración del capitalismo y en la integración en el mundo imperialista. Como consecuencia, muchas ilusiones han volado en pedazos. Pero queda aún la tarea de extirpar las raíces de la degradación. (…) Los países socialistas no pueden abordar correctamente las luchas sociales complejas que atraviesan la sociedad si no apresan lo esencial: la naturaleza del Partido, como vanguardia de los obreros y los trabajadores; la concepción del Partido como partido de lucha de clases, de lucha por la producción y por la revolución científico-técnica; el estilo de trabajo del Partido, como partido vinculado a las masas, que practica un estilo de vida simple, asiduo al trabajo, sin piedad frente a la corrupción y los privilegios. (…) Solo un Partido puede resolver el problema fundamental del socialismo: mantener la dictadura del pueblo trabajador contra los antiguos explotadores y los agentes del imperialismo, al mismo tiempo que desarrolla la democracia socialista, indispensable para reforzar la base política de la nueva sociedad. El Partido y las masas deben comprender el carácter prolongado de las luchas de clase en los campos político, ideológico y económico. Es imposible mantener el socialismo y desarrollarlo correctamente si se baja la vigilancia en la lucha incesante contra todas las fuerzas hostiles”
[60].

“La Unión Soviética ha conocido dos grandes puntos de ruptura con el socialismo: el informe de Khruschev de 1956, que marcó el repudio de ciertos principios esenciales del leninismo, y en 1990, la Perestroika de Gorbachov, que dio paso a la economía de mercado. (…) El revisionismo de Khruschev abrió un periodo de transición del socialismo al capitalismo. (…) Los elementos burgueses nuevos y antiguos necesitaron 30 años para pasar de la primera infancia a la edad adulta, para afirmar y consolidar sus posiciones en el terreno político, ideológico y económico. El proceso de degradación, comenzado en 1956, requirió de tres decenios para terminar con el socialismo” [61].

En el plano económico, Khruschev introdujo reformas para socavar la centralización económica y, con ella, la economía planificada. Las medidas realizadas en este sentido incrementaron el grado de desigualdad en dos niveles. Por un lado, entre burócratas y el pueblo soviético, y por otro, entre las diferentes naciones que conformaban el Estado soviético. Entre otros efectos perniciosos, esta decisión conllevó no solo el desarrollo y fortalecimiento de una clase privilegiada de burócratas, sino que abonaba el terreno para el desarrollo del nacionalismo, estrategia contenida en los planes imperialistas para hacer implosionar el Estado soviético.

“En el transcurso de los periodos de Khruschev y Brezhnev, los nuevos elementos burgueses forjaron sus armas desde posiciones de fuerza y se lanzaron en el combate por la propiedad privada de los medios de producción. (…) Algunos afirman que Brezhnev presidía el país con un régimen capitalista de Estado y que, al término de su mandato, una burguesía liberal había acumulado bastantes fuerzas para afrontar la burguesía burocrática. Es bueno destacar que los ataques más feroces de los partidarios de la glasnost no tuvieron por blanco principal el sistema de Brezhnev, sino más bien a Stalin y las bases del socialismo aborrecido que él defendía. Y, como en Europa del este, nosotros vemos a los lacayos de Brezhnev deshacerse alegremente de las estructuras híbridas introducidas por su patrón para abarcar el mercado libre y la empresa privada. (…) En la concepción del capitalismo de Estado, el partido revisionista constituía el crisol de la nueva burguesía: partido brezhneviano, nomenklatura y nueva burguesía eran sinónimos” [62].

Así se llega a Gorbachov, el hombre que en un discurso en la Universidad Norteamericana de Turquía en 2018 pronunció: “El objetivo de mi vida fue la aniquilación del comunismo” [63]. Esta declaración define bien lo que es: un anticomunista. Con estas palabras, Gorbachov demuestra que engañó sistemáticamente al pueblo soviético. Detrás de su palabrería de “apertura y transparencia” (glasnost), de “reestructuración económica” (Perestroika) y de falsa “democracia para fortalecer el socialismo”, se escondía la intención de liquidar el comunismo y de restaurar el capitalismo en la URSS y en Europa del Este. Gorbachov fue una marioneta, un lacayo de la CIA y de los monopolios norteamericanos.

La descentralización económica conllevaba la liquidación de la economía planificada y abrió puertas y ventanas a la corrupción. En los últimos 30 años de la URSS, se desarrolló una élite, una clase burguesa producida por la penetración plena de la ideología burguesa en el Partido, y se agudizó la desigualdad en el país. La descentralización fue desgajando la economía y fortaleció a empresas que, a su vez, como consecuencia de los privilegios de las élites creadas por el corrompido sistema establecido en 1956 tras el XX Congreso del PCUS, adquirieron unas características más próximas a las de una empresa de un país capitalista que a las que debería tener en un Estado socialista. Gorbachov significó la coronación de un proceso de restablecimiento del capitalismo: privatización de las empresas y de la tierra, imposición de una economía de mercado e introducción del Estado soviético en instituciones imperialistas.

El pueblo soviético, no obstante, creía en el socialismo y trató de desarrollarlo y de profundizar en él. Así lo demuestran los resultados del ‘Referéndum sobre el futuro de la URSS’, celebrado el 17 de marzo de 1991, donde el 77,8% de los votos fueron favorables a la preservación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Más de 113 millones de soviéticos votaron a favor de preservar la URSS y el socialismo. El pueblo se expresó de manera alta y clara. Pero los adalides de la “democracia” y de la “libertad”, de la glasnost y de la Perestroika, no dudaron en ignorar la opinión de los ciudadanos soviéticos. La camarilla anticomunista de Yeltsin y Sájarov, autodenominados “campeones de la democracia y la libertad”, anularon la voz del pueblo y disolvieron la URSS, entre vitoreos de la reacción mundial y aplausos de criminales como George Bush o Margaret Thatcher.

El periodo de reversión del socialismo, impulsado por el imperialismo y por su creación revisionista, ha demostrado que Stalin tenía razón cuando advertía, contra la opinión de oportunistas de marca mayor como Trotski, que en un país donde haya triunfado el socialismo existe el peligro de que se restablezca el capitalismo. La experiencia soviética nos enseña tres cosas muy importantes: 1) que el socialismo fue posible y fue real; 2) que el socialismo no solo es viable, sino que es un sistema superior al capitalismo, como lo demuestra el hecho de que logró en dos décadas mucho más que lo que consiguió el capitalismo en siglos; y 3) que el socialismo es invencible si el Partido leninista se depura y libra una guerra sin cuartel contra el oportunismo, cuya expresión ideológica es el revisionismo y, en la práctica, reformismo.

6. Conclusiones

Una vez analizado los intentos históricos y pugnas por imponer el capitalismo en España y en Francia en el siglo XIX, como experiencias donde la burguesía luchó en una sucesiva serie de victorias y derrotas hasta hacerse con el poder, así como las lecciones que enseñan la Comuna de París, la Revolución de Octubre de 1917 y la Unión Soviética, donde el proletariado logró conquistar el poder, exponemos las siguientes conclusiones:

  1) A diferencia de la revolución burguesa o capitalista, cuyo objeto es adaptar la superestructura a la base económica ya imperante y que comparte la médula espinal de la propiedad privada sobre los medios de producción de las formaciones socioeconómicas anteriores, la revolución socialista debe romper de raíz la base económica y acabar con la propiedad privada sobre los medios de producción, que deben ser socializados. La revolución socialista no solo cambia la superestructura derrocando revolucionariamente el sistema anterior e imponiendo la dictadura del proletariado; este cambio de superestructura también viene determinado por la abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción y por la liquidación de la base económica capitalista e imposición de una nueva, el socialismo. El ser humano abandona la prehistoria y empieza a escribir conscientemente la historia.

  2) La revolución burguesa no es más que otro eslabón en el proceso de evolución de las formaciones socioeconómicas a lo largo de la historia del ser humano, igual que lo han sido tantos otros sistemas. El esclavismo, el feudalismo y el capitalismo comparten todos ellos una misma base económica: la propiedad privada sobre los medios de producción, que perpetúa una sociedad clasista, conformada por clases sociales que persiguen intereses contrapuestos.

  3) Dentro de la propia formación económica hegemónica, se desarrolla la clase que debe sepultar tanto el sistema como su clase dominante para erigir una estructura nueva.

  4) La lucha entre formaciones socioeconómicas no es lineal, sino que sigue la forma de zigzag. Ello se comprueba, por ejemplo, en la lucha entre el capitalismo y el feudalismo y, también, en la lucha entre el socialismo y el capitalismo.

Puede observarse en el estudio de la primera mitad del siglo XIX en España, donde hay una permanente lucha entre lo viejo que no acaba de morir –el feudalismo– y lo nuevo de aquel entonces que estaba por imponerse –el capitalismo–. La burguesía liberal luchó contra el feudalismo para imponer su dominio político en sintonía con su hegemonía en el terreno económico.

También se comprueba en la historia de la Revolución Francesa y de la lucha entre absolutismo y capitalismo en Francia a lo largo del primer tercio del siglo XIX.

  5) Del análisis histórico del último cuarto del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX se desprende que la burguesía, aparte de sucumbir sucesivamente hasta lograr imponerse al absolutismo, erige un Estado burgués cuya forma también ha ido mutando. Así, la burguesía no ha dudado en enterrar repúblicas y monarquías constitucionales, pero siempre lo ha hecho en una dirección: ‘perfeccionar’ la maquina del Estado al objeto de someter y oprimir al proletariado y al campesinado con una violencia cada vez mayor. El capitalismo es la evolución natural y última de un sistema económico basado en la propiedad privada sobre los medios de producción. Es la parte más acabada que conduce a la concentración máxima de capital, al monopolio, a la antesala de la revolución socialista. Por ello, la burguesía no puede romper y acabar con la maquinaria del Estado, sino que debe perpetuarla. Porque su base económica, sustentada en la propiedad privada sobre los medios de producción, engendra una superestructura y una sociedad dividida en dos clases sociales totalmente antagónicas.

  6) Un análisis histórico del siglo XIX en Francia demuestra cómo la burguesía, antaño clase revolucionaria, se torna en clase reaccionaria a partir del primer tercio del siglo XIX. Asimismo, también se comprueba que el proletariado se convierte en clase revolucionaria tras ser derrotada por la burguesía en su lucha por el establecimiento de una república social en Francia en 1848. Esta exigencia del proletariado envejeció a la burguesía y la ubicó en su nuevo lugar: como lo viejo, como lo reaccionario, como asesina de sus propias consignas y como algo digno de perecer. El proletariado posee la misión histórica de luchar por su emancipación de clase, para la cual deberá ir adquiriendo sus armas mediante la lucha y desarrollar su emancipación de manera revolucionaria.

  7) La Comuna de París es la primera experiencia de revolución proletaria. Esta experiencia histórica certifica a la burguesía como una clase cobarde, criminal y reaccionaria. También demuestra que la derrota del proletariado en la Comuna le hace profundizar en su conocimiento sobre la teoría del Estado y de cómo debe ser la toma del poder. Muestra la necesidad de un periodo de transición una vez derrocado por la fuerza el régimen burgués: el socialismo, como fase inmadura del comunismo. En el socialismo, el proletariado debe imponer su dictadura y reprimir a la burguesía desde su Estado hasta terminar con ella como clase, para así avanzar hacia el comunismo y hacia la extinción definitiva de la sociedad de clases.

  8) Desde el último tercio del siglo XIX hasta la actualidad, el proletariado no solo concentra los intereses revolucionarios de toda la sociedad, de toda la humanidad, sino que es la clase que mueve el mundo, que genera la riqueza y es la clase sobre la que recae la misión histórica de superar la fase superior del capitalismo, la fase monopolista. El proletariado es la clase encargada de hacer que el género humano dé un salto cualitativo decisivo para su existencia: poner fin a su prehistoria y dar origen a su historia. Escribir los designios de su futuro de manera consciente. Y el salto es cualitativo porque, en esta situación terminal en la que se halla el capitalismo agonizante, la burguesía niega un sistema que ha demostrado objetivamente ser más eficiente y productivo que el capitalismo. El socialismo ha sido capaz de crear una mayor cantidad de riqueza y de garantizar la satisfacción de las necesidades de la humanidad.

  9) La Revolución de Octubre de 1917 es la respuesta del proletariado ruso, de los campesinos pobres y de los soldados, inducida por el Partido de Lenin, a la guerra imperialista y al sistema criminal de hambre, muerte y miseria impuesto por la burguesía. Revolución que deviene en guerra civil, como resistencia de las clases reaccionarias lideradas por la burguesía rusa en alianza con las potencias imperialistas. Se abre el periodo de crisis general del capitalismo, donde la lucha de clases se expresa como lucha entre imperialismo y socialismo.

  10) El Partido leninista es el instrumento sublime del proletariado. Es su alma y su corazón. El Partido es esencial para guiar y llevar al proletariado hacia su emancipación. Es imprescindible para derrocar revolucionariamente a la burguesía junto a su criminal sistema capitalista. Y es fundamental para edificar el socialismo y para sostener la dictadura del proletariado.

  11) Lenin y Stalin demostraron que el socialismo –pese a todas las trabas, guerras, hambre, muertes y todo tipo de calamidades consecuencia del hostigamiento por parte del capitalismo internacional– es superior al sistema de producción capitalista. En tan solo dos décadas de socialismo, la Unión Soviética superó a las potencias imperialistas, cuyo sistema databa de siglos.

  12) La URSS es la prueba palmaria de que el socialismo es viable, pues existió y fue una realidad. La burguesía miente cuando insiste que “la inviabilidad del socialismo se refleja en la caída de la URSS”. El socialismo no “fracasó” por la caída de la URSS. Precisamente, la caída de la URSS fue la consecuencia del abandono del socialismo. Y este abandono fue el resultado de un golpe de Estado perpetrado en marzo de 1953, donde la camarilla oportunista del Buró político liderada por Khruschev, en alianza con el imperialismo anglo-americano, asesinaron a Stalin para imponer una política totalmente contraria a la aplicada en la URSS hasta entonces, en lo que se llamó “proceso de desestalinización”.

  13) El Partido debe luchar con todas sus fuerzas contra el burocratismo. El oportunismo es la forma en la que el imperialismo se infiltra en el seno del Partido leninista. El Partido debe ser prudente y disponer de mecanismos que garanticen la admisión de militantes honestos y leales al marxismo-leninismo y al proletariado, que efectivamente sean la vanguardia de clase, y cerrar las filas a los arribistas y oportunistas. Asimismo, el Partido leninista no debe desdeñar la necesidad de formar a sus cuadros en el marxismo-leninismo y debe disponer de medios de verificación y depuración permanente para detectar todo tipo de burocratismo, de corruptos y portadores indeseables de ideología burguesa. Estos elementos deben ser resueltamente expulsados del Partido.

  14) El mayor enemigo del socialismo es el burocratismo y el oportunismo. Su expresión ideológica es el revisionismo y su praxis, el reformismo y el legalismo.

  15) La propia burguesía reconoce que el socialismo es inexpugnable si el Partido leninista es capaz de depurar el oportunismo y mantenerse fiel a los principios marxistas-leninistas. Así lo acredita la experiencia soviética. Según los propios enemigos de clase, según el imperialismo, la URSS no podía ser vencida por el imperialismo en una guerra convencional y debía ser derrotada por otros medios –guerra ideológica, propagandística, económica y psicológica–. Pero, fundamentalmente, la victoria del imperialismo requería acabar con el Partido. Sin la desvirtualización del PCUS, no hubiese sido posible acabar con la URSS.

  16) No se puede defender el marxismo-leninismo ni defender la causa del socialismo sin reivindicar y defender la figura de Stalin. El imperialismo y su perro oportunista vierten todo tipo de infundio contra Stalin con el fin de crear un estereotipo y un prejuicio negativo sobre su imagen y sobre su obra. Los capitalistas buscan estigmatizarlo ante el proletariado. Stalin es culpable de edificar el socialismo, de colectivizar la tierra, de socializar los medios de producción, de convertir a un pueblo atrasado en la primera potencia mundial, de vencer al fascismo, de combatir al oportunismo, de inspirar innumerables luchas anticoloniales y antiimperialistas y de hacer que los proletarios del mundo progresasen socialmente y conquistasen derechos inimaginables. El antiestalinismo es y ha sido un instrumento del imperialismo para combatir lo que representa Stalin: el socialismo.

  17) Los que arremetieron contra Stalin en nombre de la “libertad” y de la “democracia”, desde Khruschev hasta Gorbachov, fueron oportunistas de todo pelaje que acreditaron ser títeres de los planes imperialistas para restituir el capitalismo en la URSS. Como reconoció Gorbachov en 2018, su misión sublime en la vida fue “acabar con el comunismo”. De hecho, los oportunistas eran tan adalides de la democracia que arremetieron contra la voluntad del pueblo soviético, que en marzo de 1991 votó mayoritariamente a favor de la pervivencia de la URSS.

  18) La URSS es la primera experiencia histórica de la toma del poder por parte del proletariado y de la construcción de un Estado socialista. Duró siete décadas, mucho más que la primera experiencia de la burguesía en su intento de imponer su sistema capitalista, cuando se hizo con el poder en la Francia revolucionaria de finales de siglo XVIII.

  19) Casi tres décadas después del derrumbe de la URSS, la tan cacareada teoría del “fin de la historia” de Francis Fukuyama ha sido arrojada al estercolero de la historia. Los propios economistas burgueses hablan del fin del capitalismo y reconocen de facto su inviabilidad. El mundo es material y, por consiguiente, se encuentra en constante movimiento. Rige la lucha de contrarios. El mundo actual se rige por la contradicción fundamental de la lucha entre el imperialismo –máxima aspiración de los monopolios– y el socialismo –máxima aspiración del proletariado y de las clases oprimidas–. Esta ley fundamental rige desde el triunfo de la Revolución de Octubre de 1917.

  20) Nos encontramos en un periodo de transición: en el periodo de lucha entre lo nuevo –el socialismo– y lo viejo en descomposición –el imperialismo, fase superior del capitalismo–. El sistema capitalista se sostiene en pie únicamente por la vía de la violencia reaccionaria, del fascismo y de la guerra. En su fase actual de putrefacción del imperialismo, el capitalismo no caerá por sí mismo, a pesar de ser inviable social y económicamente. El imperialismo únicamente puede ser derrocado de manera revolucionaria por el proletariado, dirigido por el Partido leninista. La historia demuestra que la fórmula revolucionaria ideada por Lenin y por los bolcheviques es correcta y que, en la guerra de contrarios entre lo nuevo y lo viejo, siempre termina por imponerse lo nuevo tarde o temprano. La burguesía no puede hacer más que prolongar la fecha de su muerte, solo puede frenar el día en que se vuelva a imponer el socialismo, pero nunca podrá perpetuarse en el poder eternamente. La burguesía no puede detener la rueda de la historia.

  21) En la actualidad, el alto desarrollo de las fuerzas productivas, el avance tecnológico y científico, la socialización monopolista de la producción y el alto grado de instrucción y preparación técnica del proletariado, unido a la caducidad del imperialismo, permiten que las condiciones del proletariado revolucionario para derrocar al capitalismo y construir el socialismo sean mucho mejores que hace un siglo. En efecto, cuando el socialismo se vuelva a imponer, lo hará de una manera más fulgurante y acabado que en el siglo pasado. El Movimiento Comunista Internacional, aún en parte infectado por el oportunismo, tiene gran parte de responsabilidad que el proletariado siga todavía a merced de la burguesía en el terreno ideológico. La lucha de clases transcurre por tres cauces: el ideológico, el político y el económico. Económicamente, el capitalismo está quebrado y las sucesivas crisis económicas, cada vez más agudas, lo dejan año tras año más herido de muerte. Políticamente, el imperialismo está debilitado, tal y como lo demuestra el paisaje político de los distintos países capitalistas. Si el imperialismo sigue hoy en pie es porque la burguesía, por el momento, vence en la guerra ideológica. El capitalismo solo se sostiene en la historia por el pilar ideológico.

Antes de poner punto y final a estas tesis, recordamos unas palabras del comunista belga Ludo Martens: “A finales del siglo XX, la humanidad ha retornado de algún modo al punto de partida, a los años 1900-1914, cuando las potencias imperialistas pensaban poder arreglar entre ellas la suerte del mundo. En los años próximos, a medida que el carácter criminal, bárbaro e inhumano del imperialismo se reveló cada día más netamente, las nuevas generaciones que no han conocido a Stalin se sentirán obligadas a rendirle homenaje” [64].

Madrid, 31 de octubre de 2019

COMISIÓN IDEOLÓGICA DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA OBRERO ESPAÑOL (P.C.O.E.)


Referencias bibliográficas:

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[31]: Ibídem. Pág. 60.
[32]: Marx, K., Engels, F. Obras escogidas, Tomo III, Pág. 282. Ed. Progreso, Moscú, 1980.
[33]: Lenin, V. Obras escogidas, Tomo I (1894-1901), Pág. 190. Ed. Progreso, Moscú, 1973.
[34]: Lenin, V. Obras escogidas, Tomo III (1905-1912), Pág. 12. Ed. Progreso, Moscú, 1973.
[35]: Lenin, V. Obras escogidas, Tomo VI (1916-1917), Pág. 107. Ed. Progreso, Moscú, 1973.
[36]: Lenin, V. Obras escogidas, Tomo VII (1917-1918), Pág. 99. Ed. Progreso, Moscú, 1973.
[37]: Lenin, V. Obras escogidas, Tomo X (1919-1920), Págs. 220-221. Ed. Progreso, Moscú, 1973.
[38]: Lenin, V. Obras escogidas, Tomo XII (1921-1923), Pág. 10. Ed. Progreso, Moscú, 1973.
[39]: Ibídem. Págs. 30-31.
[40]: Lenin, V. Obras escogidas, Tomo XI (1920-1921), Pág. 135. Ed. Progreso, Moscú, 1973.
[41]: Stalin, J. Obras, Tomo VII (1925), Págs. 116-117. Ed. Lenguas extranjeras, Moscú, 1953.
[42]: Martens, L. Otra mirada sobre Stalin, Pág. 33. Ed. EPO, Bruselas, 1996.
[43]: Stalin, J. Obras, Tomo XIV, Pág. 176. Ed. Lenguas extranjeras, Moscú, 1953.
[44]: Ibídem. Págs. 177-180.
[45]: Martens, L. Otra mirada sobre Stalin, Pág. 70. Ed. EPO, Bruselas, 1996.
[46]: Lenin, V. Obras escogidas, Tomo III, Pág. 98. Ed. Progreso, Moscú, 1961.
[47]: Stalin, J. Obras, Tomo VI (1924), Págs. 86-87. Ed. Lenguas extranjeras, Moscú, 1953.
[48]: Martens, L. Otra mirada sobre Stalin, Págs. 149-150. Ed. EPO, Bruselas, 1996.
[49]: Ibídem. Págs. 151-153.
[50]: Ibídem. Págs. 140-141.
[51]: Ibídem. Pág. 141.
[52]: Kilev, M. Jruschov y la disgregación de la URSS, Págs. 9-10. Templando el Acero, Pamplona, 2010.
[53]: Martens, L. Otra mirada sobre Stalin, Págs. 142-143. Ed. EPO, Bruselas, 1996.
[54]: Ibídem. Pág. 154.
[55]: Russia Insider. (2018). Churchill Had Stalin Killed, US Bombed Russian Far East in 50s. [en línea] Disponible en: https://russia-insider.com/en/history/churchill-had-stalin-killed-us-bombed-russian-far-east-50s-top-russian-official-video [Accedido el 3 de noviembre de 2019].
[56]: Martens, L. La URSS y la contrarrevolución de terciopelo, Pág. 182. Ed. Cultura Popular, La Habana, 1995.
[57]: Martens, L. Otra mirada sobre Stalin, Pág. 153. Ed. EPO, Bruselas, 1996.
[58]: Martens, L. La URSS y la contrarrevolución de terciopelo, Pág. 126. Ed. Cultura Popular, La Habana, 1995.
[59]: Kilev, M. Jruschov y la disgregación de la URSS, Págs. 10-11
[60]: Martens, L. La URSS y la contrarrevolución de terciopelo, Págs. 161-162. Ed. Cultura Popular, La Habana, 1995.
[61]: Ibídem. Pág. 246.
[62]: Ibídem. Págs. 246-247.
[63]: Razones de Cuba. (2019). Gorbachov se confiesa: “El objetivo de mi vida fue la aniquilación del comunismo”. [en línea] Disponible en: http://razonesdecuba.cubadebate.cu/articulos/gorbachov-se-confiesa-el-objetivo-de-mi-vida-fue-la-aniquilacion-del-comunismo/ [Accedido el 3 de noviembre de 2019].
[64]: Martens, L. Otra mirada sobre Stalin, Págs. 156-157. Ed. EPO, Bruselas, 1996.


Has Socialism failed? Are we facing the End of History?

Index:

1. By way of introduction
2. The history of all hitherto existing human society is the history of class struggles, the struggle of opposites, the struggle between the new and the old
a. How capitalism prevailed in Spain: Absolutism and liberalism in Spain during the first half of 19th century
b. How capitalism prevailed in France
3. The proletariat and the bourgeois revolutions of the first half of the 19th century
4. The Paris Commune
5. The Soviet Union: Did Marxism-Leninism fail? Has scientific socialism failed?
6. Conclusions

1. By way of introduction.


The bourgeoisie endeavors to show the world that socialism is unfeasible and that this is observed through the experience of the Soviet Union’s collapse.

Capitalists have spent a huge amount of money, materials and human resources, and killed millions of people worldwide to fight the Soviet Union, acting both inside and outside the USSR. Among the objectives behind this huge expense, of course, is the imposition of an official version of history. A version that hides the indecorous way of acting and the true essence of the bourgeoisie throughout its existence, especially in these current days of monopoly capitalism, of a long period of decay that depicts the bourgeoisie as the biggest criminal that has ever existed in history.

The Soviet Union was dissolved on December 25, 1991. But its end was not immediate. It was the result of a process that lasted almost four decades, of a fierce class struggle after which imperialism, waving the flags of murder, coup d’Etat and hoax–the ones that always identified it–has recovered, for now, from the defeats that the proletariat, led by its revolutionary science, the science of Marxism-Leninism, inflicted on it: in World War I, with the triumph of the October Revolution in 1917 ant the birth of the first socialist state, the USSR, as well as in World War II, where the Soviet Union, motherland of world proletariat, led by Stalin, prevailed over fascism, sweeping it away and freeing the world of such slag created by monopolies, by the imperialists, to combat the revolutionary proletariat and subject peoples of the world to the yoke of the most wild and cruel exploitation.

The bourgeoisie associates the defeat of socialism with the fall of the Soviet Union. Its syllogism is goofy and, fundamentally, false: “The Soviet Union has disappeared which means socialism and communism have failed”, “The Soviet Union is the practical experience that proves that socialism does not work”. But, can socialism and communism, by any chance, be equally related to the Soviet Union? Was the Soviet Union always socialist and loyal to the principles of Marxism-Leninism?

The bourgeoisie is completely conscious of the unfeasibility, of the expiration, of the bankrupt of its capitalist system in its phase of rot, in its imperialist phase. The bourgeois economists and sociologists themselves not only admit the unfeasibility of the system and its economic and political bankrupt, but they even venture to date the end of capitalism. Niño Becerra, for example, notes that “the capitalist system will end sometime between 2060 and 2070.” [1]

Others, like Raghuram Rajan, former IMF Chief Economist, points out that “capitalism is under serious threat because it stopped providing for the masses, and when this happens, the masses revolt against capitalism.” [2]

Others directly admit that its situation is already terminal, or even dead, as the German social-democrat Wolfgang Streeck, who explains the current process (called now by opportunists as “post-capitalist” era):

. “Before capitalism goes to hell, it will hang in limbo for a predictably long time, dead or agonizing from an overdose of itself, but still very present, as nobody will have enough power to move its decaying body out of the way.” [3].

As evidenced, the bourgeois themselves not only admit the unfeasibility of their own system, but its dead state, or at least its agony. Nevertheless, the bourgeois intellectuals pretend to stop the evolution of history in its regime, in the capitalist system. The bourgeoisie, formerly revolutionary, who rebelled against idealism, today denies philosophical materialism willing to show humanity that after its domain, its economic and political regime, there is nothing, that they are the last step of human development and that the “end of history” is reached with them.

Imperialist spokesmen themselves warn us about the unfeasibility of imperialism, as they assure that it succumbs by an “overdose of itself”. The Soviet Union, however, the first socialist state experience, whose fall happens not by an “overdose” of socialism but because of the criminal attacks of imperialism–and its opportunist executive arm, even more rogue than the bourgeoisie itself–where coup d’Etats, sabotages, imperialist wars and deceits were the road-map followed by imperialism. Thus, while the most finished capitalism, monopoly capitalism, dies on its own, the first socialist state experience, the Soviet Union, in its 7 decades of existence, showed us the superiority of Socialism over capitalism–an underdeveloped country as czarist Russia became a world power on the level of the most developed imperialist powers in just one decade–and showed us as well that without staying loyal to the science of Marxism-Leninism, without denaturing its economic and ideological principles and fundamentally attacking the heart and brain of the proletariat and its Revolution, the Party, a socialist state regresses and is devoured by imperialism, restoring monopoly capitalism, as occurred with the Soviet experience.

But this is not new. A scientific and rigorous study of history shows us that, as long as there is a society divided into antagonistic classes, there is a struggle between the interests of the oppressive class and the oppressed class. That is, the struggle between the aspirations of each class or, in other words, the struggle between the socioeconomic regime of the ruling class and the socioeconomic order of the dominated class.

. “The history of all hitherto existing society is the history of class struggles. Freeman and slave, patrician and plebeian, lord and serf, guild-master and journeyman, in a word, oppressor and oppressed, stood in constant opposition to one another, carried on an uninterrupted, now hidden, now open fight, a fight that each time ended, either in a revolutionary reconstitution of society at large, or in the common ruin of the contending classes.” [4]

Also, the scientific study of history of class struggle shows us that this one is not straight. Throughout the development of history, some classes prevail over others and, consequently, different systems of domination and socio-economic formations are imposed. The historical evolution has a zigzag form, it takes steps forward and backward, until the socio-economic formation of the revolutionary class is definitively imposed; that is, until the new is definitively imposed over the old.

We will first examine the struggle between feudalism and capitalism, between absolutism and liberalism, along the 19th century in Spain and France, to verify this historical truth.

Then, we will analyse the Soviet experience, and we will study the situation in which we find ourselves now regarding the history of class struggle, identifying what is the new and what is the old, what will prevail and what is doomed to die, if it’s not already dead.

. “What the bourgeoisie therefore produces, above all, are its own grave-diggers. Its fall and the victory of the proletariat are equally inevitable.” [5]

Bourgeoisie is aware of it. The bourgeoisie knows that the days as ruling class are finite and that their world will die with it.

But, unlike when the bourgeoisie tried to revolutionary impose its dominance, its capitalist economic system and, with it, its world, unlike when it was struggling against feudalism and idealism, making war upon religion and philosophical idealism while spreading the revolutionary French materialism–at that moment–,waving the flag of science; today, the bourgeoisie has no other option but to embrace idealism it formerly combated, it has no other option but to embrace lie and write an official version of history that contradicts historical and scientific evidence. Besides, the bourgeoisie has no other option but to light up nationalism, historical revisionism and subject the world by force. The bourgeoise, once revolutionary bourgeoisie, is today a reactionary class and has no other choice but to bet everything on fascism to survive.

Against all this barbarism in which the bourgeoisie pretends to subject us in order to perpetuate its domain, we Marxist-Leninists have the science in our side. It is our duty to unveil all the lies and falsehoods poured by the bourgeoisie against the exploited, the workers, the pariahs. The bourgeoisie is only sustained by its temporary victory on the ideological struggle. It is time for communists– who possess the most powerful existing weapon, the science of Marxist-Leninism–to not give up the struggle and to tell the proletariat the truth so that it can fulfils its historical mission of overthrowing and destroying the capitalist system in order to implement its own historical project: the building of socialism and communism. This paper pretends to shed light, to show not only that socialism and communism did not fail, but that it is the only way out for the proletariat and humanity to save their existence.

2. The history of all hitherto existing human society is the history of class struggles, the struggle of opposites, the struggle between the new and the old

Capitalists repeat that socialism and communism have failed because the Soviet Union collapsed and that, ergo, the winner is capitalism.

On December 26, 1991, one day after the dissolution of the USSR, the president of the US, George Herbert Walker Bush, addressed the world with the following speech:

. “For over 40 years the United States led the West in the struggle against communism and the threat it posed to our most precious values. (…) The Soviet Union itself is no more. This is a victory for democracy and freedom.”

Bush’s statement was the starting point of the imposition of a unique thought set by imperialism, and it is yet another chapter of the fierce anti-communism of imperialism and its puppets, a particular quality of fascism.

Bush voiced the theory of the “End of History” of Francis Fukuyama. The “End of History,” according to the imperialists, adopts the physiognomy of the bourgeois state in the form of liberal democracy, which pivots on the capitalist or “free market” economy and guarantees that the government is representative and has a system of legal rights. This theory was propagated worldwide by all means of capital at the time of the dissolution of the USSR and has been persistently repeated since then, with enormous virulence, even more so, in the last decade of the 20th century and in the first decade of 21st. The theory of the “End of History” is part of the unique thought that monopolies intend to impose on their subjects.

Nevertheless, the history of the last 30 years has jettisoned the thesis of Fukuyama. We have seen how in countries like Italy or Greece monopolies have put and removed presidents and governments directly without needing to stand for elections. The few working rights that labor people have disappeared. After the collapse of the Soviet Union, the plundering imperialist wars follow one another. In short, we have seen the confirmation of Lenin’s statement on how the development of imperialism only leads towards reaction and fascism.

History has disproved Fukuyama’s thesis about the history ending with the achievement of capitalism. Capitalists themselves, in their all-out war against Marxism-Leninism, against communism, communist parties and against the Soviet Union, with their fierce anti-communism, particular quality of fascism, demonstrate the existence of class struggle. There are two main antagonistic classes: the proletariat and the bourgeoisie. The worldwide class struggle result in a struggle between the highest aspiration of the proletariat–socialism, as the primary stage of communism–and the highest aspiration of the bourgeoisie–imperialism. Inasmuch as, although the Soviet Union does not exist now, the class struggle between imperialism–the old, which is bound die–and socialism–the new–remains in force.

Ergo, history keeps proving Marx and Engels’ words, “the history of all hitherto existing society is the history of class struggles,” and that this class struggle, this struggle of opposites, has always ended in different societies “either in a revolutionary reconstitution of society at large, or in the common ruin of the contending classes.”

And history shows us that what is new is not imposed over what is old in one move, but it follows a process of steps forward and backwards until what is new definitively buries what is old. The history of capitalism, how it was imposed over feudalism, denies bourgeoisie’s arguments when it repeats the message: “Socialism and communism have failed because Soviet Union has fallen.” Capitalism was imposed on feudalism after victories and defeats, making steps forward and backwards, and not in a direct and straight way.

2.1. How capitalism prevailed in Spain: Absolutism and liberalism in Spain during the first half of 19th century

The reign of Charles IV, that spans from 14 December 1788 to 19 March 1808, and the policy action of Floridablanca were characterised by a panic situation generated by the French Revolution on 1789, that led to a lack of political guidance inside as in the international context, and to a progressive tension between Spain and France.

In order to analyse the crisis of the Old Order and the revolutionary process that follows, it is essential not only to consider the violent events, but to look up on how the development of the new production model and the ideological struggle between absolutism and liberalism caused a paradigm in the figure of the “nobleman” or “hidalgo”, which would no longer match inside the old concept of estate, but would become part of a social class in accordance to its fortune. The bourgeois revolution in Spain was not an irreversible and uninterrupted process, but it was a real struggle between absolutists and the illustrated ideals, between the dying old order and the new liberal regime.

. “The crisis was produced because the traditional structures could not contain and integrate what the economic, social and ideological development itself had created.” [6]

On March 1808, the prince of Asturias, lifted up by its partisans, achieved the abdication of his father, the king Charles IV, becoming in this way Ferdinand VII, as he was able to channel the social unrest, caused by the management of the government, towards the personality of Manuel Godoy. Before the invasion of the French troops which, according to the Treaty of Fontainebleau of 27 October 1807, were in Spanish territory to supposedly take action in Portugal, and being assumed the incapacity of the government to provide resistance, Ferdinand VII looked for the international recognition of his right to the throne. He received support from the English in the uprising against his father.

On the other hand, the option for the Spanish throne contemplated from French occupiers was Luis Bonaparte, Napoleon’s brother, while in Madrid was Joachim Murat, marshal and lieutenant of the emperor in the peninsula, who had the expectation of occupying the throne.

Before the lack of recognition by the French emperor, Ferdinand VII decided to travel to Bayonne. Before leaving, he established in Madrid a Supreme Government Joint headed by Infant Antonio.

On May 2, around fifty people entered the palace screaming “treason!.” Before this happened, the French repressed a popular uprising. A violent response followed, forcing Murat to move 30.000 men to stop the rioters, whose number was around 20.000, unleashing the popular insurrection in Madrid and the subsequent Spanish War of Independence (1808-1814). The abdications of Bayonne and the insurrection against Joseph I triggered the failure of the Old Order in Spain, and a lack of power and sovereignty that, in the absence of the king, would pass into hands of the Provincial Joints and, afterwards, of the Supreme Joint.

. “On the whole, the movement appeared to be directed rather against revolution than for it. National by proclaiming the independence of Spain from France, it was at the same time dynastic by opposing the “beloved” Ferdinand VII to Joseph Bonaparte; reactionary by opposing the old institutions, customs, and laws to the rational innovations of Napoleon. (…) All the wars of independence waged against France bear in common the stamp of regeneration, mixed up with reaction.” [7]

In light of the invasion, two groups were established: the so-called Frenchified, who were convinced of the aspirations and principles of the French revolution and who defended that the invasion would not lead to the dismemberment of the country; and the Absolutists, who wanted to fight and restore the Old Order of the Bourbon monarchy. The government of Joseph I found the same problems as the former Bourbon regime, which were the crucial points of the crisis of the Old Order in Spain: the serious financial problems, as a result of the deplorable condition of the Spanish Treasury.

. “A Spanish author, Don José Clemente Carnicero, published in the years 1814 and 1816, the following series of works: ‘Napoleon, the True Don Quixote of Europe’; ‘Principal Events of the Glorious Revolution of Spain’; ‘The Inquisition Rightly Re-established’; it is sufficient to note the titles of these books to understand this one aspect of the Spanish revolution which we meet with in the several manifestoes of the provincial joints, all of them proclaiming the King, their holy religion, and the country, and some even telling the people that ‘their hopes of a better world were at stake, and in very imminent danger.’ However, if the peasantry, the inhabitants of small inland cities, and the numerous army of the mendicants, frocked and unfrocked, all of them deeply imbued with religious and political prejudices, formed the great majority of the national party, it contained on the other hand an active and influential minority which considered the popular rising against the French invasion as the signal given for the political and social regeneration of Spain. This minority was composed of the inhabitants of the seaports, commercial towns, and part of the provincial capitals, where, under the reign of Charles V the material conditions of modern society had developed themselves to a certain degree.” [8]

. “There existed then no central government, and the insurgent towns formed joints of their own, presided over by those of the provincial capitals. These provincial joints constituted, as it were, so many independent governments, each of which set on foot an army of its own. (…) The provincial joints (…) conceded a certain (…) ascendancy to the Supreme Joint of Seville, that city being regarded as the capital of Spain while Madrid was in the hands of the foreigner. (…) Thus a very anarchical kind of federal government was established. (…) The joints were filled with persons chosen on account of their previous station, and very far from being revolutionary leaders. (…) On July 20, 1808, when Joseph Bonaparte entered Madrid, 14,000 French, under Generals Dupont and Vedel, were forced by Castaños to lay down their arms at Bailén, and Joseph a few days afterward had to retire from Madrid to Burgos. (…) The division of power among the provincial joints had saved Spain from the first shock of the French invasion under Napoleon, (…) the French being quite amazed at the discovery that the center of Spanish resistance was nowhere and everywhere.” [9]

The War of Independence implied, although in a temporary way, the embryonic creation of the bourgeois structures of power, being 1812 the decisive year with the Cadiz Cortes:

. “The Cadiz Cortes were the result of the work of the new joint, created before the Central Joint dissolved, in which some members, opposed to the new institution, ordered the creation of a regency, in the absence of the legitimate king, to which they transfer the power.” [10]

Despite the prevalence of members of the absolutist tradition, as were nationalism and religion, the Provincial Joints demonstrated a tendency towards social and political reforms. The privileged class that ruled those joints had a special interest for tax reforms, in order to overcome the economic gap provoked by the Bourbon administration.

Since 1812, the provincial governments tried to perform reforms and changes in the administration. The liberals, inspired by the French revolution, tried to perform the first bourgeois liberal revolution in Spain, to bury the old power structures and write a Constitution–eventually adopted on March 19, 1812 and popularly known as “La Pepa”–to change a large part of the political regime.

Nevertheless, the reforms were suspended most of the times due to the correlation of forces, that was favorable to the absolutists, what would afterwards imply the restoration of the absolutist monarchy and the derogation of the 1812 Constitution. Through the Decree of 4 May, 1814, Ferdinand VII dissolved the Cadiz Cortes and abolished the Magna Carta, cancelling any action from the previous period. A new period started, characterised by absolutism and the repression of the state, which implied a return to the economic values of the Old Order. The restoration of absolutism was not questioned until the military uprising of the general Riego in 1820 that begun the “Liberal Triennium” (1820-1823).

The Liberal Triennium resumed the work done by its predecessors of the Cadiz Cortes, restoring the Constitution created in 1812, and tried to face a common problem for the Spanish Treasure: the public debt left by the Absolulist Six-year term. For the first time, the 1812 Constitution was applied in a domestic peace environment with the legitimate monarch living in the country yet subordinated to liberal power. Of course, Ferdinand VII was a convinced absolutist and would try by all means to preclude the work of liberals in the government.

In the international context, the defeat of Napoleon in 1815 played a very important role, as the Holy Alliance composed by the powers of Prussia, Austria, Russia and France were in charge of watching the interests of the old word and taking action in case of liberal threat in Europe. So, in the Congress of Verona in 1822, the intervention of 7 April, 1823, by the Hundred Thousands Sons of Saint Louis was accorded, overthrowing the liberals without almost any popular resistance and making clear the absolutist stage that was haunting Europe at that time.

Absolutism was ruling Spain for a decade, but Ferdinand VII died in 1833. The king’s death provoked a big turmoil, as he had no male descendant and was forced to abolish the Salic Law before dying in order to allow his daughter Isabel to succeed to the throne. Isabel was just 3 years old, so her mother Maria Cristina started to rule as a regent queen, what would cause an absolutist reaction around Carlos Maria Isidro, Ferdinand VII’s brother. A military struggle started between the partisans of the queen and the Carlists, who were supported by some military factions, the Church and wide segments of the peasantry. The support of peasants reflects the ideological stunting of the labor classes and is a sign of why at that time no real revolutionary popular movement emerged among the subsequent fights for the power.

It can be said that in this war, none of the factions showed a solid capacity, which increased the damages suffered by the civilians and put and end to the role of Spain in Europe, carrying the military influence in the government to the extreme.

Mendizabal appeared as a politician capable of ending this bloody conflict. For it, he needed to increase the military forces by 100.000 men, while reversing the economic ruin. Between 1835 and 1836, several decrees were enacted in order to confiscate the church properties, with the argument that many of the convents and monasteries were abandoned and became refuges for the war, were robbery and prostitution were frequent.

Obviously, the fact that the Church had supported the Carlists had much to do with the big amount of fields and properties that were confiscated. The properties were publicly auctioned, being possible to pay in cash or through domestic debt titles. Although wide, this confiscating process was not enough because of the burden of corruption inside the government. About 4,000 estates from ecclesiastical institutions were sold in a few years. As the division through batches was assigned to municipal committees, these took advantage of their power in order to manipulate and configure big unaffordable batches for small landlords, yet affordable for rich oligarchs. The small farmers were wiped out of the bids and the lands were sold to noblemen and rich urban bourgeois. This caused the creation of a new oppressive class, composed by noble landowner and bourgeois, while the Church excommunicated both the members of the government in charge of the expropriations and those who bought the lands.

This policy was made to ease the debt in the shortest period possible and to create new interests and therefore new and numerous partisans of the liberal institutions. Mendizabal based its government in the new bourgeoisie that was developing around the contracts and businesses with the government–debt titles acquisition, supplies for the troops, buying of properties.

The first half of 19th century in Spain was a permanent struggle between what was old–feudalism– yet not dead, and what was new–capitalism, headed by the liberal bourgeoisie who pretended to impose its political domain according to its hegemony in the economic field–that was about to be imposed.

2.2. How capitalism prevailed in France

The bourgeoisie, while ferociously vilifying the Glorious October Revolution of 1917, does not hesitate to extol and talk in a idyllic way about the French Revolution launched in 1789. This idealized historical event was, notwithstanding, a consequence as well of a previous fight within the so called Third State–social estate of the French feudal society composed by the bourgeoisie, peasantry and the emerging working class.

The 18th century was a period of big ideological struggle between the bourgeoisie and the privileged estates of the feudal society; struggle already started in a lesser degree since the previous century. The struggle between feudalism and capitalism in France was open and clear. In the ideological field, it was expressed in struggle between faith and reason, between idealism and materialism, what led to what was later called “French materialism” or “classical materialism”. The bourgeoisie educated the Third State to gain support to seize political power, to lead a revolution against feudalism and to impose its model, its system. The bourgeoisie already had the hegemony in the economic field and wanted to achieve it in the political one.

This ideological work of the bourgeoisie, together with seasons of bad harvests, made the situation of poverty of popular classes and peasantry increase. The price of basic food rose, which sharpened their misery, along with the financial collapse of the nobility, created the main conditions for a bourgeois revolution to happen. On July, 14, 1789, the French Revolution was triggered and spread all over the Gaulish country with the iconic image of the storming of the Bastilla.

The peasantry and the ruined petite bourgeoisie, together with the proletariat, created new power mediums–National Assembly, revolutionary town halls, people’s army–which pushed the contradictions towards the abolition of the privileges of the nobility and the clergy, putting an end to the stately society. They developed a constitution which result was a bourgeois state shaped in a parliamentary monarchy, with Louis XVI as the executive power, the National Assembly as the legislative power and the courts of justice as “independent” from the mentioned two powers.

Neither the nobility–many members of which emigrated particularly to Prusia–nor the Church, nor, naturally, the monarch, agreed with the constitutional monarchy emanated in 1791–although forced to accept it. Their privileges were abolished and their power was reduced in such a way that they tried by all means to trigger a civil war and drag others feudal states to take action and restore absolutism in France.

The hate of the people towards Louis XVI increased. Most of the people considered him a traitor because of his attempt to escape from France, whereupon he was retained on June 1791 in Varennes-en-Argonne and returned to Paris. This event implied the subsequent Declaration of Pillnitz at the end August 1791. This created a warlike climate between Austria and France, starting the Coalition Wars by the coalitions of absolutist countries against revolutionary France.

The French people radicalized and stormed on 10 August 1792 assaulting the Tuileries Palace–the royal family’s residence– and triggering violent incidents that forced the abolition of the monarchy on 21 September 1792. France went to war against absolutist states and the king Louis XVI was eventually guillotined.

The high bourgeoisie–Girondins–lost in 1793 the leadership of the revolutionary process, which passed into the hands of the mid-sized and petite bourgeoisie and part of the popular classes–Jacobins–, and also to left-wing radical democrats–Cordeliers whose best-known leader was Marat.

During 1793 and 1794, Jacobins intensified the repression against defenders of absolutism, starting with the execution of Louis XVI, which was necessary to lead the way of the bourgeois revolution. In 1793, a new constitution was drafted in which democratic rights of people were deepened and universal male suffrage was conquered.

The high bourgeoisie triggered a campaign of prosecution and oust against the maximum Jacobin leader, Robespierre, in such a way that he was guillotined together with other Jacobin leaders. Thus, the high bourgeoisie conquered the power and drafted another constitution in 1795 that removed male suffrage and restored census suffrage to ensure its domain. The Magna Carta also liquidated the National Assembly and settled a Girondin-led government called Directory.

The Directory was alive for 4 years and was refused and combated by Jacobins and monarchists. It was a period of political instability and economic bankrupt. From one side, in the international level, France waged a war against European monarchies, especially Austria and Great Britain, reproducing the struggle between capitalism and feudalism at the international level. In the domestic front, popular and reactionary monarchic revolts followed each other against the Directory.

Ultimately, the Directory was in war against the monarchies of other countries while waging a civil war within its borders.

The high bourgeoisie had no other outcome but the terror, internal political repression and the war in foreign policy, not hesitating to carry out coups d’états–like on September 4, 1797 –or to cancel elections in several French departments where political opponents were winning. At that time, the high bourgeoisie performed purges and prosecutions against the political opposition while giving more power to the army.

In a very unstable political situation, with a high discredited republic and an increasingly stronger Jacobin opposition, the high bourgeoisie carried out a new coup d’état on November 9, 1799, in partnership with the army: the Coup of 18 Brumaire that brought Napoleon Bonaparte to power. The Consulate replaced the Directory and the executive branch was reduced to 3 consuls in which the First Consul concentrated the power.

Once imposed its dictatorship with Napoleon as the leader, the high bourgeoisie did not hesitate to reconcile with the nobility. The Consulate made a new Constitution in December, 1799 in its image and likeness and started to implement several policies focused on developing a bureaucracy to strengthen the bourgeois State. The public positions were no longer elected officials and started being designated from above. Almost half of the prefectures remained in the hands of the nobility of the Old Order. Besides, the Consulate made concessions to the Church and signed a Concordat in 1802. Such conciliation policy with the former privileged estates–Church and nobility–contrasted the merciless repression of the opposition. All together with the military successes outside France, like the peace with Great Britain, which led Napoleon to be recognized as emperor of France in 1804. France became the Napoleon Empire.

As it can be seen, the revolutionary slogan “Liberté, Égalité, Fraternité” (“liberty, equality, fraternity”) just stayed as a slogan. The development of history maintained the same abuse with a different chief.

With its leader Napoleon as the new “Sun God”, the French Empire needed to satisfy its economic desires by isolating Great Britain, which would inflict a blockade that would strengthen the French bourgeoisie at the expense of weakening the British industry and commerce.

Between 1805 y 1815, France waged a war against most of the European states, from the Iberian peninsula to Russia. Napoleon was finally defeated in Waterloo on 1815 and the monarchy was restored through the Treaty of Paris. Louis XVI’s brother, Louis XVIII, was rehabilitated on the throne. France lost all territorial and ideological conquests achieved by the revolution. Around 75 thousands of officials were purged. In short, the Old Order was back in France and in Europe. The counter-revolution or, as the historians say, the Restoration, succeeded.

After Louis XVIII’s death, the French throne was occupied by his brother Charles X on 1824. This one was more reactionary than his predecessor who, in some aspects, tried to conciliate with the bourgeoisie. The absolutist policy performed by Charles X, based on an open confrontation with the bourgeoisie, the working classes and the revolutionary values, was always led to serving the interests of the nobility, of exiled noblemen who were eventually compensated, and of the Church. The upper estates of the Old Order saw their privileges restored at the expense of the ordinary folk.

The progressive development of the agriculture and the industry in France produced a society in conflict. The despotic conception of Charles X led him to manipulate elections, cut freedoms and politically outlaw the bourgeoisie. Through the July Ordinances, the domestic conditions for the Revolution of 1830 were created.

Charles X’s reign made people’s life conditions worse. The inhabitants of Paris went to the street on July the 27th, 28th and 29th to protest against the king Charles X’s policies. Among the bourgeoisie, as well as in the 1789 Revolution, there were two trends: the radical one, which demanded the establishment of the Republic, and the high bourgeoisie one, which aspired to impose capitalism in the British way, that is, through the imposition of a constitutional monarchy where the bourgeoisie would have the real power, as it was already the hegemonic class in the economic domain. This last trend was eventually imposed and Charles X had to flee to England and abdicate. The high bourgeoisie established a liberal monarchy and gave the throne to Louis Philippe d’Orleans, who became the king Louis Philippe I of France.

. “It was not the French bourgeoisie that ruled under Louis Philippe, but one faction of it: bankers, stock-exchange kings, railway kings, owners of coal and iron mines and forests, a part of the landed proprietors associated with them–the so-called financial aristocracy. It sat on the throne, it dictated laws in the Chambers, it distributed public offices, from cabinet portfolios to tobacco bureau posts.

. The industrial bourgeoisie proper formed part of the official opposition, that is, it was represented only as a minority in the Chambers. Its opposition was expressed all the more resolutely the more unalloyed the autocracy of the finance aristocracy became, and the more it imagined that its domination over the working class was insured after the revolts of 1832, 1834, and 1839, which had been drowned in blood. (…) The petty bourgeoisie of all gradations, and the peasantry also, were completely excluded from political power. Finally, in the official opposition or entirely outside the pays légal [electorate], there were the ideological representatives and spokesmen of the above classes, their savants, lawyers, doctors, etc., in a word, their so-called men of talent.” [11]

The monarchy of Louis Philippe emerged from the revolution of 1830 “was dependent from the beginning on the big bourgeoisie, and its dependence on the big bourgeoisie was the inexhaustible source of increasing financial straits. (…) The faction of the bourgeoisie that ruled and legislated through the Chambers had a direct interest in the indebtedness of the state. The state deficit was really the main object of its speculation and the chief source of its enrichment. At the end of each year a new deficit. After the lapse of four or five years a new loan. And every new loan offered new opportunities to the finance aristocracy for defrauding the state, which was kept artificially on the verge of bankruptcy–it had to negotiate with the bankers under the most unfavorable conditions. Each new loan gave a further opportunity, that of plundering the public which invested its capital in state bonds by means of stock-exchange manipulations, the secrets of which the government and the majority in the Chambers were privy to.” [12]

Besides the general corruption, “the potato blight and the crop failures of 1845 and 1846 (…) called forth bloody conflicts in France as well as on the rest of the Continent.” [13] Moreover, “a general commercial and industrial crisis in England already heralded in the autumn of 1845 by the wholesale reverses of the speculators in railway shares.” [14]

This led to the following:

. “The devastation of trade and industry caused by the economic epidemic made the autocracy of the finance aristocracy still more unbearable. Throughout the whole of France the bourgeois opposition agitated at banquets for an electoral reform which should win for it the majority in the Chambers and overthrow the Ministry of the Bourse. In Paris the industrial crisis had, moreover, the particular result of throwing a multitude of manufacturers and big traders, who under the existing circumstances could no longer do any business in the foreign market, onto the home market. They set up large establishments, the competition of which ruined the small épiciers (grocers) and boutiquiers (shopkeepers) en masse. Hence the innumerable bankruptcies among this section of the Paris bourgeoisie, and hence their revolutionary action in February. It is well known how Guizot and the Chambers answered the reform proposals with an unambiguous challenge, how Louis Philippe too late resolved on a ministry led by Barrot, how things went as far as hand-to-hand fighting between the people and the army, how the army was disarmed by the passive conduct of the National Guard, how the July Monarchy had to give way to a provisional government.

. The Provisional Government which emerged from the February barricades necessarily mirrored in its composition the different parties which shared in the victory. It could not be anything but a compromise between the different classes which together had overturned the July throne, but whose interests were mutually antagonistic. The great majority of its members consisted of representatives of the bourgeoisie. The republican petty bourgeoisie was represented by Ledru-Rollin and Flocon, the republican bourgeoisie by the people from the National, the dynastic opposition by Crémieux, Dupont de l’Eure, etc. The working class had only two representatives, Louis Blanc and Albert. Finally, Lamartine in the Provisional Government; this was at first no real interest, no definite class; this was the February Revolution itself, the common uprising with its illusions, its poetry, its visionary content, and its phrases. For the rest, the spokesman of the February Revolution, by his position and his views, belonged to the bourgeoisie.

. If Paris, as a result of political centralization, rules France, the workers, in moments of revolutionary earthquakes, rule Paris. (…) The bourgeoisie allows the proletariat only one usurpation–that of fighting. Up to noon of February 25 the republic had not yet been proclaimed; on the other hand, all the ministries had already been divided among the bourgeois elements of the Provisional Government and among the generals, bankers, and lawyers of the National. But the workers were determined this time not to put up with any bamboozlement like that of July, 1830. They were ready to take up the fight anew and to get a republic by force of arms.” [15]

In that way, the Second French Republic was proclaimed.

. “Even the memory of the limited alms and motives which drove the bourgeoisie into the February Revolution was extinguished by the proclamation of the republic on the basis of universal suffrage. Instead of only a few factions of the bourgeoisie, all classes of French society were suddenly hurled into the orbit of political power, forced to leave the boxes, the stalls, and the gallery and to act in person upon the revolutionary stage! With the constitutional monarchy vanished also the semblance of a state power independently confronting bourgeois society, as well as the whole series of subordinate struggles which this semblance of power called forth!

. By dictating the republic to the Provisional Government, and through the Provisional Government to the whole of France, the proletariat immediately stepped into the foreground as an independent party, but at the same time challenged the whole of bourgeois France to enter the lists against it. What it won was the terrain for the fight for its revolutionary emancipation, but by no means this emancipation itself.

. The first thing the February Republic had to do was, rather, to complete the rule of the bourgeoisie by allowing, besides the finance aristocracy, all the propertied classes to enter the orbit of political power.” [16]

. “The February Revolution was a surprise attack, a seizing of the old society unaware, and the people proclaimed this unexpected stroke a deed of world importance, ushering in a new epoch. On December 2 the February Revolution is conjured away as a cardsharp’s trick, and what seems overthrown is no longer the monarchy but the liberal concessions that had been wrung from it through centuries of struggle. Instead of society having conquered a new content for itself, it seems that the state has only returned to its oldest form, to a shamelessly simple rule by the sword and the monk’s cowl. This is the answer to the coup de main (unexpected stroke) of February, 1848, given by the coup de tête (rash act) of December, 1851. Easy come, easy go. Meantime, the interval did not pass unused. During 1848-51 French society, by an abbreviated revolutionary method, caught up with the studies and experiences which in a regular, so to speak, textbook course of development would have preceded the February Revolution, if the latter were to be more than a mere ruffling of the surface. Society seems now to have retreated to behind its starting point; in truth, it has first to create for itself the revolutionary point of departure–the situation, the relations, the conditions under which alone modern revolution becomes serious.” [17]

As it can be seen, the last decade of the 18th century and the first half of the 19th century in France was a constant struggle between what was old yet not dead, and what was new and yet to be imposed. The bourgeoisie attempted to bury absolutism in the last decade of the 18th century, but absolutism was imposed back again in 1815 and maintained itself during 3 more decades. The revolutionary republican bourgeoisie at that time intended to liquidate the monarchy on 1792, but the monarchy was reestablished from 1815 to 1848.

Every revolutionary experience show us that, even if what is old recovers and temporarily prevails again over what is new, this step backwards is done in a more precarious way as the content and the essence of the new order stays in the memory of people. And every revolutionary onslaught of what is new forces what is old to denature into its eventual definitive burial. The class struggle is the engine of history and the development of history is the permanent struggle between what is new–the aspiration of the revolutionary class–and what is old–the defence of the system that sustains the privileges of the reactionary class.

3. The proletariat and the bourgeois revolutions of the first half of the 19th century

In the first bourgeois revolutions, the proletariat fought together with the bourgeoisie in order to eradicate absolutism.

. “At this time, however, the capitalist mode of production, and with it the antagonism between the bourgeoisie and the proletariat, was still very incompletely developed. Modern Industry, which had just arisen in England, was still unknown in France. But Modern Industry develops, on the one hand, the conflicts which make absolutely necessary a revolution in the mode of production, and the doing away with its capitalistic character–conflicts not only between the classes begotten of it, but also between the very productive forces and the forms of exchange created by it. And, on the other hand, it develops, in these very gigantic productive forces, the means of ending these conflicts. If, therefore, about the year 1800, the conflicts arising from the new social order were only just beginning to take shape, this holds still more fully as to the means of ending them. The’have-nothing’ masses of Paris, during the Reign of Terror, were able for a moment to gain the mastery, and thus to lead the bourgeois revolution to victory in spite of the bourgeoisie themselves. But, in doing so, they only proved how impossible it was for their domination to last under the conditions then obtaining. The proletariat, which then for the first time evolved itself from these «have-nothing» masses as the nucleus of a new class, as yet quite incapable of independent political action, appeared as an oppressed, suffering order, to whom, in its incapacity to help itself, help could, at best, be brought in from without or down from above.” [18]

. “The revolutions in the era of crisis of feudalism and the ascensional development of capitalism were led by the urban bourgeoisie, that succeeded some times through a deal with the feudal lords and other times sustained a struggle til the end, til the definitive overthrow of the last ones. The army fighting in these revolutions were composed by peasants and the people of cities. Consequently, after rising its peak the revolution exceeded a lot the aims of the bourgeoisie.” [19]

We have seen in the second point of this thesis how capitalism was imposed in Spain and France. In both cases, the bourgeoisie led the struggle but those who finalized it were the peasantry and the incipient proletariat.

The main and essential goal of the bourgeois revolution is to “shape the political superstructure with the kind of capitalist economy born from the insides of feudalism and to ensure the needed conditions for its free performance.” [20]

The period of Terror of the French revolution, between 1793 and 1794, was one of those moments where the revolution reached a peak that surpassed the intentions of the bourgeoisie. In fact, it was a faction of the richest bourgeois who, acting in a reactionary and counter-revolutionary way, did not hesitate in liquidating the leader of the Jacobins in order to rectify the revolution towards the direction of their interests: the establishment of a superstructure–society, State, culture, etc.–in accordance with a capitalist system of production. For it to be done, these reactionary factions of the bourgeoisie did not hesitate to fall into corruption and despotism, and to conciliate with the nobility and the clergy.

On July, 1830, the people put again an end to Charles X’s absolutism. Although the proletariat and the most revolutionary layers of the bourgeoisie–its lower layers–were partisans of the republic, the rich bourgeoisie and the bankers imposed their monarchy with Louis Philippe d’Orleans. Louis Philippe I was a puppet king that allowed the high bourgeoisie to live off the fat of the land by the way of pillage, speculation and corruption. However, the revolutionary experience of 1839 was essential in 1848 for the proletariat to gain more firmness and consistence in the struggle. It was necessary to break the order of the putrid bourgeois monarchy and to subsequently establish the Second French Republic.

. “The bourgeois monarchy of Louis Philippe can be followed only by a bourgeois republic; that is to say, whereas a limited section of the bourgeoisie ruled in the name of the king, the whole of the bourgeoisie will now rule in the name of the people. The demands of the Paris proletariat are utopian nonsense, to which an end must be put. To this declaration of the Constituent National Assembly the Paris proletariat replied with the June insurrection, the most colossal event in the history of European civil wars. The bourgeois republic triumphed. On its side stood the aristocracy of finance, the industrial bourgeoisie, the middle class, the petty bourgeois, the army, the lumpen proletariat organized as the Mobile Guard, the intellectual lights, the clergy, and the rural population. On the side of the Paris proletariat stood none but itself. More than three thousand insurgents were butchered after the victory, and fifteen thousand were deported without trial.” [21]

The revolution of 1848 and the defeat of the French proletariat in the insurgence of June 1849 “had prepared, had leveled the ground on which the bourgeois republic could be founded and built, but it had shown at the same time that in Europe the questions at issue are other than that of ‘republic or monarchy.’ It had revealed that here ‘bourgeois republic’ signifies the unlimited despotism of one class over other classes. It had proved that in countries with an old civilization, with a developed formation of classes, with modern conditions of production, and with an intellectual consciousness in which all traditional ideas have been dissolved by the work of centuries, the republic signifies in general only the political form of revolution of bourgeois society and not its conservative form of life.” [22]

The proletariat and its struggle, its defeated exigence of establishing a social republic, not only aged the bourgeoisie, but put it in a new place: in the place of what is old and yet to be buried and overcomed. The bourgeoisie, yesteryear revolutionary, has been set as the reactionary class, as murderer of its own slogans, of the thoughts and ideas it pretended to embody.

The proletariat has entered a point where “every demand of the simplest bourgeois financial reform, of the most ordinary liberalism, of the most formal republicanism, of the most shallow democracy, is simultaneously castigated as an ‘attempt on society’ and stigmatized as ‘socialism.’”[23]

. “The constitution, the National Assembly, (…) liberté, egalité, fraternité, and the second Sunday in May, 1852–all have vanished like a phantasmagoria. (…) Universal suffrage seems to have survived only for the moment, so that with its own hand it may make its last will and testament before the eyes of all the world and declare in the name of the people itself: ‘All that exists deserves to perish.’” [24]

The proletariat’s own struggle pushed it to the ring of history as the new revolutionary class and, therefore, has the historical mission of fighting for its class liberation. For that, it should start acquiring its weapons in order to be able to perform its emancipation in a revolutionary way.

4. The Paris Commune

In the 19th century, especially since 1848, the struggle of the working class increased with a more and more important involvement of the proletariat, which politically woke up, as a consequence of the development of capitalism. In this historical context, the need of the political organization of the proletariat, together with the development of the trade-union movement, was deployed in such a way that workers organizations, ideologically heterogeneous, emerged and created the conditions for the rise of the First International.

. “The First International (1864-1872) laid the foundation of the international organization of the workers in order to prepare for their revolutionary onslaught on capital.” [25]

We have seen how in France the bourgeoisie claimed to revolt against the tyranny of absolutism and how its revolution pretended to free humanity from it, spreading freedom, equality and fraternity to the world, and redeeming all the classes deprived from the privileges of the nobility and the clergy. The same class that pretended to impose the “State of Reason”–its class reason–imposed its own exploitative and corrupt absolutism just after seizing power, becoming a reactionary class, and the first enemy of what it pretended to perform.

. “Louis Bonaparte took the political power from the capitalists under the pretext of protecting them, the bourgeoisie, from the workers, and on the other hand the workers from them; but in return his rule encouraged speculation and industrial activity–in a word the rise and enrichment of the whole bourgeoisie to an extent hitherto unknown. To an even greater extent, it is true, corruption and mass robbery developed, clustering around the imperial court, and drawing their heavy percentages from this enrichment.”

. “But the Second Empire was the appeal to the French chauvinism, the demand for the restoration of the frontiers of the First Empire, which had been lost in 1814, or at least those of the First Republic. A French empire within the frontiers of the old monarchy and, in fact, within the even more amputated frontiers of 1815–such a thing was impossible for any long duration of time. Hence the necessity for brief wars and extension of frontiers.”

. “Given the Second Empire, the demand for the restoration to France of the left bank of the Rhine, either all at once or piecemeal, was merely a question of time. The time came with the Austro-Prussian War of 1866; cheated of the anticipated ‘territorial compensation’ by Bismarck, and by his own over-cunning, hesitating policy, there was now nothing left for Napoleon but war, which broke out in 1870 and drove him first to Sedan, and then to Wilhelmshohe (prison).”

. “The inevitable result was the Paris Revolution of September 4, 1870. The empire collapsed like a house of cards, and the republic was again proclaimed. But the enemy was standing at the gates (of Paris); the armies of the empire were either hopelessly beleaguered in Metz or held captive in Germany. In this emergency the people allowed the Paris Deputies to the former legislative body to constitute themselves into a ‘Government of National Defence.’ This was the more readily conceded, since, for the purpose of defence, all Parisians capable of bearing arms had enrolled in the National Guard and were armed, so that now the workers constituted a great majority. But almost at once the antagonism between the almost completely bourgeois government and the armed proletariat broke into open conflict. On October 31, workers’ battalions stormed the town hall, and captured some members of the government. Treachery, the government’s direct breach of its undertakings, and the interventions of some petty-bourgeois battalions set them free again, and in order not to occasion the outbreak of civil war inside a city which was already beleaguered by a foreign power, the former government was left in office.”

. “At last on January 28, 1871, Paris, almost starving, capitulated but with honors unprecedented in the history of war.” [26]

. “During the war the Paris workers had confined themselves to demanding the vigorous prosecution of the fight. But now, when peace had come after the capitulation of Paris, now, Thiers, the new head of government, was compelled to realize that the supremacy of the propertied classes–large landowners and capitalists–was in constant danger so long as the workers of Paris had arms in their hands. His first action was to attempt to disarm them. On March 18, he sent troops of the line with orders to rob the National Guard of the artillery belonging to it, which had been constructed during the siege of Paris and had been paid for by public subscription. The attempt failed; Paris mobilized as one man in defence of the guns, and war between Paris and the French government sitting at Versailles was declared. On March 26 the Paris Commune was elected and on March 28 it was proclaimed. The Central Committee of the National Guard, which up to then had carried on the government, handed in its resignation to the National Guard.

. (…) On March 30 the Commune abolished conscription and the standing army, and declared that the National Guard, in which all citizens capable of bearing arms were to be enrolled, was to be the sole armed force. It remitted all payments of rent for dwelling houses from October 1870 until April, the amounts already paid to be reckoned to a future rental period, and stopped all sales of articles pledged in the municipal pawnshops. On the same day the foreigners elected to the Commune were confirmed in office, because ‘the flag of the Commune is the flag of the World Republic.’”

. “On April 1 it was decided that the highest salary received by any employee of the Commune, and therefore also by its members themselves, might not exceed 6,000 francs. On the following day the Commune decreed the separation of the Church from the State, and the abolition of all state payments for religious purposes as well as the transformation of all Church property into national property; as a result of which, on April 8, a decree excluding from the schools all religious symbols, pictures, dogmas, prayers–in a word, “all that belongs to the sphere of the individual’s conscience”–was ordered to be excluded from the schools, and this decree was gradually applied. On the 5th, in reply to the shooting, day after day, of the Commune’s fighters captured by the Versailles troops, a decree was issued for imprisonment of hostages, but it was never carried into effect. On the 6th, the guillotine was brought out by the 137th battalion of the National Guard, and publicly burnt, amid great popular rejoicing. On the 12th, the Commune decided that the Victory Column on the Place Vendôme, which had been cast from guns captured by Napoleon after the war of 1809, should be demolished as a symbol of chauvinism and incitement to national hatred. This decree was carried out on May 16. On April 16 the Commune ordered a statistical tabulation of factories which had been closed down by the manufacturers, and the working out of plans for the carrying on of these factories by workers formerly employed in them, who were to be organized in co-operative societies, and also plans for the organization of these co-operatives in one great union. On the 20th the Commune abolished night work for bakers, and also the workers’ registration cards, which since the Second Empire had been run as a monopoly by police nominees–exploiters of the first rank; the issuing of these registration cards was transferred to the mayors of the 20 arrondissements of Paris. On April 30, the Commune ordered the closing of the pawnshops, on the ground that they were a private exploitation of labor, and were in contradiction with the right of the workers to their instruments of labor and to credit. On May 5 it ordered the demolition of the Chapel of Atonement, which had been built in expiation of the execution of Louis XVI.”

. “Thus, from March 18 onwards the class character of the Paris movement, which had previously been pushed into the background by the fight against the foreign invaders, emerged sharply and clearly. As almost without exception, workers, or recognized representatives of the workers, sat in the Commune, its decision bore a decidedly proletarian character. Either they decreed reforms which the republican bourgeoisie had failed to pass solely out of cowardice, but which provided a necessary basis for the free activity of the working class–such as the realization of the principle that in relation to the state, religion is a purely private matter–or they promulgated decrees which were in the direct interests of the working class and to some extent cut deeply into the old order of society. In a beleaguered city, however, it was possible at most to make a start in the realization of all these measures. And from the beginning of May onwards all their energies were taken up by the fight against the ever-growing armies assembled by the Versailles government.” [27]

The Commune not only undressed the cowardice of the bourgeoisie and its condition of reactionary class, but showed it as a real criminal. The bourgeoisie did not hesitate to repress the Commune with unlimited ferocity and cruelty, mercilessly killing helpless women, children and old people. In a few weeks, dozens of thousands of unarmed proletarians were killed.

Also, the experience of the Commune, with its mistakes, was essential in order to enrich the theory of the party, the state and the seizure of power by the revolutionary proletariat. It showed the need of a period of transition, socialism, understood as the early phase of communism, once overthrown the bourgeois regime, in which the proletariat should impose its dictatorship and repress the bourgeoisie through its state until the end of its existence as a class. A period of transition before the definitive extinction of class struggle.

. “In all its proclamations to the French in the provinces, it appealed to them to form a free federation of all French Communes with Paris, a national organization, which for the first time was really to be created by the nation itself. It was precisely the oppressing power of the former centralized government, army, political police and bureaucracy, which Napoleon had created in 1798 and since then had been taken over by every new government as a welcome instrument and used against its opponents, it was precisely this power which was to fall everywhere, just as it had already fallen in Paris.

. From the outset the Commune was compelled to recognize that the working class, once come to power, could not manage with the old state machine; that in order not to lose again its only just conquered supremacy, this working class must, on the one hand, do away with all the old repressive machinery previously used against it itself, and, on the other, safeguard itself against its own deputies and officials, by declaring them all, without exception, subject to recall at any moment.” [28]

Lenin, in his article “In memory of the Commune”, published on 1911, in which he commemorated the 40th anniversary of the Commune, wrote about the factors that prevented the Commune to succeed:

. “Two conditions, at least, are necessary for a victorious social revolution–highly developed productive forces and a proletariat adequately prepared for it. But in 1871 both of these conditions were lacking. French capitalism was still poorly developed, and France was at that time mainly a petty-bourgeois country (artisans, peasants, shopkeepers, etc). On the other hand, there was no workers’ party; the working class had not gone through a long school of struggle and was unprepared, and for the most part did not even clearly visualise its tasks and the methods of fulfilling them. There was no serious political organisation of the proletariat, nor were there strong trade unions and co-operative societies.” [29]

5. The Soviet Union: Did Marxism-Leninism fail? Has scientific socialism failed?

The bourgeoisie, through its means of mass manipulation and propaganda, does not hesitate to reiterate the syllogism that the Soviet Union has failed and that, therefore, socialism is unfeasible. Capitalists want the message “the fall of the Soviet Union verifies the unfeasibility of socialism” to penetrate in the people’s mind. Repeating this dogma again and again in its different means of reproduction of ideology, the bourgeoisie seeks to drill the brains of the proletariat and all those exploited and subdued by imperialism.

However, if we study the last years of the 18th century and the first half of the 19th century in both Spain and France, we can see how capitalism and its different forms of state were established after several failed attempts, where attempts to impose themselves in a revolutionary way over feudalism was followed by defeats and returns to absolutism and feudal relations. If the bourgeoisie would have applied in 1815 the same syllogism that it aims to inoculate today among the working class, we would still live in a stately society emanated from feudal production relations. Today, capitalism, in its rotten and monopolistic phase, can not sustain itself neither in the economic field nor in the political, and proof of this is its bankruptcy and institutional crisis situation.

The bourgeoisie is fully aware that its system is still standing due to the ideological war. That is why capitalists use all the means at their disposal to fight a battle to the death against their gravedigger: the proletariat and its emancipatory science, Marxism-Leninism. The bourgeoisie is a militant anti-communist.

. “Men make their own history, but they do not make it as they please; they do not make it under self-selected circumstances, but under circumstances existing already, given and transmitted from the past. The tradition of all dead generations weighs like a nightmare on the brains of the living.” [30]

Ideological struggle and war are the only weapons left to the bourgeoisie in its sterile mission to curb the wheels of history and perpetuate its expired and rotten socio-economic formation. This is how are settled its anticommunism and its visceral hatred towards the Soviet Union and Marxism-Leninism. Never in history has there been a more rogue and deceitful social class than the bourgeoisie.

Capitalists are aware of the importance of ideological struggle. They bet everything on ideological war. And today, as in the past, the bourgeoisie pours everything into fascism to sustain their outdated and criminal system. Ideological warfare is as fundamental today as yesterday. The French Revolution of 1789 and the successive bourgeois revolutions that followed it would not have been possible without the ideological struggle of the bourgeoisie, which educated the Third State in the need to overcome the absolutist system that favored a few privileged parasites. The bourgeoisie confronted idealism with materialism and raised the consciousness of the plain people to convince of the need to impose a State that concentrated the idea of reason. But the only reason for the bourgeois state’s existence is none other than to be the instrument of the bourgeoisie to oppress and subdue the proletariat, to perpetuate by force the system of domination of the minority class in power over the majority exploited class. The ideological struggle has allowed the bourgeoisie or, specifically, the richest sphere of the bourgeoisie, to deceive for centuries the most backward layers of the proletariat and the peasantry, and has succeeded in having the small and medium bourgeoisie follow its tail behind.

The bourgeoisie fights the ideological war without fear or mercy. They know well that when a revolution triumphs–even if only in one country as a result of the uneven development of nations–its ideas extend beyond its borders. The emancipated class by the revolution extends and permeates their ideals to their class brothers living in other countries, who seek to take the same path. In the previous historical analysis, we have been able to verify that once the bourgeois revolution triumphs in a first country, the bourgeoisies of other territories want to follow in their footsteps, which trains the reaction of all feudal states, which unite and assist the reactionaries of the country where the revolution triumphed in order to suffocate it, to end it and to restore the previous regime, in order to prevent it from spreading throughout the world geography. The revolutionary bourgeoisie proved it in the late 18th and early 19th centuries. And aware of this, the bourgeoisie, now reactionary, attacks the Soviet experience to death precisely because it demonstrates the viability of socialism. Or rather, more than the viability of socialism, its superiority over capitalism. And it is that if socialism and communism are unviable per se, by their very nature, as the capitalists say, if communism and socialism are historical corpses, why are hundreds of millions of dollars spent on fighting them with lies, deceptions and manipulations in an unparalleled war? Because the bourgeoisie is the first to recognize the superiority of socialism and the accuracy of the science of the revolutionary emancipation of the proletariat, Marxism-Leninism. The capitalists cannot refute the theoretical victory of scientific socialism and can only fight it through slander, fallacy and falsification of history. Because the bourgeoisie is fully aware that “what it produces, above all, are its own grave-diggers.”

. “Its fall and the victory of the proletariat are equally inevitable.” [31]

A rigorous historical analysis of the bourgeois revolutions in the stage of decline of feudalism and the rise of upward capitalism shows how the bourgeoisie, once in power, went from being a revolutionary class against feudalism to a reactionary class against socialism. It betrayed its own revolutionary principles and the materialist philosophy that it both championed, to spread philosophical idealism and religion it once fought, in order to ideologically set back the proletariat and delay its revolution.

We have seen how the Revolution of 1848 in France showed that the revolutionary processes that followed after it, in places where the bourgeoisie already held power, could only be directed by the proletariat, turned into a revolutionary class, which demanded deeper and more radical measures.

In a letter sent to Nikolai Frantsevich Danielson on October 17, 1893, Engels pointed out that “the present capitalistic phase of development in Russia appears an unavoidable consequence of the historical conditions as created by the Crimean War, the way in which the change of 1861 in agrarian conditions was accomplished, and the political stagnation in Europe generally.

. (…) Whereas in Russia we have a groundwork of a primitive communistic character, a precivilisation Gentilgesellschaft, crumbling to ruins, it is true, but still serving as the groundwork, the material upon which the capitalistic revolution (for it is a real social revolution) acts and operates. In America, Geldwirtschaft has been fully established for more than a century in Russia Naturalwirtschaft was all but exclusively the rule. Therefore it stands to reason that the change, in Russia, must be far more violent, far more incisive, and accompanied by immensely greater sufferings than it can be in America. (…) No doubt the passage from primitive agrarian communism to capitalistic industrialism cannot take place without terrible dislocation of society, without the disappearance of whole classes and their transformation into other classes; and what enormous suffering, and waste of human lives and productive forces that necessarily implies, we have seen–on a smaller scale–in Western Europe.” [32]

About five years later, Lenin described what the class nature of the Czar’s state was and analyzed the situation of the Russian proletariat and its fundamental political goal.

. “In Russia, not only the workers, but all citizens are deprived of political rights. Russia is an absolute and unlimited monarchy. The tsar alone promulgates laws, appoints officials and controls them. For this reason, it seems as though in Russia the tsar and the tsarist government are independent of all classes and accord equal treatment to all. But in reality all officials are chosen exclusively from the proper tied class and all are subject to the influence of the big capitalists, who make the ministers dance to their tune and who achieve whatever they want. The Russian working class is burdened by a double yoke; it is robbed and plundered by the capitalists and the landlords, and to prevent it from fighting them, the police bind it hand and foot, gag it, and every attempt to defend the rights of the people is persecuted. Every strike against a capitalist results in the military and police being let loose on the workers. Every economic struggle necessarily becomes a political struggle, and Social-Democracy must indissolubly combine the one with the other into a single class struggle of the proletariat. The first and chief aim of such a struggle must be the conquest of political rights, the conquest of political liberty.” [33]

At the end of the 19th century, Russia was a backward country compared to the United States and the capitalist powers of Western Europe. It was ruled by an absolutist state headed by a tsar who served the highest layer of the bourgeoisie, while applying a merciless repression against workers and peasants. In Russia, as in other countries, the bourgeoisie was enthroned in power by way of corruption and gentrification of the privileged layers of the state society with which it traded many times to phagocyte them.

The war against Japan in 1904 exacerbated the contradictions of Russian society and generated great discontent between the popular classes and the Army, which fought against the Japanese in very poor conditions. The tsarist repression against the people was brutal, as evidenced by the Bloody Sunday (1905), where hundreds of people who peacefully demonstrated in front of the Winter Palace to deliver a series of claims to the Tsar were shot. This episode was the trigger of the failed Revolution of 1905, in which riots of the Army took place and where the proletariat developed organizations such as unions and soviets (councils or communal assemblies) of workers’ deputies, which were outlawed in 1906.

The reactionary forces were imposed after the failed revolution of 1905-1907. The Tsar accentuated his repressive regime, doing whatever he wanted in his custom made puppet Duma. Tsar’s policies proved Lenin was right in his critique of Mensheviks and liberals, which argued that the monarchy, with Duma or parliamentary monarchy, was a “decisive victory of the revolution over tsarism” as it meant, according to them, the “end of absolutism.” In his critique, Lenin pointed out that “so long as power remained in the hands of the tsar, all decisions passed by any representatives whatsoever would remain empty and miserable prattle, as was the case with the ‘decisions’ of the Frankfurt Parliament, famous in the history of the German Revolution of 1848.”

. “In his Neue Rheinische Zeitung, Marx, the representative of the revolutionary proletariat, castigated the Frankfurt liberal Osvobozhdentsi with merciless sarcasm precisely because they uttered fine words, adopted all sorts of democratic ‘decisions,’ ‘constituted’ all kinds of liberties, while actually they left power in the hands of the king and failed to organise an armed struggle against the military forces at the disposal of the king. And while the Frankfurt Osvobozbdentsi were prattling–the king bided his time, consolidated his military forces, and the counterrevolution, relying on real force, utterly routed the democrats with all their fine ‘decisions.’” [34]

But this triumph of Tsarism was a temporary triumph, since the need to make political and economic changes in the magnitude required by historical development persisted. It was urgent to end the vestiges of the servitude regime and break with the dependence of foreign imperialism, which hindered the development of the productive forces. The capitalism developed in Russia was implanted late in the early 20th century. The number of large factories increased and monopoly associations appeared, with the Russian economy being under the dominance of international imperialism. The Belgian, British, French and German capitals owned the most important branches of production. Likewise, the tsar’s despotic and repressive policy made the feeling of hatred towards the tyrant grow among the people. To this is added the First World War, the inter-imperialist war that began in 1914 that exacerbated class contradictions and further impoverished the living conditions of the proletariat and the peasantry. All this, while the monopolies and the kulaks (landowners) were enriched. This series of events matured the conditions for a revolution that sought to establish a bourgeois republic and resolve the land issue with the liquidation of landownership in the countryside.

The decay of the Tsarist regime triggered a general strike in Petrograd at the end of February 1917 that extended to other Russian cities and was supported by a large part of the Army. This event forced Tsar Nicholas II to abdicate. A government headed by Prince Georgi Lvov and composed of esers and liberals was established in Russia.

The bourgeoisie considered that they had the soviets under control by integrating the esers into the Government. However, the interests of the bourgeoisie were to continue participating in the First World War, which greatly ballasted the living conditions of the Russian people. The growing dispute between the different factions of the bourgeoisie and the rejection of the people to war and to economic and agrarian policies caused the demonstrations and strikes to take on increasing importance. Thus, in the soviets a double power de facto developed: government and organized people in the most important cities. In this scenario, an exceptional leader such as Lenin launched the “April Theses”, where he not only made an exact reading of the revolutionary dialectic in Russia since the failed revolution of 1905-1907, of the different quantitative and qualitative leaps that occurred in that period, but also defined precisely the tasks to be carried out by the proletariat and its vanguard party in the revolutionary process that lasted from February to October 1917. The historical experience of the Paris Commune and the wrestling of the struggle of classes, added to the knowledge acquired after the creation of the power organs of the soviets, led Lenin to the conclusion that, once the autocracy was overthrown and the bourgeois revolution was completed with the establishment of a bourgeois democracy, it corresponded to the proletariat and the peasantry, under the revolutionary leadership of the Party, to take the next step and grab power. The formula that Lenin contributed to end the duality of power and to trace the political form that should take the process of transition from capitalism to socialism was the following:

. “Not a parliamentary republic–to return to a parliamentary republic from the Soviets of Workers’ Deputies would be a retrograde step–but a republic of Soviets of Workers’, Agricultural Labourers’ and Peasants’ Deputies throughout the country, from top to bottom. (…) Abolition of the police, the army and the bureaucracy. (…) The weight of emphasis in the agrarian programme to be shifted to the Soviets of Agricultural Labourers’ Deputies. (…) Confiscation of all landed estates. (…) Nationalisation of all lands in the country, the land to be disposed of by the local Soviets of Agricultural Labourers’ and Peasants’ Deputies. (…) The immediate union of all banks in the country into a single national bank, and the institution of control over it by the Soviet of Workers’ Deputies.” [35]

No wonder the bourgeoisie rages Lenin. He was an exceptional, cunning and intelligent leader who dominated the revolutionary experiences of the proletariat throughout its history and who knew how to read the Russian revolutionary process. Lenin knew how to print the right direction to the proletariat and the peasantry so that, for the first time in history, they would overthrow the bourgeoisie and take power. Kadets (liberals), Socialists-Revolutionaries (esers), Trudoviks (petty bourgeois) and Mensheviks advocated nationalism and patriotism to keep Russia in the First World War. And in the Russian Civil War (1917-1923) that took place after the October Revolution, the defenders of the bourgeois republic did not hesitate to ally with the imperialists–Britain, Japan, China, France, United States, Germany, Greece, Serbia, etc.–who intervened in Russia to defeat the proletariat and the Russian peasantry led by the Bolsheviks and prevent the republic of the Soviets, the later Soviet Union, from being founded.

The socialist revolution of October 1917 was the response of the proletariat, the peasantry and the Russian soldiers, led by Lenin’s party, to the imperialist war and to the criminal bourgeoisie who plunged the russian popular classes into starving hunger, misery and death. The subsequent civil war was the response of imperialism in alliance with the Russian bourgeoisie and its opportunistic creations. It was “the bourgeoisie’s resistance to the transfer of the land to the peasants without compensation, to similar reforms in other realms of life, to a just peace and a break with imperialism.” [36] In short, the Russian Civil War was the intransigence of the bourgeoisie to leave power in the hands of the soviets of workers, peasants and soldiers; it was the response of the monopolist bourgeoisie of the imperialist powers and their refusal to allow Russia to break away from imperialism; it was the attempt to abort a socialist revolution that could potentially spread between the proletariat of other nations and states and open the way to the world socialist revolution.

However, and despite the heroic struggle of the proletariat and the Russian peasantry in the civil war, the development of the revolution revealed a multitude of pitfalls. Difficulties resulting not only from the reaction of the imperialists, the bourgeoisie and the opportunists, but also from the involvement of the proletariat and the peasantry in the construction of socialism. Because of the lack of preparation of the Russian working class to develop the administration of the state and companies, and because of their insufficient degree of conscience in regard with what was required to develop socialism as Lenin had conceived.

. “We have now passed through two years of unprecedented and incredible difficulties, two years of famine, privation, and distress, accompanied by the unprecedented victories of the Red Army over the hordes of international capitalist reaction. (…) During these two years we have acquired some experience in organisation on the basis of socialism. That is why we can, and should, get right down to the problem of communist labour, or rather, it would be more correct to say, not communist, but socialist labour; for we are dealing not with the higher, but the lower, the primary stage of development of the new social system that is growing out of capitalism.

. (…) Communist labour in the narrower and stricter sense of the term is labour performed gratis for the benefit of society, labour performed not as a definite duty, not for the purpose of obtaining a right to certain products, not according to previously established and legally fixed quotas, but voluntary labour, irrespective of quotas; it is labour performed without expectation of reward, without reward as a condition, labour performed because it has become a habit to work for the common good, and because of a conscious realisation (that has become a habit) of the necessity of working for the common good—labour as the requirement of a healthy organism. (…) It must be clear to everybody that we, i.e., our society, our social system, are still a very long way from the application of this form of labour on a broad, really mass scale. (…) It will take many years, decades, to create a new labour discipline, new forms of social ties between people, and new forms and methods of drawing people into labour.” [37]

The pitfalls that appeared with the advance of the revolution were also due to a low development of the productive forces and technology.

. “There is no other way for us to raise our technology to the modern level. (…) On February 1, 1921, the Council of People’s Commissars decided to purchase 18,500,000 poods of coal abroad, for our fuel crisis was already in evidence. It had already become clear by then that we would have to expend our gold reserves not only on the purchase of machinery. In the latter case, our coal output would have increased, for we would have boosted our production if, instead of coal, we had bought machines abroad to develop our coal industry, but the crisis was so acute that we had to opt for the worse economic step and spend our money on the coal we could have produced at home. We shall have to make further compromises to buy consumer goods for the peasants and workers.” [38]

Faced with this situation of a low development of the productive forces, the effects on the economy of the civil war, the imperialist war, the famine, the existence in Russia of various types of social economy–patriarchal peasant economy, small commercial production, private capitalism, state capitalism, socialism–motivated the 10th Congress of the Russian Communist Party (Bolsheviks) to resolve, in March 1921, to implement the New Economic Policy (NEP) in order to stimulate the economy of the soviet republic in the short term. With the NEP, Russia opened doors to capitalist relations of production: tax in kind for the peasants, loosening of control over companies, concessions to the bourgeoisie and creation of mixed companies to allow foreign capital to enter. This opening to capitalism implied a strengthening of the bourgeoisie, landowners (kulaks) and imperialism. Every concession made to capitalism entails a strengthening of the bourgeoisie.

The NEP was an out of the ordinary and exceptional measure, yet necessary: it fits in a specific moment in Russian history, due to the soviet republic’s conjuncture at that time, and is part of the toll that the socialist revolution had to pay to sustain itself as a consequence of the insufficient degree of instruction of the proletariat and peasantry to manage production.

. “State capitalism would be a gigantic step forward even if we paid more than we are paying at present (…), because it is worth paying for ‘tuition’, because it is useful for the workers, because victory over disorder, economic ruin and laxity is the most important thing, because the continuation of the anarchy of small ownership is the greatest, the most serious danger, and it will certainly be our ruin (unless we overcome it), whereas not only will the payment of a heavier tribute to state capitalism not ruin us, it will lead us to socialism by the surest road. When the working class has learned how to defend the state system against the anarchy of small ownership, when it has learned to organise large-scale production on a national scale along state-capitalist lines, it will hold, if I may use the expression, all the trump cards, and the consolidation of socialism will be assured.” [39]

No doubt the opportunists supported the NEP, the new economic policy that, according to the opportunists of yesterday and today, opened an intermediate stage between imperialism and socialism, which would be what they called state capitalism.

The development of the NEP caused the strengthening the bourgeoisie, landowners, imperialists, merchants and speculators. As Marxism teaches, changes in the economic structure also have their reflection in the ideological superstructure. Changes occur both in society and within the Party, which degenerates ideologically and where fractions appear as a result of the existence of bourgeois ideology hidden behind the mask of opportunism.

After Lenin’s death, the leader who knew how to decipher the formula for erecting the first socialist state in history was Joseph Stalin. He found that the degree of preparation and awareness of the proletariat and the poor peasantry was not high enough to direct production and administration. Stalin read reality with dialectics, stripped the bourgeoisie of power and launched the dictatorship of the proletariat. If the attacks of the bourgeoisie against Lenin are fierce today, these are even more untamed against Stalin. But it is logical that the bourgeoisie vilify Lenin and Stalin to exhaustion and pour all kinds of deception against these two leaders of Marxism. Lenin updated Marxism at the time of monopoly capitalism and enriched science with the revolutionary instrument of the proletariat, the Party, essential not only to strip the bourgeoisie of power and raise the proletariat, but also to build socialism. And Stalin was the architect of the Soviet Union, who built the socialist state, which showed the immense superiority of socialism over capitalism, which freed Europe from fascism and put the capitalist system and the bourgeoisie at the most critical moment of its history. The life of capitalism and the privileges of the bourgeoisie have never been as threatened and as close to passing history as they were with Stalin. It is not surprising that the bourgeoisie of all around the world still invests millions of dollars in spreading propaganda, manipulating history and demonizing these two communists leaders.

Stalin had Lenin’s formula for the construction of socialism engraved in his mind:

. “Communism is Soviet power plus the electrification of the whole country. Otherwise the country will remain a small-peasant country, and we must clearly realize that. We are weaker than capitalism, not only on the world scale, but also within the country. That is common knowledge. We have realized it, and we shall see to it that the economic basis is transformed from a small-peasant basis into a large-scale industrial basis. Only when the country has been electrified, and industry, agriculture and transport have been placed on the technical basis of modern large-scale industry, only then shall we be fully victorious.” [40]

Stalin had clear that in order to carry out socialist industrialization, it was necessary to collectivize the land and to develop the socialist agricultural production. Therefore, it was essential to terminate the NEP and start the socialist planning of the economy: the five-year plans.

. “We must not take a fragment of what Lenin said or wrote; we must take the whole. Lenin formulated three slogans concerning the relationship to the peasantry: one at the time of the bourgeois revolution; another at the time of the October revolution; and a third after the consolidation of the Soviet power.

. (…) Turning from theory to practice, we find that, now that the October revolution has done its work, now that the great landowners have been driven out and the land has been parcelled among the peasants, Russia (as Lenin said) has been transformed more or less completely into a land of middle peasants. We see that, notwithstanding the process of differentiation which has been going on, the middle peasants now form the majority in the rural areas. (…) Of course a process of differentiation has been going on. Nothing else could be expected at the present time, under the NEP. But this process is going on very slowly. I recently read some directives which were supposed to have been issued by the Agitprop Department of the Leningrad Organisation of the Party. We are told that in tsarist days 60 per cent of the peasants were poor peasants; and that now 75 per cent are poor peasants. We are told that in tsarist days 5 per cent of the peasants were rich peasants, or kulaks; and that now 8 or even 12 per cent are kulaks. We are told that in tsarist days there were so-and-so many middle peasants; and that now there are fewer. I do not want to use strong language, but any rate you must allow me to say that such figures are worse than a counter-revolution.

. (…) As one of the members of the Central Committee, of course I share the responsibility for this incredible piece of stupidity! If in tsarist days, when the governmental policy was one of cultivating the development of kulaks, when there still existed private property in land and the free sale of land was permitted (circumstances which greatly promoted differentiation among the peasants), when the government did its utmost to promote differentiation, if then, nevertheless, there were 60 per cent of poor peasants, how could it happen that under our proletarian government, when there is no private property in land, when the land can no longer be bought and sold, and when therefore there exists a definite obstacle to differentiation, when for two years there was a policy of trying to extirpate the kulaks root and branch (a policy which has not everywhere been completely abandoned), when the policy pursued by our credit institutions and by the cooperatives has been unfavourable to differentiation–how could it possibly happen that differentiation has gone further to-day, so that, as compared with tsarist times, there should be many more kulaks and many more poor peasants than formerly?” [41]

. “The social force controling the market wheat could dictate whether workers and city dwellers could eat, hence whether industrialization could take place. The resulting struggle became merciless.” [42]

Stalin ended the NEP and launched the first five-year plan. This plan developed heavy industry, laid the foundations of the socialist economy and expanded it to the countryside. Stalin made the soviet state independent of the world imperialist order. The socialist planned economy advanced thanks to its five-year plans and turned the USSR in the first great power of the world. While the imperialist world was experiencing the Great Depression of the 1930s, the USSR developed its socialist agriculture and its heavy industry. In just a decade, socialism achieved what capitalism took centuries to make. And it did it at a time when great economic sacrifices had to be made to prepare for an imminent Second World War (1939-1945) and in a period of internal instability marked by economic boycotts, sabotages to soviet companies, attempts of coup d’états and the growing popularity of fascism, which penetrated numerous points of the country’s demography. Meanwhile, the economic crisis that happened after the Wall Street Crash of 1929 plunged the capitalist countries into bankruptcy and dragged the world into another inter-imperialist war.

. “Whereas by the middle of 1937 world capitalist industry, as a whole, had barely attained 95-96 per cent of the level of production of 1929, only to be caught in the throes of a new crisis in the second half of 1937, the industry of the U.S.S.R. in its steady cumulative progress, had by the end of 1937 attained 428 per cent of the output of 1929, or over 700 per cent of the pre-war output. (…) Progress in agriculture presented very much the same picture. The total area under all crops increased from 105,000,000 hectares in 1913 (pre-war) to 135,000,000 hectares in 1937. The grain harvest increased from 4,800,000,000 poods in 1913, to 6,800,000,000 poods in 1937, the raw cotton crop from 44,000,000 poods to 154,000,000 poods, the flax crop (fibre) from 19,000,000 poods to 31,000,000 poods, the sugar-beet crop from 654,000,000 poods to 1,311,000,000 poods, and the oil-seed crop from 129,000,000 poods to 306,000,000 poods. (…) It should be mentioned that in 1937 the collective farms alone (without the state farms) produced a marketable surplus of over 1,700,000,000 poods of grain, which was at least 400,000,000 poods more than the landlords, kulaks and peasants together marketed in 1913. (…) As to collectivization in agriculture, it might be considered completed. The number of peasant households that had joined the collective farms by 1937 was 18,500,000 or 93 per cent of the total number of peasant households, while the grain crop area of the collective farms amounted to 99 per cent of the total grain crop area of the peasants.” [43]

While unemployment was rampant within the imperialist powers and poverty plagued the labor classes, in the USSR, “during the period of the Second Five-Year Plan real wages of workers and office employees had more than doubled.”

. “The total payroll increased from 34,000,000,000 rubles in 1933 to 81,000,000,000 rubles in 1937. The state social insurance fund increased from 4,600,000,000 rubles to 5,600,000,000 rubles in the same period. In 1937 alone, about 10,000,000,000 rubles were expended on the state insurance of workers and employees, on improving living conditions and on meeting cultural requirements, on sanatoria, health resorts, rest homes and on medical service.

. (…) In 1936, in view of the rising standard of welfare of the people, the government passed a law prohibiting abortion, at the same time adopting an extensive program for the building of maternity homes, nurseries, milk centres and kindergartens. In 1936, 2,174,000,000 rubles were assigned for these measures, as compared with 875,000,000 rubles in 1935. (…) The introduction of universal compulsory education and the building of new schools led to the rapid cultural progress of the people. Schools were built in large numbers all over the country. The number of pupils in elementary and intermediate schools increased from 8,000,000 in 1914 to 28,000,000 in the school year 1936-37. The number of university students increased from 112,000 to 542,000 in the same period. This was a veritable cultural revolution.

. (…) Entirely different was the picture presented by the U.S.S.R. in 1936. By that time the economic life of the country had undergone a complete change. The capitalist elements had been entirely eliminated and the Socialist system had triumphed in all spheres of economic life. There was now a powerful Socialist industry which had increased output seven times compared with the pre-war output and had completely ousted private industry. Mechanized Socialist farming in the form of collective farms and state farms, equipped with up-to-date machinery and run on the largest scale in the world, had triumphed in agriculture. By 1936, the kulaks had been completely eliminated as a class, and the individual peasants no longer played any important role in the economic life of the country. (…) Public, Socialist ownership of the means of production had been firmly established as the unshakable foundation of the new, Socialist system in all branches of economic life. In the new, Socialist society, crises, poverty, unemployment and destitution had disappeared forever. The conditions had been created for a prosperous and cultured life for all members of Soviet society.” [44]

Stalin not only understood the historical requirement to make the leap forward in the construction of socialism, ending the NEP and developing the five-year plans that laid the economic foundations for the development of socialism; he also placated the reaction of the bourgeoisie to the construction of socialism, which acted both from the outside of the USSR and from the inside under the mask of opportunism (Trotsky, Bukharin, Zinoviev, etc.).

The general crisis of capitalism caused fascism to rise to power in various European countries at the hands of social democracy and Christian democracy. Faced with the dichotomy, bourgeois democracies did not hesitate to collaborate with fascism rather than with communists, since fascism does not threaten the privileges of the bourgeoisie. France and Britain refused the proposal of the USSR to form an anti-fascist alliance to curb Nazi Germany. In the Munich Agreements of 1938, signed with the objective of harassing the USSR, the heads of Government of the United Kingdom and France authorized Hitler’s Germany to invade Czechoslovakia and expand their borders closer to the socialist country. The USSR, in the middle of a process of construction and industrialization of a new and internationally isolated state, saw the need to sign the Ribbentrop-Molotov non-aggression pact with Germany. The USSR was the last European power to sign an agreement with Hitler and he did so to gain time and rearm itself before the clear imminence of a world war.

Despite World War II, where the USSR defeated fascism thanks to the heroic struggle of the Soviet people, who were led by the Party commanded by Stalin, and the loss of 26 million lives, the socialist country became the greatest power of Europe and Asia, standing alongside the US in industry and surpassing it in social and scientific progress. Lenin and Stalin demonstrated the superiority of socialism over capitalism despite the imperialist boycott, wars, hunger and the millions of deaths caused by fascism.

. “The struggle against the bureaucracy was always considered by Lenin and Stalin as a struggle for the purity of the Bolshevik line, against the influences of the old society, the old social classes and oppressive structures. Under Lenin as under Stalin, the Party sought to concentrate the best revolutionaries, the most far-seeing, active, firm and organically tied to the masses, within the Central Committee and the leading organs. The leadership of the Party always sought to mobilize the masses to implement the tasks of socialist construction. It was at the intermediate levels, most notably in the Republic apparatuses, that bureaucratic elements, careerists and opportunists could most easily set up and hide. Throughout the period in which Stalin was the leader of the Party, Stalin called for the leadership and the base to mobilize to hound out the bureaucrats from above and from below.” [45]

Without the Party there would never have been a revolution. It is not only a sine qua non condition for a socialist revolution to be completed, but also for building and developing socialism. But the Party is not born in a bubble or developed in a glass urn, it is developed in a class society, where the class struggle governs, which also transcends within the Party itself.

Lenin knew from the very beginning that the Party should be structured based on the organizational principle of democratic centralism, as a formula to agglutinate and multiply forces and, above all, to make a compact, united and disciplined block, where the will of the most would always predominate. However, the Communist Party of the USSR, in its genesis, was built from the confluence of different Marxist circles scattered throughout Russia, each of them having experienced their own isolated development, until they all merged into the Bolshevik party thanks to Lenin’s work. The Party was born with the genetic burden resulted from the history of the each of the different parts that formed it: subjectivism, unequal interpretation of Marxism, heterogeneity and unequal ideological degree.

Uniting different Marxist circles in a single organization, Lenin shaped the avant-garde party of the proletariat, the instrument to merge Marxism-Leninism with the workers movement, the tool to overthrow capitalism through revolution and raise socialism. That was the genesis of the vanguard of the proletariat in Russia, of the Bolshevik Party. But in its development, the Party not only dragged its heterogeneity along; it was also the target of the enemy throughout the years of its growth and strengthening. The bourgeoisie set the objective of liquidating the Party through ideological corruption and opportunism. At the 8th Congress of the Russian Communist Party (b), held in 1919, Lenin pointed out the following:

. “The tsarist bureaucrats began to join the Soviet institutions and practise their bureaucratic methods, they began to assume the colouring of Communists and, to succeed better in their careers, to procure membership cards of the Russian Communist Party. And so, they have been thrown out of the door but they creep back in through the window. What makes itself felt here most is the lack of cultured forces. These bureaucrats may be dismissed, but they cannot be re-educated all at once. Here we are confronted chiefly with organisational, cultural and educational problems. (…) We can fight bureaucracy to the bitter end, to a complete victory, only when the whole population participates in the work of government.” [46]

As in the early years of the revolution, it was evident in the economic field that the the proletariat and the Russian peasantry had an insufficient degree of involvement, that they lacked of preparation to develop business and administration in the development of socialism. The Party showed defects as a result of its lack of maturity. Undesirable and opportunistic elements penetrated in the organization. Through these elements, the bourgeoisie tried to dynamite and corrupt the Party from within.

At the 13th Congress of the Russian Communist Party (b), which took place in 1924, Stalin x-rayed the Party, the vanguard of the revolution, an organization that, ultimately, reflected the contradictions of Russian society and the reality of the proletariat and the peasantry.

. “I shall not dwell on the fact that the Lenin Enrolment, that is, the admission into our Party of 250,000 new members from among the workers, is evidence of the Party’s profound democracy, of the fact that it actually is the elected organ of the working class. The importance of the Lenin Enrolment from this aspect is, of course, tremendous. But that is not the aspect I should like to discuss today. I wish to draw your attention to the dangerous infatuation which has made its appearance in our Party of late in connection with the Lenin Enrolment. Some say that we should go further and bring the number of members up to one million. Others want to go beyond that figure, maintaining that it would be better to go as far as two millions. I do not doubt that others are prepared to go further still. This is a dangerous infatuation, comrades. Infatuation has been the cause of the downfall of the world’s biggest armies; they seized too much and then, being unable to digest what they had seized, they fell to pieces. The biggest parties can perish if they yield to infatuation, seize too much and then prove incapable of embracing, digesting what they have captured. Judge for yourselves. Political illiteracy in our Party is as high as 60 per cent—60 per cent prior to the Lenin Enrolment, and I am afraid that with the Lenin Enrolment it will be brought up to 80 per cent. Is it not time to call a halt, comrades? Is it not time to confine ourselves to 800,000 members and put the question squarely and sharply of improving the quality of the membership, of teaching the Lenin Enrolment the foundations of Leninism, of converting the new members into conscious Leninists? I think it is time to do that.” [47]

The step forward in the construction of socialism carried out under the direction of Stalin, the development of the planned economy launched by the five-year plans, the collectivization of the land to implement socialist agriculture and the development of heavy industry intensified the class struggle. And this was also present within the Party.

The Party, under the direction of Stalin, reinforced the political education of its militants, fought opportunism without mercy and was regularly depured as a method of preventing and fighting the possibility of a bureaucratic degeneration of the organization. All this made possible to have a strongly disciplined and cohesive Party, necessary condition to undertake the building of socialism and to defeat fascism in World War II. But it was not enough to banish bureaucracy, opportunism and the other agents of imperialism.

After World War II, Stalin focused on rebuilding the country, devastated by the war.

. “There is no no doubt that Stalin continued, during the latter years of his life, to struggle against social-democratic and bourgeois nationalist tendencies and against Anglo-American subversion. Nevertheless, it is clear that this struggle was not done to the extent that was necessary to redress and reinvigorate the Party ideologically and politically. After the war, which had required extraordinary professional effort on the part of military, technical and scientific cadres, the old tendencies of military professionalism and technocratism were substantially reinforced. Bureaucratization and the search for privileges and the easy life were also reinforced.

. (…) Stalin always underscored that the influence of the bourgeoisie and of imperialism was reflected in the Party through opportunist tendencies. But he was not able to formulate a theory about the struggle between the two lines in the Party. (…) Stalin clearly underestimated the internal causes that gave birth to opportunist tendencies, which, once infiltrated by secret services, became linked one way or the other to imperialism. Consequently, Stalin did not think that it was necessary to mobilize all of the Party members to combat opportunistic lines and to eliminate unhealthy tendencies. During the ideological and political struggles, all the cadres and members shoud have educated and transformed themselves. After 1945, the struggle against opportunism was restricted to the highest circles of the Party and did not assist in the revolutionary transformation of the entire Party.

. (…) This political weakness was further aggravated by revisionist tendencies within the leadership of the Party that emerged at the end of the forties. (…) In the beginning of the fifties, Stalin’s health took a dramatic turn for the worse after the overwork incurred during the war. The problem of Stalin’s succession posed itself for the near future. It was around this time that two groups of revisionists within the leadership became visible and started to plot their intrigues, while preaching fidelity to Stalin. Beria’s group and Khrushchev’s constituted two rival revisionist factions that, while secretly undermining Stalin’s work, were waging war with each other.” [48]

. “Did Stalin know of the intrigues that the revisionists around him were preparing? The main report presented by Malenkov to the Nineteenth Congress in October 1952, along with Stalin’s book Economic Problems of Socialism, published on the same occasion, showed that Stalin was convinced that a new struggle against opportunism and a new purge of the Party had become necessary. Malenkov’s report had Stalin’s brand. It defended the revolutionary ideas that would be dismantled four years later by Khrushchev and Mikoyan. It virulently criticized a number of negative tendencies in the economy and in the life of the Party, tendencies that would be imposed in 1956 by Khrushchevian revisionism.

. (…) During the plenum that followed the Nineteenth Congress, Stalin was even harsher in his criticisms of Mikoyan, Molotov and Voroshilov; he almost openly clashed with Beria. All the leaders understood perfectly well that Stalin insisted upon a radical change of course. Khrushchev clearly understood the message and, like the others, made himself very scarce: «Stalin evidently had plans to finish off the old members of the Political Bureau. He often stated that the Political Bureau members should be replaced by new ones. His proposal, after the 19th Congress, concerning the election of 25 persons to the Central Committee Presidium, was aimed at the removal of the old Political Bureau members and the bringing in of less experienced persons. (….) We can assume that this was also a design for the future annihilation of the old Political Bureau members and, in this way, a cover for all shameful acts of Stalin.»”

. “At the time, Stalin was a old man, tired and sick. He acted with caution. Having made the conclusion that the members of the Politburo were no longer trustworthy, he introduced more revolutionary minded youth to the presidium, in order to temper and test them. The revisionists and plotters like Khrushchev, Beria and Mikoyan knew that they would soon lose their positions.” [49]

In the last years of Stalin’s life, the Party was going through an internal situation in which a rightist opportunist putsch was brewing. In parallel, imperialism was harassing and attacking the USSR from abroad.

. “Even before the anti-fascist war was finished, a number of U.S. generals dreamed of a shift in alliances so that they could attack the Soviet Union. For this adventure, they intended to use the Nazi army, purged of Hitler and his close entourage. The former secret servant Cookridge recalled some of the discussions in the summer of 1945: «General Patton was dreaming of rearming a couple of Waffen SS divisions to incorporate them into his US Third Army ‘and lead them against the Reds’. Patton had put this plan quite seriously to General Joseph T. McNarney, deputy US military governor in Germany. ‘What do you care what those goddam bolshies think?’ said Patton. ‘We’re going to have to fight them sooner or later. Why not now while our army is intact and we can kick the Red Army back into Russia? We can do it with my Germans. They hate those red bastards.’»” [50]

. “General Gehlen had been the Nazi head of intelligence in the Soviet Union. In May 1945, he surrendered, along with his archives, to the U.S. He was presented to Major-General Luther Sibert, head of intelligence for General Bradley’s armies. At Sibert’s request, Gehlen the Nazi wrote a 129-page report. Thereafter, Gehlen ‘developed his great scheme of a secret organisation engaged on intelligence work against the Soviet Union under American aegis.’ Gehlen was introduced to the highest U.S. military authorities and, when Soviet representatives asked about the whereabouts of Gehlen and Schellenberg, two war criminals who should have been returned to them, the U.S. replied that they had no news of them. On August 22, 1945, they clandestinely brought Gehlen to the U.S. Gehlen the Nazi ‘negotiated’ with the leaders of U.S. intelligence, including Allen Dulles, and they came up with an ‘agreeement’: Gehlen’s spy organization would continue to serve in the Soviet Union, autonomously, and ‘Liaison with American Intelligence would be maintained by US officers’. Furthermore, the ‘Gehlen Organisation would be used solely to procure intelligence on the Soviet Union and satellite countries of the communist bloc.’

. On July 9, 1946, Gehlen was back in Germany to reactivate his Nazi spy service, under U.S. leadership. He hired dozens of upper Gestapo and SS officers, to whom he furnished false identities. John Loftus, former U.S. intelligence officer responsible for the tracking down of former Nazis at the end of the war, noted that thousands of Ukrainian, Croatian and Hungarian fascists were snuck into the U.S. by a ‘rival’ intelligence service. Loftus writes: «According to one estimate, some 10,000 Nazi war criminals entered the United States after World War II.» Right from 1947, when the U.S. started up the Cold War, these ‘former’ Nazis played an important role in the anti-Communist propaganda. So we can correctly claim that U.S. imperialism was the direct continuation of Nazi expansionism.” [51]

As it can be seen, not only did the US shelter a multitude of Nazi war criminals, but it nurtured from them in their fight against the USSR. The Americans flied the flag of anti-communism, anti-Sovietism and fascism and took Hitler’s torch in the defence of imperialism, of the exploitation of man by man, and of the subjugation of the oppressed peoples by blood and fire.

The objective of Hitler’s heirs, of US imperialism, was the destruction of the USSR. To do this, they drew up “a destabilization plan of the USSR”, carried out since 1945 by the then CIA director, Allen Dulles.

. “It is a strong evidence of the strategic counterrevolutionary aggressiveness, undertaken by the United States after World War II. (…) This plan, created before the end of the war, had been hidden from the United States’ ally in World War II: the Soviet Union. It was created at the time when the Soviet Army, faithful to its commitment as an ally, fought the Japanese Army in the Far-East with a force of one million men, allowing the final victory over Japan. It is clear that it was not the bomb on Hiroshima, which caused 117,000 victims, especially women and children, without reaching a single soldier of the Japanese Army, but the Soviet Army who made Japan capitulate. (…) We now discover that the Dulles Plan had been applied for decades by American imperialism. (…) In the early 1960s, American President Kennedy confirmed the Dulles Plan: «We cannot defeat the USSR with a classical war, but we can defeat it with other methods: ideological methods, psychological methods, anti-Soviet propaganda, and economic measures.»” [52]

. “Given this background, one can better understand the international policy that Stalin followed from 1945 to 1953. Stalin was firm in his opposition to U.S. imperialism and to its war plans. To the extent that it was possible, he helped the revolutionary movements of different peoples, while remaining cautious. Stalin led a four-front struggle against the world capitalist system: he reinforced the defence of the Soviet Union, the basis for the international Communist movement; he helped peoples who were on the road to popular democracy and socialism; he supported the colonized peoples who sought independence; and he encouraged the vast international movement for peace, against the new military adventures of imperialism. Stalin fully understood that the purpose of Anglo-American imperialism was to ‘save’ the reactionary classes of countries neighboring the Soviet Union, the same ones that had collaborated with the Nazis, in order to integrate them into their world hegemony strategy. This direction was already clear during the war itself.” [53]

Stalin died on March 5, 1953. Upon his death, Ludo Martens said the following 25 years ago:

. “A few months before Stalin’s death, the entire security system that protected him was dismantled. Alexandr Proskrebychev, his personal secretary, who had assisted him since 1928 with remarkable efficiency, was fired and placed under house arrest. He had allegedly redirected secret documents. Lieutenant-Colonel Nikolay Vlasik, Chief of Stalin’s personal security for the previous 25 years, was arrested on December 16, 1952 and died several weeks later in prison. Major-General Petr Kosynkin, Vice-Commander of the Kremlin Guard, responsible for Stalin’s security, died of a ‘heart attack’ on February 17, 1953. Deriabin wrote: «(This) process of stripping Stalin of all his personal security (was) a studied and very ably handled business.» Only Beria was capable of preparing such a plot.

. On March 1, at 23:00, Stalin’s guards found him on the floor in his room, unconscious. They reached the members of the Politburo by telephone. Khrushchev claimed that he also arrived, and that each went back home. No-one called a doctor. Twelve hours after his attack, Stalin received first aid. He died on March 5. Lewis and Whitehead write: «Some historians see evidence of premeditated murder. Abdurakhman Avtorkhanov sees the cause in Stalin’s visible preparation of a purge to rival those of the thirties.»” [54]

Stalin died of natural causes or was he killed? Martens and historians used as sources show that Stalin was killed by opportunists who were to be purified.

On May 17, 2018, Russia Insider (RI) published an interview with Mikhail Poltoranin, former Head of the Government Committee on the Declassification of KGB Archives and Deputy Prime Minister during Boris Yeltsin’s Government. In that interview, Poltoranin pointed out, among other things, the following:

. “Question: Was Stalin poisoned?
. Mijail Poltoranin: Yes, he was.
. Question: Are you making an official statement, as the person who used to be head the committee on declassifying KGB archives, under Yeltsin?
. Mijail Poltoranin: Yes.
. Question: Joseph Stalin was poisoned?
. Mijail Poltoranin: Joseph Stalin died in an unnatural death. In 1981, the American Stuart Cahan, who was the nephew of Lazar Kaganovich, Stalin’s close associate, visited Lazar in Russia. Lazar described him how Stalin was killed.
. Lazar’s niece, Roza Kaganovich, was a Kremlin doctor. Stalin was (allegedly) given a pill–the equivalent of today’s medicine would be a Thrombo ASS pill, to prevent blood clotting. But if you change the composition, it becomes poison. Like rat poison. This is what Kaganovich himself bragged about to Cahan.
. Question: So who was it that killed Stalin?
. Mijail Poltoranin: So listen. I did not believe this statement. Then there were the statements of various officials–there was Enver Hoxha (Albanian President), when Mikoyan (Soviet statesman) came to visit Hoxha in a congress. He made a statement that the leaders of the USSR were ‘cynical conspirators’. So Mikoyan friends were traveling around the world and bragging about the way they (allegedly) killed Stalin. So I went to look into it myself, what actually happened.
. Question: The archives themselves?
. Mijail Poltoranin: Yes, the materials themselves. So what’s being hidden from us? What’s being hidden from us is that Stalin was poisoned in a special operation which was prepared over a long time.
. By then, a high number of people from Stalin’s close circle had already been removed: Poskrebysheb (Stalin’s secretary), Vlasik (head of security), the Kremlin commandant (Kosynkin) died in strange circumstances. All of them were very close to Stalin.
. Then (Lavrentiy) Beria appointed a new head of the Kremlin clinic, responsible for all medicines.
. In February, 1953, Stalin began to feel unwell at his holiday home. It may have come from a glass of water, which he used to wet his finger to turn pages of his books–he used to read a lot–maybe that’s how it got in… We don’t know… But we do know what the blood and urine samples showed. Well, firstly there was an enlarged liver–this shows toxicity. His leukocytes were four times the norm. This is the white blood cell that fights against toxins.
. He experienced blood vomiting and his skin was showed a bright pink color with dark patches under the arms…
. Question: Was it cyanide? What was the medicine he was given?
. Mijail Poltoranin: We looked through his medical log, all his checkups were in it. He was a healthy guy. He had mild first stage hypertension and some rheumatism in his knees.
. Question: And nothing else?
. Mijail Poltoranin: And nothing else. All these symptoms are documented. But a conclusion whether he was poisoned wasn’t written.
. But there was one person, professor Rusakov, who carried out the anatomical examination of Stalin’s body–and he wrote a report to the new head of the Kremlin clinic. The new one, that Beria had appointed, wrote that Stalin was poisoned. Poisoned by cyanide, cyanic acid. All the symptoms pointed to that–and when the body was examined, his airways and mucus membranes were damaged with dots of cyanic acid.
. Three days after the report, this person died.
. Question: Professor Rusakov?
. Mijail Poltoranin: Yes.
. But not only did he die, his house was searched and all the documents in it were destroyed. But through insufficient diligence, although the majority of his documents on Stalin were destroyed, Rusakov had another copy of the report.
. Question: So a copy remained intact elsewhere? And you’ve had that in your own hands?
. Mijail Poltoranin: Yes, I read it with my own eyes. So there you go (…)
. Question: It’s not that long ago that a theory arose, which said that powerful Western forces were behind the death of Stalin.
. Mijail Poltoranin: It’s true that the USSR victory over fascist Germany raised the authority of the state in the world to unprecedented levels
. Communist parties had a widespread influence not only on countries of the socialist camp, but on Europe at large.
. Both Italy and France experienced a lot of good feelings toward the USSR. This did not sit right with the “global behind the scenes” who started this war…
. How to fix the situation? The simplest thing is to remove the leader of the victors. This required the bringing of Winston Churchill to the role of Prime Minister for the second time, who was known for his antipathy toward Stalin.
. Question: Two weeks after the death of Stalin, Winston Churchill was knighted with the order of the Gartor (according to historian Nikolai Starikov)
. Mijail Poltoranin: We think of Churchill as one of the victors of World War Two. But in May 1945, instead of honors, he was removed from office having apparently lost the elections. He didn’t receive any government honors.
. Because he had nothing to receive them for. As per the envisaged plan of the “global behind the scenes” and Britain, the war was supposed to end in the destruction of the USSR, then the destruction of Germany itself, leading to an entirely different configuration of political power on the world arena.
. Our tanks in Berlin didn’t fit into the plan of our British friends. So here you have a British Prime Minister during the reign of which the USSR obtained half of Europe. Of course he wasn’t popular among Britain’s elite.
. Churchill won his respect much later. A number of years later, his party wins the elections, and he once again becomes Prime Minister–“the second coming” of Churchill.
. The main task of his was to correct the mistake. What was the mistake of Churchill? It was Stalin’s Soviet Union. How can one fix it? By killing the leader who is moving his country forward in the right direction. You can’t stop it (the USSR), so long as Josef Stalin is at the helm.
. I am absolutely assured that the government coup, which the aim was the murder of Stalin, relied on some internal forces–Khruschev, who certainly won. But in equal measures it was done with the use of foreign powers, and most likely the British intelligence MI6.” [55]

Poltoranin’s interview not only certifies the arguments already made by Ludo Martens in 1994, it also firmly states that Stalin was murdered, as evidenced in the documentation contained in the KGB archives, and points out Anglo-American imperialism and, specifically British MI6, supported by the opportunist clique surrounding Stalin and headed by Khruschev, as responsibles. In short, according to the revelations of former Head of the Government Committee on the Declassification of KGB Archives during Boris at the time of Yeltsin, a coup d’état was executed in 1953 in the USSR by opportunism and its chief, Anglo-imperialism, following the guidelines of the Dulles Plan.

As a logical consequence of the coup carried out by imperialists and opportunists, the policy developed by the Khrushchev revisionist clique was of frontal opposition and absolute denial of the work done by Stalin, which was nothing other than the construction of socialism. Under the name of de-Stalinization, a process of progressive liquidation of socialism and restoration of capitalism began in the USSR. A transformation that extended for almost four decades.

. “Since Khruschev, all those who have worked to undermine the dictatorship of the proletariat in the Soviet Union have done so in the name of anti-Stalinism and of a ‘return to Lenin’. Now, against the name of Joseph Stalin has been accumulated all the hatred towards communism that the bourgeoisie of the entire world has fed for three decades.” [56]

Once the coup against Stalin triumphed, Khruschev and his clique took command of the USSR. The first thing they did was to denigrate the cleansing formula in the Party as a method of preventing opportunism. Paradoxically, the opportunists in charge of the leadership purged the Marxist-Leninist elements in the Party and opened the doors to anti-communists, Trotskyists and Social Democrats. Stalin appealed to the bases of the Party to eradicate bureaucracy; Khruschev guaranteed the bureaucrats protection and tranquility, removing control capacity from the Party. The clique laid the foundations to turn the Party into the common home of the bourgeois in their fight against socialism.

. “Under Khrushchev, cadres would no longer be chosen for having the best political qualities. On the contrary, those would be ‘purged’ for being ‘Stalinist.’ Bourgeois circles would form around Beria, Khrushchev, Mikoyan and Brezhnev, circles completely estranged from revolutionary, popular action, exactly as Malenkov described. (…) Khrushchev would empty Leninism of its content, transforming it into a series of slogans with no revolutionary spirit. The resulting vacuum drew in all the old social-democratic and bourgeois ideologies, that would be taken up by the youth. Furthermore, Khrushchev would falsify or simply eliminate the essential notions of Marxism-Leninism: anti-imperialist struggle, socialist revolution, dictatorship of the proletariat, continuing the class struggle, basic concepts of a Leninist Party, etc.” [57]

Stalin was raised to the direction of the Party by the bases of the Party; Khruschev was boosted by a corrupted elite, through crime and support of imperialism in the murder of Stalin. This reflects the true essence of the imposed de-Stalinization and demonstrates that the liquidation of the Party–specifically, the imposition of revisionism–was the fundamental step to denaturalize and corrupt socialism in order to restore capitalism and put an end to the Soviet Union.

With the PCUS wounded to death, the revisionist leadership in command headed by Khruschev inoculated all its ideological poison in the Party, in the Soviet working class and in the International Communist Movement. Under the mask of anti-Stalinism was anti-communism. Over time, the revisionists re-established capitalism in the USSR. Anti-Stalinism not only opened the doors to the enemies of socialism, it also promoted the relaxation of the class struggle under the fallacy that socialism had already been completed in the USSR and that communism would be a reality by 1980. In this way, the state ceased to belong to the proletariat but to “belong to all the people”, governed by revisionism. Or rather, the Soviet state became the state of bureaucrats, of opportunists and of the nomenklatura.

This cessation or relaxation in the class struggle within the USSR had its equivalence in foreign policy. Khrushchev also broke with the foreign policy that was being carried out by Stalin from 1945 to 1953. The revisionist USSR was put into the hands of imperialism, of those who picked up Hitler’s torch in the fight against communism and in the defence of the reactionary classes. Khruschev manipulated Marxism-Leninism and spoke of peaceful coexistence with imperialism. He even strengthened friendship relations with the United States.

. “Khruschev declared: «We want to be friends with the United States and cooperate with them in the struggle for peace and security of the people. We commit ourselves in this way with good intentions and without any hidden design.» And that happens at a time when most of the peoples of the Third World, both in Asia and in Africa or Latin America, are vigorously confronted against US imperialism, which imposed them neo-colonial dictatorships of terrorist natures. It is easy to understand that this attitude of the leader of the first socialist country has no relation to the peaceful coexistence always defended by the communists.” [58]

The Party is not only essential for the revolutionary overthrow of the bourgeoisie and of its capitalist system, it is also vital to build socialism and develop it until it reaches the final stage of communism, a historical period where the state and the Party already lose their raison d’être and disappear as the class struggle dies out. But if the Party deviates from Marxism-Leninism and is taken over by revisionism, it becomes a medium in which anticommunism and reaction develop, until the previous regime, capitalism, is restored. Thus, the Party is the sublime instrument of the working class. It is the soul and the compass of the proletariat.

In August 1991, months before the dissolution of the USSR, several members of the Government and the KGB executed an attempted coup d’état, the well-known August Coup, and briefly deposed Mikhail Gorbachev to try to take control of the country and stop the overtly capitalist reforms of the Government. They tried to maintain the USSR, but they failed. When they faced trial in 1992, in the Russian Federation, the general secretary of the Communist Party of the Russian Federation (CPRF), Guennadi Ziuganov, declared the following before the Constitutional Court:

. “I would like to remember that in the mid-60s a plan had been drawn up, which was neither called ‘Perestroika’, nor ‘radical reform’. It was a program of the United States National Security Council adopted after the Cuban Missile Crisis. It was a program of destabilization of the constitutional regime of the USSR and destruction of the great unitary country. The main point of the program announced: ‘Without destroying the CPSU, the USSR cannot be destroyed.’ And to destroy the CPSU, the decision cores of the party must be penetrated. Here are the five points of this program:

. 1. Portray (I want to attract your attention in the verb ‘present’) the USSR as the last voracious empire, and try to destroy it by all means.

. 2. Demonstrate that the USSR had not been the winner of fascism, but a tyrant equal to fascism that should not be respected.

. 3. Its economy must be destabilized through the arms race, and deformed in such a way that the realization of constitutional advantages, especially in the social sphere, are stopped.

. 4. Light the flame of nationalism and explode the country from within, on the basis of national and religious extremism.

. 5. Promote the occupation of the media by influence agents led by the CIA; destroy the collectivist way of life; separate the past from the present in order to deprive the country of the future.” [59]

Once Stalin was murdered and the coup d’état that enthroned the revisionist line of the Party was achieved, the opportunist clique of Khruschev and his cohort of bureaucrats, imperialism acted as Kennedy expressed in the 60s: applying ideological war, psychological war, propaganda war and economic war. Because imperialism was aware that it could never defeat the USSR in an open military war.

It is not socialism that fails, it is not Marxism-Leninism that succumbs. USSR socialism was struck by imperialism and its spawn, revisionism, the highest ideological expression of opportunism. Thus, opportunism proves to be a criminal pawn of imperialism and the reactionary classes that subjugate the world.

. “From the period of Khrushchev to that of Gorbachev, going through that of Brezhnev, today we are witnessing the final crisis not of communism but of revisionism. The debate was opened more than 35 years ago with the coming to power of Khruschev and the announcement of his thesis: «Imperialism has lost aggressiveness and has become a peaceful force with which one can collaborate in all fields; the class struggle has ended in the socialist countries, because socialism has definitely triumphed, and the Communist Party, transformed into the party of the entire people, does not have the mission of maintaining the dictatorship of the proletariat.» (…) We attend the unfortunate outcome of this demagogic current that for three decades has exploded against Stalinism, dictatorship of the proletariat, dogmatism, orthodoxy, sectarianism and rigidity of thought, and that has presented its ideas, traced to those of the social democrats, such as renewal, the return to Lenin, ‘creative thinking’, socialism with a human face.

. Revisionism, which mislead and influenced so many men on the left, has traveled its entire maturation cycle until culminating in the restoration of capitalism and integration into the imperialist world. As a consequence, many illusions have flown to pieces. But there is still the task of removing the roots of degradation. (…) Socialist countries cannot correctly address the complex social struggles that society is going through if they do not grasp the essentials: the nature of the Party, as the vanguard of the workers; the conception of the Party as a party of class struggle, of struggle for production and for the scientific-technical revolution; the work style of the Party, as a party linked to the masses, that practices a simple lifestyle, assiduous of work, without mercy in the face of corruption and privileges. (…) Only a Party can solve the fundamental problem of socialism: maintaining the dictatorship of the working people against former exploiters and the agents of imperialism, while developing socialist democracy, indispensable for strengthening the political base of the new society. The Party and the masses must understand the prolonged nature of class struggles in the political, ideological and economic fields. It is impossible to maintain socialism and develop it correctly if vigilance is lowered in the relentless struggle against all hostile forces.” [60]

. “The Soviet Union has known two major breakpoints with socialism: the Khruschev report of 1956, which marked the repudiation of certain essential principles of Leninism, and Gorbachev’s Perestroika in 1990, which gave way to the market economy. (…) Khrushchev’s revisionism opened a period of transition from socialism to capitalism. (…) The new and old bourgeois elements needed 30 years to move from early childhood to adulthood, to affirm and consolidate their positions in the political, ideological and economic fields. The degradation process, begun in 1956, required three decades to end socialism.” [61]

On the economic level, Khruschev introduced reforms to undermine economic centralization and, with it, socialist planned economy. Measures made in this regard increased the degree of inequality in two levels. On the one hand, between bureaucrats and the Soviet people, and on the other, between the different nations that formed the Soviet state. Among other pernicious effects, this decision entailed not only the development and strengthening of a privileged class of bureaucrats, but also paid the ground for the development of nationalism, a strategy contained in the imperialist plans to implode the Soviet state.

. “In the course of the periods of Khruschev and Brezhnev, the new bourgeois elements forged their weapons from positions of force and threw themselves into combat for private ownership of the means of production. (…) Some claim that Brezhnev presided over the country with a state capitalist regime and that, at the end of his term, a liberal bourgeoisie had accumulated enough forces to face the bureaucratic bourgeoisie. It is good to point out that the fiercest attacks of the glasnost supporters did not have Brezhnev’s system as the main target, but rather Stalin and the foundations of the abhorred socialism he defended. And, as in Eastern Europe, we see the Brezhnev lackeys happily get rid of the hybrid structures introduced by their patron to encompass the free market and private enterprise. (…) In the conception of state capitalism, the revisionist party constituted the crucible of the new bourgeoisie: Brezhnevian party, nomenklatura and new bourgeoisie were synonyms.” [62]

And this is how things were made until the arrival of Gorbachev, the man who, in a speech at the American University in Turkey in 2018, said:

. “My ambition was to liquidate communism.” [63] This statement defines well what he is: an anticommunist. With these words, Gorbachev shows that he systematically lied to the Soviet people. Behind his waffle of “openness and transparency” (glasnost), “economic restructuring” (Perestroika) and false “democracy to strengthen socialism”, he hid the intention of liquidating communism and restoring capitalism in the USSR and in Eastern Europe. Gorbachev was a puppet, a lackey of the CIA and the American monopolies.

Economic decentralization entailed the liquidation of socialist planned economy and opened doors and windows to corruption. In the last 30 years of the USSR, an elite developed, a bourgeois class produced by the full penetration of bourgeois ideology into the Party, and inequality in the country intensified. Decentralization was breaking up the economy and strengthening companies that, in turn, as a result of the privileges of the elites created by the corrupt system established in 1956 after the 20th Congress of the CPSU, acquired characteristics closer to those of a company from a capitalist country than to the ones a socialist state should have. Gorbachev meant the crowning of a process of restoration of capitalism: privatization of companies and land, imposition of a market economy and introduction of the Soviet state into imperialist institutions.

The Soviet people, however, believed in socialism and tried to develop and deepen it. This is demonstrated by the results of the ‘Referendum on the future of the Soviet Union’, held on March 17, 1991, where 77.8% of the votes were favorable to the preservation of the Union of Soviet Socialist Republics. More than 113 million Soviets voted in favor of preserving the USSR and socialism. The people expressed themselves loudly and clearly. But the champions of “democracy” and “freedom”, of the glasnost and Perestroika, did not hesitate to ignore the opinion of the Soviet citizens. The anti-communist clique of Yeltsin and Sakharov, self-styled “champions of democracy and freedom,” annulled the people’s voice and dissolved the USSR, between cheers of world reactionaries and applause from criminals like George Bush or Margaret Thatcher.

The period of reversal of socialism, driven by imperialism and its revisionist creation, has shown that Stalin was right when he warned, against the opinion of major brand opportunists such as Trotsky, that, in a country where socialism has triumphed, the danger of capitalism being restored again never disappears. The Soviet experience teaches us three very important things: 1) that socialism was possible and real; 2) that socialism is not only viable, but that it is a superior system to capitalism, as evidenced by the fact that it achieved in two decades much more than what capitalism achieved in centuries; and 3) that socialism is invincible if the Leninist Party is cleansed regularly and fights a merciless war against opportunism, whose ideological expression is revisionism and, in practice, reformism.

6. Conclusions

After analyzing the historical attempts to impose capitalism in Spain and France during the 19th century, as experiences where the bourgeoisie struggled in a successive series of victories and defeats to seize power, as well as the lessons taught by the Paris Commune, the October Revolution of 1917 and the Soviet Union, where the proletariat managed to conquer power, we present the following conclusions:

1) Unlike the bourgeois or capitalist revolution, whose purpose is to adapt the superstructure to the already prevailing economic base and which shares the spinal cord of private property over the means of production of the previous socio-economic formations, the socialist revolution must break the economic base from its root and end private property over the means of production, which must be socialized. The socialist revolution not only changes the superstructure after revolutionary overthrowing the previous system and imposing the dictatorship of the proletariat, this superstructure change is also determined by the abolition of private property over the means of production and the liquidation of the capitalist economic base and the imposition of a new socialism. The human being abandons prehistory and begins to write history consciously.

2) The bourgeois revolution is just another phase in the process of evolution of socio-economic formations throughout the history of mankind, just as many other systems have been. Slavery, feudalism and capitalism all share the same economic base: private property over the means of production, which perpetuates a class society, made up of social classes that pursue conflicting interests.

3) Within the own hegemonic economic formation is developed the class that must bury the system and the ruling class in order to erect a new structure.

4) The struggle between socioeconomic formations is not linear, but follows a zigzag form. This is proven, for example, in the struggle between capitalism and feudalism and, also, in the struggle between socialism and capitalism.

It can be seen in the study of the first half of the 19th century in Spain, where there was a permanent struggle between the old that has not just died–feudalism–and the new of that time that was to be imposed–capitalism. The liberal bourgeoisie fought against feudalism to impose its political dominance in tune with its hegemony in the economic field.

It is also verified in the history of the French Revolution and in the struggle between absolutism and capitalism in France throughout the first third of the 19th century.

5) The historical analysis of the last quarter of the 18th century and the first half of the 19th century proves that the bourgeoisie, besides from failing repeatedly until finally imposing itself over absolutism, erects a bourgeois state whose form has also been mutating. Thus, the bourgeoisie has not hesitated to bury constitutional republics and monarchies, but has always done so in one direction: to ‘perfect’ the state machine in order to subdue and oppress the proletariat and the peasantry with increasing violence. Capitalism is the natural and ultimate evolution of an economic system based on private property over the means of production. It is the most finished part that leads to the maximum concentration of capital, the monopoly, the prelude to the socialist revolution. Therefore, the bourgeoisie cannot break and end the machinery of the state, but must perpetuate it. Because its economic base, founded on private property over the means of production, breeds a superstructure and a society divided into two totally antagonistic social classes.

6) A historical analysis of the 19th century in France demonstrates how the bourgeoisie, once revolutionary class, became a reactionary class at the first third of the 19th century. Likewise, it also proves that the proletariat becomes a revolutionary class after being defeated by the bourgeoisie in its struggle for the establishment of a social republic in France in 1848. This demand of the proletariat aged the bourgeoisie and placed it in its new place: as the old, as the reactionary, as a murderer of its own slogans and as something worthy of perishing. The proletariat has the historical mission of fighting for its class emancipation, for which it must acquire its weapons through struggle and develop its emancipation in a revolutionary way.

7) The Paris Commune is the first experience of proletarian revolution. This historical experience certifies the bourgeoisie as a cowardly, criminal and reactionary class. It also demonstrates that the defeat of the proletariat in the Commune made the working class deepen its knowledge about the theory of the state and about how the seizure of power should be done. The Paris Commune shows the need to establish a period of transition after the bourgeois regime is forcibly overthrown: socialism, as an immature phase of communism. In socialism, the proletariat must impose its dictatorship and repress the bourgeoisie using the socialist state until it finishes off the bourgeoisie as a class, in order to advance towards communism and towards the definitive extinction of class society.

8) From the last third of the 19th century to the present, the proletariat not only concentrates the revolutionary interests of the whole society, of all humanity, but is the class that moves the world, the class that generates wealth, the class on which falls the historical mission of overcoming the upper phase of capitalism, the monopoly phase. The proletariat is the class in charge of making mankind take a decisive qualitative leap for its existence: ending its prehistory and giving rise to its history. So humanity can finally write the designs of its future consciously. And the leap is qualitative because, in this terminal situation in which agonizing capitalism is found, the bourgeoisie denies a system that has objectively proved to be more efficient and productive than capitalism. Socialism has been able to create a greater amount of wealth and guarantee the satisfaction of the needs of humanity.

9) The October Revolution of 1917 was the response of the organized Russian proletariat, poor peasants and soldiers, led by Lenin’s Party, to the imperialist war and to the criminal system of hunger, death and misery imposed by the bourgeoisie. Revolution that became a civil war, as a resistance of the reactionary classes led by the Russian bourgeoisie in alliance with the imperialist powers. The period of general crisis of capitalism started until the present days, where the class struggle is expressed as a struggle between imperialism and socialism.

10) The Leninist Party is the sublime instrument of the proletariat. It is the soul and the heart of the working class. The Party is essential to guide and lead the proletariat towards its emancipation. It is essential to overthrow the bourgeoisie and its criminal capitalist system. And it is fundamental to build socialism and to sustain the dictatorship of the proletariat.

11) Lenin and Stalin demonstrated that socialism–despite all obstacles, wars, hunger, deaths and all kinds of calamities that resulted from the harassment of international capitalism–is superior to the capitalist production system. In just two decades of socialism, the Soviet Union surpassed the imperialist powers, whose system exists since centuries ago.

12) The USSR is the irrefutable proof that socialism is viable, as it existed and was real. The bourgeoisie lies when it insists that “the unfeasibility of socialism is reflected in the fall of the USSR.” Socialism did not “fail” because the USSR collapsed. Precisely, the fall of the USSR was the consequence of abandoning socialism. And this treason was the result of a coup d’état perpetrated in March 1953, where the opportunistic clique of the Khruschev-led Politburo, in alliance with Anglo-American imperialism, killed Stalin to impose what was called the process of de-Stalinization, a policy completely contrary to Marxism-Leninsm, to what was being applied in the USSR until then.

13) The Party must fight with all its forces against bureaucracy. Opportunism is the way in which imperialism infiltrates the Leninist Party. The Party must be prudent and have mechanisms that guarantee the admission of honest and loyalist militants to Marxism-Leninism and to the proletariat. Militants which are effectively the vanguard of the class. In parallel, the Party must prevent opportunist elements from entering the organization. Likewise, the Leninist Party must not neglect the need to train its cadres in Marxism-Leninism and must have tools of permanent verification and purification, in order to detect all types of bureaucracy, corruption and bourgeois ideology. Corrupted opportunist and revisionist elements must be resolutely expelled from the Party.

14) The greatest enemy of socialism is bureaucratism and opportunism. Its ideological expression is revisionism and its praxis is reformism and legalism.

15) Even the bourgeoisie recognizes that socialism is impregnable if the Leninist Party is able to purify itself opportunism and remain faithful to Marxist-Leninist principles. This is evidenced by the Soviet experience. According to the class enemies themselves, according to imperialism, the USSR could not have been defeated by imperialism in a conventional war and had to be defeated by other means–ideological, propagandistic, economic and psychological warfare. But, fundamentally, the victory of imperialism required destroying the Party. Without the distortion of the CPSU, it would not have been possible to end the USSR.

16) Marxism-Leninism cannot be defended nor the cause of socialism without claiming and defending the figure of Joseph Stalin. Imperialism and its opportunist creations pour all types of lies against Stalin in order to create a stereotype and a negative prejudice about his image and work. Capitalists seek to stigmatize Stalin and confuse the proletariat. Stalin is guilty of building socialism, of collectivizing the land, of socializing the means of production, of transforming a backward country into the first world power, of defeating fascism, of fighting opportunism, of inspiring innumerable anti-colonial and anti-imperialist struggles and to make the proletarians of the world progress socially and conquer unimaginable rights. Anti-Stalinism is and has been an instrument of imperialism to combat what Stalin represents: socialism.

17) Those who attacked Stalin in the name of “freedom” and “democracy”, from Khruschev to Gorbachev, were opportunists of all kind who proved to be puppets of the imperialist plans of restoring capitalism in the USSR. As Gorbachev recognized in 2018, his sublime mission in life was “to end communism.” In fact, the opportunists were such “champions” of democracy that they did not respect the will of the Soviet people, who in March 1991 voted mostly in favor of the maintenance of the USSR.

18) The USSR is the first historical experience of the seizure of power by the proletariat and the construction of a socialist state. It lasted seven decades, much more than the first experience of the bourgeoisie in its attempt to impose its capitalist system, when it seized power in the revolutionary France of the late 18th century.

19) Almost three decades after the collapse of the USSR, Francis Fukuyama’s much vaunted theory of the “end of history” has been thrown into the heap of history. The bourgeois economists themselves are talking about the end of capitalism and de facto recognize its unfeasibility. The world is material and, therefore, is in constant motion. The struggle of opposites governs. The current world is ruled by the fundamental contradiction of the struggle between imperialism–maximum aspiration of monopolies–and socialism–maximum aspiration of the proletariat and the oppressed classes. This fundamental law governs since the triumph of the October Revolution of 1917.

20) We are living a period of transition: the period of struggle between the new–socialism–and the old in decay–imperialism, the upper phase of capitalism. The capitalist system stands only by way of reactionary violence, fascism and war. In its current phase of imperialism putrefaction, capitalism will not fall by itself, despite being socially and economically unfeasible. Imperialism can only be overthrown in a revolutionary manner by the proletariat, led by the Leninist Party. History shows that the revolutionary formula devised by Lenin and the Bolsheviks is correct and that, in the war of opposites between the new and the old, the new always ends up being imposed, sooner or later. The bourgeoisie can only prolong the date of its death, it can only delay the day when socialism is imposed again, but it can never stay in power forever. The bourgeoisie cannot stop the wheel of history.

21) At present, the high development of the productive forces, the technological and scientific progress, the monopolistic socialization of production and the high degree of instruction and technical preparation of the proletariat, together with the decay of imperialism, allows the conditions of revolutionary proletariat to overthrow capitalism and to build socialism to be much better than a century ago. Indeed, when socialism is imposed again, it will do so in a more brilliant and finished way than in the last century. The International Communist Movement, still partly infected by opportunism, has a great deal of responsibility that the proletariat still continues at the mercy of the bourgeoisie in the ideological field. Class struggle goes through three channels: the ideological, the political and the economic. Economically, capitalism is broken and the successive economic crises, increasingly acute, leave it year after year more mortally wounded. Politically, imperialism is weakened, as evidenced by the political landscape of the different capitalist countries. If imperialism is still standing today, it is because the bourgeoisie, for the moment, is wining the ideological war. Capitalism is only sustained in history by the ideological pillar.

Before putting an end to these theses, we remember some words of the Belgian communist Ludo Martens:

. At the end of the twentieth century, humanity has sort of returned to the start state, to the years 1900-1914, where the imperialist powers thought that they could run the world among themselves. In the years to come, as the criminal, barbaric and inhuman character of imperialism shows itself more and more clearly, new generations who never knew Stalin will pay homage to him.” [64]


Madrid, October 31, 2019

IDEOLOGICAL COMMISSION OF THE CENTRAL COMMITTEE OF THE SPANISH COMMUNIST WORKERS’ PARTY (P.C.O.E.)


Bibliographic references:

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[12]: Ibid.
[13]: Ibid.
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[17]: Marx, K. The Eighteenth Brumaire of Louis Bonaparte, 1852. Chapter I (Feb. 1848 to Dec. 1851).
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[20]: Ibid.
[21]: Marx, K. The Eighteenth Brumaire of Louis Bonaparte, 1852. Chapter I (Feb. 1848 to Dec. 1851).
[22]: Ibid.
[23]: Ibid.
[24]: Ibid.
[25]: Lenin, V. Selected Works, Vol. IX, p. 169. Ed. Progreso, Moscow, 1973.
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[28]: Ibid. Engels 1891 Postscript
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[48]: Martens, L. Another view of Stalin, p. 149-150. Ed. EPO, Brussels, 1996.
[49]: Ibid. p. 151-153.
[50]: Ibid. p. 140-141.
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[52]: Kilev, M. Khrushchev and the breakup of the USSR, p. 9-10. Templando el Acero, Pamplona, 2010.
[53]: Martens, L. Another view of Stalin, p. 142-143. Ed. EPO, Brussels, 1996.
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